Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia DVIVO-1

TESTIGOS DEL DIOS VIVO

REFLEXIÓN SOBRE LA MISIÓN E IDENTIDAD
DE LA IGLESIA EN NUESTRA SOCIEDAD


Documento aprobado por la XLII Asamblea Plenaria de la
Conferencia Episcopal Española
(24-29 junio 1985)

INTRODUCCIÓN

RESPONDER ECLESIALMENTE A LAS EXIGENCIAS
DE LA HORA ACTUAL
DOS PUNTOS IMPORTANTES E INTERDEPENDIENTES
DESARROLLO DE NUESTRA REFLEXIÓN

I
MISIÓN PRIMORDIAL DE LA IGLESIA
Y DE LOS CATÓLICOS EN EL MUNDO
UNA PERSPECTIVA CORRECTA Y UNA PREGUNTA RADICAL
CONTINUADORES DE LA MISIÓN DE JESUCRISTO
ANUNCIAR EN EL MUNDO EL REINO DE DIOS
EL CONTENIDO FUNDAMENTAL DEL MENSAJE DE JESÚS
Y DE LA IGLESIA
LA DIFICULTAD DE ESTE MENSAJE DE SALVACIÓN
EN EL MUNDO DE HOY
RUPTURA Y CONTINUIDAD:
ESPERAR LO QUE VIVIMOS Y VIVIR LO QUE ESPERAMOS
ACOMODAR EL LENGUAJE SIN TRAICIONAR LOS CONTENIDOS


 

INTRODUCCIÓN

RESPONDER ECLESIALMENTE A LAS EXIGENCIAS
DE LA HORA ACTUAL

1. La hora presente de los católicos un especial esfuerzo de discernimiento y generosidad. La gravedad de los problemas que pesan sobre la humanidad y el inmenso sufrimiento de tantos hermanos nuestros, son una llamada de Dios que nos apremia a cumplir con más lucidez y eficacia la misión recibida de Nuestro Señor Jesucristo en favor del mundo y de todos los hombres.

El pueblo de Dios vive en España esta situación con especial intensidad. Los Obispos españoles no queremos defraudar a nuestros hermanos en la fe ni podríamos tener maniatado el Espíritu del Señor. Cada uno en su diócesis y todos juntos, ejerciendo solidariamente nuestra misión común, nos esforzamos, con la ayuda de Dios, en ser fieles al ministerio recibido “para que los que creen en Dios traten de sobresalir en la práctica de las buenas obras” (1 Tito 3,8).

2. En junio de 1983 presentamos a la comunidad católica nuestro programa de acción pastoral para estos años. Señalábamos allí como objetivo central de nuestro ministerio el servicio a la fe de nuestro pueblo, tanto de los creyentes como de aquellos que viven, total o parcialmente, al margen de la fe en el Dios viviente sin una clara esperanza de la salvación que El nos ha prometido.

DOS PUNTOS IMPORTANTES E INTERDEPENDIENTES

3. Hay dos temas íntimamente relacionados entre sí, y de primera importancia, que en las circunstancias actuales queremos presentar ante vosotros con el fin de que les dediquéis una especial atención: uno es la misión evangelizadora de la Iglesia y el segundo es la identidad de la Comunidad eclesial, dentro del conjunto de la sociedad española actual.

4. Es evidente que la Iglesia de Dios no existe para sí, ni puede vivir encerrada en sí misma, acaparada por sus problemas internos o satisfecha en la contemplación de sus propias prerrogativas. Como San Pablo en su tiempo, los católicos españoles estamos llamados “a anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo... para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada... mediante la Iglesia, conforme al previo designio eterno que realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Efesios 3, 8- 11).

5. Al mirar las circunstancias reales de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad, al examinarnos a nosotros mismos en relación con la trama real de nuestra vida, surgen muchas preguntas sobre las cuales hemos reflexionado y consultado largamente: ¿Cómo hablar de Dios y de su Reino en el mundo actual? ¿Cómo suscitar en nuestros hermanos cristianos un mayor dinamismo evangelizador y misionero? ¿Como intensificar nuestro servicio al mundo en que vivimos?

