Entrevista
El pensamiento del Papa Benedicto XVI, según el
cardenal Ratzinger
Encuentro con unos periodistas de la agencia Zenit
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 19 abril 2005 (ZENIT.org).-
El anuncio de Cristo y su Evangelio en un mundo relativista es para el nuevo
Papa Benedicto XVI uno de los desafíos centrales de la Iglesia.
Así lo explicó el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación
vaticana para la Doctrina de la Fe, en este encuentro con periodistas, entre los
que se encontraban varios redactores de Zenit, el 30 de noviembre de 2002, que
mantuvo en la Universidad Católica San Antonio de Murcia al participar en el
Congreso Internacional de Cristología.
Ofrecemos esta larga entrevista en el que se reflejan algunos de los rasgos
característicos de quien es considerado como uno de los teólogos más grandes
contemporáneos.
--Algunos interpretan en muchas ocasiones el hecho de anunciar a Cristo como
una ruptura en el diálogo con las demás religiones ¿Cómo es posible anunciar a
Cristo y dialogar al mismo tiempo?
--Cardenal Ratzinger: Diría que hoy realmente se da una dominación del
relativismo. Quien nos es relativista parecería que es alguien intolerante.
Pensar que se puede comprender la verdad esencial es visto ya como algo
intolerante. Pero en realidad esta exclusión de la verdad es un tipo de
intolerancia muy grave y reduce las cosas esenciales de la vida humana al
subjetivismo. De este modo, en las cosas esenciales ya no tendremos una visión
común. Cada uno podría y debería decidir como puede. Perdemos así los
fundamentos éticos de nuestra vida común.
Cristo es totalmente diferente a todos los fundadores de otras religiones, y no
puede ser reducido a un Buda, o a un Sócrates, o un Confucio. Es realmente el
puente entre el cielo y la tierra, la luz de la verdad que se nos ha aparecido.
El don de conocer a Jesús no significa que no haya fragmentos importantes de
verdad en otras religiones. A la luz de Cristo, podemos instaurar un diálogo
fecundo con un punto de referencia en el que podemos ver cómo todos estos
fragmentos de verdad contribuyen a una profundización de nuestra propia fe y a
una auténtica comunión espiritual de la humanidad.
--¿Qué le diría usted a un joven teólogo? ¿Qué aspectos de la cristología le
aconsejaría estudiar?
--Cardenal Ratzinger: Es importante, ante todo, conocer la Sagrada Escritura, el
testimonio vivo de los Evangelios, tanto de los sinópticos como del Evangelio de
san Juan, para escuchar la auténtica voz. En segundo lugar, son muy importantes
los grandes concilios, sobre todo el Concilio de Calcedonia, así como los
sucesivos Concilios que aclararon el significado de esa gran fórmula sobre
Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. La novedad de que es realmente es
Hijo de Dios, y realmente hombre, no es una apariencia, por el contrario une
Dios al hombre. En tercer lugar, le sugiero profundizar en el misterio pascual:
conocer este misterio del sufrimiento y de la resurrección del Señor y de este
modo conocer qué es la Redención. La novedad de que Dios, en la persona de
Jesús, sufre, lleva nuestros sufrimientos, comparte nuestra vida, y de este modo
crea el paso a la auténtica vida en la Resurrección. Se trata de todo el
problema de la liberación de la vida humana, que hoy está comprendida en el
misterio pascual, por una parte se relaciona con la vida concreta de nuestro
tiempo y, por otra, se representa en la liturgia. Me parece central precisamente
este nexo entre liturgia y vida, ambas fundadas en el misterio pascual.
--¿Qué ha aprendido el cardenal Ratzinger que no supiera ya el teólogo
Ratzinger?
--Cardenal Ratzinger: La substancia de mi fe en Cristo ha seguido siendo siempre
la misma: conocer a este hombre que es Dios que me conoce, que --como dice san
Pablo-- se ha entregado por mí. Está presente para ayudarme y guiarme. Esta
substancia ha seguido siendo siempre igual. En el transcurso de mi vida he leído
a los Padres de la Iglesia, a los grandes teólogos, así como la teología
presente. Cuando yo era joven era determinante en Alemania la teología de
Bultmann, la teología existencialista; después fue más determinante la teología
de Moltmann, teología de influencia marxista, por así decir. Diría que en el
momento actual el diálogo con las demás religiones es el punto más importante:
comprender cómo por una parte Cristo es único, y por otra parte cómo responde a
todos los demás, que son precursores de Cristo, y que están en diálogo con
Cristo.
