Homilética - Textos Sobre la Pasión
Comentarios Generales
San Isidoro de Sevilla
San Pedro del Alcántara
San Luis María
Dr. Isidro Gomá y Tomá
Mons. Tihamer Toth
R.P. Miguel A. Fuentes
Ejemplos Predicables
COMENTARIOS GENERALES
SAN ISIDORO DE SEVILLA
Calló mientras padecía
En su pasión, se lee, que calló, lo que también
atestiguan las voces de los profetas. Isaías dice de Él: “Conducido será a la
muerte sin resistencia suya, como va la oveja al matadero y guardará silencio
sin abrir siquiera su boca delante de sus verdugos como el corderito que está
mudo delante del que le esquila.” (Isaías 53,7.)
Éste interrogado por Pilatos nada respondió.
Sino que en su humildad se quitó toda respuesta: “Mansísimo y modesto no
voceará ni será aceptador de personas, no se oirá en las calles su voz.”
(Isaías 42,2.) Igualmente el mismo Cristo por el mismo profeta: “E1 Señor me
abrió los oídos, y yo no me resistí, no me volví atrás.” (Isaías 50,5.) El
mismo Isaías en otra parte: “Estuve siempre callado y guardé silencio.”
(Isaías 42,14.)
Primero calló al ser juzgado cuando como oveja
se acercó al matadero sin quejarse, ni abrir la boca, apagando así todo su
poderío. Pero de su último juicio esto se lee en los salmos: “Vendrá Dios
manifiestamente: Vendrá nuestro Dios y no callará.” (Salmo 47,3.) Cuando vino
oculto Calló para ser juzgado, de ninguna manera callará cuando venga
manifiestamente para juzgar.
Llevó la Cruz
Él mismo llevó su cruz, Isaías así lo predijo:
“Ahora que ha nacido un parvulito entre nosotros, y se nos ha dado un hijo, el
cual lleva sobre sus hombros el principado o la divisa del Rey.” (Isaías 9,6.)
¿Quién lleva las insignias del poder en sus hombros, que no lleve en su cabeza
una corona o algunos adornos propios de su investidura? Pero sólo, Cristo, el
rey de los siglos, llevó sobre sus hombros, la gloria del poder, y de su
sublimidad, de lo que fue figura Isaac, que al ser llevado como holocausto por
su padre, él mismo llevó la leña del sacrificio, siendo así una representación
eximía de la Pasión de Cristo, que llevó el leño de su pasión.
Fue clavado en una Cruz
Porque fue suspendido del leño de la cruz y en
él crucificado, Jeremías profeta lo había predicho diciendo: “Díjome en
seguida el Señor, en los varones de Judá y en los habitantes de Jerusalén se
ha descubierto una conjuración.” (Jeremías...) Yo era como un manso cordero
que es llevado al sacrificio y no había advertido que ellos habían maquinado
contra Mí diciendo: “Ea, démosle el leño en lugar de pan, y exterminémoslo de
la tierra de los vivientes.”(Jeremías 11,9 y 19) Todo esto que había de
padecer el Señor lo relata el profeta como pasado. Pero, ¿qué es darle leño en
lugar de pan sino el clavamiento de Cristo en la cruz? Por el pan entendemos
su cuerpo. Leño en lugar de pan, nuestra fe ve cruz en lugar del cuerpo Porque
la vida del cuerpo es pan. Pues se escribió: “Y estará tu vida como pendiente
delante de ti: temerás de noche y de día y no confiarás de tu vida.
(Deuteronomio, 28,66.) El salmo, porque había de extender sus manos en la cruz
así dice: “Y la elevación de mis manos os ofrezca un sacrificio tan agradable,
como el que se os ofrece todas las tardes en vuestro santo tabernáculo.” (Sal
140,2) Ya sea porque llegó cuando el mundo se está acabando o porque ya caía
el sol en esa tarde, el Señor entrego su alma en la cruz elevando sus manos en
e1 mismo leño de la cruz y ofreciéndose a Dios en sacrificio, para que por
aquel sacrificio se borraran nuestros pecados.
En Isaías, también de su predicación en la cruz,
esto se lee: “El cual lleva sobre sus hombros el principado”; esto es, la
insignia de su cruz, que llevó sobre sus hombros, según el vaticinio del
profeta David que dice: “El Señor reinará desde el madero.” Habacuc también
profetizó su pasión en la cruz cuando dijo: “En sus manos tendrá un poder
infinito.” Lo cual no es otra cosa sino el poder de la cruz. De la misma
manera el mismo profeta de su levantamiento en la cruz, en la cual levantado
todo lo atrajo hacia si, dice: “El Señor Dios es mi fortaleza; y Él me dará
pies como de ciervo y el vencedor me conducirá a las alturas de mi morada,
cantando yo himnos en su alabanza.” (Habacuc 3,l9.)
Sus manos y sus pies fueron clavados
Porque fue crucificado y sus pies clavados, Él
mismo por David habla, diciendo:
“Han taladrado mis manos y mis pies. Han
contado, mis huesos tino por uno. Pus a mirarme despacio y a observarme.”
(Salmo 21,18.) Con estas palabras ciertamente significa que su cuerpo ha de
ser extendido en la cruz, sus manos y sus pies sujetos y atravesados con
clavos. Lo cual ciertamente no padeció David, del cual se lee que sin ningún
sufrimiento descansó en paz. Luego ha sido predicho de la pasión de Cristo,
que fue enclavado en el leño por el pueblo de los judíos, pues las manos y los
pies no son atravesados sino los de aquel que es suspendido de un madero,
También en el Cantar de los Cantares:
“Destilando mirra mis manos, y estando llenos de
mirra selectísima mis dedos.” (Cant, de los Cant. 5,5.) Lo cual
particularmente dijo por la hendidura de los clavos.
Y por Malaquías, porque había de ser crucificado
así lo anunció Él mismo, de sí mismo, diciendo: “¿Debe un hombre ultrajar a su
Dios?, mas vosotros me habéis ultrajado, y decís: ¿cómo te hemos ultrajado?” (Malaquías
3,8.) Y añade Dios después de esto: “Vosotros la nación toda me ultrajáis”, lo
cual se refiere al misterio de la pasión del Señor, en la cual los judíos
crucificaron a Cristo, al echar sobre Él sus criminales manos. Lo cual por
Zacarías, nuevamente el Señor lo recuerda diciendo: “ Y pondrán sus ojos en
mí, a quien traspasaron, y plañirán al que han herido, como suele plañírse un
hijo único; y harán duelo por él, como se suele hacer en la muerte de un
primogénito.” (Zacarías 12,10.) Esto hemos visto que hicieron los judíos con
Jesús, a quien crucificaron y de quién se dolerán de haber crucificado en el
día del juicio cuando lo vean reinando en toda su majestad junto al Padre.
Fue crucificado entre dos ladrones
Porque había de ser crucificado entre dos
ladrones, mucho antes fue predicho por Isaías:
“Y ha sido confundido con los facinerosos.”
(Isaías 53,12.) Y el profeta Habacuc “Le reconocerás en medio de dos
animales”; esto es, en medio de dos ladrones (1).
Echaron a suerte sus vestidos
Después de, la sentencia de la Cruz viene el
sorteo de sus vestidos, que por David el mismo Señor había ya antes predicho:
“Repartieron entre sí mis vestidos, y sortearon mi túnica.” (Salmo 21,19.)
Cómo fue cumplida esta profecía nos lo narra la historia evangélica. Pues,
habiéndose dividido entre sí los soldados las demás vestiduras, cuando tocó el
turno a la túnica dije ron: “No la dividamos sino echemos suerte para ver de
quién será,, pues la túnica era inconsútil; esto es, de un solo tejido de
arriba abajo (Juan 19,24.)
Bebió hiel y vinagre
En cuanto a aquello, que le dieron a beber,
pendiente de la cruz: hiel mezclada con vinagre, ya había sido predicho por el
Señor en los salmos: “Presentáronme hiel para alimento mío, y en medio de mi
sed me dieron a beber vinagre.” (Salmo 68,22.) Lo cual en otra oportunidad por
el profeta Jeremías lo dice de Jerusalén: “Yo en verdad te planté cual viña
escogida, de sarmientos de buena calidad, pues ¿cómo has degenerado,
convirtiéndote en viña bastarda?” (Jeremías 2,21.) Dios había plantado una
viña buena; esto es, la raza de los judíos; ella, empero, depravada con sus
vicios, dio a beber amargura a su Creador. Por lo cual también Moisés dijo:
“La viña del Señor es ya como viña da Sodoma y de los extramuros de Gomórra:
sus uvas, son uvas de hiel; y llenos están de amargura sus racimos.”
(Deuteronomio 32,32.) Sus uvas son uvas de hiel, y llenas están de amargura
sus racimos. Por eso, más arriba, reprendiéndoles, les dice: “Así correspondes
al Señor, pueblo necio e insensato?” (Deut. 32,6.)
Con una caña de hisopo le aplicaron en los
labios una esponje empapada en vinagre
Con una caña de hisopo se le había de aplicar en
los labios una esponja empapada en vinagre, había sido ya esto mismo
proclamado en los salmos: “Rociaronme con el hisopo y seré purificado.” (Salmo
50,9.) Por esto, en la ley, los que querían ser purificados, eran rociados con
un manojito de hisopo empapado en la sangre del cordero (Éxodo 12,22), Con lo
cual se significaba que con la pasión del Señor habían de ser borrados los
pecados del mundo
Por qué el título de su cruz no había de ser
cambiado
Del título de su cruz dijeron los judíos: “No
escribas: Rey de los judíos, sino que, él ha dicho: “yo soy el Rey de los
judíos.” Y respondió Pilatos:”Lo que he escrito, he escrito.” (Juan 19,21.) Ya
en el salmo 56 había sido profetizado: “No adulterarás la inscripción de su
título.” En los siguientes versos de este salmo no solamente la pasión, o la
muerte, sino también la resurrección y la ascensión de Señor se predice.
Estando, pendiente de la cruz, rogó al Padre por
sus enemigos
Porque pendiente de la cruz rogó al Padre por
sus enemigos, Isaías dice: “Ha tomado sobre sí los pecados de todos y ha
rogado por los transgresores. (Isaías 53,12) Y en los salmos: “En vez de
amarme, me calumniaban, mas yo oraba.” (Salmo 108,4.)
Igualmente Habacuc habiendo dicho de Él: “En
medio de dos animales le reconocerás”, añade: “Cuando fuere atribulada mi
alma, me acordaré de tu misericordia.” Prefiguró el profeta en su persona a
los. judíos que arrebatados por la ira crucificaron a Cristo. Cuando aquél: me
acordaré de tu misericordia, dijo Él:' “Padre, perdónalos porque no saben lo
que hacen.”
Fue crucificado por nuestros pecados
Y porque no por sus pecados sino por los
nuestros fue crucificado, Isaías dice: “Para expiación de las maldades de mi
pueblo le he yo herido, dice el Señor. Y en recompensa dé bajar al sepulcro le
concederá Dios la conversión de los impíos.” (Isaías 53,8 y 9.) Y nuevamente:
“Siendo así que por causa de nuestras iniquidades fue el lagado y despedazado
por nuestras maldades el castigo del que debía nacer nuestra paz con Dios,
descargó sobre Él, y con sus cardenales fuimos nosotros curados.”( Isaías
53,5.) E inmediatamente: “como ovejas descarriadas hemos sido todos nosotros:
cada cual se desvió de la senda del señor para seguir su propio camino, y a él
solo le ha cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos
nosotros.” (Isaías 53,6.)
Lo cual concuerda con lo que dice el Apóstol:
“Aquél que no había conocido el pecado, le hizo pecado por nosotros.” (II
Corintios 5,21); esto es, sacrificio por nuestros pecados, ésta es la causa
por la cual padeció por nuestros pecados.
Por qué murió
Después de la flagelación y de la cruz, de haber
probado la hiel y el vinagre, muere en la cruz. Lo que ni la misma ley calló
diciendo: “Tú, Judá, eres un joven y robusto león; tras la presa corriste,
hijo mío; después para descansar, te has echado cual león, y a manera de
leona. ¿Quién osará despertarte?” (Génesis 49, 9.) Alude también a su muerte
el salmo: “Nuestro Señor es el Dios que tiene la virtud de salvarnos y del
Señor, y muy del Señor, es el librar de la muerte.” (Salmo 67, 21.)
¿Se podría haber dicho más claramente? Pues
Nuestro Señor, significa Salvador, el mismo es nuestro Dios, que nos hizo
salvos, por lo cual convino que naciera y saliese de esta vida por la muerte;
por eso dijo Isaías: “Del Señor es la muerte, del Señor es la salida.” Lo
mismo por Isaías: “Conducida será a la muerte sin resistencia suya, como va la
oveja al matadero y guardará silencio sin abrir siquiera su boca d de sus
verdugos, como el corderito que está mudo delante del que le esquila.” (Isaías
53, 7). Los judíos que esperan la venida de Cristo, no esperan ni creen que
habrá de morir. Por consiguiente hagan el favor de responderme: ¿quién es este
a quien anuncia el profeta? Lo mismo es Jeremías: “Porque yo embriagaré en
Sión a toda mi alma sedienta, y hartaré a todo hambriento. Por esto desperté
yo como de un sueño, y abrí los ojos, me saboreé con mi sueño profético.”
(Jeremías 31, 25-26.)
