Lucas López sj.
Cristología
(CVX-MAGIS, Asunción 2002)
I - LAS NARRACIONES INFANTILES.
SABER SOBRE JESÚS Y CREER EN JESÚS
Nota previa
Falleció Enrique Barón el año 1992, el año de la Olimpiada en Barcelona. Murió de cáncer. Él decía que el cáncer era no más que la plasmación física de tanto egoísmo, una célula que empezaba a crecer sin mirar a su alrededor no más que para devorarlo; capaz de acabar con el medio en el que crecía y de provocar así también su propia muerte. También dejó escrito en unos apuntes que anotaba a mano: "Dios es tan grande que se siente a sus anchas en lo pequeño". Fue mi profesor de Cristología. Su memoria y este lema, la grandeza infinita del Dios que cabe en lo más pequeño, quieren ser a la vez inspiración y homenaje de las cosas que quiero contarles.
Efectivamente, quiero hoy, más que explicarles nada, contarles mi experiencia con Jesús. Entre Él y yo hay un asunto, una historia, que es muy difícil de explicar a través de fórmulas del tipo: Él es esto y lo otro y la lógica del asunto es ésta otra. Tampoco es fácil contarlo, porque a la vez que les cuento el asunto de Jesús, les cuento mi propio asunto, les cuento cómo Él tiene que ver conmigo. Y cómo yo creo que yo tengo que ver con Él.
Mi pretensión con esta primera charla es invitarles a hacer algo similar: situarse en un momento de la infancia, yo elegí los siete años, y tratar de narrar qué es lo que de Jesús, el Señor, creían entonces. En esa edad, yo no distinguía todavía entre lo que de Jesús "sabía" y lo que de Jesús "creía". No había tampoco muchos conceptos, sino muchas narraciones.
Cuando Juan XXIII cumplió veinticinco años de sacerdote, escribió a sus padres una carta en la que afirmaba que después de haber asistido a la escuela, la formación del seminario, la facultad de teología y derecho canónico; después de haber ejercido la representación diplomática de la sede apostólica como nuncio en muchos sitios; después de haber desarrollado en ese marco múltiples e interesantes relaciones; después de todo eso, tenía que confesar, que lo más importante sobre la vida y la fe lo había recibido en su casa.
La fuerza social del asunto de Jesús
Desde pequeño soy creyente. Creyente en Dios, en Jesús, el Señor. Eso quiere decir que, de algún modo, desde pequeño Él era importante para mí. Ocupaba un lugar real en mi vida, en mi familia, entre las personas que había que tener en cuenta. Desde pequeño, Él era a la vez una presencia que daba confianza y seguridad, y una invitación a hacer un mundo mejor, más bueno.
El asunto de Jesús, en mi contexto familiar, y en la sociedad de mi infancia, era un asunto que se dejaba sentir. En la familia y entre los amigos se hablaba de Jesús. Me lo encontraba en misa cada domingo puesto en una cruz grande sobre el altar. Su imagen, si lo pienso bien, era terrible y de mal gusto (la muerte, en nuestra cultura, sobre todo la muerte que deja huellas en el rostro y en el cuerpo, es de mal gusto, es propia de las páginas de los periódicos amarillistas o sensacionalistas; mis padres siempre evitaron que sus hijos estuviéramos en contacto visual con la muerte, con los muertos).
Mis padres tenían algunos amigos "sacerdotes", o "curas", que tenían mucho que ver con lo de Jesús, al que rezábamos en la mesa antes de comer y a la noche antes de irnos a la cama. Cada mañana, mi madre nos invitaba también a dar gracias al Señor por el nuevo día.
También me lo encontraba, en casa de mis abuelos, situado a la entrada, en un altarcito con sus luces, en una imagen más bien dulzona de un hombre con barba y un corazón grande que se le salía por fuera de la ropa y que brillaba con destellos. Por iniciativa de mi madre, al pasar por allí, al salir o al entrar, siempre le decía: sagrado corazón de Jesús, en vos confío. Creo que nunca hasta hoy dejé de llevar esa frase a mis labios cuando me hablan de él. Y es que, desde muy pronto, el asunto de Jesús, para mí, tenía que ver con que Él guiaba mis pasos, orientaba mi vida, me protegía de las malas personas que hacían daño a los niños, y, de un modo misterioso, que no alcanzaba a comprender, premiaba mis actos buenos y corregía (castigaba) mis malos actos.
