Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia LA VIRGEN MARIA UNIDA AL SACERDOCIO DE SU HIJO

 

XV

 

LA VIRGEN MARÍA

UNIDA AL

SACERDOCIO DE SU HIJO

 

 

Para respetar la tradición monástica y hablar hoy de la Santísima Virgen María, no necesitamos desviarnos del conjunto de ideas que la Epístola a los Hebreos nos ha hecho familiares . Permaneceremos fieles a la dirección de su pensamiento observando en qué amplia y activa medida la Santísima Virgen está y permanece implicada en el sacerdocio, en la mediación y pontificado de su Hijo.

Se dice del Señor en el Salmo 39 que vino a la tierra para suplir la deficiencia de los sacrificios antiguos:

«Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,

y, en cambio, me abriste el oído;

no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,

entonces yo dije: Aquí estoy,

oh Dios, para hacer tu voluntad.

Dios mío, llevo tu ley en las entrañas.»

 

¿Cómo se realizó esta intervención divina que tenía por objeto -Malaquías lo había profetizado cuatro siglos antes - sustituir los sacrificios imperfectos por una oblación santa y pura? Sería interesante subrayarlo.

 

El Hijo de Dios, como soberano de todas las cosas, hubiera podido venir a su creación mediante un acto imperioso de suprema autoridad: «Del Señor es la tierra y todo lo que ella contiene» (Sal 24,1). Hubiera podido imponerse y entrar en este mundo como en su propia casa; no necesitaba ser aceptado por aquellos a los que Él venía a traer el honor y la salvación. A primera vista, incluso, este acto imperioso y realmente soberano hubiera parecido más adecuado a su majestad infinita; hubiera afirmado ya su omnipotencia en este primer acto de incautación.

Pero el Señor parecía menos empeñado, en todo el acontecimiento de la Encarnación, en mostrar su fuerza y su soberanía. Lo que se pone de manifiesto en toda esta obra es su amor, su bondad y su condescendencia, una disposición divina a tratar con nosotros en pie de igualdad, a adquirir mediante un despliegue de gracia lo que Él hubiera podido llevarse por apropiación y autoridad. Lo que quiere el Hijo de Dios no es solamente entrar en este mundo, sino ser acogido en él. El lugar que Él ocupará aquí quiere deberlo a nuestra liberalidad, a una aceptación sin coacción alguna, a una ofrenda nuestra libre y amorosa. Por qué el Señor dispone así su venida y quiere recibir de su criatura un lugar en su creación; por qué, incluso antes mismo de haber realizado con los hombres la magna alianza de la Encarnación, los trata por adelantado como si la alianza se hubiera ya realizado: todo esto sería difícil de determinar si no es recurriendo a la explicación última de que Dios es amor: «Deus Caritas est », y ante la ley de su caridad Él sacrifica los derechos y exigencias de sus otras perfecciones: «Dios, nuestro Salvador, manifestó su bondad y su amor» (Tt 3, 4). .

 

Él quiso que se le acogiera. Mas, ¿quién estaba cualificado para acogerlo y darle un lugar en su creación? ¿Acaso era posible convocar un plebiscito para toda la familia humana con el fin de decidir si acoger o no al Hijo de Dios? ¿Cómo preguntar a los que ya no existen, cómo preguntar a los que todavía no son e invitarles a pronunciarse acerca de la acogida del Verbo de Dios? Y sin embargo, puesto que se trataba de una alianza de Dios con la naturaleza humana, ¿no era necesario, en esta alianza proyectada por Dios, tan gloriosa y necesaria para la familia humana, que hubiera consentimiento formal entre las dos partes que iban a unirse?

Una alianza no tiene lugar más que con esta condición: «Todos de común acuerdo.»

Sabemos muy bien cómo resolvió Dios el problema, y la teología más rigurosa y exacta nos enseña que, con vistas a la Encarnación, se requería y esperaba el consentimiento de la Santísima Virgen como el consentimiento de toda la familia humana: «Exspectabatur consensus Virginis loco totius humanæ naturæ .» Después de la dignidad incomparable de su Maternidad divina -aunque mejor sería decir: junto a la dignidad de su Maternidad divina, respecto a la cual este consentimiento de la Santísima Virgen no es más que una indispensable preparación-, quizás no haya nada que señale tanto el lugar y la situación de Ella en toda la economía divina como esta simple consideración: la familia humana antes incluso de estar condensada, recogida en el nuevo Adán, el Hijo de Dios, para beneficiarse de su justicia, había sido agrupada, recogida y unida en la persona de la nueva Eva. Es el desquite de Dios. Por la mujer vino la tentación, a la cual sucumbió también el hombre. Por la mujer vendrá la señal de la reparación. Por un prodigio del amor divino, todo el arte de la curación está calcado sobre el mismo proceder del mal. Hay una poderosa ironía en el comportamiento de Dios: parece que se rie de su enemigo. Al mismo tiempo, Dios se inclina hacia su criatura y supedita todo el programa de la obra de salvación a la aceptación de la Virgen. Se complace en obedecerla, consiente en deberle el lugar que ocupará y que ella le dará libremente: de esta fuente virginal, con tal de que ella acepte, Él sacará la Sangre del Calvario. Si la Virgen, en nombre de toda la raza humana, acoge a Dios, el sacrificio encuentra a su víctima; la sangre que será derramada en el Calvario, la sangre que será el rescate del Cielo, la sangre que es el precio de toda gracia, la sangre que será escanciada en todas las Misas habrá encontrado su origen bendito, puro, virginal, inmaculado.