El ángel también así habla a Daniel de la muerte
de Cristo: “Sábete, pues, y nota atentamente: desde que saldrá la orden o
edicto para que sea reedificada Jerusalén, hasta el Cristo príncipe, pasarán
siete semanas, y setenta y dos semanas y será nuevamente edificada la plaza o
ciudad y los muros en tiempo de angustia”; esto es, después de cuatrocientos
noventa años. “Y después de las setenta y dos semanas se quitará la vida al
Cristo y no será más suyo el pueblo, el cual le negará.” In mediatamente
anuncia la mortandad y desgracia de los judíos que se cumplió inmediatamente
después de la llegada del Mesías. “Y un pueblo con su caudillo vendrá y
destruirá la ciudad y el Santuario.” (Daniel 9, 25 y ss.); esto es, el
ejército romano con Vespasiano.
Lo mismo se lee en el libro de la Sabiduría de
su muerte: “Examinémosle a fuerza de afrentas y de tormentos para conocer su
resignación y probar su paciencia. Condenémosle a la más infame muerte.”
(Sabiduría 2, 19-20.)
Se cubrió la tierra de tinieblas en el día de su
pasión
Porque en la tarde de su pasión sé cubrió la
tierra de tinieblas, el mismo sol huyó, también de esto hablan los libros
sagrados como lo atestigua el profeta Amos: “Sucederá en aquel día, dice el
Señor Dios, que el sol se pondrá al mediodía, y haré que la tierra se cubra de
tinieblas en la mayor luz del día.” (Amos 8, 9) Y Jeremías: “Debilitóse la
madre que había dado a luz muchos hijos”; esto es, Jerusalén. “Desmayó su
alma: escondiósele el sol cuando aun era de día: quedó confusa y llena de
rubor; y a los hijos que quedaren de ella yo los entregaré a ser pasados a
cuchillo a vista o por medio de sus enemigos, dice el Señor.” (Jeremías l5,
9.) Lo cual fue hecho por Vespasiano.
No le quebraron las piernas
Porque no le quebraron las piernas, sino
solamente las de los ladrones, Se cumplió lo que había, sido predicho: “No le
quebraréis ni un hueso”, pues se le había preceptuado celebrar la pascua en
semejanza del verdadero cordero que había de ser llevado como oveja al
matadero. Pues aquello significaba la pasión de Cristo verdadero cordero.
Fue herido con una lanza
Porque su costado, había de ser abierto con una
lanza, así fue prenunciado por él mismo, valiéndose de Job: “Quebrantóme, y
púsome como blanco de sus tiros. Dejóme hecho un erizo con sus dardos; cubrió
de heridas mis costados sin piedad alguna, me ha despedazado con heridas sobre
heridas”; esto es, con la herida de la lanza sobre la herida de los clavos.
(Job 16,13.) Por eso también por David: “Aumentaron más y más el dolor de mis
llagas.” Y por Jeremías: “Entesó su arco, y me puso por blanco sus saetas. Ha
clavado en mis lomos las flechas de su a1jaba.” (Jeremías Lament. 3, 12-13.) Y
Zacarías: “Dirigirán sus ojos hacia aquel que traspasaron.” Ciertamente a este
hombre a quien crucificaron. Este testimonio es también una de las pruebas con
las cuales se declara que el prometido es Cristo, porque fue crucificado en su
carne.
De su costado salieron sangre y agua
Porque manó sangre y agua de su costado,
Zacarías dice: “Y tú mismo, oh Salvador mediante la sangre de tu. testamento
has hecho salir a los tuyos, que se hallaban cautivos del lago en que no hay
agua.” (Zacarías 9,11.)
Y Ezequiel: “Aquel varón dirigiéndose desde el
Oriente ved como sobreabundan aguas de su costado derecho”; esto es, de
Cristo, también de la misma agua que salió de su costado otro profeta así
dice: “De su vientre correrán ríos de agua”; esto es, las aguas del bautismo
que vivifican a los creyentes, son suministradas a los sedientos, cumpliéndose
lo que fue escrito: “Lavaos, pues, purificaos.” (Isaías 1, 16.) Y: “Me lavarás
y quedaré más blanco que la nieve.” (Salmo 50, 9.)
Fue sepultado
Porque su cuerpo fue entregado a la sepultura e
inhumado, se dice en los salmos: “Me ha confinado en lugares tenebrosos como
los que murieron hace ya un siglo.” (Salmo 142, 3.) Corno si dijera: “Como los
hombres”, muy bien dicho porque él era Dios. Lo mismo Isaías: “Y el señor
tendrá desde entonces un nombre y una señal eterna que jamás desaparecerá.”
(Isaías 55, 13.) “Y será su sepulcro glorioso.” (Isaías 11, 10.) Y en otra
parte: “Y en recompensa de bajar al sepulcro le concederá Dios la conversión
de los impíos.” (Isaías 53, 9.)
Fue puesta una piedra en la puerta de su
monumento
Porque después de ser sepultado, fue puesta una
piedra a la entrada del monumento, él mismo dice, por su profeta Jeremías:
“Cayó en el lago o fosa el alma mía: han puesto la losa sobre mi (Jeremías -
Lament. 3, 53.) Y nuevamente: “Me circunvaló por todos los lados para que no
escapase: púsome pesados grillos.” (Jeremías. - Lament. 3, 7.)
Descendió a los infiernos
Porque descendió, al infierno, así dice el Señor
en el Eclesiástico: Penetraré todas las partes más hondas de la tierra, y
echaré una mirada sobre todos los que duermen para juzgarlos: e iluminaré a
todos los que esperan en el Señor.” (Eclesiástico 24, 45.) También en los
salmos: “Porque mi alma está harta de males, y tengo ya un, pie en el
sepulcro. Ya me cuentan entre los muertos, he venido a ser como un hombre
desamparado de todos, manumitido entre los muertos.” (Ps. 87, 4-5.)
Descendió, pues, como hombre al Infierno; pero
él solo únicamente entre los muertos fue libre, porque la muerte no lo pudo
apresar.
(San Isidoro de Sevilla, Obras Escogidas de San
Isidoro de Sevilla , Ed. Poblet, Buenos Aires, 1947, Pág. 56-69)
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA
Textos sobre la pasión
1. Seis cosas que se han de meditar en la Pasión
de Cristo:
* la grandeza de sus dolores, para compadecernos
de ellos;
* la gravedad de nuestro pecado, que es la
causa, para aborrecerlo;
* la grandeza del beneficio, para agradecerlo;
* la excelencia de la divina caridad y bondad
que allí se descubre, para amarla;
* la conveniencia del misterio, para admirarnos
de él;
* y la muchedumbre de virtudes de Cristo, que
allí resplandecen, para imitarlas.
Así pues conforme a esto, cuando vamos meditando
en la Pasión de Cristo debemos ir inclinando nuestro corazón, unas veces a la
compasión de sus dolores. Dolores que fueron los mayores del mundo, tanto por
la delicadeza de su cuerpo, como por la grandeza de su amor, y también por
padecer sin ninguna manera de consolación.
Otras veces debemos tener respeto para sacar de
aquí motivos de dolor de nuestros pecados. Ellos fueron la causa de que Él
padeciese tantos y tan graves dolores como padeció.
Otras veces hemos de sacar de aquí motivos de
amor y agradecimiento, considerando la grandeza del amor que Él mediante su
Pasión nos descubrió y la grandeza del beneficio que nos hizo redimiéndonos
tan copiosamente, con tan gran costo suyo y tanto provecho nuestro.
Otras veces debemos levantar los ojos para
pensar la conveniencia del medio que Dios eligió para curar nuestra miseria.
En efecto, para satisfacer por nuestras deudas, para socorrer nuestras
necesidades, para merecernos su gracia y humillar nuestra soberbia, e
inducirnos al menosprecio del mundo, al amor de la cruz, de la pobreza, de la
aspereza, de las injurias y de todas las otras virtudes y trabajos que
soportó.
Otras veces debemos poner los ojos en los
ejemplos de virtudes que resplandecen en su santa vida y muerte: su
mansedumbre, paciencia, obediencia, misericordia, pobreza, aspereza, caridad,
humildad, benignidad, modestia y en todas las otras virtudes. En todas sus
obras, silencios y palabras, resplandecen las virtudes, a las cuales debemos
imitar algo de lo que en Él vemos, para no recibir ociosos el espíritu y la
gracia que de Él para esto recibimos, y así caminemos hacia Él, por Él. Ésta
es la más alta y provechosa manera de meditar la pasión de Cristo: la
imitación, para que por la imitación lleguemos a la transformación, y así
podamos decir con el Apóstol: vivo yo, mas no yo, sino Cristo que vive en mi (
Gal 2,20).
Además conviene que en todos estos pasos
tengamos a Cristo presente ante nuestros ojos y hacer de cuenta que lo tenemos
delante cuando padece. No sólo hay que tener en cuenta, la historia de su
pasión, sino también todas sus circunstancias, especialmente estas cuatro:
¿Quién padece? ¿Por quién padece? ¿Cómo padece? ¿Por qué causa padece?
* ¿Quién padece? Dios todopoderoso, infinito,
inmenso, etc.
* ¿Por quién padece? Por la más ingrata y
desconocida criatura del mundo: yo.
* ¿Cómo padece? Con grandísima humildad,
caridad, benignidad, mansedumbre, misericordia, paciencia, modestia, etc.
* ¿Por qué causa padece? No por algún interés
suyo ni merecimiento nuestro, sino por solas las entrañas de su infinita
piedad y misericordia. Demás de esto, no te contentes con mirar lo que por
fuera padece, sino mucho más hay que contemplar en el alma de Cristo que en su
cuerpo, intentar penetrar en sus sentimientos, sus dolores, y en los otros
afectos y consideraciones que poseía en su corazón.
Presupuesto este pequeño preámbulo comencemos a
repetir y poner por orden los misterios de esta Sagrada Pasión.
2. Lavatorio de pies e institución de la
Eucaristía
Haz la señal de la cruz y recuerda los puntos
que vas a meditar: el lavatorio de pies (cf. Jn 13,1-20) y la institución del
Santísimo Sacramento (cf. Lc 22,19-20).
Lavatorio de pies. Considera en esta cena a
Jesús, y mira el ejemplo de inestimable humildad que aquí te da levantándose
de la mesa y lavando los pies a sus discípulos. ¡Oh buen Jesús! ¿qué es lo que
haces? ¿por qué tanto se humilla tu Majestad? ¿Qué sentirías si vieras a Dios
arrodillado ante los pies de los hombres y ante los pies de Judas? ¿cómo no te
ablanda el corazón esa tan gran mansedumbre? ¿Es posible que tu hayas ordenado
vender este mansísimo Cordero? ¿Es posible que no te hayas compungido ahora
con este ejemplo? ¡Oh hermosas manos!, ¿cómo podéis tocar pies tan sucios y
abominables? ¡Oh purísimas manos!, ¿cómo no tenéis asco de lavar los pies
enlodados en los caminos y tratos de vuestra sangre? ¡Oh apóstoles
bienaventurados!, ¿cómo no tembláis viendo esa tan grande humildad? Pedro,
¿qué haces; por ventura, consentirás que el Señor de la Majestad te lave los
pies?
Maravillado y atónito San Pedro, viendo al Señor
arrodillado delante de sí, comenzó a decir: ¿Tú, Señor, lavarme los pies a mí?
( Jn 13,6) ¿No eres tú Hijo de Dios vivo? ¿No eres Tú el creador del mundo, la
hermosura del cielo, paraíso de los ángeles, el remedio de los hombres, el
resplandor de la gloria del Padre, la fuente de la sabiduría de Dios en las
alturas? ¿Pues Tú me quieres a mi lavar los pies? ¿Tú, Señor de tanta majestad
y gloria, quieres entender en oficio de tan gran bajeza?
Considera también cómo, acabando de lavar los
pies, los limpia con aquel sagrado lienzo que estaba ceñido y sube más arriba
con los ojos del alma, y verás allí representado el Misterio de nuestra
Redención. Mira cómo aquel lienzo recogió en sí toda la inmundicia de los pies
sucios, y así ellos quedaron limpios y el lienzo quedaría todo manchado y
sucio después de hecho este oficio. ¿Qué cosa más sucia que el hombre
concebido en pecado, y qué cosa más limpia y más hermosa que Cristo concebido
de Espíritu Santo? Pues este tan hermoso y tan limpio quiso recibir en sí
todas las manchas y fealdades de nuestra alma, y dejándolas limpias y libres
de ellas, Él quedó (tal como lo ves) en la Cruz, mancillado y afeado con
ellas.
Después de esto, considera aquellas palabras con
que dio fin el Salvador a esta historia, diciendo: ejemplo os he dado, para
que como Yo lo hice, así vosotros lo hagáis ( Jn 13,15). Estas palabras no
sólo se han de referir a este paso y ejemplo de humildad, sino también a todas
las obras y vida de Cristo, porque toda ella es un perfecto modelo de todas
las virtudes.