Me hablaron de Él mis padres, que me enseñaron a rezar, y también luego mis catequistas, el maestro que nos enseñaba religión y el cura de mi parroquia. Alguna vez me dieron un libro para que aprendiera, para que leyera, las cosas que iban sobre Jesús.
Preguntas iniciales:
¿Cómo llega el asunto de Jesús a mi vida?
¿Por qué me lo transmiten? ¿Para qué me lo dan?
Jesús, su nombre y su misterio
El caso es que poco a poco me fui haciendo una imagen que tendría entre otros estos rasgos:
Se llamaba Jesús, o Cristo, o Jesucristo. También, a veces, usábamos el nombre del Mesías o de Jesús Mesías. Y cuando le rezábamos o en algunas conversaciones, muchas veces nos referíamos a Él como el Señor. No tenía muy claro cuál era la diferencia entre esos nombres. También pasaba que la mayor parte de las veces Él era solamente Él, simplemente, bastaba con el pronombre, sin necesidad de decir ninguna otra cosa. En realidad, había algo de no importar mucho cuál era su nombre, porque cualquiera de ellos señalaba siempre al mismo amigo, Señor, maestro, Dios, que inspiraba a mis padres, a mis hermanos y a mí, todo lo que tenía que ver con lo bueno, con lo respetable, con lo santo de este mundo.
Era hijo de la Virgen María. Muy bien no sabía qué significaba aquello de que era "virgen". Pero decían que eso quería decir que San José no era el padre de Jesús, aunque sí era su padre adoptivo. Yo, que por entonces estaba convencido de que a mis hermanos y a mí nos había traído una cigüeña, probablemente de los alrededores de París, no tenía mucha idea qué podría significar aquello. El caso es que me decían por eso, que Jesús era, en realidad, Hijo de Dios.
Hijo de Dios, hijo de la virgen y del viejo San José, que tenía siempre pinta de persona bastante mayor y que, según recordaba que había leído en algún sitio, se iba a casar con la Virgen porque habían aparecido unas flores en una vara de madera que por lo visto él solía usar (yo tenía entendido que él era carpintero, pero esto de la vara me despistaba, siempre me recordaba a los pastores). La virgen María tenía que ser muy buena, muy bondadosa, porque era la madre de Dios, me decían, la madre del niño Jesús. Así que, entre las oraciones que me enseñaron y que con todo gusto fui aprendiendo a rezar, había oraciones también a María, a la que siempre le pedíamos que nos cuidara como una madre buena cuida a sus hijos. Yo lo hacía con mucho gusto, porque siempre tenía la impresión de que María sería más o menos como mi madre, que era ya entonces una mujer tan buena.
Lo de que el niño Jesús fuera Hijo de Dios no me planteaba demasiados problemas. Yo también era hijo de Dios, y mis padres, y mis hermanos. Todos éramos hijos e hijas de Dios, aunque luego mis padres eran mis padres y yo era hijo de mis padres y hermano de mis hermanos, claro. El niño Jesús, en cambio, debió quedarse muy pronto sin su padre San José, porque ya no se decía más que era el hijo de San José, sino que era el hijo de la Virgen y el Hijo de Dios.
Lo que sí recuerdo que era más complicado es que luego decían que él, Jesucristo, el Señor, no sólo era Hijo de Dios, sino que además era Dios mismo. O sea, que había dos "Dios" o dos "Dioses". Bueno, no, había "tres", porque luego estaba el Espíritu Santo, que también era o Dios o como Dios, muy bien no lo sabía. A veces, me parecía que había cuatro, porque estaba también el Sagrado Corazón de Jesús, que este era más claramente Dios que el propio Espíritu Santo, al que, la verdad, por entonces jamás me acuerdo haber rezado. Digo que todo esto era complicado por dos cosas.
