Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia LA COMUNICACION Y LA TOMA DE DECISIONES EN EL MATRIMONIO

 

LA COMUNICACIÓN
Y LA TOMA DE DECISIONES
EN EL MATRIMONIO
 

 

Prof. David Isaacs
 

La unidad en el matrimonio está muy relacionada con la entrega mutua y voluntaria de los cónyuges. Esta entrega tiene también que ver con la decisión explícita o implícitade compartir una serie de valores que sirven de criterios para la actuación congruente de cada día. Es decir, la relación entendida como la comunicación habitual entre los cónyuges, precisa  de un acuerdo previo. El hecho de que sea así depende en gran parte de la capacidad de dar y  de recibir en el matrimonio, y de las características de la misma relación. Sin embargo, la vida matrimonial no se realiza únicamente en función de las reacciones y de las acciones más o menos irreflexivas de los cónyuges, por mucho que se hayan puesto de acuerdo en estos valores. Depende también de las decisiones que se tomen en torno a los problemas que suscita todo cambio en la relación conyugal, o en cualquier otro aspecto de la familia.

La unidad producida por la decisión inicial de comprometerse para toda la vida será, más tarde, apoyada por un conjunto de decisiones parciales, tomadas en común o por cada uno en su zona de autonomía. Por eso se suele hablar del mal enfoque de estas decisiones como una de las causas fundamentales de los problemas en el matrimonio. En nuestra opinión, el hecho de que unos cónyuges no lleguen a un acuerdo sobre el modo de ganar o gastar su dinero, por ejemplo, no es significativo en sí, porque es probable que existan criterios diferentes en torno a cuestiones que por su naturaleza son discutibles. Sin embargo, si este desacuerdo sobre el dinero provoca una cierta incomunicación en el matrimonio, significa que la relación en sí fue débil antes de plantear el problema del dinero. Es decir, no se trata de quitar importancia al tema del acuerdo o desacuerdo en la toma de decisiones en el matrimonio, pero tampoco se trata de pensar que posibles desacuerdos provocan automáticamente un estado de incomunicación. En todo caso, será el resultado de una suma de actuaciones incorrectas respecto a la toma de decisiones lo que puede provocar un estado de incomunicación, no un desacuerdo aislado.

En este sentido, nos interesa reflexionar sobre la toma de decisiones en el matrimonio sabiendo que este es un tema clave en el desarrollo de la unidad  del matrimonio.

Como hemos dicho, las dificultades en la comunicación conyugal no sólo surgen en la misma relación, sino también en actos decisorios realizados por los dos cónyuges a la vez o por separado.

Estructuralmente, caben los siguientes planteamientos respecto a la toma de decisiones en la relación conyugal:

 

- una decisión personal que no hace falta comunicar al cónyuge,

- una decisión personal de la que conviene informar al cónyuge,

- una decisión personal que únicamente debe tomarse después de una consulta con el cónyuge,

- una decisión del cónyuge que hay que respetar, porque pertenece a su zona de autonomía,

- una decisión tomada por consenso entre los dos cónyuges.
 

 

PROBLEMAS GENÉTICOS RESPECTO A LA TOMA DE DECISIONES

Respecto a cualquier tema, en torno al cual hay que tomar una decisión, existen varios problemas: ¿qué tipo de decisión debe ser?, ¿debe ser compartida?, ¿pertenece a la zona de autonomía personal o no?. Y, luego que la decisión en sí se tome bien. Si las decisiones que se toman habitualmente tienden a ser ineficaces, es lógico que se produzca una situación en la que exista el deseo por parte de uno de los cónyuges de asumir la zona de autonomía ajena o echar la culpa al cónyuge, por ejemplo, deteriorando así la comunicación posible. Por eso, en primer lugar vamos a considerar las condiciones para la toma eficaz de cualquier decisión.

