SÍNODO DE LOS OBISPOS


XIª ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA

LA EUCARISTÍA:
FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA

INSTRUMENTUM LABORIS

Ciudad del Vaticano
2005

 

 

ÍNDICE

Prefacio

INTRODUCCIÓN

Asamblea sinodal en el Año de la Eucaristía
Instrumentum laboris y su uso

Parte I:

EUCARISTÍA Y MUNDO ACTUAL

Capítulo I: HAMBRE DEL PAN DE DIOS

Pan para el hombre en el mundo
Algunos datos estadísticos esenciales
Eucaristía en diferentes contextos de la Iglesia
Eucaristía y sentido cristiano de la vida

Capítulo II: EUCARISTÍA Y COMUNIÓN ECLESIAL

Misterio eucarístico, expresión de unidad eclesial
Relación entre Eucaristía e Iglesia, "Esposa de Cristo"
Relación entre Eucaristía y otros sacramentos
Estrecha relación entre Eucaristía y Penitencia
Relación entre Eucaristía y fieles
Sombras en la celebración de la Eucaristía

Parte II:

FE DE LA IGLESIA EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTÍA

Capítulo I: EUCARISTÍA, DON DE DIOS PARA SU PUEBLO

Eucaristía, misterio de la fe
Eucaristía, nueva y eterna alianza
Fe y celebración de la Eucaristía
Fe personal y eclesial
Percepción del misterio eucarístico entre los fieles
Sentido de lo sagrado en la Eucaristía

 

Capítulo II: MISTERIO PASCUAL Y EUCARISTÍA

 

Centralidad del misterio pascual
Nombres de la Eucaristía
Sacrificio, memorial y convivio
Consagración
Presencia real

Parte III:

LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

Capítulo I: CELEBRAR LA EUCARISTÍA DEL SEÑOR

"Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia"
Ritos de introducción
Liturgia de la Palabra
Liturgia Eucarística
Comunión
Ritos de conclusión
Ars celebrandi
Palabra y Pan de vida
Significado de las normas
Urgencias pastorales
Canto litúrgico
Decoro del lugar sagrado

Capítulo II: ADORAR EL MISTERIO DEL SEÑOR

De la celebración a la adoración
Actitudes de adoración
En la espera del Señor
Eucaristía dominical

Parte IV:

LA EUCARISTÍA EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Capítulo I: ESPIRITUALIDAD EUCARÍSTICA
 

Eucaristía, fuente de la moral cristiana
Personas y comunidades eucarísticas
María, mujer eucarística

Capítulo II: EUCARISTÍA Y MISIÓN DE EVANGELIZACIÓN

Actitud eucarística
Implicaciones sociales de la Eucaristía
Eucaristía e inculturación
Eucaristía y Paz
Eucaristía y unidad
Eucaristía y ecumenismo
Eucaristía e intercomunión
Ite missa est

CONCLUSIÓN


Prefacio

La Iglesia vive de la Eucaristía desde sus orígenes. En ella encuentra la razón de su existencia, la fuente inagotable de su santidad, la fuerza de la unidad y el vínculo de la comunión, el impulso de su vitalidad evangélica, el principio de su acción evangelizadora, el manantial de la caridad y la pujanza de la promoción humana, la anticipación de su gloria en el banquete eterno de las Bodas del Cordero (cf. Ap 19,7-9).

Entre las presencias de diverso grado del Señor resucitado en la Iglesia, un puesto absolutamente particular ocupa el sacramento de la Eucaristía, en el cual, por la gracia del Espíritu Santo y las palabras de la consagración, el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo para la gloria y la alabanza de Dios Padre. Este inestimable don y gran misterio tuvo lugar en la Última Cena y, por explícito mandato del Señor Jesús: "haced esto en recuerdo mío" (Lc 22,19), ha sido trasmitido a nosotros por medio de los apóstoles y de sus sucesores. A este respecto, san Pablo en el relato del pan y del cáliz de la nueva Alianza, escribió: "Porque yo recibí del Señor lo que os he trasmitido" (1 Co 11,23). Se trata de una sagrada Tradición fielmente transferida de generación en generación hasta nuestros días.
 

El depósito de la fe eucarística, no obstante las diversas controversias doctrinales y disciplinares, ha llegado hasta nosotros, por la gracia de la divina Providencia, en su pureza original, en virtud sobre todo, de la doctrina de dos Concilios ecuménicos, el de Trento (1545-1563) y el Vaticano II (1962-1965). Una mejor comprensión del misterio eucarístico ha sido posible gracias a la notable contribución de varios Sumos Pontífices, entre los cuales deben ser recordados Pablo VI y Juan Pablo II, de feliz memoria, ambos empeñados en la aplicación, a nivel de la Iglesia universal, de las decisiones del Concilio Vaticano II. Durante el Pontificado de Juan Pablo II la Iglesia Católica se ha enriquecido con grandes documentos sobre el sacramento de la Eucaristía. Basta recordar el Catecismo de la Iglesia Católica, la encíclica Ecclesia de Eucharistia, la carta apostólica Mane nobiscum Domine. En esta perspectiva de actuación del Concilio Vaticano II y en fiel continuidad con la bimilenaria tradición de la Iglesia, desea mantener su Pontificado también el actual Santo Padre, Benedicto XVI, el cual ha anunciado ya en su primera alocución, dirigida a través del Colegio Cardenalicio a toda la Iglesia, que la Eucaristía constituye el centro permanente y la fuente del servicio petrino que le ha sido confiado.

Los mencionados documentos contienen una densa reflexión sobre el sacramento de la Eucaristía con significativas implicancias espirituales y pastorales. Verificar al alba del Tercer milenio del cristianismo en qué modo este rico patrimonio de la fe se aplica a la realidad de la Iglesia Católica, extendida en los cinco continentes, es una cuestión de sensibilidad pastoral, de responsabilidad episcopal y de visión profética.

Por lo tanto, no ha sido motivo de sorpresa la propuesta de las Conferencias Episcopales de todo el mundo y de otros organismos eclesiales consultados por la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, con el consenso del Consejo Ordinario, de someter a la aprobación del Santo Padre el tema de la Eucaristía para la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Considerando la importancia del argumento, Su Santidad ha acogido con gusto esta sugerencia, definiendo el tema: La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, así como también, el tiempo de la asamblea: desde el 2 al 23 de octubre de 2005. En la elección del tema, resulta evidente una alusión explícita a la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la Eucaristía, sobre todo a la Constitución dogmática Lumen Gentium (n. 11), retomada también por Ecclesia de Eucharistia (nn. 1 y 13). No se trata de una alusión casual, sino programática en vista de una renovación del entusiasmo del Concilio Vaticano II por verificar la aplicación de la enseñanza sobre el sacramento de la Eucaristía a la luz del ulterior Magisterio de la Iglesia.

Ayudada por los Miembros del Consejo Ordinario, la Secretaría General del Sínodo de los Obispos ha comenzado la preparación de la XI Asamblea General Ordinaria, con la redacción de los Lineamenta, documento publicado al comienzo del año 2004 con la intención de suscitar una vasta reflexión eclesial sobre el misterio de la Eucaristía, celebrado y adorado en las diócesis y en las comunidades de la Iglesia Católica y anunciado al mundo entero. En efecto, el documento ha sido enviado a las Conferencias Episcopales, a las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, a los Dicasterios de la Curia Romana y a la Unión de los Superiores Generales, con el explícito pedido de responder, después de haber reflexionado y rezado, a un Cuestionario sobre diversos argumentos relacionados con la Eucaristía. Además, el mismo documento ha sido ampliamente difundido en la Iglesia y en el mundo a través de los medios de comunicación social. El Pueblo de Dios, guiado por sus Pastores, ha respondido bien a esta consulta, ofreciendo válidas contribuciones sobre el tema, en vista de la preparación de la asamblea sinodal. En varios países fueron promovidas discusiones a nivel de las diócesis, de las parroquias y de otras comunidades eclesiales. Se ha tratado, por lo tanto, de una profunda reflexión sobre la fe y sobre la praxis eucarística a nivel de la Iglesia universal.

Las reacciones llegaron a la Secretaría General bajo forma de "respuestas", de parte de los organismos antes mencionados, con una notable dimensión colegial, y bajo la forma de "observaciones" de parte aquellos que, espontáneamente, han querido contribuir al proceso sinodal. Los frutos han sido recogidos en el presente Instrumentum laboris, que es una síntesis fiel de las contribuciones recibidas. Al reflejar el tenor de las respuestas en el documento, no se ha querido presentar nuevamente una síntesis teológica, sistemática y completa sobre el sacramento de la Eucaristía, que por otra parte, ya existe en la Iglesia, sino más bien, recordar algunas verdades doctrinales que tienen una notable influencia sobre la celebración del sublime misterio de nuestra fe, poniendo de relieve su gran riqueza pastoral. Por lo tanto, el documento se ha concentrado principalmente en los aspectos positivos de la celebración eucarística, que reúne a los fieles y hace de ellos una comunidad, no obstante las diferencias de raza, lengua, nación y cultura. En el documento son además mencionadas algunas omisiones o negligencias en la celebración de la Eucaristía que, gracias a Dios, son bastante marginales. Ellas, sin embargo, permiten tomar conciencia del respeto y de la piedad con que los miembros del clero y todos los fieles deberían acercarse a la Eucaristía para celebrar el sagrado misterio. No faltan, finalmente, algunas propuestas, provenientes de numerosas respuestas, fruto de profundas reflexiones pastorales de las Iglesias particulares y de otros organismos consultados.
 

Obviamente, la celebración del sacramento de la Eucaristía se manifiesta en cada país y continente con notable variedad, que resulta evidente si se considera la variedad de Tradiciones espirituales o ritos en la Iglesia Católica. La diversidad, lejos de debilitar la unidad, revela la riqueza de la Iglesia en la comunión católica, caracterizada por el intercambio de dones y experiencias. Los católicos de Tradición latina perciben tal riqueza en la insigne espiritualidad de las Iglesias Orientales Católicas, come resulta de los Lineamenta y del Instrumentum laboris. Análogamente, los cristianos de las Tradiciones orientales descubren constantemente el notable patrimonio teológico y espiritual de la Tradición latina. Esta actitud tiene también una finalidad ecuménica. En efecto, si la Iglesia Católica respira con dos pulmones, y por ello agradece a la Divina Providencia, también espera el santo día, en el cual esa riqueza espiritual podrá ser ampliada y vivificada por una plena y visible unidad con aquellas Iglesias Orientales que, aún careciendo de una plena comunión, en buena parte profesan la misma fe en el misterio de Jesucristo Eucaristía.

