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El tema del debate, moderado por el periodista Gad Lerner, era la
existencia de Dios, pero derivó significativamente hacia la pretensión
de racionalidad que manifiesta el cristianismo, subrayada por la
Encíclica Fides et Ratio y por las recientes intervenciones de
Ratzinger en La Sorbona de París y en el Palacio de Congresos de
Madrid.
Flores d'Arcais argumentó que no habría conflicto entre creyentes y no
creyentes, siempre que los primeros entendieran su fe como
"escándalo para la razón", tal como según su
interpretación la habrían vivido las primeras generaciones de
cristianos. Por el contrario, el filósofo italiano consideró que
"si la fe pretende ser el resumen y el cumplimiento de la razón,
tiene la tentación de imponerse". Y lanzó esta pregunta a los
cristianos: "¿por qué no renunciáis a la demostración de la
verdad, por qué pretendéis la racionalidad?" El planteamiento es
interesante porque señala el punto crucial de dificultad de la cultura
actual para acoger al cristianismo tal como la Iglesia lo confiesa ante
el mundo, y porque al mismo tiempo ofrece a los cristianos una especie
de reconocimiento social, siempre que renuncien a la "pretensión
de racionalidad".
Ratzinger respondió que los creyentes de las primeras generaciones no
creyeron que su fe fuera absurda. Por eso Pablo habla en el Areópago y
predica una fe que apela a la razón y está en consonancia con la
razón, aunque sea percibida con escándalo por sus oyentes. Según el
Cardenal, los cristianos no pueden contentarse con vivir sólo hacia el
interior, porque "creemos tener algo que decir a los demás: que en
Jesús ha aparecido la Verdad que el hombre tiene necesidad de
conocer". Por otra parte, rechazó que esta pretensión connatural
al cristianismo, se traduzca en una tentación de imposición sobre los
demás.
En realidad no existe otro debate de mayor calado para la Iglesia en
este cambio de siglo. No se discute su aportación humanitaria para
aliviar las diversas penalidades de los hombres, ni la legitimidad de
sus posibles consuelos, ni la utilidad social de su educación, sino su
pretensión de dirigirse a la razón del hombre, de ponerse en juego en
el ámbito de lo que el hombre puede reconocer como verdadero. Sin
embargo la Iglesia no puede renunciar a esta pretensión, pues "la
cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe
cristiana", como afirmó Ratzinger en Madrid. Ahí radica la
incomprensión de una parte de la cultura moderna; ahí radica también
la fundamental novedad del cristianismo y su capacidad para responder a
la espera del hombre.
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