Para poder acertar en la toma de decisiones hay que saber primero informarse. La información se recoge observando, leyendo, escuchando o por gestos. Todas estas capacidades, van a ayudarnos a obtener una información correcta, completa y proporcionada sobre el tema en estudio. Por ello, se tratará de conocer los propios prejuicios para asegurarse que la información recibida concuerda con la realidad. Es fácil, por tener algún prejuicio, desestimar la información de alguna fuente. También es posible que se llegue a dar mas importancia a una parte de la información, no porque la tenga objetivamente, sino por saber más de este tema, por ejemplo.

En la recogida de la información habrá que captar la fiabilidad de las distintas fuentes de información, distinguir entre lo que es importante y lo secundario, entre hechos y opiniones, y a reconocer cuándo la información es completa o incompleta.

A continuación, se tratará de establecer criterios para enjuiciar esa información en función del resultado que se desea, y ayudándolos también a relacionar la información con esos criterios.

 Cuando existe una excesiva competencia en hacerse con recursos que escasean.

1) Cuando existe un deseo de controlar actividades que pertenecen a la zona de autonomía de otra persona.

2) Cuando no hay acuerdo sobre los objetivos a perseguir o sobre los sistemas y procedimientos que se deben utilizar para lograr aquellos objetivos.

Entre cónyuges, el primer punto puede relacionarse con distintos tipos de recursos. Por ejemplo, puede surgir un conflicto sobre la utilización del tiempo, el tiempo pasado en compañía del cónyuge, o con los hijos, en el trabajo, con los amigos, etc. Pero, también, puede surgir conflictos por el dinero, bien porque cada uno cree que debe tener mayor autonomía en este asunto o porque no considera correcto la utilización que el cónyuge está haciendo de la autonomía que posee. También es posible que surjan conflictos en torno al afecto de un hijo. Esto se nota en algunos casos en que los cónyuges no están lo suficientemente satisfechos del cariño que reciben del cónyuge y pretenden compensar esa insatisfacción buscándola en el hijo. El espacio en la casa puede ser excesivamente limitado y, en consecuencia, surgen conflictos en torno a la utilización de ese espacio. Esto puede concretarse en cosas tan sencillas como poner o no el televisor en un lugar en que el cónyuge quiere leer.

La clave en estas cuestiones consiste en encontrar o reconocer dónde escasean los recursos (espacio, dinero, tiempo, etc.), porque, así, será más fácil poner los medios para evitar conflictos, buscando una solución que supone un esfuerzo a cada una de las personas implicadas.

Resumiendo, podríamos decir que cuando existe una excesiva competencia entre los cónyuges para hacerse con recursos que escasean, más posibilidades existen de que surja un estado de incomunicación.

Por otra parte, convendría comentar la relación que hay entre la unidad y la autonomía en el matrimonio y el estilo personal.

Si existe un acuerdo en los asuntos fundamentales o se esta luchando para llegar a un acuerdo; es decir, si se cuenta con unas actitudes positivas en desarrollo, principalmente relacionadas con la comprensión empática, el aprecio y la congruencia, el estilo personal de cada cónyuge da riqueza  al  matrimonio. No buscamos una uniformidad en el comportamiento de los cónyuges, sino una interpretación personal de una misma realidad.

El estilo personal se refleja en el modo de comportarse en las situaciones habituales. Así que se podría decir que una persona que se comporta de un modo imprevisto continuamente no tiene estilo personal. Pero no sólo se trata de un comportamiento a secas, sino también de que sea el resultado de una decisión previa. Una persona que se deja llevar sin tomar, conscientemente, ninguna decisión personal como base de un comportamiento tampoco tiene un estilo personal.

Aquí convendría aclarar que la persona no suele pensar mucho las decisiones que toma en el curso de un día. Normalmente, está en posesión de la suficiente información, como para adoptar un comportamiento congruente con ella. Pero cuando se piensa en lo que se quiere, se suele actuar de un modo imprevisto, a menos que se esté imitando el estilo del otro (el caso del padre que ciegamente trata a sus hijos del mismo modo que le trataron sus padres a él).