El Instrumentum laboris está destinado a los Padres sinodales como documento de trabajo y de ulterior reflexión sobre la Eucaristía, la cual, como corazón de la Iglesia, la congrega en la comunión y la orienta hacia la misión. No cabe ninguna duda que la reflexión será beneficiosa porque el espíritu de colegialidad, propio de las reuniones sinodales, favorecerá el consenso sobre las propuestas destinadas al Santo Padre. Además, podrán recogerse los abundantes frutos de la reforma litúrgica, de las investigaciones exegéticas y de las reflexiones teológicas que han caracterizado el período sucesivo al Concilio Vaticano II.

En las respuestas sintetizadas en el Instrumentum laboris se percibe la esperanza del Pueblo de Dios en el buen resultado de las discusiones de los Padres sinodales, reunidos en torno al Obispo de Roma, Cabeza del Colegio Episcopal y Presidente del Sínodo, junto a los otros representantes de la comunidad de la Iglesia. Se espera, en efecto, que el debate sinodal contribuya a descubrir nuevamente la belleza de la Eucaristía, sacrificio, memorial y banquete de Jesucristo, Salvador y Redentor del mundo. Los fieles esperan orientaciones apropiadas para que sea celebrado más dignamente el sacramento de la Eucaristía, Pan bajado del cielo (cf. Jn 6,58) y ofrecido por Dios Padre en su Hijo Unigénito, para que con más devoción sea adorado el Señor bajo las especies del pan y del vino, para que sean reforzados los vínculos de unidad y de comunión entre aquellos que se nutren del Cuerpo y Sangre del Señor. Esta esperanza no sorprende, pues los cristianos que participan en la Mesa del Señor, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, son parte viva de la Iglesia, Cuerpo místico de Jesucristo. Ellos son testigos en el ambiente de la vida y del trabajo, permaneciendo atentos a las necesidades espirituales y materiales del hombre contemporáneo, activos en la construcción de un mundo más justo, en el cual a ninguno falte el pan nuestro de cada día.

Los Padres sinodales desarrollarán sus tareas sinodales siguiendo el ejemplo de la Beata Virgen María, Mujer eucarística, en la disponibilidad a cumplir la voluntad de Dios Padre y con una actitud de apertura a las inspiraciones del Espíritu Santo. En esta importante actividad serán sostenidos por los vínculos de la comunión con el clero y con los fieles, que en este Año de la Eucaristía, con renovado celo, no cesan de orar, de celebrar, de adorar, de testimoniar con la vida cristiana y con la caridad fraterna la fecundidad del misterio eucarístico, anunciando con nuevo ardor apostólico a los cercanos y a los lejanos la belleza del gran misterio de la fe encerrado en el sacramento de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia para el Tercer Milenio del cristianismo.

Nikola Eterović
Arzobispo titular de Sisak
Secretario General


Introducción

Asamblea sinodal en el Año de la Eucaristía

 

1. La próxima XI0 Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar del 2 al 23 de octubre de 2005 sobre el tema La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, es precedida por una fase preparatoria que compromete a la Iglesia Católica extendida en todo el mundo, gracias también al magisterio del Papa Juan Pablo II, que ha promulgado la Encíclica Ecclesia de Eucharistia y la Carta apostólica Mane nobiscum Domine, y de los obispos y teólogos del 481 Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara, México.[1] En relación al tema sinodal debe considerarse también la Instrucción Redemptionis Sacramentum y el documento Año de la Eucaristía. Sugerencias y Propuestas de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, difundido éste último en ocasión de la apertura del Año de la Eucaristía que, habiendo comenzado el 17 de octubre de 2004, se concluirá precisamente con el Sínodo.

Para orientar la preparación específica fueron publicados los Lineamenta, no para ofrecer un tratado completo sobre la Eucaristía, ni para proponer nuevamente las enseñanzas doctrinales ya contenidas en los mencionados documentos, sino para delinear las cuestiones emergentes en el contexto de los puntos esenciales de la doctrina eucarística de la Iglesia, a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición.

Las respuestas a los Lineamenta y al relativo Cuestionario fueron enviadas por las Conferencias Episcopales, las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, los Dicasterios de la Curia Romana y la Unión de los Superiores Generales. Además, sobre el mismo argumento fueron recibidas varias observaciones de parte de obispos, sacerdotes, religiosos, teólogos y fieles laicos, las cuales después fueron recogidas en el Instrumentum laboris. Este documento de trabajo de la futura asamblea sirve para informar sobre la realidad de la fe, del culto y de la vida eucarística en las Iglesias particulares en todo el mundo y para comparar esa realidad con la de la Iglesia universal.

Instrumentum laboris y su uso

2. Para favorecer la reflexión y la discusión preparatoria, así como también las intervenciones y el debate en el aula, el Instrumentum laboris enuncia el dato doctrinal y el pastoral. En estos dos campos, en efecto, se empeñan continuamente los Obispos en el ejercicio del triple ministerio episcopal de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo de Dios. Por ello, la praxis de la Iglesia en el mundo debe confrontarse continuamente con la doctrina perenne alimentada por la Sagrada Escritura y la Tradición.

Aplicando el método al tema del Sínodo, es necesario verificar si la ley de la oración corresponde a la ley de la fe, es decir, preguntarse en qué cree y cómo vive el Pueblo de Dios para que la Eucaristía pueda ser cada vez más la fuente y la cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia y de cada uno de los fieles, mediante la liturgia, la espiritualidad y la catequesis en los ámbitos culturales, sociales y políticos.

De las respuestas a los Lineamenta emerge la necesidad de comprender la Eucaristía a la luz de la doble dimensión de fons et culmen en la Iglesia. El sacrificio sacramental es fuente porque en virtud de las palabras del Señor y por obra del Espíritu Santo, contiene la eficacia de la pasión de Jesucristo y la potencia de su resurrección. La Eucaristía es, además, cumbre de la vida de la Iglesia en cuanto conduce a la comunión con el Señor por medio de la santificación y la divinización del hombre, miembro de una comunidad reunida en torno a la mesa del Señor. De esta verdad, fons et culmen, nace el empeño para la transformación de las realidades temporales. Éste es el tema general del Sínodo. Puede decirse que en la Eucaristía se encuentra el sentido del sacrificio de Jesús: Dios se da total y gratuitamente y el hombre se abandona completamente al Padre que lo ama. Se trata de una doble expresión de amor, que corresponde, de algún modo, a la Eucaristía como sacrificio y banquete.

Ha sido generalmente apreciado por las respuestas el hecho que los Lineamenta hayan propuesto no solamente una visión de la Eucaristía en la liturgia de tradición latina sino también en las liturgias de las tradiciones orientales: la ósmosis es considerada enriquecedora y benéfica, especialmente para exaltar las luces y atenuar las sombras que se registran en no pocos lugares. El texto del Instrumentum laboris intenta hacer lo mismo al abarcar toda la tradición de la Iglesia, no limitándose al rito latino, aunque no puede negarse que algunos fenómenos son propios de éste último ámbito.

El presente Instrumentum laboris es ofrecido a la reflexión de los Pastores de las Iglesias particulares para que con el pueblo de Dios se preparen al Sínodo, en el cual los Padres sinodales ofrecerán al Obispo de Roma propuestas útiles para una renovación eucarística de la vida eclesial.

PARTE I

EUCARISTÍA Y MUNDO ACTUAL

Capítulo I

HAMBRE DEL PAN DE DIOS

«"El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo".
Entonces le dijeron
:
"Señor, danos siempre de ese pan"» (Jn 6, 33-34)

Pan para el hombre en el mundo

3. En respuesta al pedido de un signo para poder creer, Jesucristo se propone Él mismo a la multitud, como Pan verdadero que sacia al hombre (cf. Jn 6,35), el Pan que desciende del cielo para dar vida al mundo. También el mundo actual tiene necesidad de ese Pan para tener la vida. En la conversación con Jesús, que se presentaba a sí mismo como el Pan para la vida del mundo, la gente espontáneamente le pidió: «Señor danos siempre de ese pan». Se trata de una súplica significativa, expresión del deseo profundo grabado en el corazón no solo de los fieles sino también de todo hombre que anhela la felicidad simbolizada en el Pan de la vida eterna. También el mundo en este año del Señor 2005, no obstante las dificultades y contradicciones de diversa índole, aspira a la felicidad y desea el Pan de la vida, del alma y del cuerpo. Para dar una respuesta a este anhelo humano el Papa ha realizado un conmovedor llamado a toda la Iglesia para que el Año de la Eucaristía sea también ocasión de empeño, serio y profundo, en la lucha contra el drama del hambre, del flagelo de las enfermedades, de la soledad de los ancianos, de las desventuras de los desocupados y de las travesías de los inmigrantes. Los frutos de este empeño serán una prueba de la autenticidad de las celebraciones eucarísticas.[2]
 

No solo el hombre sino también la entera creación espera los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 P 3,13) y la recapitulación de todas las cosas, también las de la tierra, en Cristo (cf. Ef 1,10). Por ello, la Eucaristía, siendo la cumbre a la cual tiende toda la creación, es también la respuesta a la preocupación del mundo contemporáneo por el equilibrio ecológico. En efecto, a través del pan y del vino, materia que Jesucristo ha elegido para cada Santa Misa, la celebración eucarística entra en relación con la realidad del mundo creado y confiado al dominio del hombre (cf. Gn 1,28), en el respeto de las leyes que el Creador ha puesto en las obras de sus manos. El pan, que se transforma en Cuerpo de Cristo, sea el fruto de una tierra fértil, pura e incontaminada. El vino, que pasa a ser la Sangre del Señor Jesús, sea el signo de un trabajo de transformación de la creación según las necesidades de los hombres, siempre preocupados por salvaguardar los recursos indispensables para las generaciones futuras. El agua, que unida al vino simboliza la unión de la naturaleza humana con la divina, en el Señor Jesús, conserve sus propiedades saludables para los hombres sedientos de Dios «fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14).

Algunos datos estadísticos esenciales

4. El tema del Sínodo, La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, exige también una mirada sobre algunos datos significativos del mundo, en el cual Iglesia vive y actúa. Ante la imposibilidad de ofrecer un cuadro completo y exhaustivo, es siempre posible hacer observaciones y consideraciones de índole general.
 

