Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia HOMILIAS DE JUAN PABLO II VIGILIA PASCUAL

VIGILIA PASCUAL

HOMILÍAS DE JUAN PABLO II

Sábado, 19 de abril de 2003

   

1. "No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado" (Mc 16,6).

Al alba del primer día después del sábado, como narra el Evangelio, algunas mujeres van al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús que, crucificado el viernes, rápidamente había sido envuelto en una sábana y depositado en el sepulcro. Lo buscan, pero no lo encuentran: ya no está donde había sido sepultado. De Él sólo quedan las señales de la sepultura: la tumba vacía, las vendas, la sábana. Las mujeres, sin embargo, quedan turbadas a la vista de un "joven vestido con una túnica blanca", que les anuncia: "No está aquí. Ha resucitado".

Esta desconcertante noticia, destinada a cambiar el rumbo de la historia, desde entonces sigue resonando de generación en generación: anuncio antiguo y siempre nuevo. Ha resonado una vez más en esta Vigilia pascual, madre de todas las vigilias, y se está difundiendo en estas horas por toda la tierra. 

2. ¡Oh sublime misterio de esta Noche Santa! Noche en la cual revivimos ¡el extraordinario acontecimiento de la Resurrección! Si Cristo hubiera quedado prisionero del sepulcro, la humanidad y toda la creación, en cierto modo, habrían perdido su sentido. Pero Tú, Cristo, ¡has resucitado verdaderamente!

Entonces se cumplen las Escrituras que hace poco hemos escuchado de nuevo en la liturgia de la Palabra, recorriendo las etapas de todo el designio salvífico. Al comienzo de la creación "Vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno" (Gn 1,31). A Abrahán había prometido: "Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia" (Gn 22,18). Se ha repetido uno de los cantos más antiguos de la tradición hebrea, que expresa el significado del antiguo éxodo, cuando "el Señor salvó a Israel de las manos de Egipto" (Ex 14,30). Siguen cumpliéndose en nuestros días las promesas de los Profetas: "Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis..." (Ez 36,27). 

3. En esta noche de Resurrección todo vuelve a empezar desde el "principio"; la creación recupera su auténtico significado en el plan de la salvación. Es como un nuevo comienzo de la historia y del cosmos, porque "Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto" (1 Co 15,20). Él, "el último Adán", se ha convertido en "un espíritu que da vida" (1 Co 15,45).

El mismo pecado de nuestros primeros padres es cantado en el Pregón pascual como "felix culpa", "¡feliz culpa que mereció tal Redentor!". Donde abundó el pecado, ahora sobreabundó la Gracia y "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (Salmo resp.) de un edificio espiritual indestructible.

En esta Noche Santa ha nacido el nuevo pueblo con el cual Dios ha sellado una alianza eterna con la sangre del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. 

4. Se entra a formar parte del pueblo de los redimidos mediante el Bautismo. "Por el bautismo -nos ha recordado el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos- fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva" (Rm 6,4).

Esta exhortación va dirigida especialmente a vosotros, queridos catecúmenos, a quienes dentro de poco la Madre Iglesia comunicará el gran don de la vida divina. De diversas Naciones la divina Providencia os ha traído aquí, junto a la tumba de San Pedro, para recibir los Sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Entráis así en la Casa del Señor, sois consagrados con el óleo de la alegría y podéis alimentaros con el Pan del cielo.

Sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo, perseverad en vuestra fidelidad a Cristo y proclamad con valentía su Evangelio. 

5. Queridos hermanos y hermanas aquí presentes. También nosotros, dentro de unos instantes, nos uniremos a los catecúmenos para renovar las promesas de nuestro Bautismo. Volveremos a renunciar a Satanás y a todas sus obras para seguir firmemente a Dios y sus planes de salvación. Expresaremos así un compromiso más fuerte de vida evangélica.

Que María, testigo gozosa del acontecimiento de la Resurrección, ayude a todos a caminar "en una vida nueva"; que haga a cada uno consciente de que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres nuevos, personas que "viven para Dios, en Jesucristo" (cf. Rm 6, 4.11).

Amén. ¡Aleluya!

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VIGILIA PASCUAL

HOMILÍA DE JUAN PABLO II

Sábado, 10 de abril de 2004

  

1. "Esta misma noche será una noche de guardia en honor del Señor... por todas las generaciones" (Ex 12,42).