Institución del Santísimo Sacramento. Para
entender algo de este misterio, has de presuponer que ninguna lengua puede
declarar la grandeza del amor que Cristo tiene a su Esposa la Iglesia; y, por
consiguiente, a cada una de las almas que están en gracia, porque cada una de
ellas es también esposa suya. Queriendo este Esposo dulcísimo partir de esta
vida y ausentarse de su Esposa la Iglesia (para que esta ausencia no le fuese
causa de olvido), no queriendo que entre Él y ella hubiese otra realidad que
despertase su memoria, sino sólo Él. Quería también el Esposo en esta ausencia
tan larga dejar a su Esposa compañía, para que no se quedase sola; y le dejó
la de este Sacramento, donde se queda Él mismo, la mejor compañía que le podía
dejar. Quería también padecer muerte por su Esposa y redimirla, y enriquecerla
con el precio de su sangre. Y para que ella pudiese (cuando quisiera) gozar de
este tesoro, le dejó las llaves del mismo en este Sacramento. Dice San Juan
Crisóstomo: “todas las veces que nos llegamos a él, debemos pensar que
llegamos a poner la boca en el costado de Cristo, y bebemos de aquella
preciosa Sangre, y nos hacemos participantes de Él”. Deseaba, este celestial
Esposo, ser amado de su Esposa con gran amor y para esto ordenó este
misterioso bocado con tales palabras consagrado que quien dignamente lo
recibe, inmediatamente es tocado y herido de este amor.
Quería también asegurar a su Esposa, y darle un
anticipo de aquella bienaventurada herencia de gloria, para que con la
esperanza de este bien pasase alegremente por todos los otros trabajos y
asperezas de esta vida. Pues para que la Esposa tuviese cierta y segura la
esperanza de este bien, le dejó acá en prendas este inefable tesoro que vale
tanto como todo lo que allá se espera, para que no desconfiase, que se le dará
Dios en la gloria, donde vivirá en espíritu, pues no se le negó en este valle
de lágrimas, donde vive en carne.
Quería también a la hora de su muerte hacer
testamento y dejar a su Esposa algún regalo para su remedio, y le dejó este,
que era el más precioso y provechoso que le pudiera dejar, pues en él se deja
a Dios. Quería, finalmente dejar a nuestras almas suficiente provisión y
mantenimiento con que vivir, pues el alma no tiene menor necesidad de su
propio mantenimiento para vivir vida espiritual, que el cuerpo del suyo para
la vida corporal. Pues para esto ordenó este tan sabio Médico (el cual también
tenía tomados los pulsos de nuestra flaqueza) este Sacramento, y por eso lo
ordena en especie de alimento, para que la misma especie en que instituyó nos
declarase el efecto que obraba, y la necesidad que nuestras almas tenían de
él, no menor que la que los cuerpos tienen de su propio manjar.
3. La oración en el huerto. La entrega. En casa
de Anás
Puesto en presencia de Dios, después de
ofrecerle todos tus pensamientos, deseos e intenciones para su gloria,
recuerda los pasos de la pasión que vas a meditar: la oración en el huerto (cf.
Lc 22,39-46), la entrega (cf. Lc 22,47-53) y en casa de Anás (cf. Jn 1919-24).
La oración del huerto. Considera primeramente
cómo acabada aquella misteriosa Cena, se fue el Señor con sus discípulos al
monte de los Olivos a hacer oración antes que entrase en la batalla de su
pasión. Así nos enseña cómo en todos los trabajos y tentaciones de esta vida
debemos siempre recurrir a la oración como a una sagrada áncora. De este modo
o nos será quitada la carga de la tribulación, o se nos darán fuerzas para
llevarla, lo cual es una gracia mayor. Para compañía de este camino tomó
consigo aquellos tres amados discípulos: San Pedro, Santiago y San Juan (cf.
Mt 26,37), los cuales habían sido testigos de su gloriosa Transfiguración (cf.
Lc 9,28-36), para que ellos mismos viesen cuán diferente figura tomaba ahora
por amor de los hombres el que tan glorioso se les había mostrado en aquella
visión. Para que entendiesen que no eran menores los trabajos interiores de su
alma que los de fuera, les dijo aquellas tan dolorosas palabras: Triste está
mi alma hasta la muerte. Esperadme aquí, y velad conmigo ( Mt 26,37). Acabadas
estas palabras, se apartó el Señor de los discípulos como un tiro de piedra, y
postrado en tierra con grandísima reverencia, comenzó su oración diciendo:
Padre, si es posible, haz que pase de mí este cáliz; mas no se haga como Yo lo
quiero, sino como lo quieres Tú ( Mt 26,39). Y hecha esta oración tres veces,
a la tercera fue tan grande su agonía, que comenzó a sudar gotas de sangre,
que iban por todo su sagrado Cuerpo hilo por hilo hasta caer en tierra.
Considera, pues, al Señor en este paso tan
doloroso, y mira cómo se le representan en su mente todos los tormentos que
iba a padecer, todos los crueles dolores preparados para el más delicado de
los cuerpos. Veía también en su mente todos los pecados del mundo por los
cuales padecía, y el desagradecimiento de tantas personas, que no reconocerían
este beneficio, ni se aprovecharían de tan grande y costoso remedio. Su alma
estaba tan angustiada, y sus sentimientos y carne tan turbados, que todas las
fuerzas y elementos de su cuerpo se destemplaron y, la carne bendita se abrió
por todas partes y dio lugar a la sangre que manase por toda ella en tanta
abundancia que corriese hasta la tierra. Y si la carne, que de sola
redundancia padecía esos dolores, estaba así ¿cómo estaría su alma que padecía
directamente esos dolores?
La entrega. Mira después cómo, acabada la
oración, llegó aquel falso amigo con aquella infernal compañía, habiendo
renunciado ya al oficio de Apóstol, se convierte en guía y capitán del
ejército de Satanás. Mira cuán sin vergüenza se adelantó primero que todos, y
llegando al buen Maestro, lo vendió con beso de falsa paz. En aquella hora
dijo el Señor a los que le venían a prender: Así como a ladrón salisteis a Mi
con espadas y palos; y habiendo Yo estado con vosotros cada día en el Templo,
no extendisteis las manos en Mí; más ésta es vuestra hora y el poder de las
tinieblas ( Mt 27,55). ¿Qué cosa de mayor espanto que ver al Hijo de Dios
tomar imagen, no solamente de pecado, sino también de condenado? Esta es
vuestra hora y el poder de las tinieblas . De estas palabras se saca que en
aquella hora fue entregado el Cordero inocente en poder de los príncipes de
las tinieblas, que son los demonios, para que por medio de sus ministros
ejecutasen en él todos los tormentos y crueldades que quisiesen. Piensa ahora
hasta dónde se abajó aquella Alteza divina por ti, pues llegó al postrero de
todos los males, que es a ser entregado en poder de los demonios. Y esto
porque la pena que tus pecados merecían era ésa. Él voluntariamente quiso
ponerse en esta situación para que tú quedases libre de ella.
Dichas estas palabras arremetió luego toda
aquella manada de lobos hambrientos contra aquel manso Cordero, y unos lo
arrebatan por una parte, otros por otra, cada uno como podía. ¡Oh, cuán
inhumanamente le tratarían, cuántas descortesías le dirían, cuántos golpes y
estirones le darían, qué de gritos y golpes alzarían, como suelen hacer los
vencedores cuando se ven ya con la presa! Toman aquellas santas manos, que
poco antes habían obrado tantas maravillas, y las atan muy fuertemente con
unos lazos corredizos, hasta desollarle la piel de los brazos y hasta hacerle
reventar la sangre. Así lo llevan atado por las calles públicas, con gran
ignominia. Míralo muy bien, va desamparado de sus discípulos, acompañado de
sus enemigos, el paso corrido, el huelgo apresurado, la color mudada y el
rostro ya encendido y sonrosado con la prisa del caminar. Contempla en tan mal
trato a su Persona, la mesura en el rostro, la gravedad en sus ojos y aquel
semblante divino que en medio de todas las descortesías del mundo nunca pudo
ser oscurecido.
En casa de Anás. Luego puedes ir con el Señor a
la casa de Anás, y mira cómo allí, el Señor respondiendo cortésmente a la
pregunta que el Pontífice le hizo sobre sus discípulos y doctrina, uno de
aquellos malvados, que estaban presentes, dio una gran bofetada en su rostro,
diciendo ¿Así has de responder al Pontífice? ( Jn 18,22). Al cual el Salvador,
benignamente, respondió: Si mal hablé, muéstrame en qué, y si bien, ¿por qué
me hieres? Mira no solamente la mansedumbre de esta respuesta, sino también
aquel divino rostro señalado y colorado con la fuerza del golpe, aquellos ojos
tan serenos y tan sin turbación en aquella afrenta y su alma santísima en lo
interior tan humilde y aparejada para poner la otra mejilla si el verdugo lo
demandara.
4. El Señor ante Caifás. Dificultades de aquella
noche. Negaciones de Pedro. Los azotes atado a la columna
Después de ponerte en presencia de Dios, usa tu
imaginación. Imagina que Jesús está delante de ti. Pídele la gracia de
aprovechar este momento de oración. Usa tu entendimiento para penetrar en los
siguientes pasos de la Pasión: el Señor ante Caifás (cf. Mt 26,57-68), las
dificultades de aquella noche (cf. Lc 22,63-65), la negación de Pedro (cf. Lc
22,54-62) y los azotes que recibió atado a la columna (cf. Mt 27,24-26).
El Señor ante Caifás. Considera cómo de la casa
de Anás llevan al Señor a la del Pontífice Caifás, ahí verás eclipsado el sol
de justicia y escupido aquel divino rostro que desean mirar los ángeles. El
Salvador, siendo conjurado por el nombre del Padre que dijese quién era,
respondió a esta pregunta lo que convenía, aquellos que tan indignos eran de
tan alta grande luz se volvieron contra él como perros rabiosos y allí
descargaron todas sus iras y rabias. Allí todos a porfía le dan bofetadas y
golpes. Allí le cubren los ojos con un paño, dándole bofetadas en la cara, y
juegan con él, diciendo: ¡Adivina quién te pegó! ¡Oh maravillosa humildad y
paciencia del Hijo de Dios! ¡Oh hermosura de los ángeles! ¿Era ese un Rostro
para escupir en él? Los hombres, cuando quieren escupir, suelen volver la cara
al rincón más despreciado ¿y en todo ese palacio no se halló otro lugar más
despreciado que tu rostro para escupir en él? ¿Cómo no te humillas con este
ejemplo, tú que eres tierra y ceniza?
Dificultades de aquella noche. Después de esto,
considera los trabajos que el Salvador pasó toda la dolorosa noche. Los
soldados que lo guardaban escarnecían de Él, como dice san Lucas, y para
vencer el sueño de la noche se burlaban y jugaban con el Señor de la Majestad.
Mira cómo tu dulcísimo Esposo está puesto como blanco de tantos golpes y
bofetadas, que allí le daban. ¡Oh noche desasosegada, en la cual, mi buen
Jesús, no dormías, ni dormían los que tenían por descanso atormentarte! La
noche fue ordenada para que en ella todas las criaturas tomasen reposo, y los
sentidos y miembros cansados de los trabajos del día descansasen. Esta noche
la emplean ahora los malos para atormentar todos tus miembros y sentidos,
hiriendo tu cuerpo, afligiendo tu alma, atando tus manos, abofeteando tu cara,
escupiendo tu rostro, atormentando tus oídos, porque en el tiempo en que todos
los miembros suelen descansar, todos ellos en Ti penasen y trabajasen. ¡Qué
maitines tan diferentes de los que en aquella hora te cantarían los coros de
los ángeles en el cielo! Allá dicen: Santo Santo ; acá dicen muera, muera:
crucifícalo , crucifícalo . ¡Oh ángeles del paraíso, que oís unas y otras
voces! ¿qué sentíais viendo tan mal tratado en la tierra Aquel a quien
vosotros con tanta reverencia tratáis en el cielo? ¿Qué sentíais viendo que
Dios tales cosas padecía por los mismos que tales cosas hacían? ¿Quién puede
imaginar mayor caridad, que padecer uno la muerte por librar de la muerte al
mismo que se la da?
La negación de Pedro. Crecieron los trabajos de
aquella noche dolorosa con la negación de San Pedro. Aquel amigo tan familiar,
aquel escogido para ver la gloria de la Transfiguración, aquel honrado entre
todos con el principado de la Iglesia. Ese primero que todos, no una, sino
tres veces, en presencia del mismo Señor, jura y perjura que no le conoce, ni
sabe quién es. Pedro, ¿tan mal hombre es ese que ahí está que tienes por gran
vergüenza aun el haberlo conocido? Mira que eso es condenarle tú primero que
los Pontífices, pues das a entender que Él es una persona tal, que tú mismo te
deshonras de conocerlo. ¿Pues qué mayor injuria puede ser que ésa? se volvió
entonces el Salvador, y miró a Pedro ( Lc 22,61). Los ojos del Buen Pastor
miran aquella oveja que se le había perdido. ¡Oh vista de maravillosa virtud!
¡Oh mirada silenciosa grandemente significativa! Bien entendió Pedro el
lenguaje, y las voces de aquella vista, pues las del gallo no bastaron para
despertarlo y éstas sí. Mas no solamente hablan, sino también obran los ojos
de Cristo. Las lágrimas de Pedro no manaron tanto de los ojos de Pedro, cuanto
de aquella mirada de Cristo.