Una, porque no me estaba muy claro cómo podía ser eso de que era el Hijo de Dios y luego que era Dios mismo. Yo era Hijo de mi Padre, pero no era mi Padre. Recuerdo que a raíz de aquello, caí en la cuenta de otro nombre que por allí le dábamos también a Jesucristo, Nuestro Padre Jesús Nazareno (Nuestro Padre Jesús de la Caída o Nuestro Padre Jesús de la Piedra Fría).
Y, dos, porque, fueran dos, o tres, si incluimos al Espíritu Santo, o cuatro, si también aparece el Sagrado Corazón de Jesús, según decían y nos hacían repetir en la catequesis y me contaban mis padres, Dios no hay más que uno. Como pronto se dieron cuenta de que yo no entendía, me hacían aquel relato de San Agustín, paseando por una playa de su tierra africana, intentando comprender el misterio de la Santísima Trinidad. Entonces, encontraba a un niño en la playa que metía y metía agua en una pocita que él se había hecho sobre la arena: "¿Qué haces?", le preguntaba San Agustín. "Intento meter el mar en esta poza", contestaba el niño. San Agustín, sonriente, le decía: "No se puede, hijo mío, meter todo el mar en esa poza". A lo que el niño contestaba: "Agustín, Agustín, es más fácil que yo meta el mar en esta poza que tú seas capaz de meter el misterio de la Santísima Trinidad en tu cabeza".
Así que el asunto de Jesús tenía también que ver con el misterio, con lo misterioso. En general, lo recuerdo bien, para mí el misterio era una palabra del campo semántico del "miedo". Misterioso era un cuarto oscuro. Misteriosa era una noche en que una tormenta soplaba con fuerza y los rayos habían conseguido tumbar los postes de la precaria instalación eléctrica. Misterioso era el mar, que cuando nadabas un poco hacia dentro, ya no se veía el mar. Misteriosa era la niebla que a veces agarrábamos de viaje al pasar las montañas del centro de la isla donde nací.
Lo de Jesús era también un misterio, pero un misterio diferente, un misterio en el que dejarse estar cuando los otros misterios amenazaban. "Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío", rezaba en mi corazón de niño cuando quería entrar en la pieza a oscuras. "Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío", rezábamos todos a iniciativa de mi mamá cuando en la ruta nos encontrábamos en medio de la niebla. De esa manera, yo fui aprendiendo y viviendo, y sintiendo muy dentro de mí que Jesús era un misterio bueno, un misterio contra todos los otros misterios malos y oscuros que se encontraba uno en la vida.
Preguntas sobre el misterio de Jesús:
¿Cuál es el origen de Jesús?
¿Cómo se relaciona con Dios?
¿Qué es lo que hace Jesús en mi vida hoy?
Las historias del niño Jesús
Además de todo esto, a mis hermanos y a mí nos gustaba oír a mi padre y a mi madre hacernos cuentos sobre Jesús. A medida que lo iba conociendo, más ganas tenía de saber cosas sobre Él. Por eso, mi padre, que le encantaba reunirnos en su cama los domingos, cuando no tenía que irse temprano al trabajo, nos contaba, entre historias de las películas de Tarzán, muy de moda por entonces, historias sobre las cosas que el niño Jesús hacía. De esos cuentos fui aprendiendo también muchas cosas sobre él.
