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PREGUNTA:

¿Por qué descienden hoy las Vocaciones?

 

RESPUESTA:

Para un cristiano, Dios no es espectador, sino protagonista. No nos echa al mundo para ver cómo nos las arreglamos. Tiene un plan maravilloso que apunta a su alabanza, reverencia y servicio; un modo suave y fuerte de actuar que se llama providencia; un respeto a la libertad y una colaboración con la misma, que es el juego misterioso de la gracia; un resultado insospechado, que aquí abajo no comprendemos, y que del lado de allá de la muerte, constituido en anverso del tapiz que aquí veíamos por el revés, constituirá nuestro pasmo. Dios interviene en el mundo. Lo ha hecho siempre. A sus intervenciones, cuando ofrecen un camino a las personas, se las llama «vocación».

Las hubo en el Antiguo Testamento. Una y otra vez vuelven, a lo largo de él, las expresiones «llamar por su nombre», «llamar», «elegir», «llamar para sí»... Unas veces lo hace espectacularmente: desde la zarza ardiendo sin consumirse, a Moisés; arrebatándole en un carro de fuego, a Elías; por un arcángel, a Daniel; en medio de una escenografía impresionante, a Ezequiel. Pero otras veces el llamamiento es sencillísimo: Dios muestra en silencio, por medio de los acontecimientos, por una inspiración interna, hablando en sueños..., lo que quiere de alguien. De una manera u otra, Dios va así modelando a su pueblo, abriéndole caminos, reprendiéndole, alentándole, conduciéndole a buen término.

Lo que en el Antiguo Testamento era grandioso, lleno de misterio, pero lejano, en el Nuevo Testamento se humaniza. El Señor, al definir su misión, nos dirá que ha venido a «llamar». Fundamentalmente a llamar a los pecadores. San Pablo volverá una y otra vez, con insistencia, a construir toda una teología del llamamiento, de la vocación. Suyas serán las frases más hermosas, aquellas que tantas veces hemos leído en la epístola: «Yo, pues, que estoy entre cadenas, os conjuro para que andéis dignamente por el camino de la vocación con la que fuisteis llamados...».

Jesucristo, Dios y hombre verdadero, pasa por este mundo llamando: a los pecadores a la penitencia, a los justos a una mayor perfección, a los judíos para que superen las rigideces de la antigua ley, a los gentiles para que vengan a la verdadera luz. Pero hay momentos, como los que recogen los trozos que estamos comentando, en que esos llamamientos se individualizan, se enderezan a una persona concreta para pedirle también un comportamiento determinado. El que sintetizan las dos palabras: «Ven, sígueme». Llamamientos que, vistos con distancia de siglos, nos impresionan por su eficacia, nos desconciertan por su aparente falta de plan... y nos dan una lección actual.

Porque terminando el siglo xx sigue siendo verdad, como en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, que Dios no es espectador, sino protagonista de nuestra historia. Que desde su eternidad se inserta en nuestro tiempo. Que la figura que El mismo delineó en el Apocalipsis: «Yo estoy a la puerta y llamo», sigue siendo verdad. Jesucristo continúa hoy llamando. Llama al bautismo y a la Iglesia; llama al orden y al matrimonio; llama al sufrimiento, a la oración y al apostolado; llama a las tareas temporales y a la actuación política... Para el cristiano, su vida está iluminada por ese plan que Jesucristo ha trazado amorosamente, en virtud del cual pide apartamiento del mundo a un cartujo; amoroso servicio hacia sus hijos, a una madre; templanza y moderación en el uso del poder, a un gobernante; coraje y valentía, a un intelectual; resignación, a un enfermo; arrepentimiento, a un pecador... Se muestra así la humanidad como un maravilloso tejido que resultará en toda su belleza si se siguen los planes del Artista, pero que pueda estropearse también si esos planes, en uso de la libertad, son resistidos. San Pablo nos dirá esto mismo cuando, comparando la Iglesia con un cuerpo misterioso, o «místico», nos habla de la diversidad de funciones de cada uno de los órganos. El cerebro está llamado a discurrir, como los pies a andar o el estómago a digerir. Así, en el año 2000, Jesucristo llama, y su llamamiento se hace personal y acuciante, plegándose, con el amor con que se pliegan las ropas de la cuna bajo las manos de la madre en torno al cuerpo del niño, a nuestras propias circunstancias y a nuestras posibilidades.