Los azotes, atado a la columna. Después de todas
estas injurias considera los azotes que el Salvador padeció a la columna. El
juez, visto que no podía aplacar la furia de aquellas infernales fieras,
determinó hacer en Él un famoso castigo que bastase para satisfacer la rabia
de aquellos tan crueles corazones, para que, contentos con esto, dejasen de
pedirle la muerte. Entra, con tu mente y tu corazón en el Pretorio de Pilatos,
y lleva contigo las lágrimas aparejadas, que serán bien menester para lo que
allí verás y oirás. Mira cómo aquellos crueles y viles carniceros desnudan al
Salvador de sus vestiduras con tanta inhumanidad. Cómo Él se deja desnudar de
ellos con tanta humildad, sin abrir la boca ni responder palabra a tantas
descortesías como allí le herían. Mira cómo luego atan aquel santo cuerpo a
una columna para que así lo pudiesen herir a su placer donde y como ellos más
quisiesen. Mira cuán solo estaba el Señor de los Ángeles entre tan crueles
verdugos, sin tener de su parte ni padrinos, ni valedores que hiciesen por Él,
ni aún siquiera ojos que se compadeciesen de Él. Mira cómo luego comienzan con
grandísima crueldad a descargar sus látigos y disciplinas sobre aquellas
delicadísimas carnes, y cómo se añaden azotes sobre azotes, llagas sobre
llagas y heridas sobre heridas. Allí verás al Sacratísimo Cuerpo cubrirse de
heridas, rasgada la piel, derramando su sangre y corriendo a hilos por todas
partes. Recuerda que los romanos ataban huesos o plomo al extremo de los
látigos, para arrancar la carne de sus víctimas.
Considera luego, acabados los azotes, cómo el
Señor se cubriría, y cómo andaría por todo aquel Pretorio buscando sus
vestiduras en presencia de aquellos crueles carniceros, sin que nadie le
sirviese, ni ayudase, ni proveyese de ningún lavatorio, ni refrigerio de los
que se suelen dar a los que así quedan llagados. Todas estas son cosas dignas
de grande sentimiento, agradecimiento y consideración.
5. Coronación de espinas. Ecce homo . Con la
cruz a cuestas
Recuerda que si encuentras gusto, luz y fruto en
alguna de las verdades en que meditas, en algún paso de la Pasión, no sigas
adelante, sino aprovecha este momento al modo como las abejas no dejan la flor
hasta que sacan todo el néctar. Los pasos en que puedes meditar hoy son: la
coronación de espinas (cf. Mc 15,16-20), el ecce Homo (cf. Jn 18,1-7), Jesús
con la cruz a cuestas (cf. Jn 19,17) y la Virgen que sale al encuentro de su
Hijo.
La coronación. A la consideración de estos pasos
tan dolorosos nos convida la Esposa en el libro de los Cantares, por medio de
estas palabras: Salid, hijas de Sión, y mirad al rey Salomón con la corona que
le coronó su madre en el día de su desposorio, y en el día de la alegría de su
corazón ( Cant 3,11). Abre tus ojos y mira esta escena tan dolorosa. ¿No
bastaron, Señor, los azotes pasados, y la muerte venidera, y tanta sangre
derramada, sino que por fuerza habían de sacar las espinas la sangre de la
cabeza a quien los azotes perdonaron? Recuerda la imagen que antes tenía este
Señor, y la excelencia de sus virtudes. Mira la grandeza de su hermosura, la
mesura de sus ojos, la dulzura de sus palabras, su autoridad, su mansedumbre,
su serenidad, y aquel aspecto suyo de tanta veneración. Luego vuelve a mirar
de la manera que aquí está: cubierto de aquella púrpura de escarnio, la caña
por cetro real en la mano, y aquella horrible diadema de espinas en la cabeza.
Aquellos ojos mortales, aquel rostro difunto y aquella figura toda borrada con
la sangre y afeada por las salivas, que por todo el rostro estaban tendidas.
Míralo todo de dentro y de fuera, el corazón atravesado con dolores, el cuerpo
lleno de llagas, desamparado de sus discípulos, perseguido de los judíos,
escarnecido de los soldados, despreciado de los pontífices, desechado del rey
inicuo, acusado injustamente y desamparado de todo favor humano. No pienses en
esto como cosa ya pasada, sino como algo presente; no como dolor ajeno, sino
como tuyo propio. Ponte tú mismo en el lugar del que padece, y mira lo que
sentirías si en una parte tan sensible como es la cabeza te hincasen muchas y
muy agudas espinas que penetrasen hasta los huesos ¿y qué digo espinas?, una
sola punzada de un alfiler apenas la podrías sufrir ¿Pues qué sentiría aquella
delicadísima cabeza con tal género de tormentos?
He aquí el Hombre. Acabada la coronación y
escarnios del Salvador, lo tomó el juez por la mano, así como estaba tan mal
tratado, y lo sacan a la vista del pueblo furioso. Les dijo: Ecce Homo ( Jn
19,5). Como si dijera: si por envidia le procurabais la muerte, lo veis aquí
tal que no está para tenerle envidia, sino lástima. Temíais no se hiciese Rey,
lo veis aquí tan desfigurado, que apenas parece un hombre. De estas manos
atadas, ¿qué teméis? A este hombre azotado, ¿que más le demandáis?
Por aquí puedes entender, de qué modo estaría el
Salvador, pues el juez creyó que bastaba la figura que allí traía para
quebrantar el corazón de tales enemigos. En lo cual puedes bien entender la
crueldad de un cristiano que no tiene compasión de los dolores de Cristo, pues
ellos eran tales, que bastaban (según el juez creyó) para ablandar unos tan
fieros corazones.
Cargado con la Cruz. Pues como Pilatos viese que
no bastaban las justicias que se habían hecho en aquel santísimo Cordero para
amansar el furor de sus enemigos, entró en el Pretorio, y se sentó en el
tribunal para dar sentencia final en aquella causa. Ya estaba a las puertas
aparejada la Cruz, ya asomaba por lo alto aquella temerosa bandera, amenazando
a la cabeza del Salvador. Dada, pues, ya y promulgada la sentencia cruel,
añaden los enemigos una crueldad a otra, que fue cargar sobre aquellas
espaldas, tan molidas y despedazadas con los azotes pasados, el madero de la
Cruz. El Señor no rehusó esta carga, en la cual iban todos nuestros pecados,
sino antes la abrazó con suma caridad y obediencia por nuestro amor.
Camina, pues, el inocente Isaac al lugar del
sacrificio con aquella carga tan pesada sobre sus hombros tan flacos. Le sigue
mucha gente y muchas piadosas mujeres, que con sus lágrimas le acompañan.
¿Quién no derramará lágrimas viendo al Rey de los ángeles caminar paso a paso
con aquella carga tan pesada, temblándole las rodillas, inclinando el cuerpo,
los ojos desmesurados, el rostro sangriento con aquella corona en la cabeza y
con aquellos tan vergonzosos clamores y pregones que daban contra Él?
La Virgen Madre al encuentro del Hijo. Aparta
ahora un poco tus ojos de este cruel espectáculo, y con ojos llorosos mira a
la Virgen. Postrado a sus pies comienza a decirle con dolorosa voz: “¡Oh
Señora de los ángeles, Reina del cielo, puerta del paraíso, abogada del mundo,
refugio de los pecadores, salud de los justos, alegría de los santos, maestra
de las virtudes, espejo de la limpieza, título de castidad, dechado de
paciencia y suma de toda perfección! Ay de mí Señora mía, ¡para qué se ha
guardado mi vista para esta hora! ¿Cómo puedo yo vivir habiendo visto con mis
ojos lo que ve? ¿Para qué son más palabras? Dejo a tu Unigénito Hijo y mi
Señor en manos de sus enemigos, con una Cruz a cuestas para ser en ella
ajusticiado.”
¿Qué corazón puede entender hasta dónde llegó el
dolor de la Virgen? Desfalleció aquí su alma, y se le cubrió la cara y todos
sus virginales miembros de un sudor de muerte, que hubiesen bastado para
terminar con su vida, si la providencia divina no la hubiese guardado para
mayor trabajo, y también para mayor corona.
Camina la Virgen en busca del Hijo. Oye desde
lejos el ruido de las armas, el tropel de las gentes, y el clamor de los
pregones con que lo iban pregonando. Ve luego resplandecer los hierros de las
lanzas y alabardas que asomaban por lo alto. Allá en el camino las gotas y el
rastro de la sangre, que bastaban ya para mostrarle los pasos del Hijo y
guiarla sin otra guía. Se acerca más y más a su amado Hijo. Tiende sus ojos
oscurecidos con el dolor y sombra de la muerte, para ver al que tanto amaba su
alma. Por una parte deseaba verlo, y por otra rehusaba de ver tan lastimera
figura. Finalmente, llega donde lo pude ver, se miran aquellas dos lumbreras
del cielo una a otra, y se atraviesan sus corazones con los ojos y hieren con
su vista sus corazones lastimados. Las lenguas estaban enmudecidas, mas el
corazón de la Madre hablaba, y el Hijo dulcísimo le decía: ¿Para qué viniste
aquí, paloma mía, querida mía y Madre mía? Tu dolor acrecienta el mío, y tus
tormentos me atormentan. Vuélvete, Madre mía, vuélvete a tu posada, que no
pertenece a tu vergüenza y pureza virginal compañía de homicidas y de
ladrones.
Escucha en el silencio de tu corazón el lenguaje
de estas miradas, las del Hijo y las de la Madre. Camina con ellos aquel
trabajoso camino hasta el lugar de la Cruz.
6. Despojo de las vestiduras. Cristo en cruz.
Las 7 palabras
La meditación de la Pasión de Cristo causa
buenos sentimientos en tu voluntad y en la parte afectiva de tu alma: el amor
a Dios, el deseo de la salvación propia y de los demás, la compasión, la
misericordia, la confianza en Dios, el arrepentimiento de tus pecados... Pero
hay que tratar que esos sentimientos y afectos, se vayan concretando en
propósitos y resoluciones. Así por ejemplo la primera palabra de Cristo en la
cruz te animará a perdonar a tus enemigos, a amarlos, etc. De este modo te
puedes ir corrigiendo rápidamente. Pero si sólo te contentas con los
sentimientos y afectos, sin resolverte a practicarlos, quizás puedas
corregirte, pero será con gran dificultad y después de muchísimo tiempo.
Detiene tu mente y tus afectos en: el despojo de
las vestiduras (cf. Jn 19,23-24), Cristo en la Cruz (cf. Mc 14,23-32) y sus
siete últimas palabras.
Despojo de las vestiduras. Comienza a pensar en
el Misterio de la santa Cruz, por cuyo fruto se reparó el daño de aquel
venenoso fruto del árbol vedado. Mira primeramente cómo, llegado ya el
Salvador a este lugar, aquellos perversos enemigos (porque fuese más
vergonzosa su muerte) lo desnudan de todas sus vestiduras hasta la túnica
interior, que era toda tejida de alto a bajo, sin costura alguna. Mira con
cuánta mansedumbre se deja desollar aquel inocentísimo Cordero sin abrir su
boca, ni hablar palabra contra los que así lo trataban. Antes de muy buena
voluntad consentía ser despojado de sus vestiduras, y quedar a la vergüenza
desnudo, porque con ellas se cubriese mejor que con las hojas de higuera la
desnudez en que por el pecado caímos.
Dicen algunos doctores que, para desnudar al
Señor esta túnica, le quitaron con grande crueldad la corona de espinas que
tenía en la cabeza y, después de ya desnudo, se la volvieron a poner, y a
hincarle otra vez las espinas por el cerebro, que sería cosa de grandísimo
dolor. Es de creer que usaran de esta crueldad los que de otras muchas y muy
extrañas usaron con Él en todo el proceso de su Pasión, teniendo en cuenta lo
dicho por el Evangelista que hicieron con Él todo lo que quisieron. Y como la
túnica estaba pegada a las llagas de los azotes, y la sangre estaba ya helada
y abrazada con la misma vestidura, al tiempo que se la desnudaron (como eran
tan ajenos a la piedad aquellos malvados), se la despegan de golpe y con tanta
fuerza, que le desollaron y renovaron todas las llagas de los azotes, de tal
manera, que el santo Cuerpo quedó por todas partes abierto y como
descortezado, y hecho todo una grande llaga, que por todas partes manaba
sangre.
Considera la alteza de divina bondad y
misericordia que en este Misterio tan claramente resplandece. Mira cómo Aquel
que viste los cielos de nubes y los campos de flores y hermosura, aquí es
despojado de todas sus vestiduras. Considera el frío que padecería aquel santo
Cuerpo, estando como estaba despedazado y desnudo, no sólo de sus vestiduras,
sino también de los cueros de la piel, y con tantas puertas de llagas abiertas
por todo él. Y si estando San Pedro vestido y calzado la noche antes padecía
frío, ¿cuánto mayor lo padecería aquel Cuerpo estando tan llagado y desnudo?
Cristo en Cruz. Después de esto considera cómo
el Señor fue enclavado en la Cruz, y el dolor que padecería al tiempo que
aquellos clavos gruesos y punzantes entraban por las más sensibles y más
delicadas partes del más delicado de todos los cuerpos. Mira también lo que la
Virgen sentiría al ver con sus ojos y oír con sus oídos los crueles y duros
golpes que sobre aquellos miembros divinos tan a menudo caían. Verdaderamente
aquellas martilladas y clavos al Hijo traspasaban las manos, mas a la Madre
herían el corazón.
Mira cómo luego levantaron la Cruz en alto y la
fueron a hincar en un hoyo que para esto tenían hecho, y cómo (según eran
crueles los ministros) al tiempo de asentar, la dejaron caer de golpe. Así se
estremecería todo aquel santo Cuerpo en el aire y se rasgarían más los
agujeros de los clavos, que sería cosa de intolerable dolor.