--¿Qué debe hacer una Universidad católica, portadora de la verdad de Cristo,
para hacer presente la misión evangelizadora del cristianismo?
--Cardenal Ratzinger: Es importante que en una Universidad católica no se
aprenda sólo la preparación para una cierta profesión. Una Universidad es algo
más que una escuela profesional, en la que aprendo física, sociología,
química.... Es muy importante una buena formación profesional, pero si fuera
sólo esto no sería más que un techo de escuelas profesionales diferentes. Una
Universidad tiene que tener como fundamento la construcción de una
interpretación válida de la existencia humana. A la luz de este fundamento
podemos ver el lugar que ocupan cada una de las ciencias, así como nuestra fe
cristiana, que debe estar presente a un alto nivel intelectual.
Por este motivo, en la escuela católica tiene que darse una formación
fundamental en las cuestiones de la fe y sobre todo un diálogo interdisciplinar
entre profesores y estudiantes para que juntos puedan comprender la misión de un
intelectual católico en nuestro mundo.
--Ante la búsqueda actual de espiritualidad, mucha gente recurre a la
meditación trascendental. ¿Qué diferencia hay entre la meditación trascendental
y la meditación cristiana?
--Cardenal Ratzinger: En pocas palabras, diría que lo esencial de la meditación
trascendental es que el hombre se expropia del propio yo, se une con la
universal esencia del mundo; por tanto, queda un poco despersonalizado. Por el
contrario, en la meditación cristiana no pierdo mi personalidad, entro en una
relación personal con la persona de Cristo, entro en relación con el «Tú» de
Cristo, y de este modo este «yo» no se pierde, mantiene su identidad y
responsabilidad. Al mismo tiempo se abre, entra en una unidad más profunda, que
es la unidad del amor que no destruye. Por tanto, diría en pocas palabras,
simplificando un poco, que la meditación trascendental es impersonal, y en este
sentido «despersonalizante». Mientras que la meditación cristiana es «personalizante»
y abre a una unidad profunda que nace del amor y no de la disolución del yo.
--Usted es prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que
antes se llamaba la Inquisición. Mucha gente desconoce los dicasterios
vaticanos. Creen que es un lugar de condena. ¿En qué consiste su trabajo?
--Cardenal Ratzinger: Es difícil responder a esto en dos palabras. Tenemos dos
secciones principales: una disciplinar y otra doctrina.
La disciplinar tiene que ocuparse de problemas de delitos de sacerdotes, que por
desgracia existen en la Iglesia. Ahora tenemos el gran problema de la
pederastia, como sabéis. En este caso, debemos sobre todo ayudar a los obispos a
encontrar los procedimientos adecuados y somos una especie de tribunal de
apelación: si uno se siente tratado injustamente por el obispo, puede recurrir a
nosotros.
La otra sección, más conocida, es doctrinal. En este sentido, Pablo VI definió
nuestra tarea como «promover» y «defender» la fe. Promover, es decir, ayudar el
diálogo en la familia de los teólogos del mundo, seguir este diálogo, y alentar
las corrientes positivas, así como ayudar a las tendencias menos positivas a
conformarse con las tendencias más positivas. La otra dimensión es defender: en
el contexto del mondo de hoy, con su relativismo, con una oposición profunda a
la fe de la Iglesia en muchas partes del mundo, con ideología agnóstica, atea,
etc., la pérdida de la identidad de la fe tiene lugar con facilidad. Tenemos que
ayudar a distinguir auténticas novedades, auténticos progresos, de otros pasos
que implican una pérdida de identidad de la fe.
Tenemos a disposición dos instrumentos muy importantes para este trabajo, la
Comisión Teológica Internacional, con 30 teólogos propuestos por cinco años a
propuesta de los obispos; y la Comisión Bíblica, con 30 exegetas, también ellos
propuestos por los obispos. Son foros de discusión para los teólogos para
encontrar por así decir un entendimiento internacional incluso entre las
diferentes escuelas de teología, y un diálogo con el Magisterio.