En esta noche santa celebramos la vigilia Pascual, la primera, más aún, la "madre" de todas la vigilias del año litúrgico. En ella, como canta varias veces el Pregón, se recorre el camino de la humanidad, desde la creación hasta el acontecimiento culminante de la salvación, que es la muerte y resurrección de Cristo.

La luz de Aquél que "resucitó de entre los muertos: el primero de todos " (1 Co 15,20) vuelve "clara como el día" (cf. Sal 138,12) esta noche memorable, considerada justamente el "corazón" del año litúrgico. En esta noche la Iglesia entera vela y medita las etapas importantes del la intervención salvífica de Dios en el universo.

2. "Una noche de guardia en honor del Señor". Doble es el significado de la solemne Vigilia Pascual, tan rica de símbolos acompañados de una extraordinaria abundancia de textos bíblicos. Por un lado, es memoria orante de las mirabilia Dei, recordando la páginas principales de la Sagrada Escritura: la creación, el sacrificio de Isaac, el paso del Mar Rojo y la promesa de la nueva Alianza.

Por otra parte, esta vigilia sugestiva es espera confiada del pleno cumplimiento de las antiguas promesas. La memoria de la acción de Dios culmina en la resurrección de Cristo y se proyecta hacia el acontecimiento escatológico de la parusía. Vislumbramos así, en esta noche pascual, el alba del día que no se acaba, el día de Cristo resucitado, que inaugura la vida nueva, "un cielo nuevo y una tierra nueva" (2 P 3,13; cf. Is 65,17; 66,22; Ap 21,1).

3. Desde el principio, la comunidad cristiana puso la celebración del Bautismo en el contexto de la Vigilia de Pascua. Aquí también, esta noche, algunos catecúmenos, sumergidos con Jesús en su muerte, resucitarán con Él a la vida inmortal. Se renueva así el prodigio del misterioso renacimiento espiritual, operado por el Espíritu Santo, que incorpora los neófitos al pueblo de la nueva y definitiva Alianza ratificada por la muerte y resurrección de Cristo.

Saludo con particular afecto a cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, que os preparáis para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana. Vosotros venís de Italia, de Togo y del Japón: vuestro origen pone de manifiesto la universalidad de la llamada a la salvación y la gratuidad del don de la fe. Junto con vosotros, saludo a vuestras familias, amigos y a cuantos han colaborado en vuestra preparación.

Gracias al Bautismo entraréis a formar parte de la Iglesia, que es un gran pueblo en camino, sin fronteras de raza, lengua y cultura; un pueblo llamado a la fe a partir de Abraham y destinado a ser bendición entre todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12,1-3). Permaneced fieles a Aquél que os ha elegido y entregad a Él con generosa disponibilidad toda vuestra existencia.

4. Junto con aquéllos que dentro de poco serán bautizados, la liturgia invita a todos nosotros aquí presentes a renovar las promesas de nuestro Bautismo. El Señor nos pide que le renovemos la expresión de nuestra plena docilidad y de la total entrega al servicio del Evangelio.

¡Queridos hermanos y hermanas! Si esta misión a veces os puede parecer difícil, recordad las palabras del Resucitado: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Convencidos de su presencia, no temeréis entonces ninguna dificultad ni obstáculo alguno. Su Palabra os iluminará; su Cuerpo y su Sangre serán vuestro alimento y apoyo en el camino cotidiano hacia la eternidad.

Junto a cada uno de vosotros estará siempre María, como estuvo presente entre los Apóstoles, temerosos y desorientados en el momento de la prueba. Teniendo su misma fe Ella os mostrará, más allá de la noche del mundo, la aurora gloriosa de la resurrección. Amén.

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VIGILIA PASCUAL

HOMILÍA DE JUAN PABLO II

Sábado, 30 de marzo de 2002

 

1. “Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió” (Gn 1, 3). Una explosión de luz, que la palabra de Dios sacó de la nada, rompió la primera noche, la noche de la creación.

Como dice el apóstol Juan: “Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1, 5). Dios no ha creado la oscuridad, sino la luz. Y el libro de la Sabiduría, revelando claramente que la obra de Dios tiene siempre una finalidad positiva, se expresa de la siguiente manera: “Él todo lo creó para que subsistiera, las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del Hades sobre la tierra” (Sab 1, 14).