6. Tenemos sobre nosotros la gran tarea de continuar y difundir la vida de la fe y la esperanza de la salvación, en una etapa nueva de nuestra historia. La gravedad de semejante responsabilidad ha de ser estímulo para grandes empresas a fin de que Dios sea conocido y amado por todos, para que todos acepten y gocen de los bienes de su salvación en una vida renovada por el Espíritu. Todos somos necesarios para este esfuerzo común. Todos debemos revisarnos y asumir nuestras propias responsabilidades con humilde espíritu de conversión.

En cumplimiento de nuestro ministerio eclesial y en nombre de Jesucristo, queremos ofreceros el resultado de nuestras reflexiones y deseos. Ojalá que todo ello sirva para que “con unión de energías y en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con eficacia este importante propósito, procuremos que, ajustándonos cada vez más al Evangelio, cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana, que está llamada en Cristo Jesús a ser la familia de los hijos de Dios” (Cfr Gaudium et Spes, 92).

DESARROLLO DE NUESTRA REFLEXIÓN

7. a) Viviendo como vivimos los católicos españoles en una sociedad oficialmente no confesional, sometida al influjo cultural de ideas y de criterios contrarios o simplemente diversos de nuestra fe, es absolutamente necesario que los creyentes, y la Iglesia entera, encuentren su razón de ser y su fuerza interior en la posesión y el anuncio de los misterios centrales, de la fe, fuente de renovación y de vida, de paz y de alegría. De ellos nos ocuparemos en la primera parte de este escrito.

b) En la segunda comentaremos algunos aspectos del ser de la Iglesia y de la vida cristiana que nos parecen especialmente dignos de ser tenidos en cuenta en las presentes circunstancias.

c) Posteriormente en su tercera y última parte, expondremos algunas observaciones acerca del servicio a la sociedad, que es también parte esencial de la misión de la Iglesia y de su acción evangelizadora, que nos parecen especialmente oportunas en estos momentos.

I

MISIÓN PRIMORDIAL DE LA IGLESIA
Y DE LOS CATÓLICOS EN EL MUNDO

UNA PERSPECTIVA CORRECTA Y UNA PREGUNTA RADICAL

8. Hay muchas maneras de acercarse a la realidad de la Iglesia. Se puede hablar de ella desde un punto de vista estrictamente histórico o sociológico, utilizando los métodos de las ciencias positivas. Pero la Iglesia incluso en su realidad humana e institucional tiene un origen divino y solamente puede ser percibida en su ser verdadero desde una perspectiva de fe auténticamente cristiana (Cfr Lumen Gentium, 8).

9. Así como nosotros os vamos a hablar de ella fijándonos únicamente en algunos de sus rasgos fundamentales. El ser de la Iglesia está en función de su origen y de su finalidad. ¿Para qué existe la Iglesia en el mundo? ¿Cuál es su objetivo propio y específico? Esta es una pregunta radical cuya respuesta concierne seriamente a cuantos formamos parte de ella. Interesa también a quienes la observan desde fuera.

Por otra parte, en un momento como el actual, en el que las instituciones existentes en nuestra sociedad necesitan clarificarse y perfilar mejor su propia naturaleza, es muy necesario que los católicos nos preguntemos cuál es la razón de ser de la Iglesia y cuál su misión específica dentro de la sociedad en que vivimos.

CONTINUADORES DE LA MISIÓN DE JESUCRISTO

10. Esta pregunta solamente tiene una respuesta: La Iglesia es continuadora de la misión de Jesucristo (Cfr Mateo 28,18; Lumen Gentium, 5). De forma que para responderla es preciso ir más allá de la propia Iglesia preguntándonos por la misión de Jesús: ¿qué hizo, qué quiso hacer, qué sigue haciendo Jesucristo en el mundo?

11. En estos momentos se ofrecen diversas respuestas a estas preguntas. Esta variedad de respuestas da a entender la riqueza de la misión de Cristo: como principio de una nueva humanidad, Jesucristo ha venido a hacerlo todo nuevo. Pero nuestra pregunta tiene que ir a buscar cuál es el punto original, lo más específico y radical de la misión y de la obra de Jesucristo en el mundo. Porque es posible que la multiplicidad de aspectos derivados del núcleo central, o la especial urgencia de algunos de ellos nos hagan perder de vista lo más original e importante.