Nació, hacía tantos años como el año en que estábamos, en Belén de Judá, un lugar con muchos pastores y donde no había sitio en la posada. Nació y lo pusieron en un pesebre donde le daban calor un buey y una mula. Y necesitaba calor, porque nació en Diciembre, el día veinticuatro a última hora de la noche (por eso nosotros íbamos a una misa que llamaban del gallo, en la que casi siempre me quedaba dormido, pues llegaba con la barriga llena de la cena de nochebuena, que era la cena de cumpleaños de Jesús). La noche en que nació Jesús, aunque no había sito en la posada, sí que había ángeles en el cielo, y una estrella que iba guiando a unos reyes magos que venían de oriente. Por lo que yo entendía, aquella noche, cuando nació Jesús, el Hijo de la Virgen María, el establo donde nació se llenó de visitantes, unos que traían ovejas de regalo, otros que traían requesón, otros que traían miel de abeja. Mis hermanos y yo aprendíamos esto de los relatos de mis padres, y también de los "pesebres" o "belenes" que se ponían en las Iglesias y en las casas de los vecinos.
Vinieron a visitarlo unos reyes magos, que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar, este último era negro. Venían con sus pajes y con oro para hacer la corona, incienso para decir misa, y mirra (no sé para qué porque nunca nadie me decía qué era la mirra). Los Reyes Magos, como eran tan buenos, luego nunca habían dejado de venir, y a cada uno de nosotros nos traían unos regalos diferentes, porque, según nos contaban mis padres, el niño Jesús estaba también dentro de nosotros. Cada vez que hacíamos una cosa buena, el niño Jesús estaba contento con nosotros (y los Reyes Magos tomaban nota y preparaban buenos regalos); cada vez que hacíamos algo malo, el niño Jesús lloraba triste (y los Reyes Magos tomaban nota para traernos carbón, según decían). Con ese niño Jesús que llevaba dentro, aprendí a relacionarme, a tratar de que estuviera contento, y lo hice suficientemente bien, porque nunca me trajeron los Reyes Magos carbón, ni siquiera carbón de caramelo.
El caso es que, como Jesús era el Hijo de Dios, era también el Rey de los Judíos, y entonces, el que era el Rey, un tal Herodes (que tuvo luego un hijo que también se llamaba Herodes), mandó a matar al niño Jesús (y eso fue luego tradición de familia, porque el Herodes hijo, también mandó a matar a Jesucristo). El tal Herodes, además era mentiroso, y quiso engañar a los Reyes Magos haciéndose pasar por uno bueno.
Pero como Dios era el Padre de Jesús y quería protegerlo, mandó a un ángel suyo a que hablara con el padre del niño, con San José, que no era su padre, para que se lo llevara a Egipto. Ese viaje a Egipto, según nos contaban mis padres, había sido un viaje precioso, por paisajes de arenas blancas, como las que había en las playas, y con la ayuda de Dios cada vez que había problemas. Y con San José haciéndose el héroe protector de la Virgen María con su niñito. Cuando nos íbamos de viaje en el auto de mis padres, nosotros rezábamos para que San José nos protegiera por el camino igual que protegía a la Virgen María y al niño Jesús.
Todos estos relatos nos hacían sentir pena y alegría con Jesús y con su familia. Más de una vez se nos escapaban las lágrimas cuando mi padre nos contaba cómo habían tenido que salir corriendo de noche, a toda velocidad, escondiéndose por las sombras, temiendo a la luz de la luna, mientras los soldados del rey Herodes, el malo, arrancaban a los niños y niñas de brazos de sus madres y los atravesaban con las espadas.
Eran los días en que los EE. UU. De América tenía una guerra en el Vietnam. Recuerdo que en alguna misa de Noche Buena, el cura que presidía la celebración, al acabar la misa nos dijo: "Sepan ustedes que hoy están matando al niño Jesús, y a todos los Santos Inocentes, pero no con espadas, sino con bombas de NAPALM, en los arrozales de Indochina". Las imágenes de Vietnam eran, para nosotros, no sólo imágenes de una guerra, sino que eran como una película de la matanza de los Santos Inocentes. En el fondo, creo que mis hermanos y yo, pensábamos que en aquella guerra sólo mataban a los niños y a las niñas.
Preguntas sobre las historias del niño Jesús:
¿Pasaron así las cosas? ¿Son reales e históricos los protagonistas de los cuentos que me hacía mi padre?
¿Qué tiene que ver la historia del niño Jesús con la fe de la Iglesia?
