Entrevista de Benedicto XVI a la televisión de Polonia
En recuerdo de Juan Pablo II, 27 años
después de su elección como Papa
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 16 octubre 2005 (ZENIT.org).-
Publicamos la entrevista que Benedicto XVI concedió al canal público de la
televisión de Polonia con motivo de la Jornada del Papa celebrada el domingo en
este país, a los 27 años de la elección del cardenal Karol Wojtyla como obispo
de Roma.
La entrevista, emitida en la noche de este domingo, ha sido realizada por el
padre Andrzej Majewski, responsable de los programas católicos para la
televisión pública polaca.
* * *
Gracias de todo corazón, Santo Padre, por habernos concedido esta breve
entrevista, con ocasión de la Jornada del Papa que se celebra en Polonia.
El 16 de octubre de 1978, el cardenal Karol Wojtyla se convirtió en Papa y desde
aquel día en Juan Pablo II, durante más de 26 años, como Sucesor de San Pedro, y
como usted ha dicho, ha guiado a la Iglesia junto con los obispos y los
cardenales. Entre los cardenales estaba también Su Santidad, persona
singularmente apreciada y estimada por su predecesor; persona de la que el
pontífice Juan Pablo II escribió en el libro «¡Levantaos! !Vamos! » --y aquí
cito-- «Doy gracias a Dios por la presencia y la ayuda del cardenal Ratzinger.
Es un amigo seguro», ha escrito Juan Pablo II.
--Santo Padre ¿cómo comenzó esta amistad y cuándo conoció Su Santidad al
cardenal Karol Wojtyla?
--Benedicto XVI: Personalmente le conocí sólo en los dos pre-cónclaves y
cónclaves de 1978. Naturalmente había oído hablar del cardenal Wojtyla, al
principio sobre todo en el contexto de la correspondencia entre los obispos
polacos y alemanes, en 1965. Los cardenales alemanes me informaron del enorme
mérito y la contribución del arzobispo de Cracovia, que era el alma de esta
correspondencia realmente histórica. Había oído también hablar a mis amigos
universitarios sobre su filosofía y su gran figura como pensador. Pero, como he
dicho, el primer encuentro personal tuvo lugar en el cónclave de 1978. Desde el
comienzo sentí una gran simpatía por él y, gracias a Dios, el cardenal de aquel
tiempo me otorgó desde el principio su amistad, inmerecida por mi parte. Estoy
agradecido por la confianza que me dio, sin mérito mío alguno. Sobre todo,
viéndole rezar, comprendí, no sólo pude ver, que era un hombre de Dios. Ésta era
la impresión fundamental: un hombre que vive con Dios, más aún, en Dios. Además
me impresionó la cordialidad, sin prejuicios, con la que se encontró conmigo. En
estos encuentros del pre-cónclave de los cardenales tomó la palabra en diversas
ocasiones y ahí tuve también la posibilidad de percibir su estatura de pensador.
Sin grandes palabras surgió una amistad, desde el corazón y, nada más producirse
su elección, el Papa me llamó en diversas ocasiones a Roma para charlar y al
final me nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
--Por tanto, ¿no fue una sorpresa el nombramiento, ni su convocación a Roma?
--Benedicto XVI: Para mí era un poco difícil, porque desde el comienzo de mi
episcopado en Munich, con la solemne consagración como obispo en la catedral de
Munich, era para mí una obligación, casi un matrimonio con esta diócesis y
habían subrayado que desde hacía varios decenios yo era el primer obispo
originario de la diócesis. Me sentía, por tanto, muy obligado y ligado con esta
diócesis. Además existían problemas difíciles que todavía no habían sido
resueltos y no quería dejar a la diócesis con ellos. De todo esto hablé con el
Santo Padre con gran apertura, y con esa confianza que tenía el Santo Padre, que
era muy paterno conmigo. Me dio tiempo para reflexionar y él mismo también lo
quería pensar. Al final me convenció, porque ésa era la voluntad de Dios. Así
pude aceptar esa llamada y esa gran responsabilidad, nada fácil, que de por sí
superaba mis capacidades. Pero con la confianza en la paterna benevolencia del
Papa y con la guía del Espíritu Santo, pude decir que sí.