El Papa Pablo VI, en un admirable documento de plena actualidad, resumía así la misión de Jesús: “Proclamar de ciudad en ciudad, sobre todo a los más pobres, con frecuencia los más dispuestos, el gozoso anuncio del cumplimiento de las promesas y de la Alianza propuesta por Dios, tal es la misión para la que Jesucristo se declara enviado por el Padre; todos los aspectos de su misterio -la propia Encarnación, los milagros, las enseñanzas, la convocación de los discípulos, el envío de los Doce, la cruz y la resurrección, la continuidad de su presencia en medio de los suyos- forman parte de su actividad evangelizadora” (Evangelii Nuntiandi, 6).

Jesús vino al mundo para evangelizar, esto es, para anunciar un mensaje nuevo y desconcertante: “El Reino de Dios está cerca” (Marcos, 1,15): Dios entra en la vida de los hombres como una realidad viva y misteriosa que les concierne definitivamente y les trae la verdadera salvación.

ANUNCIAR EN EL MUNDO EL REINO DE DIOS

12. No resulta fácil desempeñar sin empobrecerla la expresión “Reino de Dios”. Jesús con esta expresión nos quiere decir que en su persona Dios está llevando a cabo su Alianza definitiva con el hombre y aún con la creación entera. El fundamento y el contenido de esta Alianza es el amor de Dios que se nos comunica como gracia en Cristo, garantía y fuente de nuestra propia plenitud.

El Reino de Dios es, por consiguiente, el mismo Jesucristo, puesto que El es, en su propia humanidad, la presencia, la reconciliación y el amor de Dios ofrecido a todos los hombres, y es en El donde la humanidad, herida por el pecado, recibe del Padre la victoria y la glorificación definitiva de la resurrección. Jesucristo resucitado es el núcleo del Reino de Dios, de la Nueva Humanidad y de la Nueva Creación que ha de ir reuniéndose y configurándose en torno a su cuerpo y a su humanidad glorificada (Cfr Romanos, 8).

13. Este es el anuncio que Jesús encomienda a sus Apóstoles y ésta es desde entonces y para siempre la misión de la Iglesia en el mundo. Por esta esperanza vivimos los cristianos abiertos al Reino de Dios, cuyas primicias poseemos ya en este mundo, anticipando así sobre la tierra la nueva humanidad que esperamos y hacia la cual Dios nos conduce con la fuerza de su Espíritu.

Cualquier actividad eclesial que no tenga suficientemente en cuenta este contenido central y radical del Evangelio de Jesucristo, desfigura el mensaje cristiano y la finalidad de la Iglesia. La catequesis, la formación doctrinal y moral de los cristianos, la liturgia y la oración, el necesario compromiso temporal exigido por la fe, deben buscar su fundamento y fin en este anuncio que es el centro de la fe y de la vida cristiana.

EL CONTENIDO FUNDAMENTAL DEL MENSAJE DE JESÚS
Y DE LA IGLESIA

14. Este mensaje central de Cristo y de la Iglesia proclama ante el mundo la soberanía absoluta del Dios vivo. El está en el principio y en el fin de las cosas. El tiene la iniciativa de la creación y de la salvación; en El está el juicio inapelable de nuestra vida y nuestras obras; no hay sobre la tierra ningún otro poder al que debamos someter nuestra vida ni del que podamos esperar la salvación.

15. Este Dios viviente y soberano se ha entregado y se hace accesible a los hombres como amor y como gracia en su Hijo Jesucristo. Por El, Dios nos reconcilia consigo perdonándonos los pecados, nos hace triunfar sobre la muerte, nos libera de los poderes y de los límites de este mundo haciéndonos hijos suyos mediante la comunicación de su vida inmortal y de su Espíritu (Cfr 2 Corintios, 5).

16. Quien cree este anuncio y sale de sí desde el fondo de su corazón al encuentro de Dios alcanza el perdón de sus pecados, triunfa de la muerte y se pone en camino de salvación: “El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan, 5,24).