¿Qué tiene que ver la historia de Jesús con lo que hoy Jesús es en mi vida y en mi historia?
El mensaje de Jesús
Cuando Jesús fue mayor, y después que se murió su padre, quiero decir, San José, no su padre Dios, salió a predicar y a hacer cosas buenas por el mundo. Por cierto, entonces le llamaban también de otro modo, le decían "Hijo de David". Este David había sido un Rey importante. Que yo no sabía muy bien cómo, habría adoptado a Jesús o lo que sea, para ser también su papá. También había una cosa que me llamaba la atención de la lectura del Evangelio, que Jesús no decía que él era Hijo de Dios, sino que decía que era Hijo del Hombre, aunque nunca decía quién era este hombre del que era hijo.
Jesús devolvía la vista a los ciegos, sanaba a los leprosos (que era, según yo sabía, una enfermedad antigua por el que la carne se te caía a trozos y se iban viendo los huesos), expulsaba a los demonios, caminaba sobre las aguas del lago, mandaba a callar a las tormentas, y resucitaba a los muertos (aunque, según Él, a veces no estaban muertos, sino que se dormían no más). Como todas estas cosas no las podían hacer las personas normales, por eso es por lo que nosotros sabíamos que Jesús era el Hijo de Dios, es decir, porque sólo con la fuerza de Dios podía hacer unos milagros tan grandes y poderosos. Así fue sucediendo que cada vez que había algo malo que pasaba, yo le pedía al Señor que hiciera un milagro: un milagro para curar a un vecino que se había caído en un accidente, un milagro para conseguir que mi padre no se enterara de alguna trastada que nos reportaría cualquier castigo, un milagro para que se acabara la guerra en Vietnam... Lo cierto es que esos milagros no se hacían, y mamá me explicaba que seguro que Dios había hecho lo que consideraba mejor.
Por lo que mis padres me contaban y yo iba escuchando en la misa, Jesús hablaba siempre de que teníamos que ser buenos, que teníamos que portarnos bien unos con otros, que había que ayudar a los pobres, visitar a los enfermos, no decir mentiras, rezar como él rezaba y no dejar la comida en el plato, porque había negritos en el África que pasaban mucha hambre y que Jesús lloraba por eso.
Jesucristo hacía todas estas cosas con un grupo de apóstoles o discípulos, que a veces parecía que eran doce, luego que eran setenta y dos. A Jesús le gustaba comer con ellos, enseñarles, contarles cuentos sobre el Reino de los Cielos. Pero estos discípulos, que luego se hicieron santos, entonces apenas se notaban. Menos uno que se llamaba Pedro al que el Señor le entregó las llaves de las puertas del cielo. Luego, estos apóstoles huyeron todos cuando lo mataron, porque tenían miedo a los judíos.
Pero antes de que lo mataran, Jesús enseñó a sus discípulos a llamar Padre al Dios del cielo, al Dios de Israel. Jesús le llamaba "papá", y quería que sus discípulos también le llamaran padre. Por eso les enseñó una oración que se llama el Padre Nuestro. Esa es la oración que rezábamos también nosotros en casa, en la misa, y muchas otras veces. Mi padre y mi madre nos enseñaron que, aunque ellos eran nuestros verdaderos padres, en realidad, el Padre de Jesús, Dios, era nuestro más verdadero Padre.
Preguntas sobre el mensaje de Jesús:
¿De qué hablaba Jesús? ¿Qué cosas hacía?
¿Sigue haciendo hoy las mismas cosas?
¿Para qué reunió al grupo de los discípulos?
¿Qué tenemos nosotros que ver con el Dios de Jesús?
La muerte de Jesús
A Jesús lo mataron clavándolo en una cruz cuando tenía treinta y tres años. Según entendía yo, lo habían matado los judíos. Pero, en realidad, lo habían crucificado los romanos. Algo había tenido que ver Herodes, el hijo de aquel que quiso matarlo la primera vez. Pero además, había una cosa rara en esto de la muerte de Jesús: a lo que yo alcanzaba a comprender, él se había dejado matar; y Dios, su Padre, lo había abandonado y dejado que lo mataran, para cumplir lo que decían los profetas del Antiguo Testamento.