Con todo, al hablar de un estilo personal podemos referirnos al hábito de reflexionar sobre las cuestiones fundamentales y al hecho de tomar postura en relación con ellas. La interpretación de esta postura -compartida por los cónyuges- será en función del modo de ser de cada uno. Se puede interpretar una melodía en un piano o en un violín y podemos reconocer y apreciar esa melodía. Pero también, podemos combinar los dos instrumentos, de modo que el violín lleve la melodía y el piano el acompañamiento, que lejos de oscurecerla, la resalte. Así es el matrimonio. A veces, un cónyuge se centrará con más fuerza en su modo de conseguir sus fines y estará acompañado por la música, de fondo, de su pareja. Y luego se intercambiarán. Para que el estilo, -la interpretación-, sea bueno, los dos tienen que conocer la melodía y haber decidido que la van a interpretar. Por último, tienen que estar muy atentos el uno al otro para no avanzar a distintas velocidades y para mantenerse afinados, en armonía. No sólo se trata de un acuerdo inicial, sino de una atención continuada del uno hacia el otro. Sin este acuerdo es muy difícil seguir la unidad de la ¡familia, unidad que va a permitir asumir cada uno su papel dentro del grupo familiar.

Existe una diferencia fundamental entre una relación permanente de dependencia y una relación en la que cambian los papeles de director y de dirigido según la situación. Es lógico que en el matrimonio la familia el hombre o la mujer se turnen en la toma de iniciativas según las circunstancias. Saberse dependiente del otro en una situación dada es bueno. Cada matrimonio deberá definir los distintos campos de dependencia en sus circunstancias particulares, pero cuando uno se da cuenta de que el otro no está tomando ninguna iniciativa, ni cuenta con su ayuda para resolver los problemas comunes, entonces habrá de interpretar él también como una señal de alarma. Es decir, la mejora de la relación depende de que exista un estilo personal en cada uno. Este estilo sólo puede desarrollarse si cada cónyuge es responsable, o sea, si asume las consecuencias de una decisión tomada en el ser y en el hacer. En resumen, la responsabilidad de la ejecución material debe ser alternante. Los papeles deben cambiarse para que entre los dos se consigan resultados deseados y previstos.

El deseo de ser independiente, normalmente, surge como rechazo a una situación de encasillamiento. La mujer cuyo marido le exige un comportamiento dado, sin permitirle desarrollar su estilo personal, puede desear independizarse de estas influencias. El marido cuya mujer le exige un comportamiento dado, en relación con su modo particular de organizar la casa, p. e., puede reaccionar buscando su independencia. Puede optar por pasar menos tiempo en casa o por hablar menos cuando está. La persona se siente más independiente cuando no comunica, porque así no hace falta comprometerse a un curso de acción cara al otro.

No es independencia lo que buscamos sino una autonomía lo suficientemente amplia como para que nos impulse a poner libremente nuestras capacidades y cualidades al servicio de los demás. La delegación ejecutiva que existe en algunos momentos será la consecuencia de una decisión libre de colaborar con el otro y será fecunda solamente si no es una aceptación pasiva y permanente.

Volviendo a los tipos de decisiones propuestas anteriormente, veremos que las decisiones que puede tomar uno de los cónyuges y que no necesita comunicar al otro, tendrán que ver con la propia intimidad, en aquello que tenga algo que ver con el cónyuge. Por ejemplo, una decisión de ayudar a algún amigo en un problema íntimo no necesariamente exigirá una información al cónyuge. En algunos casos se puede comunicar el asunto, sólo por el deseo de compartir algo valioso, algo que es importante para uno mismo. Lo mismo se puede decir respecto a la relación personal con Dios.  