En aquella primera noche de la creación hunde sus raíces el misterio pascual que, tras el drama del pecado, representa la restauración y la culminación de aquel comienzo primero. La Palabra divina ha llamado a la existencia a todas las cosas y, en Jesús, se ha hecho carne para salvarnos. Y, si el destino del primer Adán fue volver a la tierra de la que había sido hecho (cf. Gn 3, 19), el último Adán ha bajado del cielo para volver a él victorioso, primicia de la nueva humanidad (cf. Jn 3, 13; 1 Co 15, 47). 

2. Hay otra noche como acontecimiento fundamental de la historia de Israel: la salida prodigiosa de Egipto, cuyo relato se lee cada año en la solemne Vigilia pascual.

“El Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este que secó el mar y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras que las aguas formaban muralla a derecha e izquierda”(Ex 14, 21-22). El pueblo de Dios ha nacido de este “bautismo” en el Mar Rojo, cuando experimentó la mano poderosa del Señor que lo rescataba de la esclavitud para conducirlo a la anhelada tierra de la libertad, de la justicia y de la paz.

Esta es la segunda noche, la noche del éxodo.

La profecía del libro del Éxodo se cumple hoy también en nosotros, que somos israelitas según el espíritu, descendientes de Abraham por la fe (cf. Rm 4, 16). Como el nuevo Moisés, Cristo nos ha hecho pasar en su Pascua de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. Muertos con Jesús, resucitamos con Él a un vida nueva, por la fuerza del Espíritu Santo. Su Bautismo se ha convertido en el nuestro. 

3. También recibiréis este Bautismo, que engendra el hombre a una vida nueva, vosotros, queridos Hermanos y Hermanas catecúmenos provenientes de diversos países: de Albania, China, Japón, Italia, Polonia y República Democrática del Congo. Dos de vosotros, una mamá japonesa y otra china, llevan consigo también a su hijo, de tal manera que, en la misma celebración, las madres serán bautizadas junto con sus hijos.

“En esta noche de gracia”, en la que Cristo ha resucitado de entre los muertos, se realiza en vosotros un “éxodo” espiritual: dejáis atrás la vieja existencia y entráis en la “tierra de los vivos”. Esta es la tercera noche, la noche de la resurrección. 

4. “¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos”. Así se ha cantado en el Pregón pascual, al comienzo de esta Vigilia solemne, madre de todas las Vigilias.

Después de la noche trágica del Viernes Santo, cuando el “poder de las tinieblas” (cf. Lc 22, 53) parecía prevalecer sobre Aquel que es “la luz del mundo” (Jn 8, 12), después del gran silencio del Sábado Santo, en el cual Cristo, cumplida su misión en la tierra, encontró reposo en el misterio del Padre y llevó su mensaje de vida a los abismos de la muerte, ha llegado finalmente la noche que precede el “tercer día”, en el que, según las Escrituras, el Señor habría de resucitar, como Él mismo había preanunciado varias veces a sus discípulos.

“¡Qué noche tan dichosa en que une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!” (Pregón pascual). 

5. Esta es la noche por excelencia de la fe y de la esperanza. Mientras todo está sumido en la oscuridad, Dios – la Luz – vela. Con Él velan todos los que confían y esperan en Él.

¡Oh María!, esta es por excelencia tu noche. Mientras se apagan las últimas luces del sábado y el fruto de tu vientre reposa en la tierra, tu corazón también vela. Tu fe y tu esperanza miran hacia delante. Vislumbran ya detrás de la pesada losa la tumba vacía; más allá del velo denso de las tinieblas, atisban el alba de la resurrección.

Madre, haz que también velemos en el silencio de la noche, creyendo y esperando en la palabra del Señor. Así encontraremos, en la plenitud de la luz y de la vida, a Cristo, primicia de los resucitados, que reina con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. ¡Aleluya!

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HOMILIA DEL SANTO PADRE
EN LA VIGILIA PASCUAL

Sábado Santo, 14 de abril de 2001

  

1.     "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24,5-6). 

        Estas palabras de dos hombres "con vestidos resplandecientes" refuerzan la confianza en las mujeres que acudieron al sepulcro, muy de mañana. Habían vivido los acontecimientos trágicos culminados con la crucifixión de Cristo en el Calvario; habían experimentado la tristeza y el extravío. No habían abandonado, en cambio, en la hora de la prueba, a su Señor. 

