Benedicto XVI denuncia el fundamentalismo religioso y la devaluación de la caridad
ABC
El Magisterio de la Iglesia llegó ayer con la firma
de un maestro, de un profesor de teología que ha meditado durante medio siglo el
Antiguo y el Nuevo Testamento, y diagnostica en profundidad el mundo
contemporáneo. La primera encíclica de Benedicto XVI, «Dios es amor», no sólo
sintetiza en tres palabras «el corazón de la fe cristiana» sino que devuelve la
unidad a lo indebidamente separado -como el amor corporal y el amor espiritual,
la ayuda humanitaria y el consuelo afectivo-, al tiempo que separa lo que no
debe mezclarse, como la tarea de la Iglesia y la del Estado. Reiterando que
«Dios es amor», el Papa sale al paso de dos peligros de nuestro tiempo: el
fundamentalismo religioso violento y la pérdida de espíritu de algunas
organizaciones caritativas católicas, reducidas a simples ONG.
Igual que san Juan «el Teólogo», de cuya primera carta toma las palabras del
título, Benedicto XVI abre su encíclica presentando la armonía entre la fe de
Israel y la fe cristiana, pues el gran mandamiento de Jesús une la «shemá» del
Deuteronomio («...amarás al Señor con todo el corazón...») y el precepto del
Levítico («amarás a tu prójimo como a ti mismo»).
El título «Dios es amor» es muy oportuno pues, según el Papa, «en un mundo en
que a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la
obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad, y con
un significado muy concreto. Por eso en mi primera encíclica deseo hablar del
amor».
Amor de cuerpo y alma
Abordándolo inicialmente como historiador y antropólogo, Benedicto XVI señala
que «el arquetipo por excelencia es el amor entre el hombre y la mujer, en el
cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma». Como teólogo, lamenta
que algunos cultos precristianos cayesen en «la prostitución sagrada que se daba
en muchos templos», pues desvirtuaba precisamente el amor que quería exaltar y,
desde luego, la dignidad de las mujeres, convertidas en instrumento de placer.
Aunque está claro que «el «eros» degradado a puro sexo se convierte en
mercancía», el Papa advierte que la crítica a esas desviaciones no debe
transformarse en «odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha
considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y
materia se compenetran recíprocamente».
Después de citar a Virgilio («el amor lo vence todo»), Joseph Ratzinger señala
que para Platón «el hombre era inicialmente esférico, completo en sí mismo y
autosuficiente, pero en castigo a su soberbia fue dividido en dos por Zeus, de
manera que ahora anhela siempre su otra mitad». La Biblia no presenta la
existencia de dos sexos como un castigo, pero también subraya la
complementariedad pues «sólo en comunión con el otro sexo puede el ser humano
considerarse completo». El «eros» orienta la persona «hacia el matrimonio, un
vínculo marcado por su carácter único y definitivo. A la imagen del Dios
monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. Esta estrecha relación entre «eros»
y matrimonio en la Biblia no tiene paralelo alguno en el resto de la
literatura».
A medida que el amor se enriquece va pasando de «atracción» (deseo de
completarse) a «donación» (deseo de la felicidad del otro), primero en la
familia y después en el prójimo, como en la parábola del buen samaritano, en la
que «mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar.
Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto». El Papa
recuerda que en el Juicio Final, el «examen» es precisamente la ayuda a los
hambrientos, sedientos, forasteros, etc...
Después de presentar, en escala cada vez más amplia, los campos del amor,
Benedicto XVI estudia su naturaleza dinámica. El amor no es algo inmóvil o
fósil, «es un proceso que siempre está en camino. El amor nunca se da por
concluido y completado. Se transforma en el curso de la vida, madura y,
precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo». Según el Papa, «el amor hace
al uno semejante al otro, lo que lleva a un pensar y desear común». Por eso,
cuando se ama a Dios, «su voluntad ya no es para mí algo extraño que los
mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad. Y por Dios
amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco».
Amar con las obras
En la segunda parte, Benedicto XVI utiliza el mismo enfoque para estudiar el
amor práctico, desde la comunión de bienes entre los primeros cristianos al
servicio de los «diáconos» a huérfanos y viudas, enfermos y necesitados. Como
teólogo de la historia, Joseph Ratzinger utiliza el ejemplo del emperador
Juliano el Apóstata (muerto el año 363) a modo de caso práctico.
Juliano pierde la fe cuando «el emperador Constancio, que se tenía por gran
cristiano», asesina a su padre y a su hermano delante del pobre muchacho de seis
años. Cuando llega a emperador, ordena la vuelta al paganismo romano, pero en
una modalidad inspirada en el cristianismo, incluso con una jerarquía de
arzobispos y sacerdotes «estatales» pues «el único aspecto que le impresionaba
del cristianismo era la actividad caritativa de la Iglesia, que quería emular y
superar».
Del fracaso de ese emperador, Benedicto XVI pasa al del marxismo, que era
contrario a la caridad puesto que al mitigar males y abusos retrasa la
revolución de los oprimidos. El reto mundial de nuestros días es compensar, con
la solidaridad, los aspectos negativos de la globalización.
Un estado de ladrones
A nivel nacional, «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea
principal de la política. Un Estado que no se rigiera por la justicia se
reduciría a una gran banda de ladrones, como dijo una vez san Agustín». Pero la
doctrina social católica «no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el
Estado», pues «no es tarea de la Iglesia que ella misma haga valer políticamente
esta doctrina. La Iglesia quiere servir a la formación de las conciencias» y
recordar que la justicia «es una tarea fundamental que debe afrontar de nuevo
cada generación». Al mismo tiempo, «el Estado debe respetar la religión. Son dos
tareas distintas, pero siempre en relación recíproca».
Finalmente, el Papa elogia las organizaciones humanitarias y los voluntarios,
sobre todo los jóvenes, recordando que «quien reza no desperdicia su tiempo,
aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar solo a
la acción». La oración era el secreto de Teresa de Calcuta, y de los santos «que
han sido modelos de caridad social» siguiendo el ejemplo de María, «espejo de
toda santidad», a quien Benedicto XVI dirige la plegaria poética con que
concluye su primera encíclica.