 

¿No habrá para la que nosotros saludamos ya como la Madre de Dios, en el sacerdocio y en la mediación del Señor, otro lugar, por más que éste sea ya muy alto, que el que tiene en la preparación y constitución de la Víctima? ¿No repercutirá el «Ecce ancilla Domini» en el sacerdocio mismo, en la constitución del Pontífice, además de en el de la Víctima?

En dos ocasiones, el Apóstol nos ha enseñado que el Pontífice, para justificar su condición, debe ser todo misericordia y condescendencia. Debe preocuparse por aquellos a los que conduce a Dios, tiene que hacerse uno con los que salva, por su oficio mismo; es la cualidad indispensable que se requiere: «Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, capaz de expiar los pecados de su pueblo (Hb 2,17).- Puede sentir compasión hacia los que pecan por ignorancia y por error (Ibid 5,2).- No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Ibid 4,15).

 

A veces los Santos se han complacido en buscar las razones íntimas de este sentimiento de misericordia y de amor profundo que había en el corazón de Dios respecto a todas las miserias humanas. ¡Cuán a menudo, y con qué fuerza, se revela este sentimiento en cada página del Evangelio!: «¡Cómo siento compasión por la gente!» Mc 8,2).

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré... y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28-29).

«Permaneced en mi amor. Como el Padre me ama, así también os amo yo a vosotros» (Jn 15, 9).

 

Ellos se han preguntado de qué fuente una naturaleza tan grande y tan pura había podido sacar tanta conmiseración. Y nosotros podemos indicar aquí la respuesta, quizás extraña pero nunca ociosa, que dio María de Agreda a esta pregunta. Atribuye a la Virgen, como preparación a su Maternidad divina, no solamente la Inmaculada Concepción, sino también un amor singular por los hombres: y esto con el fin de que el Señor, en cuanto hombre, recibiera de su propia Madre, en esta unidad de vida común del hijo con la madre, como por una especie de herencia vital, un tesoro de piedad, de amor, de misericordia y de compasión. Ni siquiera necesitamos invocar aquí la autoridad de ese dicho popular que quiere que los hijos se parezcan más a la madre, como si el vigor viril, para no degenerar en dureza, necesitara templarse más en la bondad y ternura maternales. Puesto que el nacimiento del Señor es virginal, es por su madre únicamente por lo que está unido a la humanidad, y, en cuanto hombre, es solamente de ella de quien Él ha tomado ese amor humano del que fue expresión toda su vida.

Convendrá comentar el milagro de Caná bajo este enfoque, y la indicación de la Santísima Virgen a su Hijo, que se mantenía a su lado, para que se revelara al Mundo.

 

Tampoco tenemos hoy necesidad de hacer alusión al Calvario para mostrar la parte que tiene la Virgen en el sacerdocio y mediación de su Hijo,. No debemos confundir las épocas litúrgicas, pues el recurso prematuro a las circunstancias de una disminuiría quizás el carácter y las alegrías de la otra. Por tanto, evitaremos cualquier mención de esta naturaleza.

Además, nosotros hemos aprendido del Apóstol que toda la realidad del Sacrificio no se encierra en la inmolación y que la obra sacerdotal del Señor, para poder concebirse en toda su amplitud, debe abarcar, junto con el sacrificio, su eficacia, y, junto con la inmolación, su fruto. Un sacrificio que no produjera nada no sería más que una demostración platónica... «De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (Jn 1,16). Es la mediación del Señor la que nos proporciona la afirmación de las riquezas sobrenaturales. Mas aquí también volvemos a encontrar la acción maternal de la Santísima Virgen unida al sacerdocio de su Hijo y colaborando con Él.

 

Cristo vino por María:

«Encontraron al Niño con María, su Madre» (Mt 2,11).

Él sigue viniendo. Y sigue viniendo de la misma manera.

La Santísima Virgen no es ni el plan ni el medio de un momento solamente.

Es una institución divina y todas las gracias nos vienen por ella. No referiré aquí las páginas en que san Bernardo nos enseña esta doctrina, y si he hecho una alusión rápida a esto es para mostrar el lugar de la Virgen en la obra sobrenatural,

el lugar que debe ocupar en nuestra devoción y en nuestra vida.

Me equivoco al decir: devoción... encierra la idea de algo práctico y como sobreañadido.

Es el Cristianismo mismo.

El obispo de Castori nos repetirá las «Advertencias de la Santísima Virgen a sus devotos indiscretos» : no las tendremos en cuenta.

No tengamos ni una Comunión ni una Misa sin el recuerdo filial para Nuestra Señora, a quien debemos los bienes sobrenaturales, el pan substancial de cada día.

Es en la Santa Misa donde todos nuestros reconocimientos se expresan libremente.

Es bueno que le pidamos a la Virgen sus labios, sus manos, su corazón. Nos queda nuestra unción: podemos incluso prestársela. Como Isaac, Dios permite que se le decepcione: la voz es la de Jacob, «las manos son las de Esaú .»

 

«MISSUS EST» 1910.