Algunos datos ponen de manifiesto la relación estadística entre la población en general y los fieles que profesan la fe católica. En este sentido se debe observar que el número de los católicos en el 2003 era igual a 1.086.000.000, con un aumento de 15.000.000 de personas respecto del año anterior, así repartido en los diversos continentes: África + 4,5 %; América +1,2 %; Asia +2,2 %; Oceanía + 1,3 %. Una situación de estabilidad se registra en Europa. La lectura de los datos sobre la distribución de los católicos en las diversas áreas geográficas demuestra que América cuenta con el 49,8 % de los católicos del mundo entero, mientras Europa tiene el 25,8 %, África el 13,2%, Asia el 10,4 % y Oceanía el 0,8 %.[3] En lo que se refiere, al número de habitantes, el porcentaje de fieles católicos en cada uno de los continentes es el siguiente: 62,46 % en América, 39,59 % en Europa, 26,39 % en Oceanía, 16,89 % en África y 2,93 % en Asia.[4]

Desde el punto de vista de la distribución geográfica de la Iglesia, debe observarse que en el 2003 las circunscripciones eclesiásticas eran 2.893, es decir 10 más respecto al 2002, con un aumento en todos los continentes.[5] Aumentó un 27,68 % el número de los obispos en todo el mundo, pasando de 3.714 en 1978 a 4.742 en 2003, mientras el número total de los sacerdotes en 2003 (405.450: 268.041 diocesanos y 137.409 religiosos) respecto al de 1978 (420.971: 262.485 diocesanos y 158.486 religiosos) ha sufrido una flexión del 3,69 %, debida a una disminución del 13,30 % de los sacerdotes religiosos y a un aumento del 2,12 % de los sacerdotes diocesanos. Además, ha disminuido de un 27,94 % el número de los religiosos profesos no sacerdotes (de 75.802 en 1978 a 54.620 en 2003). Se verifica también una flexión del 21,65 % en el número de las religiosas profesas (de 990.768 en 1978 a 776.269 en 2003).[6]
 

Dado que la celebración del sacramento de la Eucaristía se relaciona estrechamente con el sacramento del Orden, vale la pena recordar que, en el período 1978-2003, se ha registrado un aumento del número de católicos por sacerdote. Éste, en efecto, ha pasado de 1.797 católicos por sacerdote al comienzo del período a 2.677 al final del mismo. Tal proporción varía de continente a continente. Por ejemplo, mientras en Europa hay 1.386 católicos por sacerdote, en África se cuentan alrededor de 4.723, en América 4.453, en Asia 2.407 y en Oceanía 1.746.[7] Además, debe tenerse presente que en este período los diáconos permanentes constituyen un grupo en fuerte aumento: el número total en todos los continentes se ha más que quintuplicado, con un incremento relativo del 466,7 %. No carece de interés recordar que esta figura religiosa es muy difundida en América (especialmente en el norte del continente) con el 65,7 % de todos los diáconos del mundo, y también en Europa con el 32 %. Igualmente importante es la actividad desarrollada en la evangelización en todo el mundo por los misioneros laicos (172.331) y por los catequistas (2.847.673).[8]

5. El Sínodo tiene lugar en un período caracterizado por fuertes contrastes en la familia humana. La globalización permite una percepción de la unidad del género humano, gracias a los mass-media que informan sobre la realidad en todos los ángulos de la tierra. Se trata de un importante aspecto del progreso técnico, que se ha desarrollado en modo excepcional en los últimos decenios. Lamentablemente, la globalización y el progreso técnico no han favorecido la paz y una mayor justicia entre las naciones ricas y las pobres del 31 y 41 mundo. Todo hace pensar que, lastimosamente, mientras los padres sinodales estarán reunidos, en varias partes del mundo continuarán los actos de violencia, el terrorismo y las guerras. Al mismo tiempo hermanos y hermanas serán víctimas de enfermedades, como por ejemplo el Sida, que producen desolación en vastos estratos de la población, sobre todo en los países pobres.

Permanecerá, tristemente, el escándalo del hambre, fenómeno que se ha agravado en los últimos años, dado que más de mil millones de hombres viven en la miseria. En este sentido, es necesario prestar atención a algunos fenómenos referidos a la situación social, en particular el hambre, que no pueden ser descuidados cuando se piensa en la relación entre la Iglesia y el mundo en términos de evangelización. En efecto, la Iglesia desde siempre ha acompañado el anuncio del Evangelio y la transmisión de la salvación a través de los sacramentos con las obras de la promoción humana, en tantos campos de la vida social, como la salud, la asistencia humanitaria y la educación. Por ello, no debe olvidarse, entre otras cosas, que en el período 1999-2001, hubo 842 millones de personas desnutridas en todo el mundo y 798 millones de ellas vivían en países en vía de desarrollo, especialmente en África Sub-Sahariana, en Asia y en el Pacífico.[9] Esta dramática realidad no puede permanecer ausente en la reflexión de los padres sinodales, los cuales, con todos los cristianos, varias veces al día suplican al Señor: «danos hoy nuestro pan cotidiano».

Eucaristía en diferentes contextos de la Iglesia

6. De las respuestas a los Lineamenta se deduce que la frecuencia a la Santa Misa en el domingo es más bien alta en diversas Iglesias particulares de naciones africanas y en algunas asiáticas. Se verifica, en cambio, el fenómeno contrario en la mayor parte de los países europeos y americanos y en algunos de Oceanía, llegando a extremos negativos del 5%. Los fieles que descuidan el precepto dominical, en la mayor parte de los casos, no dan particular importancia a la participación en la Misa. En el fondo, ellos no saben en qué consiste el Sacrificio y el banquete eucarístico, que reúne a los fieles entorno al altar del Señor.

La Misa pre-festiva permite a muchos cumplir el precepto, aún cuando en algunos casos se aprovecha de la ocasión para desarrollar actividades laborales durante el domingo. En muchos lugares la Misa durante los días feriales es frecuentada por pocas personas, que asisten a la misma, algunas en modo habitual, otras ocasionalmente y otras a causa de compromisos en la vida eclesial.

Debería ser promovida una catequesis más continua e intensa en relación a la importancia y a la obligación de participar en la Santa Misa del domingo y de los días de precepto. A veces se desvaloriza la importancia del precepto sosteniendo que es suficiente cumplirlo cuando el estado de ánimo lo sugiere.

7. Entre las Iglesias particulares se pueden detectar algunos fenómenos principales. Se asiste a un declino de la práctica de la fe, de la participación en la Misa, principalmente entre los jóvenes. Esto debe hacer reflexionar acerca de cuánto tiempo se dedica de parte de los Pastores y catequistas a la educación en la fe de los jóvenes y niños y cuánto tiempo, en cambio, de destina a otras actividades, como las de carácter social.

Se percibe un debilitamiento del sentido del misterio en las sociedades secularizadas. Ello puede atribuirse, entre otras cosas, a interpretaciones y acciones que deforman el sentido de la reforma litúrgica del Concilio y que terminan en ritos banales y pobres de sentido espiritual. En otras partes las comunidades cristianas han conservado un profundo sentido del misterio, de modo que la liturgia mantiene en ellas un intenso significado.
 

Se manifiesta satisfacción por una liturgia inculturada que permite una mayor participación activa. Esto conduce a un aumento de la participación en la Misa. Muchos jóvenes y adultos participan así en la vida y en la misión de la Iglesia. Si a causa de la escasez de clero se celebra la Misa en las áreas rurales solo algunas veces al mes o incluso al año, es inevitable que el servicio dominical sea confiado a los laicos.

8. Debe aclararse que el acceso al misterio depende de una celebración de la liturgia hecha con dignidad, así como también de una preparación adecuada, pero sobre todo depende de la fe en el misterio en sí mismo. A este respecto, es de gran ayuda la encíclica Redemptoris missio, que ha puesto en evidencia los dos aspectos de la falta de fe que están incidiendo negativamente en el impulso misionero: la secularización de la salvación y el relativismo religioso. La primera lleva a comprometerse en favor del hombre, pero se trata de un hombre reducido unilateralmente a la dimensión horizontal.[10] A veces parecería que algunos vinculan la vocación de ministro de los misterios de Dios a la de organizador de la justicia social. El segundo aspecto lleva a abolir la verdad del cristianismo, pues se retiene que una religión vale cuanto otra.[11] Lejos de dejarnos llevar por el pesimismo, el Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millennio ineunte exhorta a reforzar la actividad misionera de la Iglesia.[12]

El tema del Sínodo se puede desarrollar correctamente teniendo en cuenta este contexto, sin olvidar que para los Apóstoles y para los Padres basta pensar en S. Justino[13]― la Eucaristía es la acción más santa de la Iglesia, la cual cree firmemente que en Ella se encuentra verdaderamente presente el Señor Jesús Resucitado. Esta presencia constituye el fundamento del sacramento.

Este mismo evento, que nace de la transformación de las especies del pan y del vino, hace che la Iglesia se acerque siempre con temor y temblor, pero al mismo tiempo con confianza, al misterio que constituye la esencia de la liturgia. Hoy es necesario reafirmar el respeto hacia el misterio de la Eucaristía y la conciencia de su intangibilidad. Por esta razón, es necesario también llevar adelante un programa articulado de formación. Pero mucho dependerá de la existencia de ambientes ejemplares, en los cuales la Eucaristía sea verdaderamente aceptada con fe y celebrada correctamente, lugares en los cuales pueda vivirse personalmente lo que la Eucaristía es: la única respuesta verdadera a la búsqueda del sentido de la vida, que caracteriza al hombre de todas las latitudes.

Eucaristía y sentido cristiano de la vida

9. El ser humano se interroga sobre el sentido de la vida: ¿qué será de mi vida? ¿qué es la libertad? ¿porqué existen el sufrimiento y la muerte? ¿existe algo más allá de la muerte? En un palabra: la vida del hombre, ¿tiene o no un sentido?[14] La pregunta subsiste, no obstante el hombre se ilusione, pensando que ha alcanzado la autosuficiencia, o bien caiga prisionero del miedo y de la inseguridad. La religión es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida, porque conduce al hombre a la verdad acerca de sí mismo en relación con el Dios verdadero.

La Eucaristía, que «revela el sentido cristiano de la vida»,[15] responde a esa pregunta anunciando la resurrección y la presencia verdadera, plena y duradera del Señor, como prenda de la gloria futura. Esto supone que el hombre establezca su relación con Dios como la base de todo, porque tal relación es fuente de libertad que lo habilita a entrar en lo más profundo de su ser para entregarse gratuitamente. Esto se realiza en el misterio pascual, en el cual la verdad y el amor se encuentran mostrándose como las características de la verdadera religión. Así, la Eucaristía manifiesta la verdad de la Palabra de Dios: nihil hoc verbo veritatis verius, como canta el himno Adoro Te devote.
 

El sentido de la Eucaristía es integralmente explicado por las palabras de Jesús: «Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22,19). Esta expresión anuncia en primer lugar, que Jesucristo ha introducido la eternidad en el tiempo, dando a éste una orientación definitiva y eliminando su poder de aniquilamiento. En segundo lugar, a través de esas palabras se pone en evidencia que en Jesús se encuentran la libertad de Dios y la del hombre, dando origen a la comunión que permite vencer al Maligno. Finalmente, estas palabras significan que Jesucristo es fuente inagotable de renovación del hombre y del mundo, no obstante los límites y el pecado de los hombres.