Para nosotros es fundamental la colaboración con los obispos. Si es posible,
deben resolver los problemas los obispos. Pero con frecuencia se trata de
teólogos que tienen fama internacional y, por tanto, el problema supera las
posibilidades de un obispo, de modo que es llevado a la Congregación. Aquí
promovemos el diálogo con estos teólogos para llegar, si es posible, a una
solución pacífica. Sólo en poquísimos casos se da una solución negativa.
--Este último año ha sido difícil para los católicos por el espacio que han
tenido en los medios de comunicación los escándalos atribuidos a sacerdotes.
Algunos han hablado de campaña contra la Iglesia. Usted, ¿qué piensa?
--Cardenal Ratzinger: También en la Iglesia los sacerdotes son pecadores, pero
estoy personalmente convencido de que la permanente presencia de pecados de
sacerdotes católicos en la prensa, sobre todo en Estados Unidos, es una campaña
construida, pues el porcentaje de estos delitos entre sacerdotes no es más
elevado que en otras categorías, o quizá es más bajo. En Estados Unidos vemos
continuamente noticias sobre este tema, pero menos del 1% de los sacerdotes son
culpables de actos de este tipo. La permanente presencia de estas noticias no
corresponde a la objetividad de la información ni a la objetividad estadística
de los hechos. Por tanto, se llega a la conclusión de que es querida,
manipulada, que se quiere desacreditar a la Iglesia. Es una conclusión muy
lógica y fundada.
--Se debate el que en los preámbulos de la futura Constitución europea
aparezca la palabra de Dios y referencias al pasado cristiano de Europa. ¿Piensa
usted que puede haber una Europa unida de espaldas a su pasado cristiano?
--Cardenal Ratzinger: Estoy convencido de que Europa no debe ser sólo algo
económico, político, sino que tiene necesidad de fundamentos espirituales. Es un
hecho histórico que Europa es cristiana, y que ha crecido sobre el fundamento de
la fe cristiana, que sigue siendo el fundamento de los valores para este
continente, que a su vez ha influido en otros continentes. Me parece
indispensable tener un fundamento de valores y, si nos preguntamos cuál es este
fundamento, nos damos cuenta que no hay otro fuera de los grandes valores de la
fe cristiana, por encima de las confesiones, y por ello para mí es indispensable
el que en esta Constitución futura de Europa se hable de los fundamentos
cristianos de esta Europa.
No quisiera caer en el error de construir un catolicismo político. La fe no
indica inmediatamente recetas políticas, pero indica los fundamentos. Por una
parte, la política tiene su autonomía, pero por otra parte no hay una separación
total entre política y fe. Existen fundamentos de la fe que crean después un
espacio libre para la razón política. Por tanto, la pregunta es qué es lo que
pertenece a estos fundamentos para que pueda funcionar la política. ¿Cuáles son
los aspectos que deben dejarse libres?
En primer lugar, es fundamental tener una visión moral antropológica y aquí la
fe nos da la luz. Para tener esta visión antropológica, que garantiza la
libertad de la razón política, ¿es necesaria la persona de Dios? Estoy
convencido de que una moral que no conoce a Dios se fragmenta y, por tanto, al
menos la gran intuición de que hay un Dios que nos conoce y nos indica la figura
del hombre, como imagen de Dios, pertenece a estos fundamentos. Además [citar a
Dios] no es un acto de violencia contra nadie, no destruye la libertad de nadie,
sino que abre a todos el espacio libre para poder construir una vida realmente
humana, moral.
--Hay profesores de seminario del País Vasco que llegan a justificar el
terrorismo de ETA o no lo condenan tajantemente. Parece ser que hay conexiones
entre estos sacerdotes y la teología de la liberación. Se habla incluso de una
Iglesia indígena vasca. ¿Qué decisiones se pueden tomar contra esto?
