Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia Reuniones de iniciacion a CVX

 

Reuniones de iniciación a CVX

Ceferino García sj

Comisión de Formación - Asunción

Objetivo general de estas doce reuniones:

La preparación personal y grupal para iniciar la experiencia de Comunidad CVX y de Ejercicios Espirituales Ignacianos.

Objetivo específico primero:

La aceptación desde la fe de:

uno mismo

las personas que componen la Comunidad

las personas y acontecimientos que definen la vida ordinaria.

Objetivo específico segundo:

Capacidad personal para integrar las actitudes evangélicas

necesarias para una vida de Comunidad cristiana

y para hacer la experiencia de Ejercicios.

Temas

Reunión introductoria: ¿Qué buscan ustedes?

Somos un grupo de personas distintas

Convocados todos por el Señor

Los más necesitados son los primeros

Nuestro centro vital

Capacidad para cambio

Tolerancia y dialogo

Respeto al ritmo de cada uno

Generosidad

Concentración

Espíritu de superación

Evaluación de esta etapa

 

Reunión introductoria

¿Qué buscan ustedes?

Jn 1,35-39

Reflexión del grupo

Los comienzos de un nuevo grupo o de un curso dentro de la vida de un grupo son momentos de replanteamiento de lo que cada uno en ese momento anda buscando. Consciente o inconscientemente. El grupo debe asumir la función de ayudar a encontrar la vía de lograrlo o de clarificar a cada función tras de lo que anda, aunque ella no se lo haya explicitado.

1. - Al contacto con este texto evangélico, en un ambiente de oración, cada uno puede pararse para ver que en su vida, como en la de los apóstoles, hay hechos de vida, palabras..., agradables o no..., que son capaces de provocar una reflexión y, de ahí, una oración ante Jesús que pasa junto a nosotros. La oración, reflexión y puesta en común debe llevar al grupo a encontrar eso que cada uno y todo el grupo buscan incesantemente. Es Jesús quien nos lo pregunta para que podamos darle una respuesta concreta, pero, sobre todo, para que podamos tomar las riendas de nuestra propia vida y no vayamos a bandazos, a merced del viento que sopla, hoy por aquí, mañana hacia otro lado...

2. - Jesús nos pregunta: ¿qué buscan? No estamos solos, vamos juntos. No es lo que a mí se me ocurre lo que yo necesito. Somos grupo, queremos ser Comunidad. Por tanto, algo más que la suma de cada uno de nosotros; es preciso llegar a encontrar aquello que todos buscamos, lo que el grupo va a poner en el centro de sus miradas y esfuerzos durante el año. Hay que hacer un esfuerzo por mirar más allá de las propias alforjas y ver que estamos con otros, que Jesús nos conduce ya como un bloque y que nos invita a cada uno y a todos. Todos importantes, todos necesarios; si faltara alguno, quizá no podamos encontrar en su día la clave para seguir.

3. - Los apóstoles creyeron que lo que ellos buscaban estaba profundamente ligado a la vida del Maestro. No buscan sólo unas ideas, unas palabras, discursos o pautas de conducta; quieren aprender a vivir: «Maestro, ¿dónde vives?».

El modo de vida sólo se adquiere viviendo cerca, en contacto con otro. El niño lo aprende de sus padres; los maestros de la antigüedad lo transmitían con acciones y gestos proféticos; el aprendiz lo vivía en contacto con el artesano oficial.

La vida diaria irá diciendo quién ha sido el Maestro de nuestra vida: por las obras que hacemos iremos viendo si el Maestro está cerca de nosotros o, mejor, si seguimos viviendo con él o hacemos nuestras escapadas a otras enseñanzas.

4 - Por ahora el grupo está en camino: «Se quedaron a vivir con él». El grupo está iniciando su andadura y será lo que cada uno de nosotros quiera que sea. Si nos quedamos, será con todas las consecuencias que se derivan de una opción, meditada y responsable, pero firme. Esto compromete a vivir «con él». No sólo a la asistencia asidua, sino a dar en cada momento lo que soy y tengo. Con sinceridad y con tacto, mirando al bien de los demás. Para ello tengo que conocerlos: cómo son, de qué son capaces, qué ritmo tienen en su vida, cómo los puedo ayudar No plantear antes mi provecho que el bien del conjunto.

En el grupo hay que dar. Esto es fácil de decir, pero su realización exige que se esté en una disposición de apertura y generosidad grande. Cada uno puede dar lo que es, lo que vive. Apertura es igual que autenticidad, ya que quien habla mucho, pero no como expresión de sí mismo, se convierte en un actor y, por tanto, sus «papeles» no serán coherentes... Cada día manifestará una cara, la que corresponde a ese momento. Nunca será el mismo; o correrá el peligro de que no sea tomado en serio el día que quiere ser él ante los demás.

Para ser abierto y sincero hay que ser generoso; desprendido de las barreras que nos pone nuestro «falso pudor» o del deseo de que nos tengan por algo que no somos.

5. - «Quedarse a vivir con él»... es tener el convencimiento de que ya se empieza a tener el estilo de vida del Maestro. Jesús ha entrado en el Evangelio de la mano de Juan, el Bautista; y se le ha señalado como el Cordero de Dios, Mesías, que trae una nueva Alianza para un nuevo Pueblo, que va a estar fundado en unas relaciones diferentes: Dios es un Padre cuyos hijos forman una familia, una Comunidad de vida porque participan de su Espíritu.

Cada día vivimos con él también en nuestras familias, en nuestro trabajo; en las necesidades del grupo, de nuestros hermanos o padres; los amigos. Jesús convive con nosotros en la figura de los que están pidiendo nuestra ayuda. A veces pasamos de largo porque nos parece que Jesús no puede morar ahí... Juan Bautista estaba en el desierto, comía saltamontes y miel silvestre... ¿Por qué unimos casos extremos con la llamada de Jesús? A todos nos llama a quedarnos a vivir con él... pero él ¡está en tantas partes hoy! Es preciso ponerse a la escucha.

Orientación de vida

1. - «¿Qué buscan?»

- ¿Qué es lo que en este momento más necesito?

* Aclaración a nivel intelectual.

* Coherencia de vida y pensamiento.

* Madurez afectiva.

* Sensibilidad ante el necesitado.

* Vivir mis compromisos con fidelidad.

* Vida de oración.

- ¿Tengo una orientación clara de mi vida o estoy esperando... (¡hasta cuándo!)?

- ¿Qué es lo que me da las ganas de vivir? ¿Tengo ilusiones?

- ¿Por qué y para qué estoy en este grupo? ¿Qué voy a dar en él?

2. - «¿Dónde vives?»

- ¿Qué valor tienen para mí los hechos de vida (lo que nos sucede todos los días)?

- ¿Cómo valoro yo la vida en Comunidad?

- ¿Cuál es lo que más me cuesta de la vida en grupo? ¿Y de mi vida de trabajo, familia, amistades. . .?

- ¿Le reconozco presente en los más necesitados? ¿Qué llamada suya siento más profundamente?

3. - «Se quedaron a vivir con él».

- ¿Estoy seguro de que Jesús «vive» aquí, en este grupo?

- ¿Veo a Jesús en lo «vulgar de mi vida»?

- ¿Me llama Jesús a vivir con él en algún servicio especial?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Primera reunión:

Somos un grupo de personas distintas

Lc 9,49-56

Mc 14, 27-31; 3,13-16

Reflexión del grupo:

El grupo lo formamos todos

1. - Las primeras reuniones de un grupo son motivo de reflexión sobre el valor de los demás, ya que las relaciones que se establecen entre los miembros de un grupo pueden estar falseadas por las impresiones que se producen «a primera vista» o por intervenciones que chocan con la manera y forma de ser de uno mismo. A veces se crea una predisposición o prejuicio que cuesta borrar y que retrasa la marcha del grupo. Por eso una reflexión, desde la fe, sobre esa primera impresión que se puede producir en estas reuniones llevará a una aceptación más honda y confiada de todos aquellos que el Señor reunió «porque él quiso».

Cuando Jesús elige a los que le habían de acompañar durante toda su vida, lo hizo sabiendo a quiénes se dirigía. No hubo precipitación ni engaño; fue un acto consciente de Jesús. En el grupo había una gran variedad de temperamentos, profesiones y procedencias. Es poco lo que los evangelistas nos han dejado como retrato de cada uno de los Doce; pero quizá por eso son más significativos los rasgos que ellos destacan. Juan y Santiago eran violentos, exclusivistas, no soportaban tener que compartir con otro el expulsar demonios. Para ellos esto era un privilegio, algo que los elevaba y los separaba por encima de los demás; por eso se sienten defraudados al ver que otros pueden acceder a lo que ellos consideran propio y particular. No comprenden el valor que puede tener el hecho de que haya sido dado a los hombres ese poder; tampoco les importa la finalidad de esos gestos; la liberación de los pobres que han sido sometidos a la esclavitud de tal poder...; para ellos su posición y su privilegio están por encima de todo.

Por eso, cuando se sienten rechazados por la aldea samaritana en su deseo, no dudan en poner el poder a su servicio: «mandamos bajar fuego del cielo...», justamente la actitud opuesta a la que Jesús mostró en las Tentaciones: «Si tienes hambre, manda que estas piedras se conviertan en pan...» Juan y Santiago quieren «mandar, impedir...», utilizar el poder de Dios con energía, con violencia, para conseguir lo que se proponen: ¡ser los únicos! Justamente al contrario que Jesús.

Pedro tenía otra forma de ser; seguro de sí mismo, de sus fuerzas, arrogante. Hombre con experiencia de la vida que sabe muy bien lo que en ella se juega uno. Líder capaz de arrastrar, porque conoce los resortes humanos y la forma de conseguir lo que se propone. Jesús tendrá que insistir con él en la diferencia que existe entre su Reino y los valores que mueven las acciones humanas. Precisó un cambio radical de sus valores.

Poco sabemos de la forma de ser de los demás... Parecen un grupo que vive a la sombra de estas figuras: «Los demás decían igual...» «No entendían este lenguaje...» «Tenían miedo...».

2. - Nuestro grupo también está formado por una gran variedad de personas. Cada uno tiene nuestro carácter, más o menos abierto y espontáneo; habrá quien le cuesta más abrirse a los demás y superar su timidez. Otros tendrán dificultad en escuchar, les vienen a la cabeza y a la boca todo lo que los demás no dicen o dicen incompleto o mal...; podrían estar hablando toda la reunión y no agotarían nunca sus reflexiones, sus matizaciones...