Salvador y Redentor mío, ¿qué corazón habrá tan
de piedra que no se parta de dolor (pues en este día se partieron las piedras)
considerando lo que padeces en esta cruz? Te cercaron, Señor, los dolores de
muerte, y todos los vientos y olas del mar han envestido sobre Ti. El Padre te
ha desamparado, ¿Señor, qué esperas de los hombres? Los enemigos te gritan,
los amigos te quiebran el corazón, tu alma está afligida, y no admites
consuelo por mi amor. Duros fueron, cierto, mis pecados, y tu penitencia lo
declara. Rey mío, te veo cosido con un madero. No hay quien sostenga tu cuerpo
sino tres garfios de hierro; de ellos cuelga tu sagrada carne, sin tener otro
refrigerio. Cuando cargas el cuerpo sobre los pies, se desgarran las heridas
de los pies con los clavos que tienen atravesados; cuando la cargas sobre las
manos, se desgarran las heridas de las manos con el peso del cuerpo. Pues la
santa cabeza, atormentada y enflaquecida con la corona de espinas ¿qué
almohada la sostendría? ¡Oh cuán bien empleados fueron antes vuestros brazos,
serenísima Virgen, para este oficio, mas no servirán ahora allí los vuestros,
sino los de la Cruz! Sobre ellos se reclinará la sagrada cabeza cuando
quisiere descansar, y el refrigerio que de ello recibirá será hincarse más las
espinas por el cerebro.
Crecieron los dolores del Hijo con la presencia
de la Madre, con los cuales no menos estaba su corazón sacrificado de dentro,
que el sagrado Cuerpo lo estaba de fuera. En este día, dos cruces hay para Ti,
¡oh buen Jesús!: una para tu cuerpo y otra para el alma; la una es de pasión,
la otra de compasión; la una traspasa el Cuerpo con los clavos de hierro, y la
otra tu alma santísima con clavos de dolor. ¿Quién podría expresar lo que
sentías cuando declarabas las angustias de aquella alma santísima, la cual tan
de cierto sabías estar contigo crucificada en la Cruz? Veías aquel piadoso
corazón de tu Madre traspasado y atravesado con el cuchillo del dolor. Tenías
los ojos sangrientos y mirabas aquel divino rostro cubierto de amarillez de
muerte. Ven aquellas angustias de su alma y aquellos ríos de lágrimas, que
salían de sus purísimos ojos. Oías los gemidos, que se arrancaban de aquel
sagrado pecho exprimidos con peso de tan gran dolor.
Las siete palabras. Después de esto, puedes
considerar aquellas siete palabras que el Señor habló en la Cruz. De las
cuales la primera fue Padre, perdona a estos, que no saben lo que hacen ( Lc
23,34). Mira pues con cuánta caridad en estas palabras encomendó sus enemigos
al Padre. Así nos encomienda la caridad con nuestros enemigos.
La segunda al ladrón: Hoy estarás conmigo en el
Paraíso ( Lc 23,43). Mira con cuánta misericordia recibió al Ladrón que le
confesaba. Aprende la misericordia con los pecadores.
La tercera a su Madre Santísima: Mujer, he ahí a
tu hijo ( Jn 19,26). Piensa con qué entrañas encomendó a la piadosa Madre el
amado discípulo. Imita su piedad para con tus padres.
La cuarta: Tengo sed ( Jn 19,28). Piensa con
cuánta sed y ardor mostró que deseaba la salvación de los hombres. Toma
ejemplo del deseo de salvar al prójimo.
La quinta: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
desamparaste? ( Mt 28,46). Contempla con cuán dolorosa voz derramó su oración
ante su Padre. Aprende a orar en las tribulaciones y desamparos de Dios.
La sexta: Todo está consumado ( Jn 19,30).
Medita cómo llevó hasta el final tan perfectamente su obediencia al Padre.
Imita su obediencia y perseverancia hasta el final.
La séptima: Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu ( Lc 23,46). Mira cómo encomienda su espíritu y se resigna totalmente
en las manos de su Padre. Nos da ejemplo de perfecta resignación en las manos
de Dios, que es la suma de toda nuestra perfección.
7. Lanzada del costado. Descendimiento. Llanto
de Nuestra Señora. La sepultura
Siempre al terminar la meditación, ten un
diálogo (o coloquio) con Cristo, con la Virgen... Háblales como un hijo habla
a su padre, como un amigo con su mejor amigo. Esto lo puedes hacer no sólo al
finalizar la meditación, sino desde el principio. Insiste pidiendo al Señor la
gracia que necesitas. Sobre cada uno de los misterios de la Pasión, puedes
detenerte en los que más luz te dieron, o más dificultad encontraste para
meditar.
Recuerda ahora los pasos que vas a meditar: la
herida del costado (cf. Jn 19,31-37), el descendimiento de la cruz, el llanto
de la Madre y la sepultura (cf. Jn 19,38-42).
La lanzada. Considera cómo habiendo ya expirado
el Salvador en la Cruz, y cumplido el deseo de aquellos crueles enemigos, que
tanto deseaban verlo muerto, aun después de esto no se apagó la llama de su
furor, porque se quisieron vengar y encarnizar en aquellas Santas Reliquias
que quedaron, partiendo y echando suertes sobre sus vestiduras y rasgando su
sagrado pecho con una lanza cruel. ¡Oh crueles ministros! ¡Oh corazones de
hierro, y tan poco os parece lo que ha padecido el cuerpo vivo que no le
queréis perdonar aun después de muerto! ¿Qué rabia de enemistad hay tan grande
que no se aplaque cuando ve al enemigo muerto delante de sí? ¡Alzad un poco
esos crueles ojos, y mirad aquella cara mortal, aquellos ojos difuntos, aquel
caimiento de rostro y aquella amarillez y sombra de muerte, que aunque seáis
más duros que el hierro y que el diamante y que viéndolos vosotros mismos os
amansaréis!
Llega pues, el ministro con la lanza en la mano,
y le atraviesa con gran fuerza por el pecho desnudo del Salvador. Se
estremeció la Cruz en el aire con la fuerza del golpe, y salió allí agua y
sangre, con que se sanan los pecados del mundo. ¡Oh herida del costado de
Cristo! Eres río que sales del Paraíso y riegas con tus corrientes toda la
redondez de la tierra. Llaga del costado precioso, hecha más por amor de los
hombres que con el hierro de la lanza cruel. Eres puerta del cielo, ventana
del paraíso, lugar de refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos,
sepultura de los peregrinos, nido de palomas sencillas y lecho florido de la
esposa de Salomón. ¡Dios te salve, llaga del costado precioso, que llagas los
corazones devotos; herida que hieres las almas de los justos; rosa de inefable
hermosura; rubí de precio inestimable; entrada para el corazón de Cristo,
testimonio de su amor y prenda de la vida perdurable!
El descenso. Después de esto considera cómo
aquel mismo día en la tarde llegaron aquellos dos santos varones José y
Nicodemo y arrimadas sus escaleras a la Cruz, descendieron en brazos el cuerpo
del Salvador. Cómo la Virgen vio que, acabada ya la tormenta de la pasión,
llegaba el sagrado Cuerpo a tierra, ella se prepara para darle puerto seguro
en sus pechos, y recibirlo de los brazos de la Cruz en los suyos. Pide con
gran humildad a aquella noble gente, ya que no se había despedido de su Hijo,
ni recibido de Él los postreros abrazos en la Cruz al tiempo de su partida,
que la dejen ahora llegar a Él y no le aumenten su desconsuelo. Si los
enemigos se lo habían quitado cuando estaba vivo, ahora no quería que los
amigos se lo quiten muerto.
Llanto. Pues cuando la Virgen le tuvo en sus
brazos, ¿qué lengua podrá explicar lo que sintió? ¡Oh ángeles de paz, llorad
con esta sagrada Virgen; llorad cielos; llorad, estrellas del cielo, y todas
las criaturas del mundo acompañad el llanto de María! Se abraza la Madre con
el cuerpo despedazado, lo aprieta fuertemente en sus pechos (para sólo esto le
quedaban fuerzas), mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, junta
rostro con rostro, se tiñe la cara de la sacratísima Madre con la sangre del
Hijo, y se riega la del Hijo con las lágrimas de la Madre. ¡Oh dulce Madre!
¿Acaso es ése vuestro dulcísimo Hijo? ¿Es ése el que concebiste con tanta
gloria y pariste con tanta alegría? ¿Qué se hicieron vuestros gozos pasados?
¿Dónde se fueron vuestras alegrías antiguas? ¿Dónde está aquel espejo de
hermosura en que os mirabais? Lloraron todos los que estaban presentes;
lloraban aquellas santas mujeres, aquellos nobles varones; lloraba el cielo y
la tierra y todas las criaturas, acompañaban las lágrimas de la Virgen.
Lloraba Juan, el santo evangelista, y, abrazado
con el cuerpo de su Maestro decía: ¡Oh Maestro bueno y Señor mío! ¿A quién iré
con mis dudas? ¿En qué pechos descansaré? ¿Quién me dará parte en los secretos
del cielo? ¿Qué mudanza ha sido esta tan extraña? Anoche me tuviste en tus
sagrados pechos dándome alegría de vida, y ahora te pago aquel grande
beneficio teniéndote en los míos muerto? ¿Es éste el rostro que yo vi
transfigurado en el monte Tabor? ¿Esta es aquella figura más clara que el sol
de medio día?
Lloraba también aquella santa pecadora, y
abrazada con los pies del Salvador decía. ¡Oh lumbre de mis ojos y remedio de
mi alma!, si me viera cargada de los pecados, ¿quién me recibirá? ¿Quién
curará mis llagas? ¿Quién responderá por mí? ¿Quién me defenderá de los
fariseos? ¡Oh cuán de otra manera tuve yo estos pies y los lavé cuando en
ellos me recibiste! ¡Oh amado de mis entrañas!, ¿Quién me diese ahora que yo
muriese contigo? ¡Oh vida de mi alma!, ¿cómo puedo decir que te amo, pues
estoy viva teniéndote delante de mis ojos muerto? De esta manera lloraban y
lamentaban toda aquella compañía, regando y lavando con lágrimas el Cuerpo
sagrado.
La sepultura. Llegaba, pues, ya la hora de la
sepultura, envuelven el santo Cuerpo en una sábana limpia, atan a su rostro un
sudario y, puesto encima de un lecho, caminan con Él al lugar del monumento.
Allí depositan aquel precioso tesoro. El sepulcro se cubrió con una losa y el
corazón de la Madre con una oscura niebla de tristeza. Allí se despidió otra
vez de su Hijo. Allí comienza de nuevo a sentir su soledad. Allí se ve ya
desposeída de todo su bien. Allí se le queda el corazón sepultado donde
quedaba su tesoro.
(Recopilación hecha por el p. Dr. Marcelo
Lattanzio, IVE, y publicada en Su Rostro Doliente , tomo I, San Rafael 2000,
Ediciones del Verbo Encarnado)
SAN LUIS MARÍA
«Si alguno quiere venirse conmigo»
Si alguno quiere : y no algunos , se refiere al
reducido número de los elegidos (+Mt 20,16), que quieren configurarse a
Jesucristo crucificado, llevando su cruz. Es un número tan pequeño, tan
reducido, que si lo conociéramos, quedaríamos pasmados de dolor.
Es tan pequeño que apenas si hay uno por cada
diez mil. Así fue revelado a varios santos, como a San Simeón Estilita, según
refiere el santo abad Nilo, después de San Efrén, San Basilio y varios otros.
Es tan reducido que, si Dios quisiera reunirlos, tendría que gritarles, como
otra vez lo hizo un profeta: «¡congregaos uno a uno!» (Is 27,12), uno de esta
provincia, otro de aquel reino.
Si alguno quiere : aquel que tenga una voluntad
sincera, una voluntad firme y determinada, no ya por naturaleza, costumbre o
amor propio, por interés o respeto humano, sino por una gracia victoriosa del
Espíritu Santo, que no a todo el mundo se da: «no a todos ha sido dado a
conocer el misterio» (Mt 13,11). De hecho, el conocimiento del misterio de la
Cruz ha sido dado a unas pocas personas. Para que un hombre suba al Calvario y
se deje crucificar con Jesús, en medio de su propia gente, es necesario que
sea un valiente, un héroe, un decidido, un discípulo de Dios, que pisotee el
mundo y el infierno, su cuerpo y su propia voluntad; un hombre resuelto a
dejarlo todo, a emprender todo lo que sea y a sufrirlo todo por Jesucristo.
Sabedlo bien, queridos Amigos de la Cruz:
aquellos de entre vosotros que no tengan esta determinación andan sólo con un
pie, vuelan sólo con un ala, y no son dignos de estar entre vosotros, porque
no merecen llamarse Amigos de la Cruz, a la que hay que amar, como Jesucristo,
«con un corazón generoso y de buena gana» (2Mac 1,3). Basta una voluntad a
medias para contagiar, como una oveja sarnosa, a todo el rebaño. Si una de
éstas hubiera entrado en vuestro redil por la puerta falsa del mundo, en el
nombre de Jesucristo crucificado, echadla fuera, pues es un lobo en medio de
las ovejas (Mt 7,15).
Si alguno quiere venirse conmigo , que tanto me
humillé (Flp. 2,6-8) y que me anonadé tanto que llegué a «parecer un gusano, y
no un hombre» (Sal 21,7); conmigo, que no vine al mundo sino para abrazar la
Cruz -«aquí estoy» (Sal 39,8; Heb 10,7-9)-; para alzarla en medio de mi
corazón -«en las entrañas» (Sal 39,9)-; para amarla desde joven -«la quise
desde muchacho» (Sab 8,2)-; para suspirar por ella toda mi vida -«¡cómo la
ansío!» (Lc 12,50)-; para llevarla con alegría, prefiriéndola a todos los
goces y delicias del cielo y de la tierra -«en vez del gozo que se le ofrecía,
soportó la cruz» (Heb 12,2)-; conmigo, en fin, que no hallé la plena alegría
hasta morir en sus divinos brazos.