--Cardenal Ratzinger: En este caso se aplica simplemente lo que la Congregación
para la Doctrina de la Fe dijo entre los años 1984 [instrucción «Libertatis
nuntius»] y 1986 [instrucción «Libertatis conscientia»] sobre la teología de la
liberación. Ciertamente el cristianismo se relaciona con la libertad, pero la
verdadera libertad no es una libertad política. La política tiene su autonomía,
esto ha sido subrayado sobre todo por el Concilio Vaticano II y no debe ser
construida por la fe como tal, debe tener su racionalidad. De la Sagrada
Escritura no se pueden deducir recetas políticas y muchos menos justificaciones
del terrorismo. Me parece que por lo que se refiere a este caso específico ya
está dicho todo en las dos instrucciones de nuestra Congregación para la
teología de la liberación. La novedad del mesianismo cristiano consiste en que
Cristo no es inmediatamente el mesías político, que realiza la liberación de
Israel, como se esperaba. Este era el modelo de Barrabás, que querían alcanzar
inmediatamente incluso con el terrorismo la liberación de Israel. Cristo creó
otro modelo de liberación, que se ha realizado en la comunidad apostólica, y en
la Iglesia tal y como se ha constituido, conformado, y testimoniado en el Nuevo
Testamento. Pero, como decía, ya todo está dicho en esas dos instrucciones.
--Si hacemos un balance de la actividad inaudita del Papa Juan Pablo II,
¿cuál será la contribución más importante de este papado? ¿Cómo recordará el
cristianismo a este Papa?
--Cardenal Ratzinger: No soy un profeta, por eso no me atrevo a decir qué es lo
que dirán en cincuenta años, pero creo que será sumamente importante el hecho de
que el Santo Padre haya estado presente en todas las partes de la Iglesia. De
este modo, ha creado una experiencia sumamente viva de la catolicidad y de la
unidad de la Iglesia. La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no
es uniformidad. Lo dijeron los Padres de la Iglesia. Babilonia era uniformidad,
y la técnica crea uniformidad. La fe, como se ve en Pentecostés en donde los
apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad.
Esto aparece con gran claridad en el pontificado del Santo Padre con sus visitas
pastorales, sus encuentros.
Pienso que algunos documentos serán importantes para siempre: quiero mencionar
las encíclicas «Redemtoris missio», la «Veritatis splendor», la «Evangelium
vitae» y también «Fides et ratio». Son cuatro documentos que serán realmente
monumentos para el futuro.
Por último, me parece que se recordará su apertura a las demás comunidades
cristianas, a las demás religiones del mundo, al mundo profano, a las ciencias,
al mundo político. En esto, él ha hecho siempre referencia a la fe y a sus
valores, pero al mismo tiempo ha mostrado también que la fe es capaz de entrar
en diálogo con todos.
--¿Cuál es la aportación de Juan Pablo II al diálogo interreligioso?
--Cardenal Ratzinger: El Santo Padre ve su misión propia como una misión de
conciliación en el mundo, una misión de paz. Mientras en el pasado por desgracia
se daban guerras de religión, el Santo Padre quiere mostrar que la justa
relación entre las religiones no es la guerra, no es la violencia, es el
diálogo, y el intento de comprender los elementos de verdad que se dan en las
demás religiones. El Santo Padre no pretende relativizar la unicidad de Cristo,
que es el Camino, la Verdad, y la Vida, pero quiere mostrar que esta verdad
sobre Cristo no puede anunciarse con violencia o con el poder humano, sino sólo
con la fuerza de la verdad. Y para eso se requiere un contacto humano de diálogo
y de amor, como hicieron los apóstoles en la gran misión de la Iglesia antigua:
sin servirse del poder mundano, utilizando la fuerza de convicción. El
testimonio del sufrimiento, el testimonio de la caridad y del diálogo convenció
al mundo antiguo. El Santo Padre trata simplemente de renovar esta fuerza de
diálogo y de amor de los primeros siglos en la relación con las religiones.
--Se ha dicho que es necesario convocar un nuevo Concilio Vaticano III para
que la Iglesia se vaya adaptando a los nuevos tiempos. Usted, ¿qué opina?
--Cardenal Ratzinger: Ante todo, yo diría que es un problema práctico. No hemos
realizado suficientemente la herencia del Vaticano II, estamos trabajando
todavía para asimilar e interpretar bien esta herencia, pues los procesos
vitales requieren tiempo. Una medida técnica se puede aplicar rápidamente, pero
la vida tiene caminos mucho más largos. Se requiere tiempo para que crezca un
bosque, se requiere tiempo para que crezca un hombre... De este modo, estos
caminos espirituales, como el de la asimilación de un Concilio, son caminos de
vida, que tienen necesidad de una cierta duración, y que no se pueden recorrer
de un día para otro. Por eso creo que no ha llegado el momento de un nuevo
Concilio. Este no es el problema primario, pero sería también un problema
práctico. En el Vaticano II tuvimos dos mil obispos y era ya sumamente difícil
poder tener una reunión de diálogo; ahora tendríamos cuatro mil obispos y creo
que habría que inventar técnicas para el diálogo.