La cultura señala también diferencias; no está limitada la pertenencia a la Comunidad a un grado de cultura; no se precisa ningún título, ni a nadie se le ha exigido ningún aval intelectual. Así lo experimentaron las primeras comunidades. Dice San Pablo: «Hermanos, fíjense a quiénes llamó Dios: no a muchos intelectuales ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia» (1 Cor 1, 26). La razón para estar aquí juntos no es un valor humano que pretenda un predominio basado en la eficacia de un conjunto homogéneo; por eso habrá variedad en las experiencias vividas a lo largo de la historia de cada uno, en su educación, en los ambientes sociales que frecuenta, en las profesiones, en el modo de sentir y enjuiciar los acontecimientos sociales y, por tanto, en las opciones políticas que puedan dar respuesta a las necesidades que ellos generan. Variedad que afecta también al ritmo de exigencia personal ante la llamada del Señor para hacer realidad su Buena Nueva a los hombres.

Hoy nos hacemos conscientes de esta variedad que reina entre nosotros, ponemos nombre y apellido a cada una de esas diferencias y sentimos a Jesús en medio de nosotros contemplando de nuevo «su grupo» como el que él eligió un día, porque «los quiso», y los amó porque los conocía y sabía cómo eran: duros, violentos, engreídos, buscadores de privilegios, cobardes, ignorantes, insensibles con la limitación, gregarios... A Jesús no le importó tal compañía... ¿nos importará a nosotros?

«Vamos a ver, ¿quién te hace a ti superior? Y, en todo caso, ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si de hecho lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?» (1 Cor 4, 7).

3. - La variedad en un grupo es su propia riqueza. Cuando en un grupo existe una uniformidad muy grande, el grupo es caso inútil, pues se reduce a escuchar lo mismo que uno ya pensaba o sentía tantas veces cuantas intervenciones se producen. Al final uno sale convencido de que su opinión es la verdad. Rara vez se dará este fenómeno, ¡gracias a Dios! Lo frecuente será que se produzca diversidad de opiniones o, al menos, multiplicidad de matices, enfoques, etc.; y sobre lo que cada uno pensó y sintió, otros añadirán, corregirán o eliminarán. Cada reunión del grupo puede ser un momento de contraste, un punto de partida para nuevas reflexiones y, sobre todo, un aumento de conocimiento de la forma en que los demás valoran y comprenden las cosas. ¿Tenemos todos una misma forma de entender y valorar las cosas? ¿Por qué otras personas tienen una sensibilidad diferente ante los problemas planteados? ¿Me doy cuenta de que fuera del grupo también vivo situaciones así?

Esta riqueza no es siempre inocua, a veces nos hace sufrir. En cierta manera la confrontación de pareceres nos saca de nuestras «casillas»; nos desinstala de nuestras posturas cómodas, en las que nos sentíamos confortablemente y con las que ya estábamos acostumbrados. Esa ruptura de nuestra situación nos hiere. También Jesús tuvo que actuar así; su misión era difícilmente comprendida y la reacción ante sus palabras no se hacía esperar. Pedro, Juan y Santiago se sentían romper por dentro y manifestaban su disgusto cuando Jesús tenía que reprenderles: «él se volvió y les regañó» (Lc 9, 56). Los momentos de tensión piden paciencia para saber escuchar, serenidad para valorar las opiniones y palabras de los demás, tiempo de rumia para ir encontrando todo lo bueno que aporta lo escuchado. Cada uno da lo que tiene y es un don para los otros: «Los dones son variados, pero el Espíritu es el mismo; las funciones son variadas, aunque el Señor es el mismo; las actividades son variadas, pero es el mismo Dios quien activa todo en todos» (1 Cor 12, 4-6).

Cada cual tiene su tiempo. A veces en los grupos hay personas que participan con sus opiniones desde el principio, mientras otras guardan un silencio continuo, quizá excesivo. Algunos sienten la tentación de adelantar la hora de los más callados, les parece que están dejando pasar ocasiones importantes de manifestarse y, con ello, restando riqueza al grupo. Es bueno considerar, al comenzar juntos un nuevo camino, que cada persona tiene su momento; que no sabemos cuándo va a llegar, pero que es necesario depositar la confianza en ello, en la seguridad de que nadie es inútil o inservible dentro del grupo.

4. - Variedad y riqueza es lo que caracteriza a un grupo y lo que motiva el nacimiento de un clima o atmósfera propia dentro del grupo. Con frecuencia se confunde el progreso del grupo con un cierto bienestar, fruto de la búsqueda constante de lo que podemos llamar «irenismo», paz a toda costa. Para ello todo está bien, todo se acepta, nada se discute, todo se matiza para que cada uno pueda tener la razón... ¡fuera momentos de tensión! ¡Nada de conflictos!

Al comenzar un grupo es cuando más problemas deben surgir, porque todo está por hacer; nada se debe dar por supuesto, todo hay que hablarlo, y a veces es cuando más cosas se toleran..., al menos exteriormente.

Jesús no comenzó dando la razón a todo el mundo. Tuvo que enfrentarse con fariseos, escribas, sacerdotes, el pueblo, sus seguidores: «¿También ustedes se quieren marchar?». Es difícil afrontar las contradicciones, los conflictos, los malos entendimientos..., pero es totalmente necesario. Cuando no se hace así, los problemas se enquistan y se van arrastrando hasta que surgen en forma de volcán, cuando ya no tienen una solución pacífica. Para poder acercarse a los problemas con un talante positivo y cristiano se precisa: a) Amor y cariño a los demás. Conocerlos y saber que vale la pena confiar en ellos para solucionar lo que está en juego. b) Sinceridad y libertad de espíritu para exponer lo que uno piensa y siente, sin dobles intenciones ni hipocresías: «A ti te lo digo, Pedro, para que me entienda Juan». c) Control propio para no perder los estribos... ¡las cosas no son tan sencillas a los demás como a cada uno nos parecen! d) Humildad y flexibilidad para tener el espíritu abierto a lo que los demás dicen, para reconocer lo que puede haber en la opinión propia de error o limitación; y e) Paciencia perseverante para poder aceptar la convivencia con otro con quien existen diferencias de opinión, sin que por ello sufran el amor y la estima mutua.

Orientación de vida

1. - ¿Soy consciente de la variedad de formas de ser que existen junto a mí, v.gr.: en mi familia, profesión, amigos, grupo?

- ¿Me produce gozo esa variedad o me disgusta?

- ¿La considero una riqueza o fuente de conflictos?

- ¿Cómo he vivido esta semana este aspecto?

2. - La actitud de Jesús con sus apóstoles, con los que le rodeaban:

- ¿Me enseña algo para mi vida?

- ¿Me descubre alguna característica personal?

3. - ¿Cómo vivo los conflictos o tensiones en mi vida?

- ¿Qué momentos o personas son ocasiones más frecuentes de conflicto o tensión en mi vida?

- ¿En esta semana he vivido algún momento de tensión? ¿Cómo he actuado en él?

- ¿Qué aspecto tengo que reforzar para saber afrontar con actitud positiva y cristiana los conflictos?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Segunda Reunión:

Convocados todos por el Señor

Lc 14,12-24

Reflexión del grupo:

Todos somos llamados a formar el Reino de Dios

Es frecuente que, al iniciarse un grupo, sus miembros se cuestionen la importancia misma del grupo; y más aún si no aparece muy claro, ya en la primera reunión, lo que el grupo puede ofrecer a cada uno de ellos. La tentación suele empujar a considerar «culpables» de la decepción a los demás miembros, perdiendo de vista el valor absoluto que significa la decisión de vivir en grupo y con las personas que el Señor ha convocado junto a uno mismo en ese momento.

1. - La parábola del «gran banquete», contada por el evangelista San Lucas, sirve para explicar el Reino de Dios y nos puede ayudar a comprender y profundizar la manera concreta que hemos elegido de hacer el Reino de Dios en la tierra mediante nuestra Comunidad de Vida Cristiana.

Se describe el Reino como un «gran banquete», preparado por un hombre para sus invitados. Nos fijamos hoy en esta cualidad del Reino: es una invitación. En la parábola hay dos tipos de invitaciones: la que se hace a los destinatarios del banquete y la que se ofrece al ser rechazada ésta. Dos invitaciones que nos deben hacer pensar. En primer lugar, se trata de una llamada personal; no hemos venido por casualidad. Esto quiere decir que nuestra vida está inserta en una Historia de Salvación que se ha de escribir de alguna manera, dependiendo de la respuesta que cada uno de nosotros demos a esa vocación que se nos ha presentado. Por tanto, no es casualidad que hoy esté aquí y junto a mí este tal compañero; y de ello van a depender otros acontecimientos por los que va a discurrir la Salvación de Dios a otras personas. Es que el banquete ¡ya está preparado! Se puede percibir el grito de alegría y de gozo del Señor cuando llama a su encargado para enviarle a decir a los invitados que vengan. Es toda una deferencia el que en el último momento se les recuerde la invitación que ya antes se les había cursado... como si el Señor quisiera decirles:

- «Recordarás que es hoy...» «Te recuerdo que este mediodía...».

2. - Todo está preparado ya; las invitaciones hechas y el recordatorio final también. Pero ¿a qué nos ha llamado el Señor? ¿Qué se esconde detrás de esa figura del banquete? ¿Qué significa el Reino de Dios hoy y acá?

Cuando decimos que estamos en el reino de la luz, de las tinieblas, de las maravillas... expresamos que todas las cosas están llenas de luz o de tinieblas; que las maravillas están por todas partes... abundan tanto esas realidades que lo invaden todo, y sus consecuencias se ven: todo es tenebroso, o luminoso, o maravilloso. Cuando decimos que queremos hacer que el Reino de Dios sea verdad en este mundo, no expresamos otra cosa que ésa: queremos que Dios esté en todas partes, que se le vea, que todo sea de Dios y manifieste a Dios. Esto nos podría parecer imposible si Jesús no hubiera venido para enseñarnos cómo. Él, como Hijo, sabía muy bien que la única manera de poderlo hacer era presentándonos a Dios como es: ¡Dios es PADRE! Por eso el Reino de Dios debe reflejar esa realidad: que él es Padre, y todas las cosas, las personas nos deben llevar a exclamar: ¡el Padre está ahí!; para esto nos ha invitado, éste es el banquete que ya tiene preparado. Podemos acercarnos para participar de él, para hacer que nuestro grupo comience a reflejar la realidad de su presencia... ¡él es nuestro Padre, nosotros somos sus hijos, somos hermanos... los que llevamos el aire de familia, el estilo y forma de vivir para que pueda ser visto y reconocido por todos!

3. - Invitación, vocación, llamada a compartir con estos amigos que forman mi grupo; con mi familia, con mis compañeros de trabajo o estudios, mi parroquia, con mi realidad circundante. Ser para los demás; pero... ¡también ellos han sido invitados! Nadie ha sido excluido de esta llamada; solamente los que se han cerrado a esta invitación.

El grupo es un aprendizaje de compartir la oración y la vida; es una forma de probar el banquete y gustar la felicidad que proporciona el darse a otros, saliendo de los márgenes estrechos de la propia vida y sus problemas rutinarios. Hacer que otro entre en uno y su vida pase a ser algo común, de los dos; ampliar el horizonte y enriquecer tanto al que da como al que recibe. Es un ejercicio que capacita para salir del propio grupo hacia los que aún no han sentido la llamada para entrar en el banquete del Señor. No se puede ser un invitado «perenne». Sin pasar a ser «encargado del Señor» para recordar a los demás que ¡el banquete ya está preparado!