El caso es que a Jesús lo mataron porque él se dejó (lógico que él tenía que dejarse, si no, hubiera hecho cualquier milagro; además, como Él era el Hijo de Dios, ya sabía luego que iba a resucitar, y que aquello iba a durar un rato no más, y que luego vendría en su Gloria, con sus ángeles, al final del mundo); lo mataron los judíos y lo mataron los romanos, todos juntos. Y Dios, el que estaba en el cielo (no éste que estaba aquí en la tierra), no había hecho nada, porque, por lo visto, tenía que resucitarlo luego, al tercer día.
En la cruz Jesús había dicho aquella frase tan terrible: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Pero mi padre nos explicaba que es que Jesús en la cruz hacía todo eso para enseñarnos a nosotros a tener fe en Dios incluso cuando las cosas no salen bien. Él ya sabía, me decía mi padre, que luego iba a resucitar, pero tenía que enseñarnos a nosotros. Yo creo que a mi madre no le gustaba aquella explicación y siempre nos decía: "No es que Jesús hiciera teatro. El sufría de verdad, pero no era por él mismo, sino por nosotros y por nuestros pecados".
No recuerdo muy bien cuándo fue que empecé a entender que el niño Jesús, cuando era grande, lo mataron por mí, por mis pecados. No sólo por los míos, sino también por los pecados de mis padres, de mis hermanos, de toda la gente que yo conocía y de todas las demás personas del mundo. "Murió por nuestros pecados...", que, para mí, claramente significaba, murió por nuestra culpa. Y por eso, además de los judíos y los romanos, de Herodes y de Poncio Pilatos, de Anás y Caifás, y de Judas que lo había traicionado, de alguna manera, había que decir que lo habíamos matado también nosotros. Todos nosotros, con nuestros pecados.
Como había muerto por nuestros pecados, Dios nos había perdonado a todos. Y así teníamos la posibilidad de, si nos portábamos bien, ir al cielo, con el niño Jesús, con Jesucristo, nuestro Hermano. Por eso, a Jesucristo le llamábamos también Salvador. La parroquia más importante de mi pueblo se llamaba Salvador por ese motivo. Porque Jesús nos salvaba, con su muerte, de la condena al infierno y nos enseñaba el camino que nos llevaba al cielo.
Aquella muerte de Jesús en la cruz por mí y por mis pecados, desde muy pronto era también como una invitación a ser tan valiente como Él y a pensar en todas las personas que necesitaban ayuda. No es que yo pensara que Jesús podría salvar a través mío a los demás pecadores, pero sí que yo tenía que ayudar a Jesús para que hubiera menos pecadores en el mundo.
Por otro lado, el peso de la cruz de Cristo, de su muerte por mis pecados, no me hacía sentir nada bien cuando cometía un pecado. No me daba cuenta mucho del daño que hacía a los otros al desobedecer en casa, tirar piedras a los trabajadores de la plantación de bananos, o romper los focos de luz que había instalado la municipalidad en un concurso que hacía con otros compañeros y amigos por las noches. Sabía que eso estaba mal. Que eso era por lo que Jesús había muerto en la cruz.
Preguntas sobre la muerte de Jesús:
¿Quién y por qué motivo mandó a matar a Jesús si era tan bueno?
¿Por qué se había dejado matar y no les había mandado un rayo?
¿Quería Dios, su Padre, que Jesús muriera?
¿Qué tenían que ver nuestros pecados con la muerte de Jesús?
¿Matamos a Jesús cada vez que pecamos?
¿Por qué nos perdonó Dios Padre nuestros pecados al morir Jesús?
¿Hacía falta que Jesús muriera para que Dios perdonara nuestros pecados?