Quisiera recordar algo que sucedió en el siglo IV, siglo de grandes concilios.
Cuando invitaron diez años después de un concilio a san Gregorio Nazianceno a
participar en un nuevo concilio, dijo: «¡No! Yo no voy. Ahora tenemos que seguir
trabajando sobre el otro. Tenemos tantos problemas. ¿Para qué queréis convocar
inmediatamente otro?». Creo que esta voz algo emotiva nos muestra que se
requiere tiempo para asimilar un concilio.
En el tiempo intermedio entre dos grandes concilios, son necesarias sobre todo
otras formas de contacto entre los episcopados: los Sínodos en Roma, por
ejemplo. Es necesario sin duda mejorar el procedimiento, pues hay demasiados
monólogos. Tenemos que encontrar realmente un proceso sinodal, de un camino en
común. Después están los sínodos continentales, regionales, etc. El trabajo
efectivo de las Conferencias Episcopales. El encuentro de las Conferencias
Episcopales con la Santa Sede. Nosotros [en la Curia romana] vemos en el
transcurso de cinco años a todos los obispos del mundo. Hemos mejorado mucho
estas visitas «ad limina», que antes eran muy formales y que ahora son
auténticos encuentros de diálogo. Por tanto, tenemos que mejorar estos
instrumentos para tener un permanente diálogo entre todas las partes de la
Iglesia y entre todas las partes con la Santa Sede, para llegar a una mejor
aplicación del Concilio Vaticano II. Y después veremos...
--¿Cómo mantener la fidelidad a la Iglesia y favorecer la comunión, estando
abiertos a que el Espíritu nos lleve hasta la verdad completa. Es decir, ¿cómo
es posible no caer en el extremo de rigidez y ruptura?
--Cardenal Ratzinger: Creo que es una cuestión sobre todo de la maduración de la
fe personal. Aparentemente fidelidad y apertura parecen excluirse. Pero yo creo
que la auténtica fidelidad al Señor Jesús, y a su Iglesia, que es su Cuerpo, es
una fidelidad dinámica. La verdad es para todos y todos están creados para
llegar al Señor. Sus brazos abiertos en la cruz simbolizan para los Padres de la
Iglesia al mismo tiempo la máxima fidelidad --el Señor es clavado en la cruz-- y
el abrazo al mundo, para atraer al mundo hacia sí, y dejar espacio a todos. Por
tanto, una auténtica fidelidad al Señor participa en el dinamismo de la persona
de Cristo, que puede abrirse a los diferentes desafíos de la realidad, del otro,
del mundo, etc. Pero al mismo tiempo, encuentra ahí su identidad profunda, que
no excluye nada que sea verdadero, sólo excluye la mentira. En la medida en que
entramos en comunión con Cristo, en su amor que nos acepta a todos y nos
purifica a todos, en la medida en que participamos en la comunión con Cristo,
podemos ser fieles y abiertos.
--¿En qué situación se encuentra actualmente la comunicación ecuménica del
concepto de Iglesia? Después de la instrucción «Dominus Iesus» (6 de agosto de
2000) de la Congregación para la Doctrina de la Fe se dieron críticas entre
representantes de las Iglesias evangélicas, pues no aceptaron o no entendieron
bien declaraciones suyas, pues usted decía que más que Iglesias debían ser
consideradas como comunidades cristianas.
--Cardenal Ratzinger: El tema exigiría una discusión larga. En primer lugar, se
nos dijo que. si en la «Dominus Iesus», sólo hubiéramos hablado del carácter
único de Cristo, toda la cristiandad habría quedado encantada con este
documento, todos se hubieran unido en un aplauso a la Congregación. «¿Por qué
habéis añadido el problema eclesiológico que ha suscitado críticas?», nos han
preguntado.