4. - Para ocupar los puestos de este banquete el Señor elige a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Todo el que necesita y es consciente de su necesidad. A veces buscamos precisamente todo lo contrario, al que tiene y es poderoso; envidiamos a los que son más, y buscamos su compañía, no por ellos, sino por lo que tienen, para poder nosotros tener más y, si es posible, quedar por encima de ellos. Entonces las relaciones se convierten en una carrera de obstáculos, cuya finalidad es estar por encima de todos.

Jesús elige al que necesita, porque no tiene su seguridad en las cosas que le rodean, sino en el amor de su Padre Dios, que se manifestará a través del amor de sus hermanos. ¿En qué grupo de invitados nos sentimos nosotros? ¿En el que no necesita nada y desprecia al cojo, ciego... etc., o en el que recibe la invitación con gozo y sorpresa sin salir de su asombro porque a él le haya tocado ser uno de los llamados? Cuando los primeros pretendan entrar en el banquete, se encontrarán que ya no hay sitio para ellos. El que pone su corazón en lo que es y se siente satisfecho y seguro de sí mismo, de su dedicación y trabajo, llega a adorar la propia imagen de su valer personal y de su éxito; ¿cómo se va a «juntar» con los «que no entienden los mecanismos de la vida»... los que no saben «ser eficaces», los que derrochan el tiempo sin caer en la cuenta de que el tiempo «es oro»... los que no dicen más que «simplezas»... los que «tienen la culpa» de lo que les pasa...?

Y, sin embargo, el Señor dirá: «Ninguno de aquellos convidados probará mi banquete».

Orientación de vida

1. - ¿Considero mi pertenencia a «esta» Comunidad como una vocación (llamada de Jesús) a vivir el Reino de Dios?

- ¿Me ayuda saber que los demás también son llamados para hacer el Reino de Dios?

- ¿Me alegro de que esta llamada se nos haya hecho por ser «pobres, ciegos, rengos...»?

- ¿Comunico a otros el hallazgo del Banquete?

2. - ¿Siento la tentación de «excusarme» ante esta vocación?

- ¿Qué es lo que me da miedo? (Dentro del grupo - En mi vida ordinaria - En mi servicio eclesial).

- ¿Qué es lo que más me condiciona? ¿Lo que tengo que dejar? ¿La gente con la que tengo que compartir?... etc.

3. - ¿Me siento capaz de hacer la labor de «encargado» del Señor?

- ¿Tengo la experiencia gozosa del Banquete para invitar a otros?

- ¿Dónde me pide el Señor que anuncie que el Banquete está preparado? ¿Cómo?

 

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Tercera reunión:

Los más necesitados son los primeros

Lc 15, 1-7

Mc 2, 13-17

Reflexión del grupo

Los grupos pequeños: pandillas de amigos, familia, grupos de actividades diversas, comunidades, etc., son mini-laboratorios en los que se acentúan las relaciones que de modo menos intenso y más esporádico se producen en todas las sociedades humanas de mayor tamaño: una clase, una facultad, un sindicato, una asociación de vecinos, etc. En todas ellas encontramos los mismos fenómenos; sólo varía la intensidad y la frecuencia.

Uno de estos fenómenos es la relación que se establece entre cada una de las personas del grupo con LOS DEFECTOS, LIMITACIONES, ERRORES... incluso la MALA VOLUNTAD de los demás. Frente a ellos, las reacciones experimentan un proceso con mayor o menor rapidez, según las afinidades o distanciamientos de cada persona con el sujeto que presenta dichas NEGATIVIDADES.

Los primeros encuentros producen SORPRESA, y a veces confusión: parece imposible que «aquello» pueda estar allí, y nos negamos a creerlo. Cuando la repetición de las manifestaciones hace patente los efectos negativos de una conducta, suele producirse el JUICIO (normalmente descalificador de toda la persona), lo que se llama el «etiquetado», v. gr.: «fulanito ES así...» Con ese juicio formulado y a veces comentado o «chismorreado», nos acercamos a él y decimos que intentamos comprender todo lo que hace, dice e insinúa... Ese juicio es como la falsilla o patrón por el que todo ha de pasar; es decir, se convierte en PRE-JUICIO. A partir de aquí, las actitudes y sentimientos que se despiertan en nuestro interior ante la presencia de estas personas es de RECHAZO, positivamente manifestadas, o al menos de DISTANCIAMIENTO, según sea el grupo, más pequeño o más grande, y las oportunidades que tengamos de esquivarlo. De aquí nacen en los grupos más pequeños los «conflictos» o los «silencios no-provocativos». ¿Serán las soluciones evangélicas adecuadas? ¿Son actitudes nacidas de una sensibilidad que se ha dejado penetrar hasta los más íntimos repliegues por la actitud de Jesús?

1. - «Recibe a los descreídos y come con ellos». «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

La actitud de Jesús es conocida de todos nosotros: acoger, llamar a los que le necesitan, para que vengan a él. Es una actitud positiva; podría haber esperado a que los demás se decidieran por su cuenta. A Leví le llama, le hace un ofrecimiento con riesgo de ser respondido con brusquedad; él da el primer paso y acepta la libertad del otro para contestarle: sí o no. No hay presión, sencillamente una invitación.

Las personas que Jesús llama, invita y acoge no son las «buenas de toda la vida», las que tienen una fama y nombre reconocido... sino todo lo contrario: recaudadores, descreídos, prostitutas, pecadores... A nosotros nos gusta elegir bien nuestras amistades y las personas con las que compartir nuestra vida; somos muy exigentes a la hora de seleccionar: nos fijamos en el modo de ser, los gustos, las aficiones, las ideas religiosas, las opiniones políticas, el nivel económico...; tantos y tantos requisitos que, a la hora de la verdad, nos quedamos solos... Todavía recordamos la imagen del cesto de manzanas con una podrida en medio, y los «sabios consejos» que nos dieron en nuestros años infantiles... nunca un cesto de manzanas sanas «curó» a la manzana podrida, pero una sola manzana podrida basta para echar a perder todo el cesto de las sanas. ¡Con qué facilidad somos capaces de conocer lo que es «bueno» y «malo», lo «sano» y lo «enfermo»! ¡Qué poca confianza tenemos en el Señor y su Espíritu que habita dentro de nosotros!

«Acoger y comer con ellos...». Cuando nos decidimos a ser como Jesús, mal lo tenemos que pasar por dentro, pues tan difícilmente repetimos. Jesús lo hacía no sólo con naturalidad, sino con verdadero placer. Jesús amaba y quería a las personas que llamaba y acogía, porque trataba de comprenderlas, de meterse en su interior, en su historia o, lo que es lo mismo, en su vida. Para él no era un «deber» penoso que tenía que cumplir, un expediente que rellenar. Jesús no fichaba, ni tenía «comisión» por pecador arrepentido o descreído escuchado; tampoco tomaba su acción como un «precio» o canon para poder vivir y disfrutar tranquilo el resto del mes. No eran sus «obras buenas» contabilizables. Él tenía un corazón BUENO, que acogía porque sintonizaba con el interior de los demás, comprendía sus pequeñas tragedias, sus temperamentos, sus debilidades... sabía de qué barro estaban hechos y valoraba los esfuerzos de su pobre buena voluntad...; para él no había «buenos» y «malos», como en los «western»; cada persona se sentía comprendida y querida por su impulso cordial de acercamiento a todo el que le necesitaba.

Esto es lo que nos distingue de Jesús: él disfrutaba acogiendo y comiendo con los «malos»; nosotros sufrimos sólo de pensar en ellos. Él comprendía, nosotros juzgamos. Él quería a los demás; nosotros nos queremos sólo a nosotros mismos. Él estaba rodeado de todos, nosotros estamos solos. Él estaba en la realidad, nosotros en la quimera de nuestros pensamientos.

2. - «Da más alegría un pecador que se arrepiente...» « ¡Denme la enhorabuena...! He encontrado la oveja que se me había perdido...».

Los verbos que utiliza el evangelio para describir las acciones de Jesús con los pecadores y descreídos son: llamar, comer, salir a buscar, invitar, acoger; esto produce el arrepentimiento. Si nos examinaran a nosotros de nuestras acciones y sentimientos frente a las NEGATIVIDADES de los demás, los verbos serían más enérgicos: enfadar, cabrear, sermonear, afear conductas, reprender, corregir, avergonzar, etc.; y es posible que nuestra conducta esté movida por un afán sincero de: perseguir la verdad, pureza de costumbres, evitar el escándalo, transformar la sociedad... lo que en sí es bueno. Solamente nos fallan los medios. No conocemos al ser humano o nos traiciona nuestra sensibilidad. Jesús nos conoce bien y no falla: el medio es amar a las personas como son, con sus defectos, errores y pecados. Él ama porque ellos y nosotros necesitamos ser amados con amor gratuito: con amor libre que no esclaviza. Él no ama... PARA ALGO. No hay interés ninguno, le basta con amar.

¡Si nos diéramos cuenta de que nuestras reacciones no proceden del amor...! Hacemos cosas para que «los otros» cambien, sean de otra forma diferente, dejen de ser como ellos son para ser como nosotros queremos que sean. Es decir, que los que dictan cómo se ha de ser somos nosotros, los que obedecen son ellos. Nosotros los DICTADORES, ellos los ESCLAVOS... pero eso sí, SANTOS. ¿Para eso nos ha dado Dios la libertad y nos ha hecho de una manera concreta? ¿Estaba esperando a que nuestra intervención llegara para poder hacerles BUENAS CRIATURAS?

Si Jesús y el cielo se alegran por el arrepentimiento de un pecador, es porque él se ha decidido, porque ha usado de su libertad y ha optado por ser, él también, pregonero del amor que tan gratuitamente se le ha dado. Porque ha descubierto que detrás de ese amor «inútil» no podía estar más que el amor del Padre.

Orientación de vida

1. - ¿Acojo a todos los que veo necesitados o distintos a mí?

* ¿He tenido ocasión esta semana de aceptar a algunas personas de las que «no me caen» bien?

* ¿Qué personas del grupo «me caen peor? ¿Por qué?

* ¿Podría encontrar diez cualidades positivas de ellas?

* ¿Conozco cuál es su «historia»? ¿Me gustaría preguntarles algo?

2. - Cuando me encuentro con el mal (las NEGATIVIDADES) de los demás, dentro y fuera del grupo, ¿las cargo en los hombros, muy contento, o me resisto y rebelo contra ellas?

* ¿Qué defectos de mis padres, hermanos, compañeros, miembros del grupo... me sientan peor cuando los veo de cerca?

* ¿Qué defectos, limitaciones, errores o pecados de otros no he asumido en esta semana? ¿Me hicieron perder el control (me sacaron de mis casillas)?

