Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia Cantar de los Cantares 2, 8-10.14.16a; 8,6-7a

Cantar de los Cantares 2, 8-10.14.16a; 8,6-7a

 

Por Miguel Ángel Jiménez Salinas,

Sacerdote en San Pedro de Ciudad Real

 

Queridos N. y N.

 

            Hoy es un día de profunda alegría para vosotros. Vais a proclamar ante Dios y ante todos nosotros que os queréis y que estáis dispuestos a seguir queriéndoos durante toda vuestra vida. Desde esa alegría os acompañan, os rodean vuestros familiares, vuestros amigos, participando con gozo de esa alegría que vosotros tenéis.

 

            Hemos escuchado esa preciosa lectura poética del Libro del Cantar de los Cantares que nos habla del amor entre un hombre y una mujer. Un amor apasionado, lleno de ternura, lleno de entrega. Es un amor que pertenece a la otra persona. “Mi amado es mío y yo soy suya”. Ese ha sido el regalo, el don más precioso que Dios nos ha concedido: podemos amar a otras personas.

 

            Para nosotros que somos cristianos el amor es más que un sentimiento. El amor que vosotros N. y N. habéis descubierto que os tenéis durante estos años, no es solo algo que ha surgido dentro de vosotros hacia la otra persona. Es, sobre todo, el “querer” amar a la otra persona, querer entregaros, querer daros. Ese es el camino que desde ahora y teniendo a Dios como vuestro fundamento y vuestra “roca” empezáis a recorrer. A partir de ahora, vuestra vida en común tiene una sola dirección hacer crecer el amor que os tenéis.

 

            Nunca pensamos que a amar también se aprende. Pensamos que para enamorarse solo hace falta dejar surgir un determinado sentimiento que llevamos dentro y ya está. A veces hasta incluso se pienso que igual que ha llegado ese sentimiento se va y nos deja sin amor. Desde que nacemos, nuestros padres, las personas que nos quieren, las personas que nos rodean se encargan de ir enseñándonos a vivir. Nosotros vamos aprendiendo. El colegio, la familia, los amigos, las situaciones que vivimos, las personas que nos rodean nos van educando. Eso, junto con lo que somos, nos va configurando como personas. Pero a amar también tenemos que aprender. El amor no es solo el sentimiento que tenemos es también, y sobre todo, la intención que tenemos de entregar nuestra vida a otra persona concreta. Aquella con la que decidimos compartir nuestra vida. Por eso, a partir de este momento en el que Dios entra en vuestra vida de pareja, lo más importante es que queráis quereros y entregaros el uno al otro.

 

            Como hemos escuchado en la lectura, tú N. tienes que dejar que N. te selle, te marque en lo más profundo de tu corazón; os tenéis que dejar para que el uno al otro os marquéis a fuego en una marca que nada pueda borrar. Realmente ese es el amor cristiano, el amor que Dios nos muestra en su Hijo Jesucristo. Un amor que no tiene límites que es capaz, incluso, de dejarse sacrificar, de dejarse clavar en una cruz. Solo el sacrificio que es por amor merece la pena. Desde ahora pasáis a ser “una sola persona”, “una sola carne”. Ya no sois dos sino una sola persona.

 

            Este día de vuestro matrimonio, este día tan especial para vosotros, significa vuestra consagración el uno para el otro. El egoísmo es todo lo contrario del amor: cuando una persona solo se fija y se preocupa de ella misma. Ahora vuestros ojos tienen que estar fijos en la otra persona y mirando su corazón, mirando sus esperanzas, sus anhelos y sus sueños y estar profundamente con ella compartiendo también aquellas cosas menos buenas de la vida. Siempre Dios está con nosotros. Siempre Dios estará con vosotros, os acompañará, os dará fuerza, os dará su amor y su luz para que os sigáis queriendo durante toda vuestra vida y más en cada día que pase.

 

            Ahora nosotros, todos nosotros, vamos a rezar un momento en silencio por vosotros N. y N.. No permitáis que la llama del amor se haga más pequeña. Al contrario. Poner todo vuestro corazón, toda vuestra vida, para que la luz del amor que ahora os vais a profesar, para que su llama se vaya acrecentando.  Vuestra felicidad, la que desde ahora deseamos os acompañe a lo largo de toda vuestra vida tiene que ir necesariamente unida al amor que estáis dispuestos a entregaros el uno al otro. Hacemos un momento de silencio y rezamos especialmente por N. y N. que en seguida van ser nuevos esposos en la presencia de Dios.