10. Las respuestas a los Lineamenta denuncian un cierto alejamiento de la vida pastoral respecto a la Eucaristía; por lo tanto se espera que el Sínodo estimule y refuerce la relación entre la vida y la misión. La Eucaristía es la respuesta a los signos de los tiempos de la cultura contemporánea. A la cultura de la muerte, la Eucaristía responde con la cultura de la vida. Contra el egoísmo individual y social la Eucaristía afirma la entrega total. Al odio y al terrorismo, la Eucaristía contrapone el amor. Ante el positivismo científico, la Eucaristía proclama el misterio. Oponiéndose a la desesperación, la Eucaristía enseña la esperanza cierta en la eternidad beata.

La Eucaristía indica que la Iglesia y el porvenir del género humano está vinculados a Jesucristo, la única roca que verdaderamente permanece para siempre, y no a cualquier otra realidad. Por ello, la victoria de Cristo es el pueblo cristiano que cree, celebra y vive el misterio eucarístico.

 

Capítulo II

EUCARISTÍA Y COMUNIÓN ECLESIAL

«Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos,
pues todos participamos de un solo pan
» (1 Co 10,17)

Misterio eucarístico, expresión de unidad eclesial

11. Al exhortar a los fieles a huir de la idolatría, evitando comer carne inmolada a los ídolos, San Pablo demuestra el estrecho vínculo existente entre la comunión de los cristianos y la Sangre y el Cuerpo de Cristo, que tienen la capacidad de formar, de la multitud de los fieles, una sola comunidad, una sola Iglesia (cf. 1 Co 8, 1-10).
 

El tema de la comunión eclesial ha merecido una atención particular de parte del Concilio Ecuménico Vaticano II.[16] Tanto es así, que el argumento ha sido especialmente puesto en evidencia en la relación final de la II Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada en conmemoración del XXV aniversario del mencionado Concilio,[17] así como también en un documento de la Congregación para la Doctrina de la fe, dirigido a los Obispos de la Iglesia Católica.[18] Además, el tema ha sido ampliamente tratado en el capítulo VI de la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores gregis, promulgada por el Papa Juan Pablo II luego de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. En este documento pontificio, que recoge la reflexión sinodal sobre el argumento, se explica cómo la comunión de los Obispos con el Sucesor de Pedro, signo de la unidad entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, tiene un punto culminante en la celebración eucarística de los Obispos con el Papa durante las visitas ad limina.
La Eucaristía presidida por el Santo Padre y concelebrada por los Pastores de las Iglesias particulares expresa en modo excelso la unidad de la Iglesia. Tal concelebración permite ver más claramente que A... cada Eucaristía se celebra en comunión con el propio Obispo, con el Romano Pontífice y con el Colegio Episcopal y, a través de ellos, con los fieles de cada Iglesia particular y de toda la Iglesia, de modo que la Iglesia universal está presente en la particular y ésta se inserta, junto con las demás Iglesias particulares, en la comunión de la Iglesia universal».
[19]

En relación a la temática de la Eucaristía como expresión de la comunión eclesial, aparecen, en varias respuestas a los Lineamenta, los siguientes temas, que merecen una atención particular: relación entre Eucaristía e Iglesia; relación entre Eucaristía y otros sacramentos, especialmente la Penitencia; relación entre Eucaristía y fieles; sombras en la celebración de la Eucaristía.

Relación entre Eucaristía e Iglesia, «Esposa de Cristo»

12. La Eucaristía es el corazón de la comunión eclesial. El Concilio ha preferido, entre las diversas imágenes de la Iglesia, una que expresa toda su realidad: misterio. Antes que nada, la Iglesia es misterio de encuentro entre Dios y la humanidad; por este motivo ella es Esposa y Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios y Madre. La mutua relación entre la Eucaristía y la Iglesia permite aplicar a ambas las notas del Credo: una, santa, católica y apostólica, que la encíclica Ecclesia de Eucharistia ha ulteriormente ilustrado.[20]
 

La Eucaristía construye la Iglesia y la Iglesia es el lugar donde se realiza la comunión con Dios y entre los hombres. La Iglesia es consciente que la Eucaristía es el sacramento de la unidad y de la santidad, de la apostolicidad y de la catolicidad, sacramento esencial para la Iglesia, Esposa de Cristo y su Cuerpo. Las notas de la Iglesia son al mismo tiempo los vínculos de la comunión católica que permiten la legítima celebración de la Eucaristía.

El Papa Juan Pablo II recordaba que «la Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina "con Cristo" en la medida en que se está en relación "con su cuerpo"».[21] Es aquí que encuentra su verdadero sentido la observancia de las normas y el decoro de la celebración: se trata de la obediencia a Cristo de parte de la Iglesia, su Esposa.

13. La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia. Si bien ambas han sido instituidas por Cristo, una en vista de la otra, los dos términos del conocido aforismo no son equivalentes. Si la Eucaristía hace crecer la Iglesia porque en el sacramento está Jesucristo vivo, aún antes, Él ha querido que exista la Iglesia para que ella celebre la Eucaristía. Los cristianos de Oriente subrayan especialmente que, desde la creación, la Iglesia preexiste a su realización terrena. La pertenencia a la Iglesia es prioritaria para poder acceder a los sacramentos: no se puede acceder a la Eucaristía sin haber antes recibido el Bautismo o no se puede retornar a la Eucaristía sin haber recibido la Penitencia, que es el «bautismo laborioso» para los pecados graves. Desde los orígenes la Iglesia, para expresar tal urgencia propedéutica, instituyó respectivamente el catecumenado para la iniciación y el itinerario penitencial para la reconciliación. Además, no existe Eucaristía válida y legítima sin el sacramento del Orden.
 

Por estas razones la encíclica Ecclesia de Eucharistia habla de Aun influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia»,[22] y de estrecha conexión entre una y otra.[23] Con estas premisas se comprende mejor la afirmación que Ala celebración de la Eucaristía, no obstante, no puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a perfección. El Sacramento expresa este vínculo de comunión, sea en la dimensión invisible ... sea en la dimensión visible ... La íntima relación entre los elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva de la Iglesia como sacramento de salvación. Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía y la verdadera participación en la misma ...».[24] Hablar de eclesiología eucarística no significa que en la Iglesia todo pueda ser deducido de la Eucaristía, la cual, sin embargo, es siempre fuente y cumbre de la vida eclesial. En efecto, como afirma el Concilio Vaticano II: «La sagrada liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión».[25]

Ahora bien, el espacio donde naturalmente se desarrolla la vida eclesial es la parroquia. Ella, debidamente renovada y animada, debería ser el lugar idóneo para la formación y para el culto eucarístico, dado que, como enseñaba el Papa Juan Pablo II, la parroquia es «una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico».[26] La parroquia debería aprovechar la experiencia y la cooperación de los movimientos y de las nuevas comunidades que, bajo el impulso del Espíritu Santo han sabido valorizar, según los propios carismas, los elementos de la iniciación cristiana. Así podrán ayudar a muchos fieles a volver a descubrir la belleza de la vocación cristiana, cuyo centro es el sacramento de la Eucaristía para todos en la comunidad parroquial.
 

14. La expresión litúrgica de la eclesiología católica se encuentra en la anáfora mediante los llamados dípticos, que recuerdan la dimensión eucarística del primado del Papa, Obispo de Roma, como elemento interno de la Iglesia universal, análogamente a la del Obispo en la Iglesia particular.[27] Es la única Eucaristía que convoca en la unidad la Iglesia contra cualquier fragmentación. La única Iglesia querida por Cristo remite siempre a una Eucaristía que se realiza en comunión con el colegio apostólico, del cual, el Sucesor de Pedro es la Cabeza. Es éste el vínculo que hace legítima la Eucaristía. No es conforme a la unidad eucarística querida por Cristo solo una comunión transversal entre las llamadas iglesias hermanas. Es un elemento interior al sacramento la comunión con el Sucesor de Pedro, principio de unidad en la Iglesia, depositario del carisma de unidad y universalidad, que es el carisma petrino. Por lo tanto, la unidad eclesial se manifiesta en la unidad sacramental y eucarística de los cristianos.

Relación entre Eucaristía y otros sacramentos

15. Existe una relación específica entre la Eucaristía y todos los otros sacramentos. En este sentido, es necesario tener presente, por una parte, que según el Concilio de Trento los sacramentos «contienen la gracia que significan» y la confieren en virtud de su misma celebración.[28] Por otra parte, todos los sacramentos, como también todos los ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado, están estrechamente unidos a la sagrada Eucaristía y a ella se ordenan.[29] Por lo tanto, el sacramento de la Eucaristía es Ala perfección de las perfecciones».[30]

La relación con la Eucaristía no se refiere solo a la celebración litúrgica, sino más bien a la esencia de cada sacramento. El sacramento del Bautismo es indispensable para entrar en la comunión eclesial, que es reforzada por los otros sacramentos, ofreciendo al creyente Agracia sobre gracia» (Jn 1,16). Es conocida la relación fundamental que existe entre el Bautismo y la Eucaristía en cuanto fuente de la vida cristiana. En las Iglesias de Tradición oriental con el Bautismo se recibe también la Santa Comunión, mientras en las Iglesias de Tradición latina se accede a la Eucaristía en edad de razón y sólo después de haber recibido el Bautismo.

Las respuestas a los Lineamenta recomiendan hacer explícita la relación teológica entre Bautismo y Eucaristía como cumbre de la iniciación, aún cuando esto no debe llevar necesariamente a celebrar siempre el Bautismo en la Misa. A este respecto se manifiesta preocupación acerca de la calidad de una catequesis apropiada.
 

16. Existe un nexo teológico entre la Confirmación y la Eucaristía, porque el Espíritu Santo conduce al hombre a creer en Jesucristo Señor. Con la finalidad de hacer más evidente esta relación, en algunas Iglesias particulares ha sido restablecida la praxis de administrar la Confirmación antes de la Comunión.

La Eucaristía es la cumbre de un auténtico itinerario de iniciación cristiana. Vivir como cristiano significa hacer actual el don del Bautismo, revivido por la Confirmación, alimentándolo con la participación frecuente en la Santa Misa los domingos y días de precepto.

Se observa que la administración de la Confirmación es a menudo delegada a sacerdotes, con el consiguiente riesgo de poner en segundo plano el hecho que el Obispo es el ministro originario de ese sacramento. Así, se pierde una ocasión para que los nuevos confirmados puedan encontrar al padre y cabeza visible de la Iglesia particular.