* ¿Reflexiono después de estos encuentros sobre lo que veo en los demás con ánimo de comprender, aceptar y acoger?

* ¿Mis comentarios de los demás son generalmente negativos o, más bien, encuentro disculpas rápidamente?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Cuarta reunión:

Nuestro centro vital

Mt 13,44-46; 6,21-23

Reflexión del grupo:

Sólo nos mueve aquello que amamos

Con cierta frecuencia nos quejamos de nuestra inconstancia o de la falta de decisión ante nuestras determinaciones. Todo se nos vuelve dudas; saltamos de un aspecto a otro de la realidad sin poder llegar a decir que exista algo decisivo. Y lo mismo da que sea una cosa insignificante, como puede ser el comprar un par de zapatos o ir al dentista, o realidades con gran repercusión, como una elección de carrera o el compromiso con una obra apostólica. Si tenemos un tiempo determinado para tomar una decisión, se nos pasará saltando de una a otra de las razones más o menos imprecisas, sin que podamos llegar a decir qué es lo que queremos.

En cambio, hay otras decisiones que las tomamos con tal seguridad e inmediatez que no dejamos resquicio ni a la menor duda. Sería una pérdida de tiempo incluso el proponer una reflexión sobre ello. ¡Estamos seguros de lo que queremos!

La diferencia que existe entre estas ocasiones no es más que la fuerza con que queremos cada cosa. Es suficiente que el dolor de muelas se prolongue más allá de dos noches para que no dudemos ni un minuto...; basta que esos zapatos sean la moda dentro de una clase para que no haya nada capaz de echar por tierra nuestra decisión... Las cosas tienen un poder de atracción, valen para aquello para las que fueron ideadas; somos nosotros los que cambiamos respecto de ellas. Nuestra sensibilidad se afina delante de ellas en determinados momentos, y su influencia crece como una marea que nos arrastra hacia ellas; entonces decimos que tienen un valor, que son un motivo para nosotros. Sencillamente, las queremos.

Y entonces surge eso tan difícil de definir: el amor, amamos, queremos... ¿Somos capaces de conocer lo que en nosotros y en los demás constituye ese centro vital capaz de arrastrarnos a la acción en unas ocasiones y dejarnos impasibles en otras?

1. - «Se parece a un tesoro..., una perla de gran valor... »

Al oír hablar de un tesoro, una perla, nosotros nos situamos ya en un contexto muy concreto: una civilización determinada, la nuestra, donde un tesoro y una perla tienen una cotización elevada. Todavía quedan películas en las que los blancos cambian chucherías a los indios por tesoros, o donde unos pobres malayos descienden a las profundidades de los mares para sacar unas perlas que ellos vieron allí siempre y no les merecían su atención hasta que llegaron los desaprensivos de turno ofreciendo por ellas lo justo para comprar el pan de cada día. Ni para unos ni para otros el oro, las perlas y otras joyas tuvieron valor ninguno... se despojaron de ellas como algo menos novedoso que lo que venía de fuera, o más inútil que un puñado de monedas. El valor lo ponemos cada uno de nosotros y hace referencia a nuestra situación personal y nuestro ambiente, todo ello como fruto de la historia de nuestra existencia.

Todos poseemos un conjunto de valores, más o menos grande, que constituyen ese centro vital que rige nuestra conducta. Son el motor de nuestras acciones; lo que se relacione con ello será objeto de nuestra atención; lo que esté lejos de ese centro pasará totalmente desapercibido.

Dentro de este centro vital hay zonas más o menos intensas; es lo que llamamos una jerarquización de esos valores; unos serán los que constituyan el núcleo más íntimo y otros los que se van disponiendo alrededor con menor fuerza de arrastre. La totalidad de las ideas y motivos de nuestra existencia está desparramada según la distancia a este centro, constituyendo un pequeño cosmos. No depende su situación de la sublimidad de su contenido, sino de la capacidad de atraer la atención de nuestro «sol».

Por eso hay veces que no nos comprendemos: Nos sentimos indiferentes, indolentes o «pasotas» «por dentro» ante hechos de vida o ideas que nuestro entendimiento considera muy importantes y merecedoras de todo nuestro interés; y en otras, nos sentimos interpelados cuando «vemos» racionalmente que aquello tiene poca consistencia. ¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Qué es para nosotros la perla?; o, dicho de otro modo: ¿conoces tu jerarquía de valores? ¿Has llegado a encontrar ese Centro vital que dinamiza tu actividad?

2. - «De la alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo».

La razón por la que las cosas arrastran nuestra atención es por la alegría, la satisfacción o la felicidad que nos producen. No podía ser menos, puesto que el hombre ha sido creado para la felicidad. Lo que ocurre es que casi nunca nos paramos a sondear nuestro interior; nos asusta encontrarnos con nosotros mismos y escuchar esa llamada desde lo más hondo de nuestro ser. Tenemos miedo de que pueda surgir de allí algo que no conocemos (creemos no conocer) o que, al menos, no esté bien visto «en sociedad». ¿Cómo podríamos presentar nuestro «yo» ante los demás con esos gustos, sentimientos, etcétera, tan poco «dignos»? Y a fuerza de cerrar la tapa de la bodega, nuestro «yo» queda sepultado en la mazmorra, aun cuando de tarde en tarde se escuchen sus lamentos y quejidos, amortiguados por la densidad del peso que vamos colocando encima. Y eso nos asusta más... y decidimos todavía ocultarlo con más fuerza.

Lo malo es que para andar por la vida necesitamos tener unos gustos, unas opiniones, unos sentimientos, etc., Como los nuestros no pueden salir, tomamos la determinación de pedirlos prestados a lo que esté más de moda: al amigo, al libro, la revista, el partido, el grupo, el psicólogo o el cura... Con ellos construimos nuestro mundo: yo tengo que ser así...»; y pretendemos poder decir: «yo soy así...».

Pero la vida no es tan fácil de domar y, cuando llega la ocasión, se subleva o, al menos, no responde como quisiéramos. Si no hacemos caso a los sentimientos propios, ¿cómo ellos van a surgir cuando los llamamos? No se puede ser artificial, colocar sobre nuestra psicología todo un conjunto de ideas mal digeridas y menos asimiladas y luego pretender que reaccionemos como si fueran nuestros sentimientos verdaderos.

Si el hombre de la parábola evangélica aborreciera los tesoros, pero le hubieran dicho que todo hombre siempre y en cualquier sitio debe valorar como lo mejor de su vida los tesoros, al encontrar uno podría haber hecho dos cosas: a) Mirar a ver si le veía alguien y, si estaba solo, volverlo a enterrar y alejarse de allí a todo correr. b) Taparlo y tratar de comprar el campo por un precio pequeño... (¡para él no merecía demasiado la pena!).

Sin embargo, se alegró... el tesoro tocó el centro de su vida, le dio la gran satisfacción, y por eso sale corriendo y sin dudarlo, se va a vender todo lo demás... todo lo que para él no constituía su centro vital, lo que no tenía tanta importancia como el tesoro o la perla que acaba de encontrar.

Dos sentimientos: una gran alegría, la felicidad y una valoración de todo lo demás, como sin importancia. Aquí no hay sentimiento de frustración o de sacrificio heroico al tener que vender todo; no lo hace con conciencia de que se despoja de todo, ni hay sentimiento de tristeza; ¡todo lo contrario!

Si queremos saber cuál es nuestro tesoro, dónde está nuestro Centro vital..., examinemos nuestros sentimientos, los que nos salen de dentro, no los que pedimos prestados o los que nos imponemos venidos desde fuera. Porque donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón.

Orientación de vida

1. - ¿ Conozco mis verdaderos valores, lo que amo de la vida? ¿Cuál es mi centro vital?

En esta semana, ¿qué es lo que me ha producido verdaderas alegrías, felicidad? (aunque sean sentimientos considerados negativos: venganza, ira, adulación, vanidad...).

¿Podría resumir los valores que he visto como «tesoro» en las conversaciones o acciones de:

- mi familia, - mis amigos.

¿Coinciden con los míos? ¿Son sinceros?

2. - ¿Me siento feliz con la jerarquía de valores propia? ¿Tengo que esforzarme (contrariar mis gustos) para hacer lo que creo que DEBO HACER?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Quinta reunión:

Capacidad para cambio

Mc 8,22-26; 9,30-37.

Reflexión del grupo:

La aceptación del cambio de valores

Caer en la cuenta de la propia jerarquía real de valores, que a veces no coincide con la que pensamos o con la que decimos que poseemos, es poner un punto de realismo en nuestra vida. Y si llegamos a aceptarnos así como somos, sin el plumaje que enmascara nuestro modo de ser, damos un primer paso para ser personas sanas. Todo ello es un estadio básico para poder acceder a la intimidad del «otro», que a su vez tendrá que llegar también a esas cotas personales para que nuestra relación pueda ser constructiva.

Sin embargo, todavía necesitamos un paso ulterior para que ese contacto entre personas pueda llegar a ser todo lo fecundo que puede ser: aceptar que esa relación va a influir en mi vida, en mi jerarquía de valores, en la forma de enjuiciar y valorar las cosas. Es preciso convencerse de que un grupo no puede caminar si las posiciones de partida de cada uno son tan férreas e inamovibles que no hay ninguna posibilidad de cambio. Un grupo así es un fósil, no un ser vivo; no tiene objeto ni sentido seguir adelante en el intento de llegar a ser una COMUNIDAD DE VIDA, ya que falta una de las cualidades más importantes: el deseo de avanzar, de salir de uno mismo, para lograr sintonizar con todos los que forman el grupo en un punto más allá del que ahora nos encontramos.

El evangelio nos ayuda a comprender esta actitud necesaria para el cristiano que tiene fe en la presencia del Espíritu que anima a su Iglesia y que no está reducido a repetir lo que ya pasó, sino que «les irá guiando en la verdad toda... y les interpretará lo que vaya viniendo» (Jn 16,13s).

1. - «Lo sacó fuera del pueblo..."

Es muy frecuente entre nosotros identificar una mentalidad estrecha, pequeña y cerrada con una «mentalidad pueblerina». Son los que no ven más allá de sus narices, los que no se fían de nadie, los que desconfían de todo y se aferran a «lo que siempre se hizo» y porque «siempre se hizo así». Son personas que se niegan a abrir los ojos y, sobre todo, la mente; que no desean entrar en la más mínima confrontación, porque han decidido que nada debe ni puede cambiar; porque ni siquiera entra en su cabeza la posibilidad de ver las cosas de otro modo. Esta actitud se da con cierta frecuencia en profesionales que están relacionándose con otras personas, que viven en medio de una sociedad cambiante, donde las generaciones (conjunto de valores, gustos, moda e incluso lenguaje) varían cada vez más rápidamente.

Todavía recuerdo, con asombro, el razonamiento de un profesor que basaba toda su pedagogía en que llevaba 35 años haciendo lo mismo y no veía por qué tenía que cambiar. Por supuesto que sus alumnos tampoco veían por qué tenía que seguir un solo minuto como profesor.