Como en el siglo I, también hoy Jesucristo llama con criterios desconcertantes. Leyendo el Nuevo Testamento no podemos menos de preguntarnos: ¿Por qué llamar precisamente a Saulo el perseguidor, o al eunuco de la reina de Candaces, o a aquel grupo de rudos pescadores? La verdad es que los criterios de sus llamamientos nos desconciertan por completo. Puesto a traer un mensaje al mundo, llama a un grupo de rudos pescadores. Cuando quiere fundar una Iglesia, pone como piedra fundamental a un hombre que le ha negado por tres veces en circunstancias trágicas. Si ha de aparecerse a alguien por primera vez después de resucitado, tiene que elegir como mensajera de esa gran noticia a una mujer que por su vida anterior parecía menos apta para ser creída... Nos es difícil juzgar sus decisiones a este respecto con nuestra lógica.

Hoy, cuando esos llamamientos se hacen espectaculares, nos ocurre lo mismo. Pero la página escalofriante en que García Morente nos contó su experiencia de la presencia de Jesucristo en su habitación de París sin percepción sensorial alguna, la narración de las conversiones de un Claudel o un Péguy, no son, al fin y al cabo, más que una proyección más colorista de algo que cualquier sacerdote o persona metida en apostolado sabe bien por propia experiencia: que Jesucristo sigue llamando con sus propios criterios, que esos llamamientos son unas veces escuchados y otras veces resistidos, que la heroicidad en la respuesta no está en manera alguna ligada a la espectacularidad en el llamamiento, y así, almas sencillas y buenas, respondiendo fielmente y en silencio, llegan a las alturas de la santidad pasando inadvertidas incluso para quienes con ellas conviven. Las sorpresas que el Señor nos anunció para el juicio final se anticipan ya más de una vez en el trato íntimo y espiritual con las almas. Donde menos se piensa surge alguien que trata a Dios en la intimidad, sirve al prójimo con heroísmo, cultiva con pasmosa fidelidad todas las virtudes y sólo deja traslucir el suave perfume de una vida escondida.

Pero el hombre moderno recibe esos llamamientos de una manera muy especial. De una parte, quiere, como nunca se ha querido, que Dios salga de su silencio y le hable. Su sensibilidad está a flor de piel, su lógica se ha erizado, él se ha convertido en un ser exigente y crítico. Y después de todo eso se ha encontrado con un montón de problemas sin solución, con una vida que es un haz de interrogaciones sin respuesta. El porqué del dolor, de la muerte, del trabajo, de la injusticia, de la opresión política, de la exigencia misma del mundo, se le escapa. Y vuelve su vista hacia Dios para pedirle que le abra. Querría ser llamado a la luz, sacado del mundo de tinieblas en que vive. Ansía la vocación a la fe, al bautismo, a la Iglesia, a la seguridad...

Pero este hombre que busca más que sus antecesores, que siente angustiado un vacío mucho mayor, no sabe, sin embargo, buscar bien. Por orgullo intelectual no acepta el misterio, y Dios, que resiste a los soberbios, le niega el llamamiento. De otra parte, el mundo en el que vive le ofrece un montón de bienes que ofuscan su entendimiento y debilitan su voluntad. Como el joven rico del Evangelio, oye al Señor que llama; pero no le sigue, porque le estorban los bienes de la tierra, de los que goza como nunca habría soñado. Ya Jesucristo, en la parábola del sembrador, habló de una buena semilla que caía entre espinas, que llegaba a prender, pero que era sofocada por las espinas que crecían al mismo tiempo: los gozos y cuidados de este mundo.