17. Algunas respuestas suscitan la cuestión acerca de la edad más oportuna para admitir al sacramento en la Iglesia de Tradición latina, vistos los buenos resultados espirituales y pastorales obtenidos con la administración de la Santa Comunión en la primera infancia. Vale la pena tener presente la constatación del Papa Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos![31], el cual más recientemente recordaba que Alos niños son el presente y el futuro de la Iglesia. Desempeñan un papel activo en la evangelización del mundo, y con sus oraciones contribuyen a salvarlo y a mejorarlo».[32]

En el pasado, en relación con este mismo argumento, el Decreto Quam singulari admitía los niños a la Eucaristía desde los siete años, edad considerada del uso de la razón, cuando ellos pueden distinguir el pan eucarístico del pan común, previa confesión sacramental.[33] Esta orientación aparece hoy más que nunca necesaria, puesto que el uso de razón, como también los peligros y las tentaciones, llegan más precozmente. Se profesa con esta praxis el primado de la gracia, que ha dado a la Iglesia grandes beneficios, favoreciendo también las vocaciones sacerdotales.
 

18. La relación entre el Orden sagrado y la Eucaristía se percibe claramente en la Misa, presidida por el obispo o por el sacerdote en la persona de Cristo cabeza. La doctrina de la Iglesia hace del Orden la condición imprescindible para la celebración válida de la Eucaristía.

Por este motivo ha sido vivamente recomendado que se ponga en evidencia «la función del sacerdocio ministerial en la celebración eucarística, el cual difiere en la esencia y no sólo en el grado del sacerdocio común de los fieles».[34] También por la misma razón es justo sugerir que los presbíteros intervengan en la Eucaristía como celebrantes, cumpliendo la función que a ellos compete según el sacramento del orden.[35]

19. Es sabido que el Matrimonio se celebra frecuentemente durante la celebración de la Eucaristía en las Iglesias de Tradición latina, a diferencia de lo que ocurre en las Iglesias orientales.

Es conveniente que, cuando el Matrimonio es celebrado en la Misa, este sacramento sirva para indicar, como paradigma del amor cristiano, el amor de Jesucristo, que en la Eucaristía ama a la Iglesia come su esposa hasta dar la vida por ella. Este amor matrimonial debe ser señalado aun en los casos en que el sacramento del matrimonio se celebre fuera de la Misa.[36] La Eucaristía, por lo tanto, sigue siendo la fuente inagotable de la unidad y del amor indisoluble del matrimonio y constituye el alimento de toda la familia en la edificación de un hogar cristiano.

20. La relación entre la Eucaristía y la Unción de los enfermos tiene su origen institucional, como todos los sacramentos, en la persona de Cristo: él demostraba en su solicitud por todos los enfermos el sentido de su misión de curar y salvar al ser humano.

Además, en las respuestas a los Lineamenta se sugiere que la relación entre la Unción y la Eucaristía sea presentada como consolación y esperanza en la enfermedad, antes que como último Viático. Se invita a los ministros extraordinarios de la Comunión a ser solícitos con respecto a los enfermos graves y a las personas ancianas que no pueden participar físicamente en la celebración eucarística en la iglesia. En favor de ellos sería muy oportuno, como lo sugieren algunas respuestas, potenciar el uso de los medios de comunicación social en la transmisión de la Santa Misa y otras celebraciones litúrgicas. Al usar esta moderna tecnología, conviene que aquellos que en ella están empeñados posean una adecuada formación teológica, pedagógica y cultural.

21. En lo que ser refiere a la inserción de los sacramentos en la Misa, las normas litúrgicas de las Iglesias orientales no la contemplan, aun cuando existen algunas excepciones para el Bautismo y el Matrimonio. Con respecto a esta praxis corresponde a cada una de las iglesias emanar las normas oportunas. Para las Iglesias particulares de rito latino, las respuestas demuestran que la inserción tiene lugar en modo diversificado, según costumbres que varían de país en país. En algunas diócesis existen normas para reglamentar la celebración de los sacramentos y de los sacramentales durante la Misa, especialmente para matrimonios mixtos y funerales de personas no practicantes.

Los rituales distinguen normalmente, como en el Bautismo y la Penitencia, el rito individual del comunitario. Si bien pastoralmente se prefiere éste último, no debe caerse en una especie de comunitarismo, ya sea porque el sacramento es siempre un don que se refiere individualmente a cada persona, ya sea porque todo fiel tiene derecho, en determinadas condiciones, a la administración individual del sacramento.

Estrecha relación entre Eucaristía y Penitencia
 

22. El sacramento de la Reconciliación restablece los vínculos de comunión interrumpidos por el pecado mortal.[37] Por lo tanto, merece una particular atención la relación entre la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación. Las respuestas indican la necesidad de proponer nuevamente esa relación en el contexto de la relación entre Eucaristía e Iglesia, y como condición para encontrar y adorar al Señor, que es el Santísimo, en espíritu de santidad y con corazón puro. Él ha lavado los pies a los Apóstoles, para indicar la santidad del misterio. El pecado, como afirma San Pablo, provoca una profanación análoga a la prostitución, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo (cf. 1 Co 6,15-17). Dice, por ejemplo, San Cesáreo de Arles: «Todas las veces que entramos en la iglesia, reordenamos nuestras almas, así como quisiéramos encontrar el templo de Dios. ¿Quieres encontrar una basílica reluciente? No manches tu alma con la inmundicia del pecado».[38]

La relación entre Eucaristía y Penitencia en la sociedad actual depende mucho del sentido de pecado y del sentido de Dios. La distinción entre bien y mal frecuentemente se transforma en una distinción subjetiva. El hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia conciencia, puede llegar a trastrocar el sentido del pecado.

23. Son muchas las respuestas que se refieren a la relación entre Eucaristía y Reconciliación. En muchos países se ha perdido la conciencia de la necesidad de la conversión antes de recibir la Eucaristía. El vínculo con la Penitencia no siempre es percibido como una necesidad de estar en estado de gracia antes de recibir la Comunión, y por lo tanto se descuida la obligación de confesar los pecados mortales.[39]

También la idea de comunión como «alimento para el viaje», ha llevado a infravalorar la necesidad del estado de gracia. Al contrario, así como el nutrimento presupone un organismo vivo y sano, así también la Eucaristía exige el estado de gracia para reforzar el compromiso bautismal: no se puede estar en estado de pecado para recibir a Aquel que es «remedio» de inmortalidad y «antídoto» para no morir.[40]

Muchos fieles saben que no se puede recibir la comunión en pecado mortal, pero no tienen una idea clara acerca del pecado mortal. Otros no se interrogan sobre este aspecto. Se crea frecuentemente un círculo vicioso: Ano comulgo porque no me confesé, no me confieso porque no cometí pecados». Las causas pueden ser diversas, pero una de las principales es la falta de una adecuada catequesis sobre este tema.
 

Otro fenómeno muy difundido consiste en no facilitar, con oportunos horarios, el acceso al sacramento de la Reconciliación. En ciertos países la Penitencia individual no es administrada; en el mejor de los casos se celebra dos veces al año una liturgia comunitaria, creando una fórmula intermedia entre el II y el III rito previsto por el Ritual.

Ciertamente es necesario constatar la gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Es bastante frecuente que los fieles reciban la Comunión sin pensar en el estado de pecado grave en que pueden encontrarse. Por este motivo, la admisión a la Comunión de divorciados y vueltos a casar civilmente es un fenómeno no raro en diversos países. En las Misas exequiales o de matrimonios o en otras celebraciones, muchos se acercan a recibir la Eucaristía, justificándose en la difundida convicción que la Misa no es válida sin la Comunión.

24. Ante estas realidades pastorales, en cambio, muchas respuestas tienen un tono más alentador. En ellas se propone ayudar a las personas a ser conscientes de las condiciones para recibir la Comunión y de la necesidad de la Penitencia que, precedida del examen de conciencia, prepara el corazón purificándolo del pecado. Con esta finalidad se retiene oportuno que el celebrante hable con frecuencia, también en la homilía, sobre la relación entre estos dos sacramentos.

Ha sido expresado el deseo de restituir en todos los lugares al ayuno eucarístico aquella rigurosa atención que todavía está en uso en las iglesias orientales.[41] En efecto, el ayuno, como dominio de sí, exige el concurso de la voluntad y lleva a purificar la mente y el corazón. San Atanasio dice: «¿Quieres saber cuáles son los efectos del ayuno?... expulsa los demonios y libra de los malos pensamientos, alegra la mente y purifica el corazón».[42] En la liturgia cuaresmal se invita a menudo a la purificación del corazón mediante el ayuno y el silencio, como recomienda San Basilio.[43] En alguna respuesta a los Lineamenta se pregunta acerca de la oportunidad de reconsiderar la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico.

Se invita a esforzarse para aumentar las oportunidades de la reconciliación individual recurriendo a la colaboración interparroquial durante el sábado y el domingo y más intensamente en Adviento y Cuaresma. Mucho se podría hacer todavía en la predicación y en la catequesis para explicar el sentido del pecado y la práctica penitencial, superando las dificultades debidas a la mentalidad secularizada.

Se retiene necesario ofrecer la posibilidad de confesarse antes de la Misa, adecuando los horarios a la situación real de los penitentes, y también durante la celebración eucarística, como recomienda la Carta Apostólica Misericordia Dei.[44]

Es necesario estimular a los sacerdotes a la administración del sacramento de la Penitencia, como una ocasión privilegiada para ser signos e instrumentos de la misericordia de Dios. De todos modos, la Iglesia agradece profundamente a los sacerdotes que con celo escuchan las confesiones para preparar a los fieles a encontrar y recibir a Cristo en la Eucaristía. Los fieles se sienten atraídos a confesarse, especialmente cuando ven al sacerdote en el ejercicio de su ministerio en el confesionario, como lo han testimoniado hasta nuestros días San Leopoldo Mandic, San Pío de Pietrelcina y tantos otros santos pastores.

Relación entre Eucaristía y fieles

25. Los fieles laicos, parte esencial de la Iglesia comunión, jerárquicamente estructurada, como enseñan el Concilio Vaticano II y otros documentos del Magisterio,[45] son convocados a la santa asamblea para participar en la celebración eucarística.

La encarnación del Verbo, en el cual Dios Padre se ha hecho visible, ha inaugurado el culto espiritual, conforme a la razón, que se cumple en el Espíritu Santo; el culto ya no puede ser una serie de «preceptos enseñados por los hombres» (Is 29,13). El culto cristiano tiene una implicancia cristológica y antropológica: por ello, la participación de los fieles en la liturgia, sobre todo en la celebración eucarística, consiste esencialmente en entrar en este culto, en el cual Dios desciende hacia el hombre y éste asciende hacia Dios. La Eucaristía misma, memorial del Hijo, es el culto de adoración que en el Espíritu se eleva al Padre: este es el fundamento de la renovación litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano II.