 

PROYECTOS EN COMÚN

Hasta aquí hemos considerado la comunicación en relación con la toma de decisiones en función de la resolución de los problemas que van surgiendo en la vida normal. Lograr una congruencia entre el acuerdo inicial y las decisiones consiguientes no es fácil, pero tampoco es suficiente, ya que no sólo se trata de preservar lo que se tiene sino también de forjar el futuro. Es decir, se trata de tomar decisiones respecto a los proyectos de futuro.

Cuando hablamos de proyectos de futuro nos referimos a la posibilidad de saber hacia dónde se quiere ir, es decir, de no ser pasivos, esclavo de las circunstancias de una actitud directiva con la que se pretende que los cónyuges persigan resultados intencionalmente, contando con la participación de los distintos miembros de la familia. Si el matrimonio no se plantea a dónde quiere ir, es posible que cualquier cosa que ocurra sea mal recibida, ya que estorba el “statu quo” establecido. O como dice Séneca: “cuando el barco no sabe a qué puerto se dirige, todos los vientos son contrarios”.

Al hablar del futuro, podríamos referirnos al futuro inmediato; mañana, o también al futuro distante, dentro de unos cuantos años. Pero lo que interesa es el proyecto de futuro, pensando principalmente en lo que puede ser objeto de un esfuerzo presente, aunque requiera la perseverancia hasta llegar a la situación prevista.

Por ejemplo, no se trata de que unos recién casados tengan un proyecto de futuro muy a largo plazo en el que se defina cómo quieren actuar cuando sean abuelos, pero tampoco se trata de pensar únicamente en qué van a hacer el sábado o las próximas vacaciones. Se trata de elaborar las líneas maestras en una serie de ámbitos, que incluyen sobre todo cómo quieren que se desarrollen las mismas relaciones conyugales. Habría que preguntarse: “¿Cómo es la situación actual? y ¿Cómo nos gustaría que fuera dentro de unos años? Otro ámbito de proyectos de futuro será el de los hijos, sin pretender modelarlos para que encajen con lo previsto, sino considerando lo que será mejor para cada uno de ellos, contando con sus características y cualidades personales. Para ello, otra vez, hará falta ponerse de acuerdo sobre cuáles son esas características y cualidades.

Otro campo en torno al cual conviene reflexionar es el trabajo. Y me refiero al trabajo de ambos cónyuges, fuera o dentro de la casa. Conviene saber si se quiere realizar un proyecto que supone algún cambio de residencia en los primeros años del matrimonio, si se prevé que la mujer trabaje fuera de casa, una vez superada la etapa en que tiene que dedicarse a los niños pequeños o incluso dentro de esa etapa. También habrá que tener en cuenta las prioridades que se establecen en relación con la atención a parientes, las posibilidades de promoción en el trabajo, las necesidades de los hijos, etc. porque todos estos temas supondrán una serie de actuaciones preparatorias por parte de los cónyuges.

También existen decisiones que uno debe tomar personalmente para luego informar al cónyuge. En estas decisiones cabe la consulta previa, pero no porque sea imprescindible, sino como medio para informarse adecuadamente sobre el tema y como ayuda para aclarar las propias ideas. Decisiones de este tipo incluirán por ejemplo: dejar de salir con algún amigo, cuya relación no le parece conveniente (el cónyuge no tiene por que participar en la decisión, pero necesita saber lo que ha ocurrido para adaptar su comportamiento al hecho), la decisión de cambiar el tipo de trabajo profesional dentro de la misma organización (si este cambio puede repercutir sobre el estilo de la familia, la vida del cónyuge, etc., habrá que consultarlo), la decisión de cambiar de hobby (suponiendo que el cambio tampoco influye sobre la vida del cónyuge ni el estilo de la familia, etc., a no ser que le obligue al cónyuge a cambiar también sus hábitos, aunque sea el tipo de regalo que puede hacer a su cónyuge).