Y he aquí por qué encontramos hoy el mundo lleno de vocaciones frustradas. El Señor continúa llamando, pero no convoca a autómatas ni mueve los hilos de un gigantesco guiñol. Llama a seres libres que pueden resistirle. Muchos, llamados a la fe, no la admiten. Muchos, llamados a la Iglesia, no entran en ella. Muchos, llamados a tareas concretas, se repliegan egoístamente sobre sí mismos.

Imposible, tratando de este tema, eludir el problema de la ausencia de vocaciones sacerdotales y religiosas. Cuando se esperaba que el posconcilio fuese una primavera eclesial, nos hemos encontrado con la dolorosa sorpresa de los seminarios y los noviciados vacíos. Ya son muchos los que se preguntan quién atenderá dentro de unos años a los expósitos y a los ancianos..., sin encontrar una clara respuesta. Un problema angustioso, el más serio que tiene planteado hoy la Iglesia. Ni siquiera puede servir como compensación el decir que otras vocaciones son más atendidas: no están más florecientes que los seminarios las organizaciones de apostolado, ni los huecos que se abren en nuestras viejas cristiandades se compensan con un gran número de partidas al servicio de las nuevas. Se habla muy bien, tal vez como nunca. Se escribe muchísimo, pero se hace muy poco.

En el contexto de este doloroso problema de las vocaciones frustradas y de las necesidades desatendidas, no es posible olvidar un aspecto que nos viene de los orígenes mismos del cristianismo: el de la virginidad en general, y el celibato sacerdotal en particular. Fue algo que se venía viviendo con paz, sin discusión. Jesucristo era presentado, tal como se le invocaba en unas célebres actas martiriales, como «seminator casti consilii», sembrador del casto consejo. Se admitía que esa siembra continuaba y que Dios llamaba, por medio de su Hijo unigénito, a hombres y mujeres a una vida de absoluta pureza sexual, contra la que cualquier atentado constituía un sacrilegio. La tradición era constante, y nada más fácil que tejer un mosaico de textos de todas las épocas y todas las latitudes en los que autores cristianos hacían la alabanza de la virginidad y la continencia, particularmente si de los sacerdotes se trataba.

El cambio de signo ha sido radical en estos últimos años. E1 papa Pablo VI, en su encíclica sobre el celibato eclesiástico (del 24 de junio de 1967), hacía en la primera parte una síntesis apretada de todas las objeciones, para ratificar después con fuerza la doctrina tradicional, la misma que el Concilio había ratificado. No obstante, la voz del Papa ha sido muy escasamente escuchada, y, ya por vía de la psicología profunda, ya con la esperanza de remediar la escasez del clero, ya culpando al celibato de las pretendidas deformaciones de carácter y equilibrio de algunos sacerdotes, la campaña prosigue. Frente a ella no cabe esgrimir una lógica puramente humana, que muy difícilmente puede llevar a conclusiones definitivas. Hay que recurrir a la lógica superior del Evangelio.

Rompiendo con la tradición veterotestamentaria, chocando fortísimamente con el terrible ambiente del mundo grecorromano, exponiéndose en ocasiones al martirio y siempre a la incomprensión, el primitivo cristianismo entendió que Jesucristo había venido a traer del cielo a la tierra la flor de la virginidad y que debía no sólo conservarla, sino sembrarla para que se difundiera más y más. Así durante siglos, y así hoy mismo, pues, como dice el Papa, no le es posible olvidar «esta magnífica y sorprendente realidad: hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y, junto a ellos, no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad y también con relativa facilidad... No podemos silenciar nuestra admiración: en todo ello sopla, sin duda alguna, el espíritu de Cristo».

El desafío era, y continúa siendo, tremendo. El ambiente, hostil a más no poder; tal vez, en algunos aspectos, con una hostilidad mayor a la del mundo grecorromano. Pero la respuesta de la Iglesia ha sido terminante: cree que Jesucristo sigue llamando a la perfecta continencia a muchos, y entre éstos a todos sus sacerdotes de la Iglesia latina, y una vez más en la historia, pese a todo, dice que hay que continuar por este camino.

L. E.