Esa mentalidad con la que Jesús tuvo que enfrentarse era la mentalidad de un pueblo que se creía privilegiado, que despreciaba todo lo que no eran sus tradiciones y que se amparaba en el hecho de ser descendiente de Abrahán para imponer su ley y su forma de ver la vida a todos los hombres que quisieran entrar en relación con Dios. Una mentalidad que no le da a Dios opción a salvar a los hombres más que a través de lo que ella es capaz de idear para su propio privilegio.

Ante ella Jesús tiene que actuar lentamente, por pasos, hasta conseguir una total liberación: a) le lleva de la mano, con cuidado; b) le separa de todo lo que refuerza su forma de pensar (la aldea); c) va dándole otros valores con los que enfocar la realidad; d) le da seguridad y gozo en su nueva orientación; y, por fin, e) le introduce en una comunidad (casa) nueva donde no existe la posibilidad de volver a recaer en la mentalidad anterior (la aldea).

2. - La dificultad para el cambio procede de un cierto compromiso con una forma de ser y pensar a la que hemos ajustado nuestra vida y con la que hemos logrado un cierto grado de satisfacción. A veces nos engañamos a nosotros mismos y pensamos estar satisfechos, cuando no es cierto; pero en el fondo hay un cierto «beneficio», aunque no sea más que por ser tenidos por otros como los «modelos».

Es una instalación, cómoda, que produce seguridad, ya que, al cabo de repetir unos determinados patrones de conducta, se llega a tener unos reflejos rápidos y seguros, a la vez que se tiene respuesta adecuada a todos los interrogantes que pueden surgir. Es un modelo de comprensión de la realidad circundante donde nada queda suelto.

La aceptación incondicional, que borra toda sombra o duda, crea al fanático, que es capaz de llevar su ceguera hasta la negación de los hechos evidentes.

Para este tipo de personas, el cambio es una especie de traición que rompe el pacto de fidelidad; otras veces lo conciben como una falta de agradecimiento a los valores que tantas satisfacciones les dieron en el pasado. Su razonamiento es sencillo: la verdad sólo es una y, por tanto, no puede cambiar. Si esto que yo he vivido hasta aquí era la verdad, esto es y será por siempre la verdad, lo que no cambia.

No creamos que los fariseos eran personas de mala voluntad, que pretendían matar a Jesús sin ningún fundamento. Ellos eran personas piadosas que creían en Dios al estilo de nosotros…

3. - El cambio exige una dosis muy grande de apertura, de estar abierto a todo lo que llega. Justamente lo contrario de esa mentalidad aldeana. ¿Por qué se forma? Porque allí no llega nada, ni pasó nada desde hace siglos, porque la vida se ha mantenido igual día tras día desde siempre. Cuando hay apertura, llegan las cosas; cuando hay capacidad de escucha, se perciben las razones, los matices, la realidad. Entonces es el momento de iniciar un proceso de respuesta: a) saber dudar de lo que uno tiene y hace; b) encontrar en lo que uno es la respuesta adecuada al ACÁ y al AHORA.

Solamente con un deseo sincero de encarnación actualizada se puede afrontar un proceso de cambio en el que la seguridad viene del convencimiento de que sólo así se puede seguir siendo lo que uno es. Cuando se desprecia o se silencia lo diverso, sean formas nuevas de ver las cosas, o sencillamente el paso del tiempo, se pierde lo más sustancial de sí mismo, ya que se renuncia a que los valores que uno encarna vivan y tengan voz en el presente; lo cual quiere decir que se pasa a ser una figura del pasado, una reliquia de museo.

4. - Es que el cambio supone docilidad al Espíritu, es decir, confianza en que Dios es el Señor de la historia y habla a través de los acontecimientos y de las personas con quienes vivimos. Cada momento y sus circunstancias son un lugar de encuentro con el Señor, donde no hay respuesta prefijada a lo que él nos pide: ¿Qué quieres decirme con estos sucesos, con estas personas que pones a mi alrededor?

Actitud de escucha, de docilidad, que comporta un riesgo. «Sal de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12,1). Dejar lo conocido, lo rutinario, lo que no exige esfuerzo ninguno, para entrar en esa peregrinación a tientas... ¡hasta la tierra que yo te daré!

Cuando se acepta la posibilidad de cambiar, se corre el riesgo de no encontrar nunca esa tierra, esa casa donde uno reposa con seguridad. Dentro de un grupo, el cambio debe ser continuo, porque cuando llegamos a conocer a unas personas es muy fácil «etiquetarlas», ponerles un sambenito: « ¡fulano es así! », y a partir de ahí todo resulta inteligible. Si no cedemos a esa tentación, esa figura deberá cambiar día a día, con la escucha atenta de sus impresiones. Más aún, el cambio de unos irá repercutiendo en los demás, y se produce un influjo en cadena que al final determinará el crecimiento del grupo. Crecimiento que no es fácil de señalar, que es un riesgo también, pues sus límites no son definidos y sus exigencias son imprevisibles.

5. - A veces también encontramos lento al cambio: «veo la gente; ¡me parecen árboles que andan!»; «no entendían sus palabras y les daba miedo preguntarle» (Mc 9, 32).

No siempre los cambios son espectaculares; se producen con lentitud por sus pasos, en medio de muchas dudas y vacilaciones. Unas veces nos sentimos convencidos, decididos y animados; otras nos encontramos todo perezosos, tristes y con ganas de mandarlo todo a paseo. ¡Con lo bien que estaba cuando no tenía nada de esto! Es el recuerdo de los ajos y cebollas dejados en Egipto.

Todo se hace oscuro y no se ve el más mínimo resquicio. Se necesita paciencia y fortaleza para soportarse a uno mismo y a los demás. Para ser tolerante con los demás, hay que serlo con uno mismo. No se cambia de la noche a la mañana, y es preciso saberlo y contar con ello para no desfallecer y echarlo todo a rodar. El que está apurado, a veces es porque no tiene capacidad de sufrimiento; queremos sacrificarnos poco y obtener grandes resultados con poco esfuerzo.

La paciencia perseverante es un cheque en blanco a los demás y una señal de la aceptación y acogida que todos le dan, ya que un grupo debe acompasar su caminar al paso de los que van despacio, para que no queden descolgados del conjunto. Si Jesús hubiera hecho una buena programación de sus enseñanzas y hubiera acomodado el ritmo de sus instrucciones a un discípulo medio, ¿habría conseguido al final lo que logró? Fue poco, pero mucho. Ellos no le entendían, tenían miedo de preguntar... pero había algo que quedó muy claro: Jesús los quería, había dado su vida por ellos, porque ellos fueron los que estuvieron con él en todas sus tentaciones. Se los había dado su Padre, pero ¿cuántas veces estuvo tentado de abandonar la empresa? ¿«También ustedes se quieren ir...»? «Tanto tiempo llevo con ustedes y tú dices...» «Vuelve la espalda a su vaina...» ¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino...?» «Nosotros esperábamos...».

En esa paciencia, que es espera esperanzada, se manifiesta toda la fuerza de cohesión interna del grupo: es el milagro del amor que Jesús pone en medio de los que se reúnen en su nombre.

Orientación de vida

1. - ¿Siento que en mi vida me cuesta cambiar?

- Cambiar de horarios, itinerarios para ir al trabajo, facultad..., vestidos, lecturas, diversiones. . .

- ¿Cómo me adapto a las circunstancias nuevas: en el trabajo, en la vecindad, en las amistades, convivencia social, familia, política...?

2. - ¿Qué me cuesta más: el cambio de persona o de ideas?

3. - ¿He tenido que vivir alguna situación de cambio personal o grupal? ¿Cómo lo he vivido?

4. - ¿Cuáles son los puntos que tengo que revisar respecto del grupo?

- ¿Debo cambiar algo en mi conducta exterior? ¿Puntualidad, preparación, participación?

- ¿Mis actitudes frente al grupo? ¿Sinceridad, confianza, paciencia?

5. - ¿Cuál es el cambio más urgente en mi vida?

 

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Sexta reunión:

Tolerancia y dialogo

PRESUPUESTO: EE 22

"Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte como la entiende, y si la entiende mal corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, entendiéndola bien, se salve.

 

Mt 18,15-17

Reflexión del grupo:

El diálogo, actitud básica del cristiano

1. - ¡No es muy común esta actitud! Y, sin embargo, para Ignacio de Loyola debía de ser tan clara que la coloca al comienzo de los EE. y la hace extensiva a todo cristiano por el mero hecho de serlo. La actitud espontánea de todo buen cristiano ha de ser la de pensar bien de los demás; inclinarse a salvar todo lo que hacen los otros. No se trata sólo de una presunción de inocencia... (hoy está de moda lo de ser «presunto» delincuente), sino un paso más: lo que habla, hace y piensa el prójimo está bien. Esto es lo que significa «salvar la proposición del prójimo».

Y no es precisamente lo que a cada uno nos viene a la mente cuando escuchamos a los demás... Nos parecemos más al cazador que espera, escopeta en ristre, la salida del pichón para asestar el disparo a la más leve inflexión de voz o ante la más ligera alusión... ¿quién no se ha encontrado diciendo para su «capote»; ¡Que te crees tú eso...! ¡A mí no me la das con queso...! ¡Yo sé muy bien lo que tú traes entre manos...! ¡Si me vas a decir tú a mí...! ?

Tanto dentro de la familia, marido y mujer, como entre padres, hijos y hermanos... Y si salimos de la esfera más íntima a los ambientes de trabajo o a las amistades... ¡qué no pensamos y decimos de «nuestros amigos» (¿?) cuando nos quedamos solos...! En otras ocasiones, ¡ni eso! Basta que se vaya uno, o unos, para que ellos sean el centro de la «comidilla».

Si éste fuera el «test» o prueba de nuestro cristianismo... ¿cuántos lo pasarían? Porque hay que tener en cuenta que no se especifica ni se recorta el campo de nuestra actitud... El prójimo es un concepto abierto que admite unas extensiones globales y universales: ¡todo prójimo y en toda ocasión! Aquí no se hacen acotaciones ni descuentos; o se es cristiano o no se es. Al menos deberá existir una voluntad decidida de llegar a serlo, de comenzar un proceso que desemboque en esa forma de ser.

2. - Sin embargo, esta actitud no quiere decir que el cristiano tenga que estar de acuerdo con todo lo que hagan o digan los demás. De lo que piensan, de sus intenciones... ya nos dijo Jesús que caen totalmente fuera de nuestro campo; ahí... ¡ni la Iglesia! Puede, por tanto, el cristiano verse sorprendido en su buena actitud por expresiones o hechos que no puede «salvar»... ¡a la primera de cambio! Y entonces ¿qué?