Muchos observan que la participación ha sido reducida frecuentemente a aspectos exteriores. No todos comprenden su verdadero sentido, que nace de la fe en Jesús, Hijo de Dios. La participación en la Eucaristía es justamente vista como el acto principal de la vida de la Iglesia, comunión con la vida trinitaria, con el Padre que es fuente de todo don, con el Hijo encarnado y resucitado, con el Espíritu Santo que realiza la transformación y divinización de la vida humana.

Las respuestas a los Lineamenta convergen en constatar la necesidad de ayudar a los fieles a comprender la naturaleza de la Eucaristía y el nexo con la encarnación del Verbo, para participar en el misterio eucarístico con el corazón y la mente, antes que con actos externos, sobre todo ofreciéndose a sí mismos. Al respecto, se sugiere explicitar la relación esponsal de la Eucaristía y de la Nueva Alianza, como modelo de las vocaciones del cristiano: matrimonio, virginidad, sacerdocio. Todo esto tiene como objetivo formar personas y comunidades eucarísticas, que aman y sirven, como Jesús en la Eucaristía.

26. Además, sería oportuno potenciar los medios de comunicación ya existentes, especialmente para facilitar la participación de los fieles que, por diversos motivos, se encuentran impedidos de asistir personalmente a la iglesia en las celebraciones eucarísticas, como recomienda el Concilio Vaticano II.[46] Hay propuestas relacionadas con los mass-media de la Santa Sede, los cuales, con la mejor sinergia posible pueden ofrecer con rapidez y profesionalidad adecuados servicios a la Iglesia universal, reaccionando también inmediatamente contra la difusión de principios anticristianos. En esta obra deberían ocupar un lugar importante todos los medios de comunicación de inspiración católica. El aumento de la capacidad de acción de los mismos se hace urgente para proponer en modo equilibrado y positivo el mensaje cristiano, para iluminar las conciencias de los hombres de buena voluntad sobre temas éticos y morales de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la sociedad.

Sombras en la celebración de la Eucaristía

27. La comunión eclesial es gravemente turbada y herida por las sombras en la celebración eucarística, que son señaladas también por la respuestas a los Lineamenta. El tema, ya tratado por el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia,[47] y más particularmente abordado en la instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum,[48] es una invitación a dirigir una mirada atenta y serena, pero no menos crítica, al modo en el cual la Iglesia celebra este Sacramento, que es la fuente y cumbre de su vida y su misión. Precisamente el hecho que tal llamado de atención haya sido hecho en este momento histórico, mientras la Iglesia se encuentra cada vez más empeñada en el diálogo con las religiones y con el mundo, es una providencial inspiración del Sucesor de Pedro, que da a entender cómo la Iglesia tiene siempre necesidad de mirarse a sí misma para relacionarse mejor con sus interlocutores, sin perder la propia identidad de sacramento universal de salvación.

En el presente texto se señalan diversas sombras que emergen del análisis de las respuestas a los Lineamenta. Dichas observaciones no deberían ser consideradas solamente como meras trasgresiones a las rúbricas y a la praxis litúrgicas, sino más bien como expresiones de actitudes más profundas.

Se nota una disminución de la participación en la celebración del Dies Domini, en los domingos y en los días de precepto, a raíz de una falta de conciencia del contenido y del significado del misterio eucarístico, y también a causa del indiferentismo, en particular en los países con relevante proceso de secularización, donde a menudo el domingo se transforma también en un día de trabajo.

Se difunde la idea que es la comunidad quien produce la presencia de Cristo, en vez de ser Cristo la fuente y el centro de nuestra comunión, y la Cabeza de su cuerpo que es la Iglesia.

Se está alterando el sentido de lo sagrado en relación a este grande Sacramento, como efecto de un debilitamiento de la oración, de la contemplación y de la adoración del Misterio eucarístico.

Se corre el riesgo de comprometer la verdad del dogma católico de la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, tradicionalmente denominada transubstanciación y, consiguientemente, de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, en un contexto de ideas que tratan de explicar el misterio eucarístico no tanto en sí mismo, sino más bien desde el punto de vista del sujeto con el cual dicho misterio entra en relación, por ejemplo, con términos como transfinalización y transignificación. Se releva una incoherencia entre la fe profesada en el Sacramento y la dimensión moral, ya sea en la esfera personal, ya sea en aquella más amplia de la cultura y de la vida social.

Son escasamente conocidos los documentos de la Iglesia y, en particular, del Concilio Vaticano II, las grandes encíclicas sobre la Eucaristía, inclusa la Ecclesia de Eucharistia, la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, y otros. Falta un justo equilibrio en la celebración: se va desde un ritualismo pasivo a una creatividad excesiva, que algunas veces alcanza expresiones de protagonismo del celebrante de la Eucaristía, caracterizado frecuentemente de locuacidad, de muchos y largos comentarios, sin permitir que hable el misterio a través del rito y de las fórmulas de la liturgia.

 

PARTE II

FE DE LA IGLESIA EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTÍA

Capítulo I

EUCARISTÍA, DON DE DIOS PARA SU PUEBLO

«Misterio de la fe»

Eucaristía, misterio de la fe

28. Con esta expresión el sacerdote que preside la Eucaristía proclama con admiración la fe de la Iglesia en el Señor resucitado, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, transformados por la gracia del Espíritu Santo en el Cuerpo y en la Sangre del Señor Jesús.

Es conocida la insistencia del Magisterio conciliar sobre la Eucaristía como centro y corazón de la vida de la Iglesia y sobre todo como misterio de la fe, designio de Dios revelado en Jesucristo. Dios que se ofrece a nosotros, Dios que está con nosotros, es misterio de inefable riqueza, don y misterio que debe ser continuamente redescubierto. El Mysterium fidei es Dios que se entrega a nosotros, el Primero, el Último y el Viviente entrado en el tiempo. El Señor Jesús es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios en medio a nosotros. Él es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre.

Un conocido texto del Concilio Vaticano II responde a la pregunta sobre la fe en el misterio: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. [...] Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».[49] El término misterio aparece tres veces, condensando la verdad sobre Cristo y sobre el hombre. El misterio del Verbo, el misterio del Padre y el misterio del hombre no son un enigma insoluble, sino que encuentran la respuesta en Jesucristo, que es verdadero Dios y verdadero hombre. Él, haciéndose «verdaderamente uno de los nuestros» y permaneciendo «unido en cierto modo con todo hombre»,[50] ha permitido a quienquiera que lo desee encontrar el camino que conduce al sentido pleno de la existencia. Él no ha permanecido ajeno a lo humano, sino que ha dado cumplimiento a la verdad de la creación porque: «Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre».[51] El Papa Juan Pablo II había citado este texto en su primera encíclica Redemptor hominis,[52] como proponiendo un programa para la Iglesia, llamada a deducir de la verdad sobre Cristo la verdad sobre el hombre, que se encuentra en el mismo Evangelio.

29. El hecho y el misterio de la encarnación y de la muerte y resurrección de Jesucristo el Señor, que permite al hombre participar en la vida divina, está presente en la Eucaristía, pan de vida eterna, porque contiene en sí misma la fuerza para vencer la muerte. «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día» (Jn 6,54). Es la resurrección, por lo tanto, la fuente perenne de sentido, que se ofrece a la humanidad.

La Eucaristía, en efecto, es el centro del anuncio que los cristianos en el mundo hacen desde hace dos mil años: Jesús, el crucificado, ha retornado de la muerte a la vida y nosotros somos los testigos (cf. 1 Co 15,3-5).

La Eucaristía anuncia la muerte de Cristo que, en su carácter dramático, todos pueden entender. Pero proclama también su resurrección, que requiere la fe y la apertura a aceptar a Dios en nuestra existencia. La fe es el nuevo estilo de vida que nace de la Eucaristía, y lleva en sí misma el sentido último y definitivo de la espera del retorno del Señor.

Sin la fe la Eucaristía no puede ser celebrada ni vivida, como recuerda el trinomio: fe, liturgia, vida, tan difundido en los programas pastorales. Sin la fe no se puede ni siquiera pensar en el tema de la participación activa en la liturgia.

Eucaristía, nueva y eterna alianza

30. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, citando San Ireneo, «La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: "Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar"».[53] ¿Cómo no ver aquí en acto aquella alianza con Dios, de la cual el hombre tiene necesidad para vivir, la alianza de la fe? «Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes» (Is 7,9b), dice el Señor. La Eucaristía es la Alianza nueva y eterna, pacto y testamento que Jesús ha dejado en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

En efecto, en este Sacramento la Iglesia entera expresa su fe: después de haber escuchado la Palabra se profesa la fe en el misterio eucarístico, revelación y don de Dios mismo en Jesús, que impulsa a los cristianos a la donación plena y perfecta de sí mismos. Sobre todo en la Eucaristía la fe significa reconocer y aceptar a Jesucristo como en un encuentro en el cual la persona del fiel se compromete totalmente, a ejemplo de María, modelo de fe plenamente realizada.

Fe y celebración de la Eucaristía

31. Las respuestas a los Lineamenta no dejan de señalar las características de la fe como condiciones necesarias para celebrar la Eucaristía. En ella se manifiesta el primado de la gracia de Dios, que se encuentra siempre en el origen de todo, y que con el don del Espíritu Santo nos ayuda a recibir su acción misteriosa en el Sacramento para la transformación del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Jesús y para nuestra santificación. Si se asiste a la liturgia eucarística sin creer en la gracia y sin al menos el deseo de estar en estado de gracia, no hay participación adorante en espíritu y verdad.

En la Eucaristía se proclama la verdad de la Palabra de Dios que se ha revelado en Jesús, Verbo hecho carne que contiene ya en sí mismo la realización última de la historia humana. Si se asiste a la liturgia de la Eucaristía con las dudas en vez de con el asentimiento a la verdad, no hay verdadera participación. El don de la libertad que el Creador ha dado a la creatura hace que la fe sea un acto libre de adhesión a la persona de Jesús, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6). En la liturgia de la Eucaristía Él se deja reconocer, pero al mismo tiempo permanece escondido para estimular la razón y la inteligencia del creyente a buscarlo constantemente, para encontrarlo presente en la vida. Esta es la acción del misterio al cual la liturgia conduce siempre más profundamente. Los Padres de la Iglesia la llaman mistagogia.

El amor actúa y completa la fe, como dicen los apóstoles Santiago y Pablo (cf. St 2,14 ss; Rm 13,10; Ga 5,6). La fe cambia el corazón del creyente, lo convierte y lo abre al amor. La fe y el amor unidos a la esperanza constituyen el fundamento del ser cristiano. La Eucaristía es el sacramento del amor que abre el hombre al amor y le hace descubrir su origen y su razón de ser. Sin ágape no hay vida en el Espíritu.