«Que se niegue a sí mismo»
-El que quiera, pues, venirse conmigo, así
anonadado y crucificado, debe, a imitación de mí, no gloriarse sino en la
pobreza, en las humillaciones y en los sufrimientos de mi Cruz: «que se niegue
a sí mismo».
¡Lejos de los Amigos de la Cruz esos que sufren
con orgullo, esos sabios según el siglo, esos grandes genios y espíritus
fuertes, que están rellenos e hinchados con sus propias luces y talentos!
¡Lejos de aquí esos grandes charlatanes, que hacen mucho ruido y que no dan
más fruto que el de su vanidad! ¡Lejos de aquí los devotos soberbios, que
hacen resonar en todas partes aquel «no soy como los demás» del orgulloso
Lucifer (Lc 18,11); que no aguantan que les censuren, sin excusarse; que los
ataquen, sin defenderse; que los humillen, sin ensalzarse!
Tened mucho cuidado para no admitir en vuestra
compañía a estos hombres delicados y sensuales, que se duelen de la menor
molestia, que gritan y se quejan por el menor dolor, que jamás han conocido la
cadenilla, el cilicio y la disciplina, ni otro instrumento alguno de
penitencia, y que unen a sus devociones -aquellas que están de moda- una
sensualidad y una inmortificación sumamente encubiertas y refinadas.
«Que cargue con su cruz»
-«Que cargue con su cruz», con la suya propia.
Que ese tal, que ese hombre, esa mujer excepcional -«toda la tierra, de un
extremo al otro, no alcanzaría a pagarle» (Prov 31,10]-, tome con alegría,
abrace con entusiasmo y lleve sobre sus hombros con valentía su cruz , y no la
de otro; -su propia cruz, aquélla que con mi sabiduría le he hecho, en número,
peso y medida exactos (+Sab 11,21]; -su cruz, cuyas cuatro dimensiones,
espesor y longitud, anchura y profundidad, tracé yo por mi propia mano con
toda exactitud; -su cruz, la que le he fabricado con un trozo de la que llevé
sobre el Calvario, como expresión del amor infinito que le tengo; -su cruz,
que es el mayor regalo que puedo yo hacer a mis elegidos en esta tierra; -su
cruz, formada en su espesor por la pérdida de bienes, humillaciones y
desprecios, dolores, enfermedades y penas espirituales, que, por mi
providencia, habrán de sobrevenirle cada día hasta la muerte; -su cruz,
formada en su longitud por una cierta duración de meses o días en los que
habrá de verse abrumado por la calumnia, postrado en el lecho, reducido a la
mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, abandonos y otras penas
espirituales; -su cruz, constituída en su anchura por todas las circunstancias
más duras y amargas, unas veces por parte de sus amigos, otras por los
domésticos o los familiares; su cruz, en fin, compuesta en su profundidad por
las aflicciones más ocultas que yo mismo le infligiré, sin que pueda hallar
consuelo en las criaturas, pues éstas, por orden mía, le volverán la espalda y
se unirán a mí para hacerle padecer.
-«Que la cargue», que la cargue: no que la
arrastre, ni que la rechace o la recorte o la oculte. Es decir, que la lleve
en lo alto de la mano, sin impaciencia ni tristeza, sin quejas ni
murmuraciones voluntarias, sin componendas ni miramientos naturales, y sin
sentir por ello vergüenza alguna o respetos humanos.
«Que la cargue», es decir, que la lleve marcada
en su frente, diciendo aquello de San Pablo: «en cuanto a mí, no quiera Dios
que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14], mi
Maestro.
Que la lleve sobre sus hombros, a ejemplo de
Jesucristo, para que la cruz venga a ser el arma de sus conquistas y el cetro
de su imperio (Is 9,6-7].
En fin, que él la grabe en su corazón por el
amor, para transformarla así en zarza ardiente, que día y noche se abrase en
el puro amor de Dios, sin consumirse (+Ex 3,2].
- «La cruz» . Que cargue con la cruz, pues nada
hay tan necesario, nada tan útil, tan dulce ni tan glorioso, como padecer algo
por Jesucristo (+Hch 5,41].
Nada tan necesario
[Para los pecadores]
-En realidad, queridos Amigos de la Cruz, todos
sois pecadores. Entre vosotros no hay ninguno que no merezca el infierno (+Prov
24,16; 1Jn 1,10] -y yo más que ninguno-. Pues bien, es necesario que nuestros
pecados sean castigados en este mundo o en el otro.
Si Dios, de acuerdo con nosotros, los castiga en
éste, el castigo será amoroso: la misericordia, que reina en este mundo, será
quien castigue, y no la rigurosa justicia; será, pues, un castigo suave y
pasajero, acompañado de consolaciones y méritos, y seguido de recompensas en
el tiempo y la eternidad.
Pero si el castigo necesario a los pecados que
hemos cometido queda reservado para el otro mundo, será entonces la justicia
implacable de Dios, que todo lo lleva a sangre y fuego, la que ejecute la
condena. Castigo espantoso (+Heb 10,31], indecible, incomprensible: «¿quién
conoce la vehemencia de tu ira?» (Sal 89,11]; castigo sin misericordia (Sant
2,13], sin mitigación, sin méritos, sin límite y sin fin. Sí, no tendrá fin:
ese pecado mortal de un momento que cometisteis; ese mal pensamiento
voluntario que escapó a vuestro cuidado; esa palabra que se llevó el viento;
esa acción diminuta que violentó la ley de Dios, tan breve, serán castigados
eternamente, mientra Dios sea Dios, con los demonios en el infierno, sin que
ese Dios de las venganzas se apiade de vuestros espantosos tormentos, de
vuestros sollozos y lágrimas, capaces de hendir las rocas. ¡Padecer
eternamente, sin mérito alguno, sin misericordia y sin fin!
Queridos hermanos y hermanas míos, ¿pensamos en
esto cuando padecemos alguna pena en este mundo? ¡Qué felices somos de hacer
un cambio tan dichoso, una pena eterna e infructuosa por otra pasajera y
meritoria, llevando esta cruz con paciencia! ¡Cuántas deudas nos quedan por
pagar! ¡Cuántos pecados cometidos! Para expiar por ellos, aun después de una
contrición amarga y de una confesión sincera, será necesario que suframos en
el purgatorio durante siglos enteros, por habernos contentado en este mundo
con algunas penitencias tan ligeras! ¡Ah! Cancelemos, pues, nuestras deudas
por las buenas en este mundo, llevando bien nuestra cruz. En el otro, todo
habrá de ser pagado por las malas, hasta el último céntimo (Mt 5,26], hasta
una palabra ociosa (12,36). Si lográramos arrancar de las manos del demonio el
libro de la muerte (+Col 2,14), donde ha señalado todos nuestros pecados y la
pena que les es debida, ¡qué debe tan enorme encontraríamos! ¡Y qué felices
nos veríamos de sufrir años enteros aquí abajo, con tal de no sufrir un solo
día en la otra vida!
[Para los amigos de Dios]
¿No os preciáis, mis amigos de la Cruz, de ser
amigos de Dios o de querer llegar a serlo? Decidíos, pues, a beber el cáliz
que hay que apurar necesariamente para ser hecho amigo de Dios: «bebieron el
cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios» [ Breviario antiguo ].
Benjamín, el preferido, halló la copa, mientras que sus hermanos sólo hallaron
trigo (Gén 44,1-12). El predilecto de Jesucristo poseyó su corazón, subió al
Calvario y bebió en su cáliz: «¿podéis beber el cáliz?» (Mt 20,22). Excelente
cosa es anhelar la gloria de Dios; pero desearla y pedirla sin resolverse a
padecerlo todo es una locura y una petición insensata: «no sabéis lo que
pedís» ( ib. )... «Es necesario pasar por muchas tribulaciones» (Hch 14,22)...
Sí, es una necesidad, es algo indispensable: hemos de entrar en el reino de
los cielos a través de muchas tribulaciones y cruces.
[Para los hijos de Dios]
Os gloriáis con toda razón de ser hijos de Dios.
Gloriáos, pues, también de los azotes que este Padre bondadoso os ha dado y os
dará más adelante, pues el castiga a todos sus hijos (Prov 3,11-12; Heb
12,5-8; Ap 3,19). Si no fuérais del número de sus hijos amados -¡qué
desgracia, qué maldición!-, seríais del número de los condenados, como dice
San Agustín: «quien no llora en este mundo, como peregrino y extranjero, no
puede alegrarse en el otro como ciudadano del cielo». Si Dios Padre no os
envía de vez en cuando alguna cruz señalada, es que ya no se cuida de
vosotros: está enfadado con vosotros, y os considera como extraños y ajenos a
su casa y su protección; os mira como hijos bastardos, que no merecen tener
parte en la herencia de su padre, ni son dignos tampoco de sus cuidados y
correcciones (+Heb 12,7-8).
[Para los discípulos de un Dios crucificado]
Amigos de la Cruz, discípulos de un Dios
crucificado: el misterio de la Cruz es un misterio ignorado por los gentiles,
rechazado por los judíos (1Cor 1,23), y despreciado por los herejes y los
malos católicos; pero es el gran misterio que habéis de aprender en la
práctica de la escuela de Jesucristo, y que sólamente en su escuela lo podéis
aprender. En vano buscaréis en todas las escuelas de la antigüedad algún
filósofo que lo haya enseñado. En vano consultaréis la luz de los sentidos y
de la razón: sólamente Jesucristo puede enseñaros y haceros gustar este
misterio por su gracia victoriosa.
Adiestráos, pues, en este ciencia sublime bajo
la guía de un Maestro tan excelente, y poseeréis todas las demás ciencias,
pues ésta las contiene a todas en grado eminente. Ella es nuestra filosofía
natural y sobrenatural, nuestra teología divina y misteriosa, nuestra piedra
filosofal que, por medio de la paciencia, cambia los metales más groseros en
preciosos, los dolores más agudos en delicias, la pobreza en riqueza, las
humillaciones más graves en gloria. Aquel de vosotros que sabe llevar mejor su
cruz, aun cuando fuere un analfabeto, es el más sabio de todos.
Escuchad al gran San Pablo, que vuelto del
tercer cielo, donde aprendió misterios ocultos a los mismos ángeles, asegura
que no sabe ni quiere saber otra cosa que a Jesús crucificado (1Cor 2,2).
Alégrate, pues, tú, pobre idiota, y tú, humilde mujer sin talento ni ciencia:
si sabéis sufrir con alegría, sabéis más que cualquier doctor de la Sorbona,
que no sepa sufrir tan bien como vosotros (+Mt 11,25).
[Para los miembros de Jesucristo]
[ 27 ] Sois miembros de Jesucristo (1Cor 6,15;
12,27; Ef 5,30). ¡Qué honor! Pero ¡qué necesidad hay en ello de sufrir! Si la
Cabeza está coronada de espinas (Mt 27,29) ¿estarán los miembros coronados de
rosas? Si la Cabeza es escarnecida y cubierta de barro en el camino del
Calvario ¿se verán los miembros cubiertos de perfumes sobre un trono? Si la
Cabeza no tiene dónde reposar (8,20), ¿descansarán los miembros entre plumas y
edredones? Sería una mostruosidad inaudita. No, no, mis queridos Compañeros de
la Cruz, no os engañéis: esos cristianos que veis por todas partes, vestidos a
la moda, en extremo delicados, altivos y engreídos hasta el exceso, no son
verdaderos discípulos de Jesús crucificado. Y si pensárais de otro modo,
ofenderíais a esa Cabeza coronada de espinas y a la verdad del Evangelio. ¡Ay,
Dios mío, cuántas caricaturas de cristianos, que pretenden ser miembros del
Salvador, son sus más alevosos perseguidores, pues mientras con la mano hacen
el signo de la Cruz, son en realidad sus enemigos!
Si de verdad os guía el espíritu de Jesucristo,
y si vivís la misma vida que esta Cabeza coronada de espinas, no esperéis otra
cosa que espinas, azotes, clavos, en una palabra, cruz; pues es necesario que
el discípulo sea tratado como el maestro y el miembro como la Cabeza (Jn
15,20). Y si el cielo os ofrece, como a Santa Catalina de Siena, una corona de
espinas y otra de rosas, elegid como ella la corona de espinas, sin vacilar, y
hundidla en vuestra cabeza, para asemejaros a Jesucristo [ Leyenda maior 158].
[Para los templos del Espíritu Santo]
[ 28 ] Ya sabéis que sois templos vivos del
Espíritu Santo (1Cor 6,19), y que como piedras vivas (1Pe 2,5), habéis de ser
construídos por el Dios del amor en el templo de la Jerusalén celestial (Ap
21,2.10). Pues bien, disponéos para ser tallados, cortados y cincelados por el
martillo de la cruz. De otro modo, permaneceríais como piedras toscas, que no
sirven para nada, que se desprecian y se arrojan fuera. ¡Guardáos de resistir
al martillo que os golpea! ¡Cuidado con oponeros al cincel que os talla y a la
mano que os pule! Es posible que ese hábil y amoroso arquitecto quiera hacer
de vosotros una de las piedras principales de su edificio eterno, y una de las
figuras más hermosas de su reino celestial. Dejadle actuar en vosotros: él os
ama, sabe lo que hace, tiene experiencia, cada uno de sus golpes son acertados
y amorosos, nunca los da en falso, a no ser que vuestra falta de paciencia los
haga inútiles.