Ignacio nos va señalando el camino: lo primero, dialogar, «inquirir cómo lo entiende». No se trata de una actitud inquisitorial, sino de aclaración; sabemos que no todos damos el mismo valor a las palabras, a los conceptos; que para unos hay gestos que no se toleran, mientras para otros apenas si tienen significado. Es preciso que cada uno llegue a la conclusión de que yo entiendo lo que el otro quiere decir. Ni más ni menos.

La actitud de diálogo exige un gran esfuerzo para suprimir suspicacias, resentimientos, deseos de quedar por encima, caza de brujas, pequeñas venganzas, etc.: todo ese mundo inconsciente que en vuelve nuestra capacidad receptiva y colorea la visión clara y transparente del «emisor», del otro que quiere comunicarse o expresar su forma de ver las cosas. Por lo tanto, es una actitud sencilla, humilde y fraterna de quien recela de sí mismo, antes que condenar al que disiente o contradice su opinión.

El diálogo en estas condiciones puede llevar al entendimiento y a la comprensión. Pero en otras ocasiones es posible que la conclusión sea descubrir que en el prójimo existe un error (la malicia es una valoración ética que no cae en el campo del cristiano...; juez: ¡sólo Dios!). La aproximación que se ha dado para llegar a descubrirlo también habrá originado un conocimiento más exacto de lo que es la propia forma de ver la verdad y, sin duda, es fuente de objetividad personal para reconocer las limitaciones y deficiencias de uno mismo. Esta actitud nos podrá permitir ser más exactos en la corrección y a la vez más caritativos...: Corríjale ¡CON AMOR!

Y aquí se puede decir que el texto del evangelio de San Mateo es certero: ante todo, ¡a solas!... sin publicidad... para que la cosa quede entre los dos sin que nadie se entere ni del error de tu hermanó ni de tu «mirada de lince» para descubrir los errores... ¡Cómo gusta publicar lo que hemos descubierto...! ¡Si ya te decía yo...! ¡Me olía mal desde hace mucho tiempo...! «Con amor» significa: con respeto para el otro, sabiendo que es un hermano con derecho a su propia imagen. Y si la corrección no es eficaz, busca personas que sirvan de intermediarios, de testigos. Personas que puedan estar cerca de él y le faciliten la tarea de cambiar. Todos sabemos que esta tarea no es nada fácil... ¡dar el brazo a torcer! ¡caer del burro! Es un camino difícil y hay que allanar las dificultades... Si las cosas no van bien...: ¡la Comunidad! También San Pablo había pensado en este consejo del Señor: «Cuando uno de ustedes está en litigio con un compañero, ¿cómo tiene el valor de hacer que lo juzguen paganos y no gente consagrada? De manera que en los pleitos ordinarios toman ustedes por jueces a esa gente que en la Comunidad no pinta nada, ¿no les da vergüenza?» (1 Cor 6,1-8).

«Los trapos sucios, en casa se lavan», dice el refrán. Y no puede ser menos; cuando hay interés por las cosas, se buscan todos los medios posibles para que el hermano no se pierda. Y es muy posible que sea más duro para la unidad de la Comunidad el quebrar la acogida, la comprensión, el cariño, que el admitir muchas de nuestras diferencias. ¿Hay tantas cosas tan substanciales e importantes como para ser causa de ruptura y separación de un hermano?

Orientación de vida

1. - ¿Me considero una persona dialogante o cerrada?

2. - ¿Existen temas o situaciones en los que me es más fácil dialogar?

3. - Mis pensamientos ¿son más conciliadores o críticos?

- de las personas

- de las situaciones

- de las ideas.

4. - En mi grupo o Comunidad ¿hago distinciones, a unos los tolero... a otros los apruebo... a otros los critico...?

5. - ¿Me cuesta hablar con los demás cuando tengo que señalar algún error o limitación?

6. - ¿Acepto con facilidad la corrección?

¿Recuerdo alguna ocasión cercana?

¿Me costaría ser corregido por mi Comunidad?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Séptima reunión:

Respeto al ritmo de cada uno

ANOTACIÓN 4°: EE 4

Como sucede que

unos tardan más en hallar lo que buscan,

y asimismo unos son más diligentes que otros

y son más agitados o probados…,

se requiere algunas veces acortar

y otras veces alargar

Lc 21,1-4

Reflexión del grupo:

El Señor es quien da el crecimiento

1. - El comentario de Jesús ante la limosna de la viuda se centra en dos aspectos: a) la situación de la mujer; y b) la cantidad dada. Jesús no niega la realidad: la mujer es pobre; la cantidad, unos cuartos. Tampoco se pierde en disquisiciones sobre el mérito, nada dice de lo que haya podido merecer o no. Jesús solamente afirma: «ha echado más que nadie» «todo lo que tenía para vivir», y contrasta más aún si tenemos en cuenta la opinión que Jesús tenía del Templo. Unos versículos más abajo: «Eso que contempláis llegará un día en que lo derribarán hasta que no quede piedra sobre piedra» (v. 6). Parece sangrante que Jesús diga eso. Esa pobre viuda da todo para una causa inútil, no durará mucho... y no interviene para impedirlo.

Nuestra mentalidad eficacista y calculadora se resiste ante el hecho; ¿cómo deja Jesús que esa pobre mujer se quede sin nada por una causa inútil y perjudicial?, porque el Templo ya no va a ser el sitio de culto... «los verdaderos adoradores del Padre lo serán en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23).

Y la razón que da para comprender el sentido de la donación está en que unos dan «de lo que les sobra» y otros de «lo que les hace falta para vivir». Podremos decir que, cuando se trata de dar, las cantidades no son absolutas, sino relativas; cada uno fija su meta en relación con sus posibilidades: da más no quien más tiene, sino quien se queda con menos. El que no guarda para sí mismo ni piensa en otros motivos que no sea dar.

2. - Dentro de una comunidad, cada persona posee un ritmo particular, una generosidad especial que no está en relación con las potencialidades de las personas. Hay quien podría dar mucho, tanto a nivel de respuesta personal, como del grupo, como en la misión entre los más necesitados de su ambiente. Otros no poseen tantas cualidades, su campo está muy limitado... Y, sin embargo, todos tienen una respuesta que dar a la llamada que el Señor les hace.

No es cuestión de voluntarismos ni de hacer listas de decisiones heroicas para jalonar con ellas los minutos del día. Se trata más bien de dejarse llevar por la fuerza de la llamada que Jesús va haciendo sentir cada día con más nitidez y claridad. Sólo él es quien puede exigir; sólo él quien puede medir avances y retrocesos.

Si pudiéramos preguntar a la viuda del evangelio su opinión sobre la limosna dada, es muy posible que ella no supiera contestar. Dio lo que le pareció «normal» que debía dar, ni más ni menos. No se sentiría una heroína; tampoco se sentiría tacaña. Para el que se deja guiar por su corazón, el cálculo no tiene lugar; da todo lo que tiene, sin pensar si es mucho o poco.

3. - Esta actitud de corazón pone paz en la conciencia y centra el esfuerzo personal más en atender la llamada interna que en preparar un catálogo de conductas. Paz con uno mismo, paz con los demás que nos rodean, a quienes no se les va a exigir otra cosa que su apertura a la llamada del Señor. Esta paz interior es el clima que estimula la sensibilidad ante la necesidad cercana.

Cuando uno se obstina en tener que hacer cosas, alcanzar determinadas metas, es fácil caer en una continua inquietud. Nunca se encuentra el final, nada es suficiente; todo parece poco para quien tiene que acallar las voces exigentes de su yo-interior. Este desasosiego cansa, aburre, y al final se desiste de todo avance. Nuestro yo, que exige tanto, no es capaz de satisfacerse y mucho menos de dar la fuerza para superar las dificultades, ni la paz de espíritu.

En medio de este torbellino, no hay momento para ver «lo que hay que dar o lo que hay que hacer», sino para buscar otras cosas que sean más difíciles o más espectaculares.

4. - En la vida de un grupo hay ocasiones en que esta actitud es muy conveniente revitalizarla; cada persona avanza a su ritmo: «unos son más lentos, otros más diligentes... unos más probados...» Por eso habrá que tener paciencia, no simple tolerancia, sino una comprensión de la realidad. Cada cual es como es, y a cada uno le llama el Señor con su libertad, sus cualidades y sus limitaciones. Por eso no es conveniente un exceso de prisas ni de nerviosismos: el clima ha de ser de paz, para que en él sea el Señor quien ponga sus exigencias a cada uno.

 

Orientación de vida

1. - ¿Me preocupo por saber si voy avanzando en mi vida cristiana?

- ¿Me remuerde la conciencia por no hacer «más cosas»?

- ¿Soy de los que cuantifican la vida cristiana?

- ¿Me reservo muchas cosas para mí?

2. - ¿Sé respetar el ritmo de crecimiento de los demás?

- ¿Pongo «etiquetas» a las personas de mi grupo o familia o trabajo...?

- ¿Me cuesta aceptar los fallos o limitaciones de los otros?

- ¿Valoro todo lo que hay de positivo o de avance en las conductas de otras personas?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Octava reunión:

Generosidad

ANOTACIÓN 5:ª EE 5

Mucho aprovecha entrar con gran ánimo y liberalidad

con su Criador y Señor,

ofreciéndole todo su querer y libertad

para que

su divina majestad se sirva conforme a su santísima voluntad.

 

Lc 9,57-62

Reflexión del grupo:

Generosidad, desde el principio

Comenzar el camino de una Comunidad o de los Ejercicios exige una disposición de como tónica general durante todo el tiempo: «Ánimo y liberalidad para ofrecer todo su querer y libertad...».

Los Ejercicios son una pedagogía de vida cristiana y traducen así las condiciones que Jesús pedía a sus seguidores: a) una disponibilidad total; b) una radicalidad en la entrega; y c) coherencia con la decisión tomada. No es otra cosa lo que Jesús exige a quienes quieren seguirle.

Podría parecer que, si en este momento una persona o un grupo se encontrara ya con estas actitudes, ¡qué falta haría nada más!

En primer lugar, son actitudes tan importantes que no es extraño que aparezca desde el primer momento y que hayan de ser cultivadas siempre, porque se refieren al talante de cada uno para recibir, aplicar, crecer y madurar el Reino de Dios dentro de él. Además, el ser cristiano se ha confundido, frecuentemente, con un código de ritos o de actividades prefabricadas, y estas actitudes más radicales se han visto reservadas para cierta categoría de cristianos «privilegiados». Por eso nos asusta reconocer y llamar por su nombre lo que es propio de esta vocación de cristianos, a secas, que quieren seguir al Señor de verdad con el género de vida al que él les llama.

1. - Disponibilidad total.

Ser disponible o estar disponible será la actitud característica del hombre de los Ejercicios; dice el P. Arrupe: «entendida como prontitud, agilidad, libertad operativa para toda misión que nos sea dada». Aquí la disponibilidad habrá que entenderla como disposición de apertura a todo lo que puede pedir el Señor a través de sus llamadas. Es una actitud generosa que nace como consecuencia del convencimiento de ser llamado por Jesús para ser como él y, por tanto, vivir como él: sin que preocupe nada... «el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Lo que impide y dificulta esa prontitud en la llamada es todo el conjunto de cosas que nos atan y nos instalan. No serán grandes cosas, pero son «nuestras amarras»...; y tanto da que el águila esté sujeta por cadenas o por hilos: mientras está amarrada, permanece prisionera y, por tanto, inmóvil.