17. La Iglesia entera, al acoger este mensaje, vive en el mundo como comunidad de creyentes convocada por Cristo, animada por la esperanza de encontrarse con El y participar de su victoria sobre la muerte. La Iglesia nace como continuidad histórica de Jesús y camina hacia el encuentro con el Señor glorificado.

18. No es nuestro objeto describir aquí la complejidad y riqueza de la salvación tal como es creída y esperada por nosotros. Sin embargo, en estos momentos nos parece necesario recordar algunos rasgos esenciales que en la actualidad se olvidan con frecuencia y deben ser especialmente tenidos en cuenta por cuantos se dedican en la Iglesia a la formación de la fe de las nuevas generaciones: sacerdotes, religiosos, educadores, catequistas.

a) La salvación viene de Dios que nos ha destinado desde siempre para que compartamos su vida eterna.

b) La salvación es antes que nada don de Dios que debe ser recibido con reconocimiento y alegría.

c) Dios nos ofrece ya esta salvación en el mismo Jesús en su manifestación gloriosa que aún guardamos.

d) Dios quiere que nuestra vida de cada día, personal y social, sea ya sobre la tierra anticipo, testimonio y crecimiento de la salvación definitiva.

Ninguno de estos elementos puede ser negado o quedar en la penumbra a la hora de presentar fielmente la salvación cristiana.

19. No basta, pues, predicar un seguimiento de Jesús, fijándose sólo en su vida terrena, considerándolo solamente como mero profeta y pretendiendo hacer de El casi únicamente un reformador de la historia. Jesús muere sin duda a manos de los poderes injustos de este mundo. Pero esta muerte, interpretada desde la fe cristiana, es en último término la culminación de la entrega irrevocable que Dios hace de su Hijo al mundo para su salvación.

La muerte y la resurrección de Jesús son los acontecimientos definitivos de la salvación. En ellos Dios juzga y condena lo que el mundo es y puede llegar a ser cerrándose sobre sí mismo. En ellos, también, se nos abre por obra del Espíritu de Dios la gran esperanza de una vida nueva, con Dios y con los santos, que va más allá de la muerte y nos permite vivir ya una vida nueva en este mundo. La fe viva en Dios nos asocia a la muerte y a la resurrección de Jesucristo, nos da la posibilidad de enterar por adelantado en los acontecimientos últimos de nuestra salvación y nos otorga ya en este mundo la condición de verdaderos hijos de la resurrección y ciudadanos del Reino de los cielos.

Esta es la fe que profesa y celebra la Iglesia, en esta fe somos incorporados por el bautismo a la salvación que está en Cristo, esa es la fe que nos libera del poder de la muerte y del cautiverio de este mundo, la fe que nos perdona los pecados y nos hace amigos e hijos de Dios, la fuente de nuestra soberanía respecto de las cosas de este mundo y el origen de la verdadera fraternidad. Solamente conservándonos en esta fe bautismal somos cristianos verdaderos.

20. A partir de esta fe y de esta inicial transformación, el cristiano puede y debe reconocer en la vida terrestre de Jesús el modelo inagotable y estímulo permanente de su modo de existencia entre los hombres. Así nace un nuevo estilo de vida desde dentro del corazón, por obra del Espíritu, como expresión y desarrollo de una libertad iluminada y redimida sin caer en el moralismo o en la esclavitud de una nueva ley. Aquí radica la novedad y la fuerza del Cristianismo (Cfr Juan, 14, 12-21).

Por esta razón los cristianos podemos y debemos trabajar con los demás hombres para la permanente transformación del mundo. Nuestra aportación específica no nace de ninguna ideología de este mundo, ni puede tampoco limitarse a los objetivos o a la disciplina de ninguna institución política. Nosotros ofrecemos el testimonio de la fuerza del Dios vivo que nos salva y que nos hace capaces de vivir ya desde ahora el ideal de vida reconciliada y fraterna que esperamos.

LA DIFICULTAD DE ESTE MENSAJE DE SALVACIÓN
EN EL MUNDO DE HOY

21. No es fácil hablar hoy de Dios. En nuestro mundo hay fuertes fermentos de ateísmo y de indiferencia religiosa. Paradójicamente, el hombre moderno se siente tentado de ateísmo y agnosticismo, tanto por la excesiva admiración de sí mismo como por el sentimiento de frustración y el escepticismo que le produce la experiencia de sus propios fracasos.