La resurrección de Jesús
Para que nos diéramos cuenta de todo esto, Jesús había resucitado tres días después de que lo mataran. Como lo habían enterrado envuelto en vendas y en una tumba grande con una piedra que la tapaba, Jesús había ordenado todo muy bien, y había dejado allí a unos ángeles para que avisaran a los que vinieran, y se había ido a aparecerse a sus amigos durante cuarenta días. Ellos tenían miedo al principio, porque no lo conocían, y creían que era un fantasma, pero luego comían con él y les daba una gran alegría. Fue así como estuvieron con él durante cuarenta días, hasta que se fue al cielo y luego ellos, con el Espíritu Santo, empezaron a contarles a todo el mundo que Jesucristo, el Hijo de Dios, nuestro Salvador, el Señor, el Hijo de David, el Hijo del Hombre, el Mesías, la segunda persona de la Santísima Trinidad, había resucitado.
Todas estas historias que me contaban, yo me las creía. Iba a misa los domingos, con mis padres y mis hermanos; rezábamos en casa; y poco a poco aprendí a rezar yo solo también. Me creía estas historias porque me las contaban mis padres, que eran gente de la que me fiaba y a la que quería. Me las creía más o menos igual que me creía eso de que los niños venían en cigüeña desde París o que unos pajes de los Reyes Magos venían los seis de enero al amanecer a casa para traernos aquel inmenso paquetón de regalos. Pero había algo diferente. Yo no aprendí a fiarme de los Reyes Magos, ni a creer que ellos eran algo realmente importante para mi vida, mucho menos creía en las cigüeñas o me fiaba de ellas. Sin embargo, sí aprendí a creer EN Jesucristo, a hablar directamente con Él y a querer escucharle, a celebrarle, a pedirle, a esperar que Él me protegiera, me guiara, me guardara de todas las cosas malas de la vida. Aprendí a quererlo, a darle conversación, a hacer parte de su trabajo (ayudar a los pobres), etc.
Preguntas sobre la fe en el resucitado:
¿A qué se refiere la fe cristiana cuando dice que Jesucristo resucitó de entre los muertos al tercer día?
¿Por qué no se apareció Jesús a todo el mundo y nos ganó tiempo en la conversión de las personas hacia el Reino de los Cielos?
¿Qué nos dice Dios con la resurrección de Jesucristo?
¿Qué significa creer en Jesucristo?
Conclusión
Recuerdo que me gustaban las historias sobre Jesús y que yo quería vivir como Él decía. Poco a poco, no sé decir muy bien en qué momento, pero debió ser en torno a los catorce años, aquellas historias no eran tan importantes, y lo más importante era que yo creía en Jesucristo. Que estaba llamado a vivir con Él, y que era enviado a predicar el Evangelio, con el poder de expulsar demonios.
Pero esto es ya parte de otra charla...
II - EL JESÚS DE LA HISTORIA Y LA HISTORIA DE JESÚS
El Jesús histórico y el Jesús de las historias
En el Evangelio según San Juan, eran como las cuatro de la tarde del día en que dos discípulos de Juan el Bautista, después de haberle escuchado a este decir sobre Jesús que era el Cordero de Dios..., habían seguido sus pasos y tras una breve conversación se habían ido con él, habían visto su casa y se habían quedado con él aquella tarde.
La tradición dice que uno de esos dos discípulos era Juan, y que luego, mucho más adelante, ya anciano, se había puesto a escribir su experiencia con Jesús: "Lo que vieron nuestros ojos, lo que tocaron nuestras manos...".
Pues bien, ni nuestros ojos vieron, ni nuestras manos tocaron, como lo hicieron aquel grupo de hombres y mujeres que recorrieron con él los caminos de Galilea, que compartieron con él la comida y la bolsa, que escucharon sus enseñanzas y fueron testigos de sus actos. A esos, Jesús los llamó, según nos cuenta el Evangelio, para que estuvieran con Él. Y eso hicieron. Compartieron con él el cansancio, sudaron bajo el sol de Palestina, lo vieron llorar por los amigos difuntos, le escucharon enseñanzas llenas de sabiduría y humor, también alcanzaron a ver sus enfados. Luego, más tarde, después de su experiencia del resucitado, todas esas cosas las contaban a preguntas de la gente o por iniciativa propia. Era una historia que habían vivido, una historia que contaban con fe y que, poco a poco, se fue convirtiendo en una fe con discurso y con historia. Ellos fueron pasando, poco a poco, de la historia de Jesús a la fe en Jesucristo.