Todas estas características hacen que la participación se exprese principalmente en el hacer la voluntad de Dios, como se pide en la oración del Padre nuestro, en vista de la plenitud de la Comunión. Ciertamente, es posible participar en la Misa aún sin encontrarse en las condiciones requeridas para acercarse a la Comunión, pero es necesario alimentar siempre el deseo y la voluntad de cumplir tales condiciones cuanto antes.

Fe personal y eclesial

32. La comunión con Cristo y con la Iglesia manifiesta que la dimensión personal de la fe tiende continuamente a la dimensión eclesial, precisamente como hace la liturgia desde la profesión de fe bautismal. Por este motivo, sin el Bautismo no es posible el acceso a la Eucaristía, que presupone la fe. De este modo, si con el pecado se pierde la gracia bautismal, entonces se hace necesario el «bautismo laborioso», la Penitencia, para volver a la Eucaristía.

Antes de la Eucaristía se renueva la profesión de fe, vínculo imprescindible que demuestra la comunión de cada iglesia particular con todas las iglesias locales esparcidas en el mundo y en primer lugar con la Iglesia de Roma y con su Obispo, principio necesario de la unidad. Lo mismo se hace en la anáfora, cuando se proclaman los dípticos. En la Eucaristía manifestamos la fe personal y eclesial.

La participación en la Eucaristía agudiza la inteligencia del misterio, que involucra al hombre y a su vida y permite al cristiano defender la propia fe frente a interpretaciones parciales o erróneas. No es una casualidad que la liturgia sea parte integrante del camino de fe que dura toda la vida.
 

El sentido global de la fe se percibe sobre todo en el testimonio de los mártires, che han aceptado libremente la muerte a ellos infligida en odio a la fe, frecuentemente durante o inmediatamente después de la celebración eucarística. Ellos estaban seguros de poseer la verdad y la vida, siguiendo a Cristo, que se ofreció libremente mientras dejaba en la Eucaristía el memorial de su sacrificio. Verdaderamente, en el martirio la Eucaristía se manifiesta en sumo grado como fons et culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, como sucede en tantas Iglesias que sufren, abierta o implícitamente, persecuciones.

Percepción del misterio eucarístico entre los fieles

33. De las respuestas a los Lineamenta se releva, en general, una cierta disminución de la percepción de misterio celebrado. No siempre se percibe plenamente el don y el misterio de la Eucaristía. De todos modos, se verifican algunos matices según los diversos contextos culturales. Por ejemplo, en los países donde reina un clima general de paz y prosperidad, en gran parte occidentales, el misterio eucarístico es considerado por muchos como un modo de cumplir con el precepto festivo y es vivido como un convivio fraterno. En cambio, en los países torturados por la guerra y por diversas dificultades existenciales, se nota una más profunda comprensión del misterio eucarístico en su totalidad, es decir, también en la dimensión sacrificial. El misterio pascual celebrado incruentamente sobre el altar da un profundo sentido espiritual a los sufrimientos de los cristianos católicos en aquellas tierras, ayudándolos a aceptar tales dificultades a través de la participación en el misterio de la muerte y resurrección del Jesucristo, el Señor.

En algunas respuestas provenientes de la Iglesia que vive en África se alude al hecho que la idea de sacrificio forma parte de las culturas de ese continente y por lo tanto, esa concepción, adecuadamente elevada, después de haber sido purificada de elementos extraños al Evangelio, es a menudo utilizada pastoralmente en la catequesis para hacer comprender la dimensión sacrificial de la Eucaristía. En la catequesis se manifiesta una dificultad en mantener juntos el carácter de sacrificio y de convivio, cayendo muy frecuentemente el acento sobre este último aspecto.

Para enfrentar estas situaciones pastorales, muchas respuestas a los Lineamenta expresan el deseo de una eficaz y fiel aplicación de la reforma litúrgica que restablezca el equilibrio entre las diversas dimensiones de la Eucaristía. Si fuera necesario se podría pensar en algún retoque de las normas litúrgicas. Paralelamente se sugiere promover una adecuada catequesis a todos los niveles, para hacer comprender mejor que en la Eucaristía se renueva el misterio pascual y que ella es sacrificio de adoración y de comunión que hace crecer la comunidad.

Sentido de lo sagrado en la Eucaristía

34. No se duda acerca de los grandes efectos de la reforma litúrgica, llevada adelante según el espíritu del Concilio Vaticano II. En efecto, la liturgia post-conciliar ha favorecido mucho la participación activa, consciente y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar.[54]

Sin embargo, según las respuestas recibidas de no pocas naciones se notan, tanto de parte del clero como de parte de los fieles, errores y sombras en la praxis de la celebración eucarística, que parecen tener su origen en un debilitamiento del sentido de lo sagrado en relación al Sacramento. La salvaguardia de este sentido depende fundamentalmente de la comprensión que la Eucaristía es un misterio y un don, cuyo memorial exige signos y palabras que correspondan a la naturaleza sacramental.

Muy a menudo son indicados en las respuestas a los Lineamenta ciertos actos que atentan contra el sentido de lo sagrado. Por ejemplo: la falta de cuidado en el uso de los ornamentos litúrgicos propios de parte del celebrante y de los ministros, así como también la falta de decencia en el modo de vestir de los que participan en la Misa; la semejanza de ciertos cantos usados en la iglesia con respecto a los cantos profanos; el tácito consenso de eliminar algunos gestos litúrgicos porque son considerados demasiado tradicionales, como la genuflexión delante del Santísimo Sacramento; una distribución impropia de la Comunión en la mano, sin una adecuada catequesis; las actitudes poco reverentes antes, durante y después de la celebración de la Santa Misa, no solo de parte de los laicos, sino también de parte del mismo celebrante; la decadente calidad arquitectónica y artística de los edificios sagrados y de los objetos destinados al servicio litúrgico; los casos de sincretismo debidos a una inculturación desconsiderada de las formas litúrgicas, mezcladas con elementos de otras religiones.
 

Todas estas realidades negativas, más frecuentes en la liturgia latina que en aquellas orientales, no deben causar falsos alarmismos, porque están circunscriptas. No obstante, deben provocar una sincera y profunda reflexión con el objetivo de eliminarlas y hacer que las liturgias eucarísticas sean verdaderos momentos de alabanza, de oración, de comunión, de escucha, de silencio y de adoración, en el respeto del misterio de Dios que se revela en Cristo, bajo el pan y el vino, y en la respetuosa alegría de sentirse miembros de una comunidad de fieles reconciliados con Dios Padre en la gracia del Espíritu Santo. La Eucaristía es el punto más sagrado y alto de la oración. Es la gran oración.

Capítulo II

MISTERIO PASCUAL Y EUCARISTÍA

«Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz,
anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga
» (1 Co 11,26)

Centralidad del misterio pascual

35. En cada celebración eucarística se renueva el misterio pascual de la muerte y resurrección del Jesucristo, el Señor, pan partido Para la vida del mundo y Sangre derramada para la redención de los hombres y la liberación del cosmos (cf. Rm 8,19-23).

El tema sinodal debe ayudar a descubrir nuevamente el misterio pascual de Jesús como misterio de la salvación, del cual nace la vida y la misión de la Iglesia. La Eucaristía se revela como el Don: el Señor se ofrece a sí mismo, es el Dios con nosotros. La Eucaristía es su Persona y su vida para nosotros. Con la Eucaristía el Señor ejercita la misión sacerdotal, profética y real.

«¡Es verdad! (El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34) decían los apóstoles y los discípulos. San Pablo exhorta a Timoteo: «Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos» (2 Tm 2,8). Precisamente, respecto al testimonio apostólico, San Juan Crisóstomo observa: «Por lo tanto, es evidente que si no lo hubieran visto resucitado y no hubieran tenido una prueba innegable de su poder, no se habrían expuesto a tan alto riesgo».[55]

En cierto sentido el hombre tiene la capacidad de desear todo, pero en su poder tiene sólo aquello que logra realizar en concreto. La muerte y sus anticipaciones, como la enfermedad y el sufrimiento, indican el límite intrínseco de la libertad de elección del hombre. Con la resurrección Jesús introduce en la historia de la humanidad el germen de la esperanza definitiva: la victoria sobre la muerte. Esto, finalmente, es la cumbre de la revelación que Él cumple. La muerte ha sido vencida, ya sea porque el pecado ha sido destruido y el hombre ha sido reconciliado con Dios, ya sea porque la vida ha sido restaurada y es ofrecida eternamente a quien cree en Cristo. El signo concreto de esta esperanza lo ofrece el Señor Jesús al querer la Iglesia como su Cuerpo místico. Los creyentes, en efecto, han muerto y resucitado con Cristo (cf. Rm 6,1-11).

Nombres de la Eucaristía

36. Es necesario explicar el nombre de la Eucaristía y profundizar su contenido para comprender el culto cristiano. El Catecismo de la Iglesia Católica cita los nombres con los cuales ha sido llamado este Sacramento: en primer lugar, Eucaristía;[56] después Cena del Señor, ya sea como conmemoración de la Cena pascual por Él celebrada ya sea como anticipación de la Cena de las Bodas del Cordero en la Jerusalén celestial; Fracción del Pan, rito que subraya el compartir de la comunión en un solo Cuerpo y que fundamenta la sinaxis o asamblea eucarística, expresión visible de la Iglesia; Memorial de la pasión y resurrección; Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Redentor; Santa y Divina Liturgia, Santos Misterios, Santísimo Sacramento, Comunión, Cosas Santas, Remedio de inmortalidad, Santa Misa, que subraya la dimensión misionera.

Hacer comprender el significado de estos términos, sin excluir ninguno de ellos, es importante para una catequesis completa, condición de una participación verdaderamente consciente en la liturgia.

Sacrificio, memorial y convivio

37. Se descubre en las respuestas y observaciones a los Lineamenta una exigencia general de conocer más profundamente la naturaleza sacrificial de la Eucaristía y se pide que esta verdad de nuestra fe sea expuesta siempre con mayor claridad, siguiendo el reciente Magisterio de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II promovía la reflexión teológica sobre el sentido del sacrificio de Jesús, como ofrenda plena, libre y gratuita a Dios Padre por la salvación del mundo. Entre tantos textos que se refieren a este aspecto merece una especial atención el que alude al ejercicio del sacerdocio ministerial en la Constitución dogmática Lumen Gentium: «Los presbíteros ... su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde obrando en nombre de Cristo y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza y representan y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento: a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,11-28)».[57]

Sobre este mismo argumento el Catecismo de la Iglesia Católica[58] presenta un título: El Sacrificio Sacramental: acción de gracias, memorial, presencia, del cual se deduce que el nombre que prevale y que incluye a los otros, es sacrificio sacramental: es decir, el hecho de la muerte de Cristo para salvarnos de los pecados con su sacrificio, cuya eficacia se encuentra a disposición de todos los hombres en el Sacramento. Por lo tanto, la acción de gracias es ofrecida por su sacrificio, el memorial de su sacrificio, la presencia de su sacrificio en el cuerpo ofrecido y en la sangre derramada. La acción de gracias se dirige a Dios por la creación y por la salvación del mundo.