        Van a escondidas al lugar donde Jesús había sido enterrado para volverlo a ver todavía y abrazarlo por última vez. Las empuja el amor; aquel mismo amor que las llevó a seguirlo por las calles de Galilea y Judea hasta al Calvario. 

        ¡Mujeres dichosas! No sabían todavía que aquella era el alba del día más importante de la historia. No podían saber que ellas, justo ellas, habían sido los primeros testigos de la resurrección de Jesús. 

2. "Encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro". (Lc 24, 2)        

        Así lo narra el evangelista Lucas, y añade que, "entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús" (24, 3). En un instante todo cambia. Jesús "no está aquí, ha resucitado." Este anuncio que cambió la tristeza de estas piadosas mujeres en alegría, resuena con inalterada elocuencia en la Iglesia, en el curso de esta Vigilia pascual. 

        Extraordinaria Vigilia de una noche extraordinaria. Vigilia, madre de todas las Vigilias, durante la que la Iglesia entera permanece en espera junto a la tumba del Mesías, sacrificado en la Cruz. La Iglesia espera y reza, escuchando las Escrituras que recorren de nuevo toda historia de la salvación. 

        Pero en esta noche no son las tinieblas las que dominan, sino el fulgor de una luz repentina, que irrumpe con el anuncio sobrecogedor de la resurrección del Señor. La espera y la oración se convierten entonces en un canto de alegría: "Exultet iam angelica turba caelorum... Exulte el coro de los Ángeles"!. 

        Se cambia totalmente la perspectiva de la historia: la muerte da paso a la vida. Vida que no muere más. Enseguida cantaremos en el Prefacio que Cristo "muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida." He aquí la verdad que nosotros proclamamos con palabras, pero sobre todo con nuestra existencia. Aquel que las mujeres creían muerto está vivo. Su experiencia se convierte en la nuestra. 

3.     ¡Oh Vigilia penetrada de esperanza, que expresas en plenitud el sentido del misterio! ¡Oh Vigilia rica en símbolos, que manifiestas el corazón mismo de nuestra existencia cristiana! Esta noche todo se resume prodigiosamente en un nombre, el nombre de Cristo resucitado. 

        Oh Cristo, ¿cómo no darte las gracias por el don inefable que nos regalas esta noche? El misterio de tu muerte y tu resurrección se infunde en el agua bautismal que acoge al hombre antiguo y carnal y lo hace puro con la misma juventud divina. 

        En tu misterio de muerte y resurrección nos sumergiremos enseguida, renovando las promesas bautismales; en él se sumergirán especialmente los seis catecúmenos, que recibirán el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. 

4.     Queridos Hermanos y Hermanas catecúmenos, os saludo con gran cordialidad, y en nombre de la Comunidad eclesial os acojo con fraterno afecto. Vosotros provenís de diversas naciones: del Japón, de Italia, de China, de Albania, de los Estados Unidos de América y del Perú. 

        Vuestra presencia en esta Plaza de San Pedro expresa la multiplicidad de las culturas y los pueblos que han abierto su corazón al Evangelio. También para vosotros, como para cada bautizado, en esta noche la muerte cede el paso a la vida. El pecado es borrado y se inicia una existencia totalmente nueva. Perseverad hasta el final en la fidelidad y en el amor. Y no temáis ante las pruebas, porque "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene poder sobre él" (Rm 6,9). 

5.     Sí, queridos Hermanos y Hermanas, Jesús está vivo y nosotros vivimos en Él. Para siempre. He aquí el regalo de esta noche, que ha revelado definitivamente al mundo el poder de Cristo, Hijo de la Virgen María, que nos fue dada como Madre a los pies de la Cruz. 

        Esta Vigilia nos introduce en un día que no conoce el ocaso. Día de la Pascua de Cristo, que inaugura para la humanidad una renovada primavera de esperanza. 

        "Haec dies quam fecit Dominus: exsultemus et laetamur en ea - Éste es el día que ha hecho el Señor: regocijémonos y exultemos de alegría." ¡Alleluya!

 

=JUAN PABLO II

Homilía del Santo Padre 

Vigilia Pascual, 3 de abril de 1999

   

1. "La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular" (Sal 117,22).

