Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia El valor de la oracion


Autor: Manuel Mendoza, L.C.

Fuente: Gama - Virtudes y Valores

El valor de la oración


La oración nos une a Dios. Como dice san Gregorio: “Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar”.

 

Como dice san Gregorio: “Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar”.

¿Cómo sintetizar la palabra “oración”?

Orar es recoger el corazón y reconocerse pecador: “reconozco mi pecado” (Sal 50). Es un don: “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). Es también una comunión entre tu y Dios que te creó a su “imagen y semejanza” (Gn 1, 26). La oración es mirar con la fe, como Pablo: “caminamos en la fe” (2 Cor 5, 7). O como decía el santo cura de Ars cuando oraba ante el sagrario: “Yo le miro y Él me mira”. Es una atenta escucha a la palabra de Dios que se traduce en hacer su voluntad. Como las brasas que, cubiertas de ceniza, basta un vientecillo para avivarlas y producir calor.

En la oración somos como la arcilla que poco a poco moldea el alfarero con sus manos, o como un pedazo de mármol que el escultor esculpe para sacar una hermosa talla. Así también déjate trasformar por Él, pues del polvo te formó y con su a liento te dio la vida. ¡Qué no hará contigo el Maestro del escultor y del alfarero! “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te ame” (Cf. Jer 1, 5).

Considérate como peregrino de este mundo y como deudor de todo cuanto tienes. “Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto…y se dijo: ¿Qué haré?, pues no tengo donde reunir mi cosecha...Voy a demoler mis graneros y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes mucho…Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán? (Cf. Lc 12, 16-20). Todas tus necesidades, trabajos y dificultades ponlos en las manos de Dios y confía en la esperanza que Él proveerá los medios que Él quiera y como quiera para Ti.

Pero también existen enemigos:

El enemigo de la oración son las cosas mundanas. La serpiente poco a poco va seduciendo al hombre presentándo le las riquezas, el poder y el placer. Cristo resistió orando largos días en el desierto. Adán y Eva sucumbieron por dialogar con la serpiente y perdieron de vista su fin: que fueron creados por Dios y para amar a Dios. Ellos aceptaron lo que Cristo rechazó con tenacidad y amor a su Padre y a su misión: la “gloria” mundana.

¿Cuántos mueren y sufren, y a ti Dios te permite vivir hoy para que le mires a Él? ¿Dónde estás? (Gn 3, 9). Una vez más es la iniciativa de Dios que sale a tu encuentro a pesar de tu infidelidad. El hombre responde: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo porque estoy desnudo; por eso me escondí” (Gn 3, 10). Dios no quiere tu lejanía sino procura tu cercanía. Sale a tu encuentro para que le veas “cara a cara” (Gn 32, 31). “Por eso te ha dado el entendimiento para que le conozcas, la memoria para que te acuerdes de Él, la voluntad para que le ames, la imaginación para que tengas presente sus beneficios, los ojos para que veas la maravillas de sus obras, la lengua para que le alabes, y así todas la facultades” (Vida devota, san Francisco de Sales)

Bien sabes que en este mundo y en esta vida no hay alma que pueda vivir segura. Las grandes pasarelas de luces y colores brillan modelando por las calles sus atrevidos escaparates de lujosas marcas, que provocan la lujuria, la envidia, la avaricia y lo que es más doloroso, la lejanía de tu creador: “DIOS”. El hombre egoísta no es más que un maniquí ambulante para los demás. Lo grande y hermosa que es tu alma queda ignorada, nada que ver con lo putrefacto y pasajero del mundo, visto en su realidad más llana. Su grandeza (del alma) es su silencio interior y su hermosura jamás pasa de moda: es el amor de Dios que la mantiene siempre bella. Mientras lo banal dura lo que dura la moda, el alma dura lo que dura la eternidad de Dios.

Atrévete a rezar

Cristo es exigente. No te pide paz cuando te pide estar en pie de guerra “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). No te pide poner una mejilla sino también la otra: “al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mt 5,39). No quiere tu vida mediocre sino una vida de perfección “sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48). Y si tienes el coraje de seguirle, existe una condición: toma tu cruz y síguele en primera fila “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí” (Mt 10, 38). Te pide rezar por tus enemigos y amarlos: “Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan” (Mt 5, 44). Recuerda que ¡Él dio la suya por ti! “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). El desprendimiento y la renuncia como prueba de esta amistad: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber...” (Mt 25, 35 ss). En definitiva Cristo quiere que le acompañes en las buenas y en las malas en el otro lado de la cruz.
Cristo oraba confiado en las manos de su Padre. Las cosas que nos pasan son diferentes si dejamos que Dios invada nuestra oración para encontrar el camino seguro. El silencio, la confianza y la decisión son actitudes para encontrarse con Dios que “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). El silencio es la luz del alma donde podrás ver y escuchar a Dios. Cristo es la luz, el sol que te ayuda a admirar la majestuosidad de la creación hecha desde la eternidad por Él, que se hace hombre para ser tu luz. Tu oración será una admiración por la belleza y bondad de Dios; podrás contemplar y adorar la admirable obra de sus manos y finalmente te conducirá a la acción, habiendo quedado sorprendido y estupefacto de quién es Dios. Su amor te tiene que lanzar con más ímpetu y donación a buscarle sólo a Él, sobre todas las cosas, cumpliendo el primer mandamiento: “amar a Dios con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu corazón y a tu prójimo de la misma manera.” (Cf. Mc 12 , 30-31).