-- Esta experiencia duró más de 20 años...
--Benedicto XVI: Sí, llegué en febrero de 1982 y ha durado hasta la muerte del
Papa en el 2005.
--¿Cuáles son, según usted, Santo Padre, los puntos más significativos del
pontificado de Juan Pablo II?
--Benedicto XVI: Yo diría que podemos tener dos puntos de vista: uno «ad extra»
--hacia el mundo-- y uno «ad intra» --hacia la Iglesia--. Respecto al mundo, me
parece que el Santo Padre, con sus discursos, su persona, su presencia, su
capacidad de convencer, creó una nueva sensibilidad hacia los valores morales,
hacia la importancia de la religión en el mundo. Esto hizo que se crease una
nueva apertura, una nueva sensibilidad para los problemas de la religión, para
la necesidad de la dimensión religiosa del hombre y, sobre todo, ha crecido --de
forma inimaginable-- la importancia del obispo de Roma. Todos los cristianos han
reconocido --no obstante las diferencias y no obstante su falta de
reconocimiento del sucesor de Pedro-- que él es el portavoz de la cristiandad.
Nadie más que él, a nivel mundial, puede hablar en nombre de la cristiandad y
dar voz y fuerza, en la actualidad del mundo, a la realidad cristiana. Pero
también para los no cristianos y para las otras religiones, él fue el portavoz
de los grandes valores de la humanidad. También hay que mencionar que consiguió
crear un clima de diálogo entre las grandes religiones y un sentido de
responsabilidad común que todos tenemos con el mundo, aclarando que las
violencias y las religiones son incompatibles y que juntos hemos de buscar el
camino para la paz, en una responsabilidad común ante la humanidad.
Traslademos la atención ahora hacia la situación de la Iglesia. Debo decir, ante
todo, que supo entusiasmar a la juventud con Cristo. Esto es nuevo si pensamos
en la juventud del ‘68 y de los años setenta. Que la juventud se haya
entusiasmado por Cristo y por la Iglesia y también por valores difíciles sólo
podía conseguirlo una personalidad con ese carisma; sólo él podía movilizar a la
juventud del mundo por la causa de Dios y por el amor de Cristo, como él lo
hizo. En la Iglesia ha creado --creo-- un nuevo amor por la Eucaristía. Estamos
todavía en el Año de la Eucaristía, querido por él con tanto amor; ha dado un
nuevo sentido a la grandeza de la Misericordia Divina; y también ha profundizado
mucho en el amor a la Virgen y nos ha guiado así hacia una interiorización de la
fe y, al mismo tiempo, hacia una mayor eficacia.
Es necesario mencionar naturalmente, como todos sabemos, lo esencial que ha sido
también su contribución para los grandes cambios del mundo en el año ‘89, por la
caída del así llamado socialismo real.
--A lo largo de sus encuentros personales y de los coloquios con Juan Pablo
II, ¿cuál fue el que más le impactó? ¿Podría contarnos sus últimos encuentros
con Juan Pablo II?
--Benedicto XVI: Sí. Los dos últimos encuentros los tuve, el primero, en el
Policlínico Gemelli, en torno al 5-6 de febrero; y el segundo, el día anterior a
su muerte, en su habitación. En el primer encuentro, el Papa sufría
visiblemente, pero estaba totalmente lúcido y muy presente. Yo había ido sólo
para un encuentro de trabajo, porque necesitaba alguna decisión suya. El Santo
Padre, aunque sufriendo, seguía con gran atención cuanto le decía. Me comunicó
en pocas palabras sus decisiones, me dio su bendición, me saludó en alemán,
concediéndome toda su confianza y amistad. Para mi fue muy conmovedor ver, por
una parte, cómo su sufrimiento estaba unido al Señor sufriente, cómo llevaba su
sufrimiento con el Señor y por el Señor; y, por otra parte, ver cómo
resplandecía su serenidad interior y su completa lucidez.