Esta noche, la liturgia nos habla con la abundancia y la riqueza de la palabra de Dios. Esta Vigilia es no sólo el centro del año litúrgico, sino de alguna manera su matriz. En efecto, a partir de ella se desarrolla toda la vida sacramental. Podría decirse que está preparada abundantemente la mesa en torno a la cual la Iglesia reúne esta noche a sus hijos; reúne, de manera particular, a quienes han de recibir el Bautismo.

Pienso directamente en vosotros, queridos Catecúmenos, que dentro de poco renaceréis del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5). Con gran gozo os saludo y saludo, al mismo tiempo, a los Países de donde venís: Albania, Cabo Verde, China, Francia, Marruecos y Hungría.

Con el Bautismo os convertiréis en miembros del Cuerpo de Cristo, partícipes plenamente de su misterio de comunión. Que vuestra vida permanezca inmersa constantemente en este misterio pascual, de modo que seáis siempre auténticos testigos del amor de Dios.

2. No sólo vosotros, queridos catecúmenos, sino también todos los bautizados están llamados esta noche a hacer en la fe una experiencia profunda de lo que poco antes hemos escuchado en la Epístola: "Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del padre, así también nosotros andemos en una vida nueva" (Rm 6,3-4).

Ser cristianos significa participar personalmente en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación es realizada de manera sacramental por el Bautismo sobre el cual, como sólido fundamento, se edifica la existencia cristiana de cada uno de nosotros. Y es por esto que el Salmo responsorial nos ha exhortado a dar gracias: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia... La diestra del Señor... es excelsa. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor" (Sal 117,1-2.16-17). En esta noche santa la Iglesia repite estas palabras de acción de gracias mientras confesa la verdad sobre Cristo que "padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día" (cf. Credo).

3. "Noche en que veló el Señor... por todas las generaciones" (Ex 12,42).

Estas palabras del Libro del Éxodo concluyen la narración de la salida de los Israelitas de Egipto. Resuenan con una elocuencia singular durante la Vigilia pascual, en cuyo contexto cobran la plenitud de su significado. En este año dedicado a Dios Padre, ¿cómo no recordar que esta noche, la noche de Pascua, es la gran "noche de vigilia" del Padre? Las dimensiones de esta "vigilia" de Dios abarcan todo el Triduo pascual. Sin embargo, el Padre "vela" de manera particular durante el Sábado Santo, mientras el hijo yace muerto en el sepulcro. El misterio de la victoria de Cristo sobre el pecado del mundo está encerrado precisamente en el velar del Padre. Él "vela" sobre toda la misión terrena del Hijo. Su infinita compasión llega a su culmen en la hora de la pasión y de la muerte: la hora en que el Hijo es abandonado, para que los hijos sean encontrados; el Hijo muere, para que los hijos puedan volver a la vida.

La vela del Padre explica la resurrección del Hijo: incluso en la hora de la muerte, no desaparece la relación de amor en Dios, no desaparece el Espíritu Santo que, derramado por Jesús moribundo en la cruz, llena de luz las tinieblas del mal y resucita a Cristo, constituyéndolo Hijo de Dios con poder y gloria (cf. Rm 1,4).

4. "La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular" (Sal 117,22). A la luz de la Resurrección de Cristo, ¡cómo sobresale en plenitud esta verdad que canta el Salmista! Condenado a una muerte ignominiosa, el Hijo del hombre, crucificado y resucitado, se ha convertido en la piedra angular para la vida de la Iglesia y de cada cristiano.

"Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente" (Sal 117,23). Esto sucedió en esta noche santa. Lo pudieron constatar las mujeres que "el primer día de la semana... cuando aún estaba oscuro" (Jn 20,1), fueron al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor y encontraron la tumba vacía. oyeron la voz del ángel: "No temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado" (cf. Mt 28,1-5).

Así se cumplieron las palabras proféticas del Salmista: "La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular". Ésta es nuestra fe. Ésta es la fe de la Iglesia y nosotros nos gloriamos de profesarla en el umbral del tercer milenio, porque la Pascua de Cristo es la esperanza del mundo, ayer, hoy y siempre.

Amén.

  

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JUAN PABLO II

HOMILÍA DEL SANTO PADRE
VIGILIA PASCUAL

(Sábado Santo, 11 de abril de 1998)

   

1. "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gn 1,26). "Creó Dios el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó" (Gn 1,27).