El crecimiento de la ciencia, las admirables adquisiciones técnicas, la ingenua esperanza de poder llegar a dominar totalmente los recursos de la naturaleza y regir por sí solo los caminos de la historia y del universo, llevan al hombre actual a rechazar la presencia y la intervención de cualquier otro agente que no sea él mismo y no pueda ser sometido a sus cálculos y proyectos. Le parece una injerencia intolerable y una inaceptable abdicación de sus propias prerrogativas.

Por otra parte la pertinencia y el crecimiento del mal y del dolor en el mundo, las amenazas de destrucción que nacen sin poderlo remediar del mal uso de sus propias obras, le conducen a una visión pesimista de la vida que le hace desconfiar de cualquier promesa o esperanza de salvación.

Hay que tener además en cuenta la difusión de un fenómeno relativamente nuevo entre nosotros. La implantación de un modelo de vida dominado por el consumo y disfrute del mayor número posible de cosas, induce a amplios sectores de nuestra sociedad, bautizados en su mayor parte, a prescindir prácticamente de Dios y de salvación eterna en su vida pública y privada; más aún hay síntomas de que estamos llegando a unas formas de vida en las que el hombre pierde la capacidad de preguntarse por el origen y el último sentido de su vida.

De la conjunción de estos factores nace un espíritu desconfiado, pragmático, amigo de disfrutar del mundo y de la vida, sin poner la confianza en revelaciones ni promesas que no estén al alcance de la mano ni se puedan disfrutar aquí y ahora de manera inmediata. Este espíritu, ampliamente difundido entre nosotros es más propenso a la incredulidad que a la fe, al pragmatismo que a la esperanza, al egoísmo que al amor y a la generosidad.

22. El anuncio del mensaje cristiano, para que resulte comprensible y aceptable debe tener en cuenta, sin duda, las condiciones del hombre a quien se dirige. Pero la relación entre el Evangelio que se anuncia y las expectativas del hombre histórico no se pueden entender de manera excesivamente simplista.

La voluntad de facilitar la comprensión del mensaje cristiano a un mundo que parece estimar únicamente las realidades terrestres puede llevarnos a cargar los acentos en las consecuencias temporales de la fe y de la salvación dejando entre paréntesis el centro y las características primordiales de esta salvación. De esta manera, y casi sin quererlo, el objetivo fundamental de la esperanza cristiana, tanto personal como colectiva, se va trasladando preferentemente a objetivos históricos. Dios deja de aparecer como el primer sujeto activo que interviene libre y soberanamente para la liberación definitiva de los hombres y va quedando relegado a un horizonte lejano, como algo impersonal, privado de iniciativa y puesto al servicio de nuestras propias preocupaciones históricas.

Paralelamente, la escatología cristiana queda oscurecida y casi sustituida por una visión optimista y mítica de la historia, la fe es interpretada desde las ideologías y empobrecida por ellas, el esfuerzo y las luchas de los hombres sustituyen a la iniciativa de Dios y al poder de su Espíritu. De esta manera se va operando una secularización interna del cristianismo que le hace incapaz de aportar nada nuevo ni importante a las luchas, a las incertidumbres y a la desesperanza de los hombres.

RUPTURA Y CONTINUIDAD:
ESPERAR LO QUE VIVIMOS Y VIVIR LO QUE ESPERAMOS

23. El Evangelio no puede dejar de juzgar al mundo en cualquier situación histórica, aún a riesgo de provocar rechazos. La muerte de Jesús entraña un juicio de Dios sobre las realidades de este mundo que tiende a cerrarse sobre sí mismo y pretende lograr su salvación desde sus propios recursos. Por eso el mundo, tal como es, no puede aceptar el juicio de Dios sin poner en crisis su propia autosuficiencia y recibir con agradecimiento la vida nueva que Dios le ofrece para que pueda llegar a ser él mismo (Cfr Juan, 3, 17-21).