El segundo encuentro fue el día antes de que muriera: estaba, obviamente, más
dolorido, se notaba, rodeado de médicos y amigos. Estaba todavía muy lúcido y me
dio su bendición. Ya no podía hablar mucho. Para mí, su paciencia en el
sufrimiento ha sido una gran enseñanza, sobre todo el llegar a ver y sentir cómo
estaba en las manos de Dios y cómo se abandonaba a su voluntad. A pesar de los
dolores visibles, estaba sereno, porque estaba en las manos del Amor Divino.
--Usted, Santo Padre, en sus discursos evoca a menudo la figura de Juan Pablo
II, y de Juan Pablo II dice que era un gran Papa, un llorado y venerado
predecesor. Siempre recordamos las palabras que usted pronunció en la Misa del
20 de abril pasado, palabras dedicadas justamente a Juan Pablo II. Ha sido
usted, Santo Padre, quien dijo --y aquí cito-- «parece como si él me tuviera
agarrado fuerte de la mano, veo sus ojos sonrientes y escucho sus palabras, que
en aquel momento me dirige a mí de forma particular: "¡no tengas miedo!"». Santo
Padre, una pregunta muy personal ¿sigue sintiendo usted la presencia de Juan
Pablo II? Y si es así, ¿de qué manera?
--Benedicto XVI: Ciertamente. Comienzo respondiendo a la primera parte de su
pregunta. En un principio, hablando de la herencia del Papa, había olvidado
hablar de tantos documentos que nos ha dejado --catorce encíclicas, muchas
cartas pastorales y tantos otros-- y todo esto representa un patrimonio
riquísimo que todavía no ha sido suficientemente asimilado en la Iglesia.
Considero que tengo la misión esencial y personal de no producir tantos
documentos nuevos, sino más bien la de conseguir que aquellos documentos sean
asimilados, porque son un tesoro riquísimo, son la auténtica interpretación del
Vaticano II. Sabemos que el Papa era el hombre del Concilio, que había asimilado
interiormente el espíritu y la letra del Concilio y con estos textos nos hace
comprender qué es lo que realmente quería y no quería el Concilio. Nos ayuda a
ser verdaderamente Iglesia de nuestro tiempo y del tiempo venidero.
Paso a la segunda parte de su pregunta. El Papa me resulta siempre cercano a
través de sus textos: le oigo y le veo hablar, y puedo estar en diálogo continuo
con el Santo Padre porque con estas palabras habla siempre conmigo, conozco
también el origen de muchos textos, recuerdo los diálogos que tuvimos sobre cada
uno de ellos. Puedo continuar el diálogo con el Santo Padre. Naturalmente esta
cercanía a través de las palabras es una cercanía no sólo con los textos sino
con la persona, más allá de los textos escucho al mismo Papa. Quien se va con el
Señor no se aleja: cada vez siento más que un hombre que se va con el Señor se
acerca todavía más y siento que con el Señor está junto a mí, pues yo estoy
cerca del Señor, estoy cerca del Papa y él ahora me ayuda a estar junto al Señor
y trato de entrar en su atmósfera de oración, de amor al Señor, de amor a la
Virgen y me encomiendo a sus oraciones. Hay así un diálogo permanente y también
una cercanía, de una forma nueva, pero de una forma muy profunda.
--Santo Padre le esperamos en Polonia. Mucha gente pregunta, ¿cuándo vendrá
el Papa a Polonia?
--Benedicto XVI: Sí, tengo la intención de ir a Polonia, si Dios quiere, si el
tiempo me lo permite. He hablado con monseñor Dziwisz respecto a la fecha, y me
dicen que el mes de junio sería el periodo más apropiado. Naturalmente todo está
por organizar con las instancias competentes. En este sentido es una palabra
provisional, pero parece que posiblemente el próximo junio pueda ir a Polonia,
si el Señor me lo permite.
--Santo Padre, en nombre de todos los telespectadores, le agradezco de
corazón esta entrevista. Gracias, Padre Santo.
--Benedicto XVI: Gracias a usted.
[Traducción del original italiano realizada por «Radio Vaticano»]