Considerar en este modo la Eucaristía ayuda a superar la dialéctica entre sacrificio y convivio. En efecto, si se entiende este segundo término como sinónimo de cena, el convivio incluye el sacrificio, en cuanto se trata de la cena del Cordero inmolado; si se lo entiende como sinónimo de comunión, el convivio expresa la finalidad o la cumbre de la Eucaristía.

La encíclica Ecclesia de Eucharistia, tratando del sacrificio eucarístico,[59] enseña que la Iglesia presenta continuamente el sacrificio de Cristo también en forma de intercesión, en cuanto el mismo Hijo se ha ofrecido en su carne y en ese sentido es mediador entre el hombre y el Padre. La Iglesia de Cristo se une a ese ofrecimiento en la anáfora o plegaria eucarística. Dicha ofrenda, si bien en forma incruenta, no es nueva, sino que se trata de la misma que ha tenido lugar en la Cruz. En este sentido deben interpretarse las palabras de la encíclica: «La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica».[60] El hecho de afirmar que esto sucede a causa del amor sacrificial del Señor sirve para repetir cuanto ha sido dicho en la encíclica.

Consagración

38. La Encarnación, la Muerte y la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés son eventos que han tenido lugar realmente y llevan a comprender que la presencia permanente y substancial del Señor en el Sacramento no es tipológica o metafórica. Por el contrario, si el Sacramento es presentado solo como un símbolo de la presencia de Cristo, es porque se duda que Dios pueda intervenir sobre realidades materiales. Ahora bien, poniéndose en el contexto de los otros modos de presencia, el misterio pascual ayuda a comprender la naturaleza de aquella Eucaristía que es dada por la transformación de las especies, es decir por la transubstanciación. El pan se transforma en Cuerpo ofrecido, partido para nuestra salvación: Corpus Christi, salva me; el vino se transforma en Sangre derramada, sobreabundante de la delicia divina: Sanguis Christi, inebria me.[61] La superación de la distancia entre la pobreza de las especies sacramentales y Jesucristo que se da real y substancialmente, permite a la Eucaristía poner en el mundo el germen de la nueva historia.[62] El misterio pascual confirma la condescendencia de Dios y la kénosis del Hijo, permaneciendo la trascendencia absoluta de la Trinidad.

Por ello, las palabras de Jesús «Tomad y comed» sobre todo indican el don de sí mismo a nosotros. En segundo lugar, aluden a la fraternidad de la mesa, a la unidad de la comunidad de la Iglesia y al compromiso de compartir el pan con quien padece hambre. De todo esto nace la adoración, es decir el reconocimiento permanente del Señor que acompaña el camino del Pueblo de Dios.
 

La transubstanciación tiene lugar en la consagración del pan y del vino. A este respecto, en las respuestas se recomienda una explicación de la teología de la consagración a la luz de las tradiciones eclesiales de oriente y de occidente, que se refieren, en particular, a la consagración, como imitación del Señor en lo que Él ha hecho y ordenado en la Cena, y a la invocación del Espíritu Santo en la epíclesis. Una mayor claridad en la teología de la consagración podría ser de gran utilidad, no sólo para el diálogo ecuménico con las Iglesias Orientales con las cuales no existe todavía una plena comunión, sino también para la eliminación de algunas sombras señaladas por las mismas respuestas a los Lineamenta, como por ejemplo: el uso de hostias confeccionadas con levadura y otros ingredientes; la celebración con pan común; la improvisación de la plegaria eucarística; la recitación de ésta o de una parte de la misma por el pueblo a insistencia del celebrante; la fractio panis en el momento de la consagración.

Presencia real

39. La presencia del Señor en el Sacramento ha sido querida por Él mismo para permanecer junto al hombre y alimentarlo con su Cuerpo y Sangre, para quedarse dentro de la comunidad eclesial. La respuesta del hombre es la fe en la presencia real y substancial, como se insinúa en algunas respuestas en base a las encíclicas Ecclesia de Eucharistia y Mysterium fidei. Junto con la fe en la presencia de Cristo en el Sacramento deben recordarse otros aspectos: el sentido del misterio y las actitudes que lo demuestran, la posición del tabernáculo, la dignidad de la celebración, la dimensión escatológica, es decir, el Sacramento como prenda de la gloria futura. La Eucaristía, en efecto, es también anticipación de la realidad última y eterna durante la peregrinación hacia la Casa del Padre Celestial, como lo manifiesta, por ejemplo, la actitud de espera esponsal propia de las personas consagradas.

Juan Pablo II en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine para el Año de la Eucaristía proponía esta síntesis de la doctrina de la presencia de Cristo viviente en su Iglesia: «Todos los aspectos de la Eucaristía confluyen en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia "real". Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas está realmente presente Jesús. Una presencia como explicó muy claramente el Papa Pablo VI― que se llama "real" no por exclusión, como si las otras formas de presencia no fueran reales, sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristía seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Precisamente su presencia da a los diversos aspectos banquete, memorial de la Pascua, anticipación escatológica un alcance que va mucho más allá del puro simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo».[63]

Esta citación afirma el dato doctrinal referido por diversas respuestas a los Lineamenta: Aquel que está oculto en el Sacramento es el Mediador pleno de majestad entre Dios y el hombre, es el eterno y sumo Sacerdote, el Maestro divino, el Juez de vivos y muertos, el Dios-Hombre, la Palabra hecha carne, es Aquel que abraza en modo misterioso a todos los fieles en la gran comunidad de la Iglesia. Así Él se presenta en la Misa.

40. De algunas respuestas a los Lineamenta, sin embargo, se deduce que a veces se difunden declaraciones contrarias a la transubstanciación y a la presencia real, la cual se entiende en un sentido sólo simbólico, y se observan comportamientos que manifiestan implícitamente tal convicción. Como muchos indican en sus respuestas, algunas veces parece que en la liturgia hay quienes obran como animadores que deben atraer la atención del público sobre la propia persona, en vez de actuar como servidores de Cristo llamados a conducir a los fieles a la unión con Él.[64] Todo esto, obviamente, repercute negativamente sobre el pueblo, que corre el riesgo de caer en la confusión en lo que se refiere a la comprensión y a la fe en la presencia real de Cristo en el Sacramento.
 

En la tradición de la Iglesia se ha creado un verdadero lenguaje de gestos litúrgicos orientados a expresar la recta fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, como por ejemplo, la cuidadosa purificación de cálices y copones después de la comunión y también cuando accidentalmente caen las especies eucarísticas en el piso, la genuflexión delante del tabernáculo, el uso de la bandeja para la comunión, la renovación periódica de las Hostias conservadas en el sagrario, la custodia de la llave del tabernáculo en un lugar seguro, la compostura y el recogimiento del celebrante en sintonía con el carácter trascendental y divino del Sacramento. Omitir o descuidar estos signos sagrados, que encierran un significado más profundo y amplio que su aspecto externo, ciertamente no contribuye a consolidar la fe en la presencia real de Cristo en el Sacramento. Por ello, en las respuestas se recomienda que los signos y símbolos que expresan la fe en la presencia real sean objeto de una adecuada mistagogia y catequesis litúrgica.

41. Además, no debe olvidarse que la expresión de la fe en la presencia real del Señor muerto y resucitado en el Santísimo Sacramento tiene un punto culminante en la adoración eucarística, tradición que en la Iglesia latina tiene profundas raíces. Esta práctica, como justamente subrayan muchas respuestas a los Lineamenta, no debería ser presentada en discontinuidad con la celebración eucarística, sino como su natural prolongación. Las mismas respuestas indican que en algunas iglesias particulares se verifica un despertar de la adoración eucarística, aunque se señala que tal acción debe siempre cumplirse con dignidad y solemnidad.

La posición del tabernáculo en un lugar fácilmente visible es también otro modo de poner en evidencia la fe en la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento. A este respecto, en las respuestas a los Lineamenta se pide reflexionar sobre la adecuada colocación del tabernáculo en las iglesias, teniendo en cuenta las disposiciones canónicas.[65] Debería verificarse si la remoción del tabernáculo del centro del área presbiteral, para colocarlo en un ángulo no muy evidente y digno o en una capilla apartada, o bien la ubicación de la sede del celebrante en posición central o delante del sagrario, como ha sucedido en muchas adaptaciones de iglesias antiguas o en nuevas construcciones, no haya contribuido de algún modo a la disminución de la fe en la presencia real.

De las mismas respuestas emerge que, allí donde han sido dadas instrucciones sobre la construcción y la reestructuración de iglesias, insistiendo especialmente sobre la colocación del tabernáculo, de tal modo que se demuestre la conciencia de la presencia real, han sido obtenidos resultados positivos, como el aumento de la fe y de la adoración. Las iglesias deben siempre ser lugares de oración y de adoración y no deben transformarse en museos. Esto vale también para las catedrales y las basílicas de gran valor histórico y artístico.

PARTE III

LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

Capítulo I

CELEBRAR LA EUCARISTÍA DEL SEÑOR

«Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20)

«Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia»[66]

42. La celebración de la Santa Misa comienza reconociendo que Dios está presente donde dos o más se reúnen en su nombre y que nosotros estamos ante Él. Cuando participamos en la Misa debemos tomar conciencia de estar junto a la fuente de la gracia: «Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación».[67] En la liturgia el hombre no dirige su mirada a sí mismo sino a Dios.

No es nuestra alabanza, sino su acción que hace la Eucaristía. La Eucaristía está en el centro de la liturgia cósmica en la cual se encuentra la Trinidad, eternamente adorada por María y por los ángeles que sirven a Dios, ofreciéndonos un modelo de servicio. El Dios uno y Trino es adorado además por los santos y por los justos que gozan de su visión beatífica e interceden por nosotros, así como también por las almas de los fieles que se purifican mientras esperan ver a Dios. Es aquí que la Iglesia se manifiesta como familia de Dios, según enseña el Concilio Vaticano II y recientemente la Exhortación Apostólica postsinodal Ecclesia in Africa.[68]

El culto tributado al Señor y a los santos tiene como centro el misterio pascual: Aporque, al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo».[69] Esta liturgia de comunión, que une el cielo y la tierra, es celebrada para la salvación de todos, también de aquellos que no cre