Sin embargo, era necesario hablar también de la Iglesia, pues Jesús creó este
Cuerpo, y Él está presente a través de los siglos a través de su Cuerpo, que es
la Iglesia. La Iglesia no es un espíritu que revolotea. Estoy convencido de que
[en la «Dominus Iesus»] hemos interpretado de manera totalmente fiel la «Lumen
Gentium» del Vaticano II, mientras que en estos últimos treinta años hemos ido
atenuando el texto. De hecho, nuestros críticos, nos han dicho que nos hemos
quedado en la letra del Concilio, pero que no hemos entendido el Concilio. Al
menos reconocen que somos fieles a la letra.
La Iglesia de Cristo no es una utopía ecuménica, no es algo que hacemos
nosotros, no sería la Iglesia de Cristo. Por eso estamos convencidos de que la
Iglesia es un Cuerpo, no es sólo una idea, pero esto no excluye diferentes modos
de una cierta presencia de la Iglesia incluso fuera de la Iglesia católica que
son especificados por el Concilio. Me parece evidente que existen, por tanto
matices, y es comprensible que esto genere debates dentro de la Iglesia.
--¿Piensa que la Iglesia, especialmente en el mundo occidental, está
preparada para afrontar la descristianización y el vacío de la fe tan grande que
hay? O, ¿todavía se da entre los hombres de Iglesia una visión de cristiandad, y
no de una Iglesia misionera?
--Cardenal Ratzinger: Creo que en este sentido tenemos mucho que aprender. Nos
ocupamos demasiado de nosotros mismos, de las cuestiones estructurales, del
celibato, de la ordenación de las mujeres, de los consejos pastorales, de los
derechos de estos consejos, de los sínodos... Trabajamos siempre sobre nuestros
problemas internos y no nos damos cuenta de que el mundo tiene necesidad de
respuestas, no sabe cómo vivir. Esta incapacidad de vivir del mundo se ve en la
droga, en el terrorismo, etc. Por tanto, el mundo tiene sed de respuestas, y
nosotros nos quedamos en nuestros problemas. Estoy convencido de que si salimos
al encuentro de los demás y presentamos a los demás de manera apropiada el
Evangelio, se relativizarán y resolverán incluso los problemas internos. Para mí
este es un punto fundamental: tenemos que hacer el Evangelio accesible al mundo
secularizado de hoy.
--¿Cuál cree que puede ser el punto de partida para coordinar el crecimiento
del poder técnico y científico de la humanidad con la fe y la moral?
--Cardenal Ratzinger: Es algo que hay que descubrir de nuevo, pues los
paradigmas científicos cambian, y de este modo la situación del diálogo entre
ciencia y fe se encuentra ante nuevos desafíos. Un instrumento importante, por
ejemplo, es la Academia Pontificia de las Ciencias, de la que ahora soy también
miembro, y de hecho hace poco he participado por primera vez en una de sus
reuniones. Hasta ahora era solamente una asamblea de científicos: físicos,
biólogos, etc.; ahora han entrado también filósofos y teólogos. Hemos visto que
es difícil el diálogo entre las ciencias y la filosofía y la teología pues son
modos totalmente diferentes de afrontar la realidad, con métodos diferentes,
etc. Uno de estos académicos --era especialista en la investigación del cerebro
humano-- dijo: existen dos mundos inconciliables, por una parte tenemos la
ciencia exacta para la cual --en su campo-- no hay libertad, no hay una
presencia del espíritu, y por otra parte, me doy cuenta de que soy un hombre y
sé que soy libre. Por tanto, según él, son dos mundos diferentes y no tenemos la
posibilidad de conciliar estas dos percepciones del mundo. Él mismo reconocía
que creía en los dos mundos: en la ciencia que niega la libertad y en su
experiencia de hombre libre. Pero de este modo no podemos vivir, sería una
esquizofrenia permanente. En esta situación actual de una aguda especialización
metodológica por parte de ambas partes, debemos buscar la manera en la que uno
descubra la racionalidad del otro y encontrar un auténtico diálogo. Por el
momento no existe una fórmula. Por eso es sumamente importante el que se
encuentren exponentes de las dos partes del pensamiento humano: las ciencias, y
la filosofía y la teología. Así pueden descubrir que ambas son expresiones de la
razón auténtica, pero deben comprender que la realidad es una y que el hombre es
uno. Por eso es muy importante que, en la Universidades, las facultades no estén
una junto a otra, sino que estén en un contacto permanente, en el que aprendemos
a pensar con los demás y a encontrar la unidad de la realidad.