El Espíritu Santo compara la cruz: -unas veces a
una criba que separa el buen grano de la paja y hojarasca (Is 41,16; Jer 15,7;
Mt 3,12): dejáos, pues, sacudir y zarandear como el grano en la criba, sin
oponer resistencia: estáis en la criba del Padre de familia, y pronto estaréis
en su granero; -otras veces la compara a un fuego, que elimina el orín del
hierro con la viveza de sus llamas (1Pe 1,7): en efecto, nuestro Dios es un
fuego devorador (Heb 12,29), que por la cruz permanece en el alma para
purificarla, sin consumirla, como aquella antigua zarza ardiente (Ex 3,2-3);
-y otras veces, en fin, la compara al crisol de una fragua, donde el oro bueno
se refina (Prov 17,3; Sir 2,5), y donde el falso se disipa en humo: el bueno,
sufre con paciencia la prueba del fuego, mientras que el malo se eleva hecho
humo contra sus llamas. Es en el crisol de la tribulación y de la tentación
donde los veraderos amigos de la Cruz se purifican por su paciencia, mientras
que los que son sus enemigos se desvanecen en humo (+Sal 36,20; 67,3) por su
impaciencia y sus protestas.
[Hay que sufrir como los santos...]
Mirad, Amigos de la Cruz, mirad delante de
vosotros una inmensa nube de testigos (Heb 12,1), que demuestran sin palabras
lo que os estoy diciendo. Ved al paso un Abel justo, asesinado por su hermano
(Gén 4,4.8); un Abraham justo, extranjero sobre la tierra (12,1-9); un Lot
justo, expulsado de su país (19,1.17); un Jacob justo, perseguido por su
hermano (25,27; 27,41); un Tobías justo, afligido por la ceguera (Tob 2,9-11);
un Job justo, arruinado, humillado y hecho una llaga de los pies a la cabeza
(Job 1,1 ss ).
Mirad a tantos apóstoles y mártires teñidos con
su propia sangre; a tantas vírgenes y confesores empobrecidos, humillados,
expulsados, despreciados, clamando a una con San Pablo: mirad a nuestro buen
«Jesús, el autor y consumador de la fe» (Heb 12,2), que en él y en su cruz
profesamos. Tuvo que padecer para entrar por su cruz en la gloria (Lc 24,26).
Mirad, junto a Jesús, una espada afilada que
penetra hasta el fonde del corazón tierno e inocente de María (+Lc 2,35), que
nunca tuvo pecado alguno, ni original ni actual. ¡Lástima que no pueda
extenderme aquí sobre la Pasión de uno y de otra, para hacer ver que lo que
nosotros sufrimos no es nada en comparación de lo que ellos sufrieron!
Después de todo esto ¿quién de nosotros podrá
eximirse de llevar su cruz? ¿Quién de nosotros no volará apresurado hacia los
sitios donde sabe que la cruz le espera? ¿Quién no exclamará con San Ignacio
mártir: «¡que el fuego, la horca, las bestias y los tormentos todos del
demonio vengan sobre mí para que yo goce de Jesucristo!» [ Romanos 5]?
[... y no como los reprobados]
Pero, en fin, si no queréis sufrir con paciencia
y llevar vuestra cruz con resignación, como los predestinados, tendréis que
llevarla con protesta e impaciencia, como los reprobados. Así os pareceréis a
aquellos dos animales que arrastraban el Arca de la Alianza mugiendo (1Re
6,12). Os asemejaréis a Simón de Cirene, quien echó mano a la Cruz misma de
Jesucristo, a pesar suyo (Mt 27,32), y que no dejaba de protestar mientras la
llevaba. Vendrá a sucederos, en fin, lo que al mal ladrón, que de lo alto de
la cruz se precipitó al fondo de los abismos (+27,38).
No, no, esta tierra maldecida en que habitamos
no cría hombres felices. No se ve claro en este país de tinieblas. No es en
absoluto perfecta la tranquilidad en este mar tormentoso. Nunca faltan los
combates en este lugar de tentación, que es un campo de batalla. Nadie se
libra de pinchazos en esta tierra llena de espinas (Gén 3,18). Es preciso que
los predestinados y los reprobados lleven su cruz, de grado o por fuerza.
Tened presentes estos cuatro versos:
Elígete una cruz de las tres del Calvario;
elige con cuidado, ya que es necesario
padecer como santo y como penitente
o como réprobo que sufre eternamente.
Eso significa que si no queréis sufrir con
alegría, como Jesucristo; o con paciencia, como el buen ladrón, tendréis que
sufrir a pesar vuestro como el mal ladrón; habréis de apurar entonces hasta
las heces el cáliz más amargo (Is 51,17), sin consolación alguna de la gracia,
y llevando todo el peso de la cruz sin la poderosa ayuda de Jesucristo. Más
aún, tendréis que llevar el peso fatal que añadirá el demonio a vuestra cruz,
por la impaciencia a la que os arrastrará; y así, tras haber sido unos
desgraciados sobre la tierra, como el mal ladrón, iréis a reuniros con él en
las llamas.
(San Luis María Grignion de Montfort, “Carta a
los Amigos de la Cruz”, Ed. Gratis Date, Pamplona)
DR. ISIDRO GOMÁ Y TOMÁ
ULTIMOS DIAS: EL SINEDRIO
DECRETA LA MUERTE DE JESUS TRAICION DE JUDAS
Todos los episodios anteriores, desde la
maldición de la higuera, ocurrieron el martes de la gran semana de la pasión y
muerte del Señor, día tercero de la semana judía, que empezaba en nuestro
domingo. San Lucas nos ha dejado en un trazo sintético la manera de vivir de
Jesús estos cuatro últimos días de su vida. Helo aquí.
LOS ULTIMOS DÍAS - Aprovechando Jesús la gran
concurrencia de judíos en Jerusalén con motivo de la Pascua, ejercía con
diligencia su magisterio, que pronto iba a terminar, en el Templo, lugar
ordinario de las enseñanzas de los maestros de Israel: Y estaba enseñando de
día en el Templo . Por las noches dejaba la ciudad y se dirigía al Monte de
los Olivos; ya sea para esperar el día siguiente en Betania, situada detrás de
este monte, en compañía de la familia de Lázaro, como lo indican los otros
Evangelistas a lo menos para el primer día (MT. 21, 17.18; Mc. 11, 11); ya
para pasarlo en oración en la soledad, como lo hizo el jueves en Getsemaní; Y
de noche salía, y la pasaba en el monte llamado de los Olivos .
El pueblo, que por la proximidad de la Pascua
llenaba ya la gran ciudad, no obstante el odio de los sinedritas que habían ya
decretado la muerte de Jesús (Ioh. 11, 47-53), correspondía a las enseñanzas
de Cristo, madrugando mucho y asistiendo asiduamente a sus lecciones en el
Templo: Y todo el pueblo madrugaba por venir a oírle en el Templo .
JESÚS PREDICE SU MUERTE. EL SINEDRIO LA DECRETA
POR SEGUNDA VEZ (Mt. 26, 1-5). Ha terminado Jesús su magisterio público dos
días antes de la celebración de la gran fiesta nacional: Y dos días después
era la fiesta de los Acimos , que se llama la Pascua. Descansará probablemente
el miércoles, en que concierta el mal discípulo con sus enemigos para
entregárselo, y entrará el jueves en el mar amargo de su pasión. Cerrado el
ciclo de sus enseñanzas con las interesantísimas de aquellos dos días, va a
darles a sus discípulos una doble prueba de su divinidad: Y aconteció que
cuando Jesús hubo acabado todos estos discursos, dijo a sus discípulos ...
anuncia ante todo proféticamente su muerte: Sabéis que de aquí dos días será
la Pascua, y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado . Como se
verá (v. 5), sus enemigos no querían muriese Jesús el día de la gran fiesta; a
pesar de ello, el Cordero inmaculado ha elegido la Pascua para su inmolación:
El, como Dios que es, prevé los hechos y los dispone como quiere. Demuestra,
además, su libertad absoluta en el morir. Sus discípulos no podrán llamarse a
engaño.
Y en verdad que sus enemigos maquinaban su
muerte. Ya la habían decretado por boca de Caifás con ocasión de la
resurrección de Lázaro. Pero estos últimos días se ha exacerbado el odio de
los poderosos de Israel contra Jesús: su entrada triunfal del domingo; la
vergonzosa derrota que a todos ellos ha infligido en el terreno doctrinal; el
entusiasmo de las multitudes por el Maestro de Galilea, les hace presentir su
definitivo descrédito. Es en este momento cuando se congrega el Sinedrio, no
en el lugar ordinario de las sesiones, sino en una aula del palacio de Caifás,
presidente de los magistrados de Israel: Entonces se juntaron los príncipes de
los sacerdotes, y los escribas, y los magistrados del pueblo en el atrio del
príncipe de los sacerdotes, que se llamaba Caifás, nombrado Sumo Sacerdote por
el Procurador romano Valerio Grato, predecesor de Pilato. Caifás, hombre cruel
y ambicioso, era el que había dado el consejo que convenía muriera un solo
hombre, y no que pereciera la nación entera (Ioh. 11, 50). Ostentó durante
diecisiete años la dignidad de Sumo Sacerdote. Acérrimo enemigo de Jesús, lo
fue también de sus discípulos (Act. 4, 3-7; 5, 17-40).
Dos resoluciones tomaron los sinedritas en esta
sesión: la de prender a Jesús furtivamente y con engaño y matarle: Y tuvieron
consejo para prender a Jesús con engaño, y hacerlo morir : ya habían intentado
varias veces hallar un motivo legal para prenderle y matarle, mas Jesús les
había burlado; ahora se valdrán de la insidia. La otra resolución es la de
matarle pasados aquellos días de fiesta: Mas decían: No en el día de la fiesta
, que duraba toda la semana. La razón de ello es el miedo que tenían al
pueblo; había en la ciudad aquellos días muchos galileos, y otros muchos que,
sin serlo, se habían demostrado partidarios de Jesús aquellos días,
especialmente el domingo: No sea caso que ocurriese alboroto en el pueblo .
Pero la traición de Judas, que demostró que contaba con enemigos hasta entre
sus íntimos, les hizo más audaces, haciéndoles cambiar de resolución y
prendiendo a Jesús dentro de las fiestas pascuales.
TRAICIÓN DE JUDAS (Lc. 3-6). - Buscaban los
príncipes de los sacerdotes y los escribas el modo de matar a Jesús, cuando se
les brinda la ocasión por donde menos pensaban. Satanás, el gran enemigo de
Dios, es el gran enemigo de Cristo, a quien ve íntimamente unido a Dios; para
dejarle, o matarle si puede, entra en Judas, a quien utilizará como
instrumento: Y Satanás entró en Judas : entra en aquel hombre infeliz, no
personalmente, haciendo de Judas un energúmeno, sino por sugestión; un año
hacía que Jesús había ya llamado diablo a Judas (Ioh. 6, 71). El Evangelista
especifica el apodo de Judas, que tenía por sobrenombre Iscariote, «el hombre
de Keriot», para no confundirle con el otro discípulo Judas, y le llama uno de
los doce, para indicar su dignidad e ingratitud.
La sugestión diabólica tiene en Judas espantosa
eficacia: deja la compañía del Maestro y demás apóstoles: Y fue ; y trata
personalmente con los enemigos encarnizados de su Señor, los príncipes de los
sacerdotes y magistrados que presidían las funciones del Templo, la manera de
entregarles a Jesús: Y trató con los príncipes de los sacerdotes, y con los
magistrados, de cómo se lo entregaría . El trato es infame: Judas pacta la
venta del Maestro, y, colmo de la villanía, deja a la estimación de sus
enemigos el precio de venta del Señor: Y les dijo: ¿Qué queréis darme, y yo os
lo entregaré? La propuesta de Judas es del agrado de los sinedritas: Y al
oírlo se holgaron . Han conocido la avaricia del discípulo, y quieren
satisfacerla prometiéndole dinero: Y concertaron de darle dinero. ¿Cuánto?
Treinta siclos, unas cien pesetas: Y le señalaron treinta monedas de plata ,
convinieron, se las prometieron para cuando cumpliese por su parte. La
avaricia y la venganza habían coincidido: Y quedó con ellos de acuerdo . El
mercader infame, acuciado por la futura ganancia, púsose en acecho buscando la
oportunidad de entregarle con dolo a sus enemigos: Y desde este momento
buscaba sazón para entregarlo sin concurso de gentes .
CONDENACIÓN DE JESÚS: TRAICIÓN DE JUDAS
Lecciones morales. - A) (Mt. v. 2). El Hijo del
hombre será entregado para ser crucificado . - De muchas maneras es entregado
Jesús, dice Orígenes; por ello dice en impersonal «será entregado». Porque
Dios le entregó por su misericordia para con el género humano; Judas, por su
avaricia; los sacerdotes, por la envidia; el diablo, por el temor de que se le
escapara de las manos el género humano por la predicación de Jesús, no
advirtiendo que más debía serle arrebatado por su muerte que por su
predicación y milagros.