Las decisiones que se toman después de consultar, pero que entran en la zona de autonomía propia, dependerán de las reglas establecidas, en cada matrimonio en relación con esa autonomía. Es posible que sea la mujer quien lleve la organización del hogar en muchas familias. Pues aunque sea ella la responsable, si quiere modificar algo cuyos efectos alteren en grado notable el modo de vida del cónyuge, debe consultarlo antes. Es el caso del cambio de empleo, o de inscripción en un club recreativo, p. e. Estas decisiones, igual que las anteriores, deben de ser aceptadas por el otro, respetando la zona de autonomía correspondiente.

Respecto a las decisiones que deberían ser tomadas conjuntamente, podemos volver a destacar la importancia del proceso técnico, para la toma de cada decisión. Parece que hay temas donde es obligado el acuerdo sí se quiere sostener una comunicación abierta como son la finalidad del mismo matrimonio o los valores fundamentales de la educación de los hijos. Son estos unos objetivos comunes, que requieren el esfuerzo de ambos cónyuges; por tanto, tienen que ser compartidos. En otras cuestiones, cabe el consenso, es decir, por una decisión libre por parte de un cónyuge de ceder en este momento sin acostumbrarse a ceder habitualmente, ya que esto puede producir una situación de dependencia permanente. Esto sería insatisfactorio, ya que una relación en desarrollo requiere la iniciativa de ambas partes.

En estas decisiones, que deben ser tomadas conjuntamente, de hecho, surgen muchos problemas de comunicación. Basta pensar, por ejemplo, en los procedimientos para atender a los propios padres o a los padres políticos. Desde un inicial conflicto sobre un tema que afecta vitalmente en alguno de los cónyuges -como pueden ser sus propios padres- es posible que se llegue a una situación de falta de aprecio, de comprensión empática y de congruencia que daña seriamente lasn relaciones, en un momento dado, a menos que los cónyuges sepan serenarse, apoyarse mutuamente y volver a considerar el tema objetivamente, aclarando sus prioridades.

 De acuerdo con lo que hemos dicho parece que puede surgir un estado de incomunicación en el matrimonio:

 - Cuando alguno de los cónyuges no reconoce los límites de su propia zona de autonomía.

 - Cuando uno de los cónyuges pretende controlar las actividades que pertenecen a la zona de autonomía del otro.

 - Cuando no hay acuerdo en los objetivos básicos del matrimonio, o en los medios más idóneos para lograr estos objetivos.

 -  En cuanto uno de los cónyuges no sabe ceder en asuntos de poca importancia.

En la práctica, no se tratará de hacer una programación detallada respecto a estos proyectos de futuro. La vida no es así. Pero si existe un acuerdo sobre lo que se quiere, parece más fácil el ir tomando las decisiones en cada ámbito de un modo congruente, sin encontrarse de repente en una situación que no es satisfactoria para alguno de los cónyuges o para los dos. Habrá que poner unos medios, habrá que reflexionar sobre estos proyectos de vez en cuando, pero con la suficiente flexibilidad como para poder aprovechar nuevas circunstancias que van surgiendo, y sabiendo cambiar de rumbo cuando parezca oportuno. El proyecto no debe ser una limitación que produzca disgustos o desengaños en cuanto no se lo pueda realizar. Más bien, debe unir a los cónyuges en un esfuerzo para lograr algo deseado y para soportar las dificultades en el proceso, con alegría.

El proyecto común motiva a las personas para lograr unas buenas relaciones habituales, y, al revés, cuando no existe ningún proyecto común es cuando existen mayores posibilidades de que surja la incomunicación y el deseo de forjar los propios planes independientemente del otro. La situación más grave, por tanto, es cuando alguno de los cónyuges no concibe el futuro con el otro, cuando no entra en sus planes de futuro.

El proyecto común significa que se sigue entendiendo la vida como una aventura a correr los dos, donde se acepta el riesgo de buscar algo mejor. Así no habrá rutina ni indiferencia.
 

NOTA TÉCNICA DEL I.C.F. DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

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Acción Católica Mexicana Diócesis de Querétaro