Para salir de este encierro es preciso que coloquemos en uno de los platillos de la balanza el conjunto de los frenos que pueden anular nuestra libertad y agilidad, y en el otro el peso de la llamada de Jesús. Es decir, enfrentar el brillo, la suavidad y lo agradable de un camino descomprometido y cerrado sobre uno mismo, con lo áspero y desabrido de una vida volcada hacia los demás y comprometida con el establecimiento del Reino de Dios.

No cabe duda, es más confortable tener una madriguera, un nido ya hecho, donde se vuelve a compensar el esfuerzo diario, que vivir a la intemperie de lo inesperado y estar a merced de la necesidad del otro. Es la diferencia de «ser servido» o «servir». Jesús vino a dar ejemplo de servicio, de desprendimiento, de no tener más preocupación que las preocupaciones de los demás; él fue «EL DISPONIBLE», el «hombre para los demás». Su testimonio, sin embargo, fue más allá de lo que nos dicen nuestros sentidos: «Es más feliz quien da que quien recibe». ¿Acaso nuestro sentido de la felicidad está embotado y ya somos incapaces de gustar algo nuevo que no se compra y se vende en los grandes almacenes? ¡Cuando él lo dice...!

2. - Radicalidad en la entrega.

Cuando oímos la palabra radicalidad, nos viene a la cabeza un sentido un tanto peyorativo de la palabra; sencillamente, nos disgusta, porque no estamos habituados a tomar decisiones «radicales». Radical viene de «raíz», y nos habla de algo que es o plantar o quitar el árbol, de no andar con medias tintas: o sí o no. Y aquí es donde más hemos sufrido, como cristianos, una deformación de nuestra comprensión del seguimiento de Jesús.

Se nos ha dicho con demasiada insistencia que seguir a Jesús con radicalidad significaba dejarlo «todo»: padres, hermanos, etc... y, por tanto, ¡zas! al convento... y cuanto más lejos de todo, eso mejor. ¿Y luego... qué? Pues ya está... ¡se deja todo, y listo!; y resulta que hemos hecho fin lo que no era más que un medio; y con eso hemos roto de una vez por todas la comprensión de lo que es el Reino de Dios. Porque así sólo son del Reino los que tienen voto de castidad y pobreza...

Jesús dice a ese «otro»; ¡Sígueme!, es decir, ven conmigo para hacer el Reino de Dios en este mundo, para establecer la fraternidad entre los que somos hijos de un mismo Padre. El buen «otro» le contesta: ¡Permíteme que vaya primero...! ¡No entendió nada de lo que le dijo Jesús! Si hubiera entendido que el Reino hay que hacerlo desde el momento en que se escucha..., que ya no puede haber nada primero que él... Jesús no le dice que haga unos votos ni que renuncie... porque eso es un medio para algunos...; para él: «tú vete a anunciar POR AHI el reinado de Dios»... Que es tu vida, tu trabajo, tu familia, tus relaciones..., pero sin poner nada por delante, porque no puede haber otra cosa, ya que, si la hubiera, ella sería la que caracterizara tu vida, tu trabajo, tus relaciones; y eso sería tu dios... tu padre.

Radicalidad quiere decir que no hay ni habrá nada que condicione la vida de una persona de forma que la caracterice o la dé significado, si no es el Reino de Dios.

3. - Coherencia con la decisión tomada.

En un mundo que vive tan poco coherentemente, es difícil aceptar el ser coherentes... porque supone asumir las consecuencias de las opciones tomadas, y esas consecuencias pueden entrar en conflicto con los valores que nos van dando como moneda general: el ambiente, la publicidad, etc.

Ser coherente exige un grado elevado de firmeza, de seguridad en lo que uno hace... «ofreciendo todo su querer y libertad»...; y la fuerza de esta expresión está en el TODO, tan ignaciano.

Ignacio no era un hombre de medianías; cuando se proponía algo, lo pensaba con detenimiento, lo rumiaba...; pero, llegada la decisión, toda su voluntad se volcaba en el cumplimiento, no dejaba ningún rabillo del ojo mirando atrás...; poner la mano en el arado y seguir mirando atrás no conduce más que a hacer unos surcos defectuosos, a sentir más dura la tarea que se hace y a encontrar desproporcionado el esfuerzo esquizofrénico de mirar adelante y atrás a la vez. Todo ello es signo inequívoco de estar desistiendo. Ir así por la vida sólo lleva al fracaso, al arrepentimiento y a la lamentación de todo lo iniciado. Y el Reino de Dios no es algo que pueda ser hoy tomado y mañana dejado...; cuando se ha sentido desde dentro lo que él pide y quiere, no hay posibilidad de decirle a Dios que desde mañana deje de ser nuestro Padre.

Orientación de vida

1. - Ante la llamada o invitación de Jesús a seguirle, a comenzar un camino en pos de él, ¿qué siento con más fuerza: su persona o mis barreras?

2. - Ser disponible exige ser sensible a las necesidades de los demás.

- ¿Qué necesidades o carencias me llegan más hondo?

- ¿Qué es lo que frena mis deseos de ser disponible?

- comodidad, - vanidad, - soberbia, - consumismo...

- ¿Qué personas admiro más en este rasgo?

- de la comunidad, - de la familia, - del trabajo/estudios, - del mundo social que me rodea.

- ¿Qué podría hacer para vencer alguna de mis barreras?

3. - ¿Comprendo bien lo que significa la radicalidad del seguimiento de Jesús? ¿Cómo podríamos ser más radicales, como grupo?

¿Me asusta algo concreto cuando oigo hablar de radicalidad?

4. - ¿Cuáles son mis incoherencias más notables? ¿Y las de nuestra Comunidad?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Novena reunión:

Concentración

ANOTACIÓN 11ª: EE 11

Al que toma ejercicios en la primera semana

aprovecha

que no sepa cosa alguna de lo que ha de hacer en la segunda;

sino que de tal modo trabaje en la primera,

para alcanzar lo que busca,

como si en la segunda ninguna cosa buena esperase hallar.

 

 

Mc 14,3-9

Reflexión del grupo:

El valor del momento presente

Una de las características que diferencia a la generación joven de la generación de sus padres es el valor que se atribuye a lo momentáneo sobre el cálculo y la moderación. La madurez es signo de previsión, de prudencia; la juventud es más... «viva la vida»... sin tener en cuenta la dulce mediocridad del día a día.

En la sociedad actual, los valores que están más en alza, los que más «venden» los medios de comunicación, son los de la generación madura: ahorro, previsión, cálculo... Quizá sea por eso por lo que la generación joven se siente más rebelde y más incomprendida. Ellos son los que apuran el «hoy», de todas las cosas..., quizá con un sentido tan apocalíptico que su hoy está en total negación de cualquier mañana, que no vislumbran mejor. Y ésta es una de las contradicciones de esta sociedad, que crea paraísos de papel con los que engañar a una parte de ella, la parte que mejor los puede soñar y disfrutar, pero para construir unos paraísos menos efímeros y más sólidos para unos pocos.

Cada uno de nosotros se apunta espontáneamente a un tipo de éstos: los que vivirían sólo del hoy; los que sacrifican lo presente por el futuro lejano. Nuestro grupo también habrá vivido momentos de tensión por estas dos inclinaciones: los que prefieren que la reunión sea cordial, amena, agradable; los que siempre están pensando: ¿y yo de aquí qué saco?; y esto ¿cómo me sirve a mí para el mañana? ¿Clima cálido y acogedor, o eficacia, tarea, programación?

1. - Nos cuenta San Marcos en el texto que hemos leído que una mujer se acercó a Jesús con un «frasco de perfume de nardo auténtico muy caro».

Podemos pensar todo lo incongruente de la situación: nada de lo que va a suceder parece que tiene algún sentido salvable. Todo lo contrario. Es un puro disparate: Jesús está en casa de un hombre y comiendo; allí no tenía que aparecer ninguna mujer para nada; las mujeres judías no comían en público mezcladas con los hombres. Allí estaba de más esa mujer.

En segundo lugar, lleva un frasco de perfume, de los que se utilizaban para ungir a los reyes, para ungir a Jesús que va a comenzar su Pasión y va a ser traicionado por los suyos. Este perfume era de nardo y muy caro. Lo desproporcionado de la situación está reflejada por la reacción de los invitados: «comentaban indignados». Por último, quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza; el gesto más común entre los judíos para manifestar la hospitalidad era el lavar los pies al invitado; por eso dice San Juan que la unción fue en los pies. Sin embargo, Marcos señala claramente que todo el perfume fue derramado sobre la cabeza de Jesús.

Toda la actuación de la mujer está llena de absurdo y sin sentido, y por eso produce en los demás esos comentarios indignados. Podemos escuchar esos comentarios: el precio del perfume era elevadísimo: el sueldo de todo el año de un jornalero. Nadie encontraba sentido a lo que había hecho: y esto, ¿para qué?; ¿no se podía haber contentado con otro más barato? ¿No había otra forma de expresar lo mismo, pero con algo más acorde con el sistema de vida de Jesús?

Aquí tenemos enfrentadas las dos posturas de la vida: la que da todo; la que da lo que tiene; el que no calcula, no piensa en el mañana; el que se deja llevar por su corazón; el espontáneo... Y enfrente, el que madura las decisiones hasta marearlas y marearse, el que mide, pesa, valora, calcula el riesgo, el éxito, las consecuencias.

Los primeros aparecen como los dilapidadores, manirrotos, sin sentido de la realidad, utópicos, soñadores...; los segundos son los serios, los objetivos, los que tienen los pies en el suelo. Estos se enfadan y riñen a los otros...

2. - Jesús toma posición: «Está muy bien lo que ha hecho conmigo». Es que en el mundo de Jesús los valores no funcionan de igual manera que en la sociedad pagana. Si se mide la acción de la mujer en términos de dinero, de cosas que se pueden hacer con ellas, de eficacia, estamos perdiendo el sentido verdadero de su gesto. ¿Podemos, acaso, señalar en pesetas el valor de una noche pasada a la cabecera de la cama de un hijo, un marido o un compañero moribundo? ¿ Quién se atrevería a valorar el precio de una sustitución en la guardia de un hospital hecha el día de Nochebuena para que el compañero pueda pasar unas horas con su familia? Es que, cuando entra por medio la calidad de las acciones, se rompen todos los esquemas de los ordenadores. A una hora hecha con dedicación, cariño, amor, no se le pueden aplicar coeficientes correctores.

Cuando se trata de ser cristiano, de seguir a Jesús, no hay posibilidad de cálculo... Se quebró el frasco... para que el perfume que iba dentro llegara todo él hasta el objeto del amor de quien lo ofrecía. La urgencia del Reino de Dios es total y en cada momento...; no hay espera, no hay mañana...; es siempre aquí y ahora.