B) v. 4. - Tuvieron consejo para prender a Jesús
con engaño, y hacerlo morir . - Los que no pudieron hallar motivo legal para
prender a Jesús, acuden a la astucia y engaño. Es ello argumento terrible de
la obcecación y malicia de aquellos hombres soberbios. La rectitud de
procedimientos quizá les hubiese llevado a la verdad; prefieren, llevados de
sus prejuicios, adoptar procedimientos desleales, aunque ello haya de
llevarles a la reprobación. La historia del cristianismo está llena de
procedimientos análogos a los de los sinedritas. Ningún enemigo de Cristo, se
entiende de los directores de la opinión en el orden doctrinal o de los
hechos, ha procedido con lealtad contra el Señor. Se ha falsificado su
doctrina, se han tergiversado los hechos, se han buscado inconfesables
alianzas con el poder, con el dinero, con las pasiones de los grandes y del
pueblo para combatir la persona y la obra de Jesús. La mentira triunfa un
momento; pero la victoria definitiva es siempre de Jesús: porque tal es la
providencia de Dios en el régimen del mundo y de la Iglesia, que las mentiras
sucumben una tras otra, y la verdad hace impávida su camino.
c) Lc. v. 3 - Y Satanás entró en Judas... -
Entró en él, dice un comentarista, no empujando la puerta, sino pasando
fácilmente por la que halló abierta, que era la avaricia. Por aquí suele
Satanás entrar en las almas: por el boquete de la pasión dominante, por el
punto débil de nuestras inclinaciones perversas. “Cada uno de nosotros es
tentado según su concupiscencia” (Iac. 1, 14). ¡Ay del vencido una, dos, tres,
cien veces, por el mismo enemigo, en el mismo punto de pecado! Satanás entrará
en él sin esfuerzo, como en casa propia. Señor despótico como es, sojuzgará
toda la vida del vencido y la mantendrá en ominosa servidumbre. ¿Qué es ser
esclavo de Satanás, sino ser esclavo de la pasión, cualquiera que ella sea?
d) v. 5 - Y concertaron de darle dinero... - El
dinero es el gran factor en la vida moral de los hombres, así para el bien
como para el mal. Judas vende por dinero al que era la misma inocencia y
santidad esencial. Dentro de dos días los guardias del sepulcro de Jesús
venderán por dinero la verdad histórica. Por dinero vendió Renán la ciencia y
la verdad a los judíos enemigos de Cristo, escribiendo su «Vida de Jesús». Por
dinero se violan los pactos, se vende la honra, se quiebra la vara de la
justicia, se traiciona la patria. Pero el mismo dinero es el gran aliado de la
causa del bien: él cubre la miseria de los prójimos, dilata los dominios de la
verdad con la buena prensa y el buen libro, embellece la casa le Dios y su
culto, sostiene las grandes instituciones cristianas. Pactemos dar o recibir
dinero para el bien, y no vendamos jamás, ni por montañas de oro, un ápice de
la verdad o de la justicia.
e) v. 6. - Y quedó con ellos de acuerdo... - se
ponen de acuerdo los malos cuando persiguen un fin común. En esto tal vez nos
aventajan a los que militamos en las filas de los buenos. Ya lo había dicho
Jesús (Lc. 16, 8). Es que hay mayor facilidad para hacer el mal que para el
bien; y suele haber más ímpetu y acritud en las obras malas que en las buenas.
En el caso de Judas, concurren él y los príncipes para perder a Jesús: él no
lo quiere como un fin; sólo quiere enriquecerse; los príncipes quieren el fin,
y nada les importará la avaricia de Judas; la resultancia de las dos pasiones,
la avaricia de uno y la sed de venganza de los otros, es espantosa: la muerte
del Justo. Para que aprendamos a no andar en consejos de impíos ni por caminos
de malvados (Ps. 1, 1).
PREPARATIVOS DE LA ÚLTIMA CENA
Jesús, a tenor de su predicción, iba a ser
inmolado en uno de los días de la gran Pascua judía. Celebrábase la Pascua en
memoria de la liberación del pueblo de Dios de la servidumbre de Egipto; Jesús
debía libertar a todo el género humano de la servidumbre más ominosa del
pecado. La sangre del cordero pascual libró del ángel exterminador al pueblo
de Israel; la de Jesús debía ser la señal de la salvación de los verdaderos
hijos de Dios. El cordero pascual es el tipo del Cordero inmaculado que borra
los pecados del mundo (vide I, 218). Por todo ello era conveniente que Jesús,
Cordero de Dios, fuese inmolado el mismo día de la inmolación legal del
cordero de Pascua. Va, pues, a realizarse el sacrificio del verdadero Cordero;
pero antes quiere el mismo Cordero Jesús, comer el cordero de la cena legal.
Así, en el hecho histórico de la última cena de Jesús se juntarán el símbolo y
la realidad, el tipo y el antitipo; quedará abolido el primero para que quede
definitivamente, hasta la consumación de los siglos, el sacrificio de la
verdadera Pascua, que es Cristo Jesús, «nuestra Pascua», como le llama la
Iglesia.
EL DÍA DE LA ÚLTIMA CENA (v. 12).- Y el primer
día de los Ácimos, cuando sacrificaban la Pascua, cuando era necesario
sacrificar el Cordero pascual... En este día tuvo lugar la última cena: era el
día en que empezaba la solemnidad pascual, con el uso del pan sin levadura o
ácimo, que debía durar siete días, y en que se inmolaba el cordero. Pero ¿en
qué día de la semana y del mes coincidió la última cena? Los cuatro
Evangelistas están conformes en fijar la cena de Jesús el jueves por la noche
(Mt. 26, 20; Mc. 14, 17; Lc. 22, 14; Ioh. 13, 1); la muerte el viernes (Mt.
27, 62; Mc. 15, 42; Lc. 23, 54; Ioh. 19, 42), y la resurrección el día
siguiente al sábado (Mt. 28, 1; Mc. 16, 2; Lc. 24, 1; Ioh. 20, 1). La
dificultad está en fijar el día del mes. Los tres sinópticos sitúan la última
cena el 14 de Nisán y la muerte el 15, día solemne de la Pascua; pero San Juan
parece suponer que la cena se celebró el 13 de Nisán, y la muerte el 14, ya
que los judíos no quieren entrar en el Pretorio de Pilato, habiendo todavía de
comer la Pascua (Ioh. 18, 28). He aquí las opiniones de los diversos
intérpretes para conciliar las diversas narraciones evangélicas, sin duda
objetiva mente acordes, no sólo por la inspiración divina bajo la que fueron
redactados los Evangelios, sino porque no es creíble que testigos
contemporáneos y fidedignos discreparan en un asunto tan capital.
PRIMERA OPINIÓN: Los cuatro Evangelistas
coinciden en señalar el mismo día de la semana y del mes, la noche del jueves
14 de Nisán, sólo que los sinópticos cuentan al estilo hebreo, anticipan do
los días, como sucede en el cómputo litúrgico, y Juan contaba al estilo de
griegos y romanos, por días astronómicos. El hecho de que no quisieran los
judíos entrar en el Pretorio para poder comer los ácimos, debe entenderse no
del cordero pascual, sino de los sacrificios de todos aquellos días pascuales.
SEGUNDA: Coloca la última cena la noche del 13
al 14 de Nisán. En esta hipótesis, Jesús hubiese anticipado la cena legal
veinticuatro horas en relación con la de los demás judíos; podía hacerlo,
porque todo el 14 era considerado como primer día de los Ácimos, y por lo
mismo el 13 por la noche. En este caso, Jesús, aunque cumplió todas las
ceremonias de la cena legal, no hubiese comido el cordero, en vez del cual dio
su Cuerpo a comer a sus discípulos, instituyendo así la verdadera Pascua
cristiana. Su muerte hubiese coincidido con el sacrificio de los corderos el
día siguiente.
TERCERA: La cena pudo celebrarse el 13 o el 14
de Nisán. No siendo materialmente posible que se inmolaran en tres horas
doscientos cincuenta mil corderos, se facultaría a Los forasteros para
anticipar un día la inmolación. Así Jesús hubiese comido la Pascua el 13 y los
demás judíos el 14 de Nisán. No parece pueda esta opinión concordarse con la
frase de Marcos: «El primer día de los ácimos.»
CUARTA: La cena pascual podía celebrarse
indistintamente el 14 o el 15 de Nisán. Una de las ceremonias que debía
celebrarse el día de la Pascua al atardecer, y por lo mismo el 15 de Nisán,
era salir al campo a recoger algunas espigas para ofrecerlas al Señor como
primicias de la cosecha futura. Si el 15 de Nisán caía en viernes, como
ocurrió el año de la muerte del Señor, esta ceremonia hubiese tenido que
celebrarse la tarde del viernes, en que se observaba ya el reposo sabático,
que prohibía toda suerte de trabajo. En este caso, y así prevaleció la
costumbre, debía trasladarse la Pascua del 15 al 16 de Nisán. Jesús hubiese
celebrado la cena del día legal, 14 de Nisán, y a esta fecha se refieren los
sinópticos. Los demás judíos la celebrarían el día siguiente, siguiendo a los
fariseos, y a ellos se referiría San Juan.
Análoga a esta solución es la que propone
Knabenbauer, según el cual, el cordero pascual debía ser sacrificado,
ofrecido, asado y comido entre la noche que terminaba el 14 y la que empezaba
el 15 de Nisán. Si el 14 de Nisán caía en viernes, era imposible a lo menos
asar el cordero sin entrar en la hora del reposo sabático. En este caso
solíase trasladar la inmolación del cordero al jueves precedente, originándose
de aquí una doble costumbre: pues mientras unos comían el cordero el mismo día
de su inmolación, otros esperaban la noche del viernes. Jesús fue de los
primeros. Estas dos últimas opiniones parecen las más probables y
satisfactorias.
PREPARACIÓN DE LA CENA (13-16). - Hallábase
probablemente Jesús en Betania el día primero de los Ácimos, 14 de Nisán,
cuando le dicen sus discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a disponerte, para
que comas la Pascua? Solían los habitantes de Jerusalén alquilar habitaciones
o dependencias de sus casas a los forasteros, en las que celebraban éstos la
Pascua, y que se preparaban debidamente con antelación a la ceremonia. Y envía
dos de sus discípulos, a Pedro y a Juan, y les dice: Id a la ciudad, y he aquí
que así que entréis en ella, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de
agua, seguidle hasta la casa en que entre . Con ello de muestra Jesús ser
conocedor de los hechos futuros y lejanos. Y en dondequiera que entrare, decid
al padre de familias, dueño de la casa: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca.
¿Dónde está mi aposento, cenáculo o refectorio, en donde he de comer la Pascua
con mis discípulos?
Creen algunos que Jesús dio en esta forma las
señas del lugar donde pensaba comer la Pascua para evitar que lo conociese
Judas a tiempo e interrumpiese con los satélites de los sinedritas la mística
ceremonia. Ni faltan racionalistas que quieran haberse ya entendido
previamente Jesús con el dueño de la casa donde debía celebrarse la cena. Aun
así, cosa que no se deduce del texto, la predicción del Señor es absolutamente
profética, porque debió saber el tiempo preciso de la entrada de los
discípulos en la ciudad y de que les saldría al encuentro un hombre con un
cántaro de agua, cuando tantos podían circular por las calles de la gran
ciudad en la misma forma.
Y él os mostrará un cenáculo grande, aderezado ,
una habitación de respeto, en la parte superior de la casa, adornada y
dispuesta ya con los divanos o triclinios en que acostumbraban re costarse
para comer: disponed allí para nosotros lo necesario para la cena, el cordero
ya aderezado, los panes ácimos, las lechugas amargas, los cálices con vino,
etc.
Aconteció como Jesús predijo: Y partieron los
discípulos, y fue ron a la ciudad: y lo hallaron, como les había dicho,
hicieron lo que les mandó, y prepararon la Pascua . Bien pudo San Pedro, uno
de los enviados, contárselo detalladamente a su discípulo San Marcos, autor de
esta narración.
Lecciones morales. - A) v. 12. - ¿Dónde quieres
que vayamos a disponerte...? - Nos enseñan estos discípulos a entregarnos en
manos de Dios para que nos enseñe los caminos que debemos seguir; es lo que le
pedía el profeta: «Muéstrame tu camino, y enséñame tus senderos» (Ps 24, 4).
Cristo es nuestra Pascua: con El hemos de convivir y ser comensales en el
convite de la gracia en esta vida y sobre -todo en el banquete de la eterna
Pascua de la bienaventuranza. No podremos lograrlo, sino siguiendo los caminos
del Señor. Toda la filosofía de la vida cristiana está en acoplar nuestra
voluntad a la de Dios, no presumiendo traer la voluntad de Dios a la nuestra,
sino dejando absorber la nuestra por la suya. Entonces es cuando Dios se
comunica con nosotros. «Enséñame, Señor, a hacer tu voluntad, porque tú eres
mi Dios», le decía el Salmista (Ps. 142, 10).
B) v. 14. - ¿. . .En dónde he de comer la Pascua
con mis discípulos? - Comió Jesús la Pascua, no la nuestra, sino la de los
judíos, dice el Crisóstomo; aunque después de comer la suya no sólo instituyó
la nuestra, sino que él se hizo personalmente nuestra Pascua. Entonces, ¿por
qué comió aquélla? Porque quiso sujetarse a la ley, a fin de redimir a los que
estaban bajo la ley (Gal. 4, 5), y para dar fin definitivamente a la ley. Y
para que nadie dijera que por hallar la ley pesada no pudo cumplirla, quiso
sujetarse primero a sus preceptos, para