En esta Vigilia Pascual la liturgia proclama el primer capítulo del Libro del Génesis, que evoca el misterio de la creación y, en particular, la creación del hombre. Una vez más nuestra atención se concentra en el misterio del hombre, que se manifiesta plenamente en Cristo y por medio de Cristo.

"Fiat lux", "faciamus hominem": estas palabras del Génesis revelan toda su verdad cuando pasan por el crisol de la Pascua del Verbo (cf. Sal 12, 7). Adquieren su pleno significado durante la quietud del Sábado Santo, a través del silencio de la Palabra: aquella "luz" es luz nueva, que no conoce ocaso; aquel "hombre" es el "Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4, 24).

La nueva creación se realiza en la Pascua. En el misterio de la muerte y resurrección de Cristo todo es redimido, y todo se hace perfectamente bueno, según el designio original de Dios.

Sobre todo el hombre, el hijo pródigo que ha malgastado el bien precioso de la libertad en el pecado, recupera su dignidad perdida. "Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram". ¡Qué profundas y verdaderas suenan estas palabras en la noche de Pascua! Y qué indecible actualidad tienen para el hombre de nuestro tiempo, tan consciente de sus posibilidades de dominio sobre el universo, pero también tan confuso muchas veces sobre el sentido auténtico de su existencia, en la cual ya no sabe reconocer las huellas del Creador.

2. A este propósito, recuerdo algunos párrafos de la Constitución pastoral Gaudium es spes, del Concilio Vaticano II, muy acordes con la admirable sinfonía de las lecturas de la Vigilia pascual. En efecto, este documento conciliar, leído con atención, manifiesta un íntimo carácter pascual, tanto en el contenido como en su inspiración originaria. Leemos en él: "Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (cf. Rm 5, 14), es decir, de Cristo, el Señor. Cristo..., ?que es imagen de Dios invisible' (Col 1,15) es el hombre perfecto, que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer pecado... Él mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre... Padeciendo por nosotros, no sólo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que también instauró el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren un sentido nuevo.

El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe 'las primicias del Espíritu' (Rm 8,23)... Por medio de este Espíritu, que 'es prenda de la herencia' (Ef 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta la 'redención del cuerpo' (Rm 8,23): 'Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros' (Rm 8,11)... [El cristiano] asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, fortalecido por la esperanza, llegará a la resurrección." (n. 22).

3. Estas palabras del último Concilio nos proponen de nuevo el misterio de la vocación de cada bautizado. Lo proponen en particular a vosotros, queridos Catecúmenos, que, siguiendo una antiquísima tradición de la Iglesia, vais a recibir el santo Bautismo durante esta Vigilia santa. Os saludamos con afecto y os agradecemos vuestro testimonio.

Vosotros venís de varias naciones del mundo: Canadá, China, Colombia, India, Italia, Polonia, Sudáfrica.

Queridos hermanos y hermanas, el Bautismo es, en un sentido muy especial, vuestra Pascua, el sacramento de vuestra redención, de vuestro renacer en Cristo por la fe y por la acción del Espíritu Santo, gracias al cual podréis llamar a Dios con el nombre de "Padre", y seréis hijos en el Hijo.

Nosotros os deseamos que la vida nueva, que recibiréis como don en esta santísima noche, crezca en vosotros hasta alcanzar su plenitud, llevando consigo frutos abundantes de amor, de gozo y de paz, frutos de vida eterna.

4. "O vere beata nox!", canta la Iglesia en el Pregón pascual, recordando las grandes obras realizadas por Dios en la Antigua Alianza, durante el éxodo de los Israelitas de Egipto. Es el anuncio profético del éxodo del género humano de la esclavitud de la muerte a la vida nueva por medio de la Pascua de Cristo.

"O vere beata nox!", repitamos con el himno pascual, contemplando el misterio universal del hombre a la luz de la resurrección de Cristo. En el principio Dios lo creó a su imagen y semejanza. Por obra de Cristo crucificado y resucitado, esta semejanza ofuscada por el pecado ha sido renovada y llevada a su culminación. Podemos repetir con un autor antiguo: ¡Hombre, mírate a ti mismo! ¡Reconoce tu dignidad y tu vocación! Cristo, venciendo la muerte en esta santa noche, abre ante ti las puertas de la vida y de la inmortalidad.

Haciendo eco al diácono, que ha proclamado con el canto el pregón pascual, repito con alegría: Annuntio vobis gaudium magnum: surrexit Dominus vere! Surrexit hodie!