3. - En los Ejercicios, y en la vida de todas las comunidades, el momento presente es irrepetible; tiene valor de cimiento o soporte de todo lo que va a venir, porque es un eslabón de un proceso; y por ser tal, no pueden quedar «asignaturas pendientes». Pero también porque la vida cristiana no es una teoría y se vive momento a momento. Aquí no hay ni compensaciones de unos momentos de más euforia o veracidad con los de horas bajas o flojas.

Puede suceder que una Comunidad esté poniendo en común algo tan sublime como la vivencia de la caridad o la preocupación por la marginación en su ambiente, y ese tema sea ocasión para romper la unión de las personas o queden algunas de ellas silenciadas por la «abundante y actual documentación» de los menos. ¿Es que la situación presente de la Comunidad no es leída ni interpretada a la luz de las ideas en debate? ¿Falla la sensibilidad del momento presente?

A veces creemos que nos preparamos tanto y tan bien para el futuro que se nos escapa el presente. Lo más difícil de toda preparación es la sensibilidad ante lo que vivimos, lo que sucede delante de nuestros ojos; y subrayo lo de sensibilidad, porque una reacción pronta y actual solamente puede proceder de una sensibilidad afinada; si queremos someter los datos recibidos a un proceso lógico de maduración, crítica, evaluación, etc., reaccionaremos... y quizá bien, pero tarde, cuando se ha pasado la oportunidad.

Ignacio nos recomienda esta actitud de total entrega al momento presente: porque es la mejor preparación para todo lo que vaya viniendo. Atención y concentración en lo que sucede aquí y ahora» como si nada más fuera a suceder...; de hecho, nada más sucede, ya que ni el pasado ni el futuro existen.

Orientación de vida

1. -¿Me preocupa en exceso el futuro?: Qué va a ser de mi vida, mi profesión, mis amistades...

- ¿Siento preocupación por lo que será la vida de esta Comunidad?

- ¿Calculo o mido mis energías a la hora de vivir mi vida cristiana: con los más necesitados, con las personas de la Comunidad, con los que trabajo... familia...?

- ¿Tengo mis «frases hechas» para justificar mi actitud? («no todos estamos hechos de madera de héroes... lo importante es el día a día... hormiguitas, no cigarras...).

- ¿El futuro me distrae del presente?

2. - ¿Creo que soy persona sensible, impulsiva, o más bien racionalizadora y lenta?

- ¿Reacciono bien... pero tarde? ¿Se me pasan momentos y ocasiones importantes?

- ¿Me arrepiento muchas veces de no haber actuado con mayor prontitud?

3. - ¿En la Comunidad he visto algún momento en el que no hemos sabido actuar a tiempo?

- ¿Nos puede la fuerza de los temas? ¿ Somos sensibles a las necesidades de todos?

 

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Décima reunión:

Espíritu de superación

ANOTACIÓN 13ª: EE 13

Es de advertir que,

como en el tiempo de consolación es fácil y suave estar en la contemplación la hora entera,

así en el tiempo de la desolación es muy difícil cumplirla.

Por tanto la persona que se ejercita,

para hacer contra la desolación y vencer las tentaciones,

debe siempre estar algún tiempo más de la hora cumplida;

porque no sólo se acostumbre a resistir al adversario

sino incluso a derrocarle.

Mt 5,38-48

Reflexión del grupo:

El «más» ignaciano frente a la tibieza

Durante los Ejercicios Espirituales en retiro, la contemplación es la actividad por excelencia; la que constituye el grueso de las horas del día y el eje en torno al cual han de girar todas las preocupaciones del ejercitante. Luz o no luz, comer o no comer, sentado o de pie... ¡nada es importante! todo está orientado a que en los momentos privilegiados se logre «lo que ando buscando».

Ignacio da por supuesto que eso que ando buscando se ha de lograr en la oración, en los momentos en que el hombre está directamente en contacto con su Creador; por eso la actitud de espíritu que aquí toma como objeto de atención se ha de lograr también con la actividad primordial: la oración; y a la vez influenciará beneficiosamente todos los momentos que cada persona dedique a la contemplación. El hombre de los Ejercicios no puede ser una persona mecida por el capricho o las veleidades: «¡ahora me apetece... ahora no me apetece...!». Ignacio sabe que una personalidad así, inconstante, abúlica, medrosa, no puede llegar a tomar decisiones importantes sobre su vida. ¡Siempre habrá un «pero»...! Y esas nubes, creadas por la propia fantasía, serán amenazas continuas que terminarán postrándolo en la inactividad.

1. - «Acostumbrarse a resistir al adversario... más aún a derrotarlo». Esta expresión nos mete de lleno en un estilo de vida o forma de hacer las cosas muy particular; es una declaración de guerra a todo lo que es contemporizar, dilatar las cosas, dar largas, ceder ante las primeras dificultades... Ignacio se hace el siguiente raciocinio: Si el ejercitante que comienza los Ejercicios ante las dificultades que le pueden surgir al tener que dedicar su tiempo a la oración, se retrae, acorta el tiempo o suprime esos momentos, ¿qué pasará cuando tenga que elegir?; y ¿cómo va a ser capaz de comprometer su vida en la dirección elegida?

En Ejercicios en retiro, no hay otra cosa que hacer: o se hace oración o se tiene uno que quebrar la cabeza para encontrar qué hacer en ese tiempo. Pero cuando los Ejercicios se hacen en la vida corriente, o cuando una persona en su vida corriente se encuentra ante situaciones en las que debe optar por una decisión conforme a su vida cristiana o por otra más de acuerdo a «lo normal», «lo de todos...», la situación se presenta especialmente delicada. Todo lo que rodea este tipo de decisiones es adverso: no hay tiempo para hacer oración, ni tampoco un espacio adecuado; las ocupaciones nos asaltan; los comentarios de los amigos, los hijos, la mujer o el marido, los hermanos, etc., llevan una dirección diferente, y a veces contraria; ¿cómo es posible, entonces, tener paz para pensar?; ¿cómo se puede llegar a «derrotar» al adversario?

2. - En primer lugar, hay que intentar reconocer al «adversario». Acostumbrarse al sonido de fondo del adversario no es fácil, pero aquí tenemos un primer «tono»: Es el disgusto, el rechazo, la falta de atracción que surge en nuestro interior ante lo que tenemos que hacer. A veces, en el grupo, caemos en la cuenta de lo que está pasando, intuimos cuál habría de ser nuestra actuación con el otro o los otros y sentimos un peso, una inercia: «no te metas en líos...», «hay otros que también saben hacer eso...» Lo mismo sucede en la actividad apostólica o dentro de la parroquia, o del trabajo o Facultad... ¿por qué no nos decidimos a acercarnos a quien nos necesita, o al que podríamos aliviar en su trabajo, actividad, marginación, etc.?

Lo primero que se nos presenta es un fantasma cargado de todo lo negativo, lo duro, lo inútil y hasta contraproducente que es o puede ser nuestra acción; ante ello nos surge el miedo, la incapacidad, el deseo de abandonar o huir..., otras veces, todo se reduce a una paralización con disgusto de ser como somos. Y lo peor está en ceder; cada vez que consentimos en dejarnos llevar por esta atonía, lo ponemos peor... y no encontramos la salida. Mal por las dos partes.

3. - La única solución está en enfrentarse decididamente con estos fantasmas que nos auguran un futuro tan penoso y oscuro. Y como dice el refrán: «Si no quieres taza, ¡taza y media! ». Jesús en el evangelio nos señala el camino: «a quien te fuerza a caminar una milla, acompáñalo dos...». Si ésta fuera la norma de proceder, pronto se nos acabarían los fantasmas, pues nuestra sensibilidad también aprende; y en cuanto se dé cuenta de que no tiene nada que hacer con quejarse, porque la solución va más allá de lo previsto, dejará de levantar este tipo de sentimientos difusos e irracionales.

Más aún, la experiencia nos dice que, cuando actuamos decididamente y con seguridad en la línea de lo proyectado, sin declinar a un lado o al otro, por mucho ruido que nuestra sensibilidad quiera orquestar, al final nos sentimos contentos y recompensados. No sólo hemos hecho algo que vale la pena, sino que nuestra estima propia sube de quilates: ¡Somos capaces de dirigir nuestra vida!

Orientación de vida

1.- ¿Soy de los que, para hacer las cosas (orar, ayudar a otro, colaborar...), siempre espera a que le «apetezca»?

2. - ¿Detecto con sensibilidad los sentimientos negativos que surgen en mi interior cuando propongo hacer algo bueno?

3. - ¿He utilizado recientemente la norma que indica San Ignacio en esta «anotación 13.a»?

- ¿Eran muchos los sentimientos negativos que frenaban mi acción?

- ¿Me costó mucho enfrentarme a ello?

- ¿Cómo me encontré después de actuar «hasta derrotarle»?

CVX - Reuniones de iniciación

Ceferino García sj

Evaluación de esta etapa

OBJETIVO PRINCIPAL:

Formación del grupo y clarificación de la identidad cristiana.

1. - OBJETIVOS PERSONALES:

- ¿Considero que lo que estoy buscando en mi vida lo conseguiré con este grupo?

- ¿Siento que ha crecido en mí la capacidad de abrirme a los demás?

- ¿Valoro lo que constituye mi historia, la experiencia de mi vida?

- ¿Respeto a los demás como son, con su historia y sus vidas?

- ¿Sé ceder ante los demás en las iniciativas del grupo?

- ¿Mis comunicaciones van siendo más «vivenciales», menos «teóricas»?

2. - FORMACION CRISTIANA:

- ¿Voy aprendiendo a hacer oración?

- ¿Comprendo y valoro la importancia de la oración personal?

¿Participo cada vez más en la oración comunitaria?

¿Comprendo mejor y vivo más la liturgia?

¿La figura de María se va haciendo más clara en mi vida?

¿Siento crecer en mí la sensibilidad ante la injusticia que me rodea?

¿Intento vivir los problemas de la marginación más cercanos a mí?

¿El compromiso de vida se va haciendo más central en mí?

¿Tengo alguna iniciativa de servicio a las necesidades de mi entorno?

3.- OBJETIVOS GRUPALES:

¿Me siento acogido y aceptado por el grupo?

¿ Tengo confianza plena en la discreción de los demás, en cuanto a lo que digo en el grupo?

Lo que digo/decimos en el grupo ¿son cosas «mías» (íntimas) que no las diría en cualquier otra reunión?

¿Vamos creciendo en amistad los componentes del grupo?

¿Recuerdo con frecuencia lo que dicen los del grupo? ¿Me ayuda?

¿Vamos frecuentando el reunirnos los del grupo (todos/partes) para «pasar la tarde», una merienda, una cena... etc.?

¿Tengo confianza para pedir ayuda o darla a las personas del grupo?