La esperanza cristiana no favorece, sin embargo, un falso espiritualismo ni nos lleva a desentendernos de los problemas reales de la vida temporal o a menospreciar las cosas de la tierra. La verdad es que el cristiano, liberado para Dios y para su prójimo, está en condiciones de ser dueño y no esclavo de las cosas de este mundo, adquiriendo así una libertad nueva para el amor y la fraternidad. Por otra parte, quien espera de verdad la vida eterna valora las cosas de este mundo a la luz de la vida que espera y trata de irlas conformando constantemente a la vida reconciliada y fraterna que espera más allá de cualquier logro histórico (Cfr Gaudium et Spes, 39).

24. La Iglesia de Jesús, portadora de esta esperanza, es por sí misma anticipación de la vida nueva que esperamos, signo y sacramento de la salvación universal, y por eso mismo es también fermento de transformación de la sociedad en esta marcha universal hacia la consumación y la plenitud.

Esta iniciación del Reino de Dios sobre la tierra no se hace sólo desde la Iglesia visible, ni es únicamente obra de los cristianos, pues como enseña el Vaticano II, el Espíritu Santo actúa en los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad haciendo de ellos, aun sin saberlo, verdaderos preparadores del Reino de Dios. (Cfr Lumen Gentium, 16). Por eso mismo las relaciones de la Iglesia con la sociedad, y de los católicos con los no creyentes, han de ser relaciones de diálogo y de mutuo enriquecimiento, encaminadas a que todos conozcan mejor y realicen más plenamente los planes de Dios, por encima de los errores, conflictos y malentendidos que se puedan dar a causa de las limitaciones de nuestra condición humana.

ACOMODAR EL LENGUAJE SIN TRAICIONAR LOS CONTENIDOS

25. Le Evangelización requiere un esfuerzo positivo para presentar los misterios de Dios y de nuestra salvación de manera que resulten comprensibles y despierten el interés de sus destinatarios.

Es preciso, sin embargo, cuidar de no alterar ni omitir los contenidos fundamentales de la revelación y de la fe tal como son interpretados y vividos auténticamente por la Iglesia. La correlación que en el diálogo evangelizador y pastoral se establece entre el mensaje que se quiere anunciar y los factores sociales y culturales, no puede hacerse de tal manera que la soberanía de Dios y sus promesas queden sometidas a la primacía de las expectativas o preferencias de una cultura determinada. Lo contrario daría la prioridad a la cultura sobre la fe quedando ésta convertida en un subproducto de la cultura dominante.

26. Los cristianos del llamado “primer mundo” vivimos y anunciamos la fe en Dios y la esperanza de su salvación en un ambiente de increencia y desconfianza. Esta situación, dura y exigente, ha de tener sin duda su significación dentro de los planes de Dios. Hemos de abordar esta situación y descubrir lo que quiere Dios de nosotros en ella: ser capaces de anunciar la presencia y la gracia de Dios a un mundo que cree poder prescindir de El o que no se ve con fuerzas para tomar en serio sus promesas.

La primera consecuencia que nace de esta responsabilidad es la necesidad de ahondar y purificar nuestra propia fe y esperanza en la salvación de Dios, haciéndolas a la vez más teologales, más profundamente religiosas, y más comprometidas en la transformación de nuestra vida y de nuestra manera de estar en las relaciones y en las instituciones de este mundo. Tanto el espiritualismo desencarnado como las actitudes secularizantes rehuyen de hecho esta llamada a una mayor autenticidad purificada y purificadora de la vida cristiana.

Y lo segundo es saber ofrecer a los demás de manera clara y sencilla, por todos los medios posibles, los acontecimientos fundamentales de nuestra salvación, sin ocultar nada, dejando a Dios y a Jesucristo manifestarse como han querido hacerlo, dejándoles ser quienes son, sin domesticar su Palabra, ni someterla al filtro de las expectativas de una determinada coyuntura histórica.

Estas son las necesidades y exigencias primarias de la evangelización en la sociedad actual. Los cambios y las reformas estructurales, siempre necesarias en la Iglesia, que es a la vez obra de Dios y realidad histórica, han de estar encaminadas a facilitar y potenciar en cada momento estas exigencias fundamentales. Aquello que las enturbia o debilita, más que renovación, produce en la Iglesia infidelidad y debilitamiento.