¡Amén!

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VIGILIA PASCUAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado Santo, 29 de marzo de 1997

 

1. "¡Que exista la luz!" (Gn 1,3)

Durante la Vigilia pascual, la liturgia proclama estas palabras del Libro del Génesis, las cuales son un elocuente motivo central de esta admirable celebración. Al empezar se bendice el "fuego nuevo", y con él se enciende el cirio pascual, que es llevado en procesión hacia el altar. El cirio entra y avanza primero en la oscuridad, hasta el momento en que, después de cantar el tercer "Lumen Christi", se ilumina toda la Basílica.

De este modo están unidos entre sí los elementos de las tinieblas y de la luz, de la muerte y de la vida. Con este fondo resuena la narración bíblica de la creación. Dios dice: "Que exista la luz". Se trata, en cierto modo, del primer paso hacia la vida. En esta noche debe realizarse el singular paso de la muerte a la vida, y el rito de la luz, acompañado por las palabras del Génesis, ofrece el primer anuncio.

2. En el Prólogo de su Evangelio, san Juan dice que el Verbo se hizo carne: "En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1,4). Esta noche santa se convierte pues en una extraordinaria manifestación de aquella vida que es la luz de los hombres. En esta manifestación participa toda la Iglesia y, de modo especial, los catecúmenos, que durante esta Vigilia reciben el Bautismo.

La Basílica de san Pedro en esta solemne celebración os acoge a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, que dentro de poco seréis bautizados en Cristo nuestra Pascua. Dos de vosotros provienen de Albania y dos del Zaire, Países que están viviendo horas dramáticas de su historia. ¡Que el Señor se digne escuchar el grito de los pobres y guiarlos en el camino hacia la paz y la libertad! Otros proceden de Benin, Cabo Verde, China y Taiwán. Ruego por cada uno de vosotros y de vosotras que, en esta asamblea representáis las primicias de la nueva humanidad redimida por Cristo, para que seáis siempre fieles testigos de su Evangelio.

Las lecturas litúrgicas de la Vigilia pascual unen entre sí los dos elementos del fuego y del agua. El elemento fuego, que da la luz, y el elemento agua, que es la materia del sacramento del renacer, es decir, del santo Bautismo. "El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5). El paso de los Israelitas a través del Mar Rojo, es decir, la liberación de la esclavitud de Egipto, es figura y casi anticipación del Bautismo que libera de la esclavitud del pecado.

3. Los múltiples motivos que en esta liturgia de la Vigilia de Pascua encuentran su expresión en las Lecturas bíblicas, convergen y se interrelacionan así en una imagen unitaria. Del modo más completo es el apóstol Pablo quien presenta esta verdad en la Carta a los Romanos, proclamada hace poco: "Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva" (Rm 6,3-4).

Estas palabras nos llevan al centro mismo de la verdad cristiana. La muerte de Cristo, la muerte redentora, es el comienzo del paso a la vida, manifestado en la resurrección. "Si hemos muerto con Cristo —prosigue san Pablo—, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él" (Rm 6,8-9).

4. Al llevar en las manos la antorcha de la Palabra de Dios, la Iglesia que celebra la Vigilia pascual se detiene como ante un último umbral. Se detiene en gran espera, durante toda esta noche. Junto al sepulcro esperamos el acontecimiento sucedido hace dos mil años. Primeros testigos de este suceso extraordinario fueron las mujeres de Jerusalén. Ellas llegaron al lugar donde Jesús había sido depositado el Viernes Santo y encontraron la tumba vacía. Una voz les sorprendió: "¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: El va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo" (Mc 16,6-7).

Nadie vio con sus propios ojos la resurrección de Cristo. Las mujeres, llegadas a la tumba, fueron las primeras en constatar el acontecimiento ya sucedido.

La Iglesia, congregada por la Vigilia pascual, escucha nuevamente, en silenciosa espera, este testimonio y manifiesta después su gran alegría. La hemos escuchado anunciar hace poco por el diácono. "Annuntio vobis gaudium magnum...", "Os anuncio una gran alegría, ¡Aleluya!".

Acojamos con corazón abierto este anuncio y participemos juntos en la gran alegría de la Iglesia.

¡Cristo ha resucitado verdaderamente! ¡Aleluya!

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