Ellos vivieron eso, pero nosotros estamos en una situación diferente. No sé si alguno de ustedes habrá tenido ocasión de visitar "Tierra Santa" y así, de alguna manera, tener algo que ver con el Jesús que llamaremos "histórico". Efectivamente, sabemos que Jesús, el profeta Galileo, recorrió aquellos caminos y visitó aquellas ciudades. Igual que visitar el foro romano me pone en contacto con los personajes históricos que los recorrieron, igual que visitar las ruinas de Trinidad o Jesús, me ponen en contacto con los personajes históricos guaraníes que vivieron en ellas o con los Jesuitas que ayudaron a su organización, poner los pies en Palestina, en Nazaret, en Jerusalén, me pone, de algún modo, en contacto con el Jesús "histórico".
Pero mi "acceso a Jesús", aquí y ahora, tiene muy pocas agarraderas en el Jesús "histórico". Sin embargo, tiene muchas agarraderas en lo que llamaremos "el Jesús de las historias". Es decir, tiene mucha agarradera en las narraciones e historias que me han ido contando sobre Jesús. Todas esas historias que me contaron de pequeño, o muchas otras que luego fui leyendo, aprendiendo, recibiendo, de diferentes fuentes. Entre esas fuentes ocupa el lugar privilegiado las narraciones escritas probablemente a lo largo de los ochenta años posteriores a la muerte de Jesús y que llamamos Evangelios.
Preguntas sobre el acceso a Jesús:
¿Cómo accedieron los primeros discípulos a la figura de Jesús?
¿Cómo accedemos nosotros? ¿Qué hay de parecido y qué de diferente?
¿Es diferente su fe de mi fe?
¿Qué parecido hay entre el Jesús de la Historia y las historias sobre Jesús?
Jesucristo y las historias de Jesús
Recuerdan que la primera charla tenía esta nota previa: de pequeño, no distinguía lo que "sabía" de Jesús de lo que "creía" sobre Jesús. Con la adolescencia dejó de sucederme esto. Poco a poco fui aprendiendo más y más cosas, y a distinguir unas de otras. En realidad, me pasó algo que no creo que sea común a todo el mundo, pero que así aconteció conmigo: hubo un tiempo en que la afirmación de mi fe en Jesucristo, el Señor, el Hijo de Dios, se hizo desde el rechazo o el olvido de muchas de las historias que me contaban sobre Jesús.
Esta nueva situación empezó cuando fui cayendo en la cuenta de que en las historias que había recibido de niño, había cosas que eran claramente "falsas", "no históricas": por ningún lado aparecía forma de comprobar que los Reyes Magos originales fueran Melchor, Gaspar y Baltasar. Resultaba que el Sagrado Corazón de Jesús no era más que una "representación" del amor de Dios, de Jesucristo, pero no era que Jesús tuviera un corazón grande por fuera, del cual salieran unos rayos. Por cierto, en ningún lugar de la Palabra de Dios aparecía ninguna referencia a la barba de Jesús o a su pelo largo. Casi todas las historias que me habían contado sobre Jesús cuando era niño, no aparecían tampoco en los evangelios. Además, según me acababa de enterar, Jesús no había nacido el año cero de nuestra era, sino unos cuantos años antes, probablemente entre el 4 y el 7. Con lo que tampoco era muy cierto que hubiera muerto con treinta y tres años.
Gracias a algún profesor de Historia del colegio estatal en el que estudiaba, se llamaba Julio Badía, muy anticlerical en sus formulaciones, fui aprendiendo a ser crítico no sólo con las historias que me habían contado mis padres, que se habían ido quedando en el pozo de la dulce memoria de los cuentos de hadas, sino también con el propio texto evangélico. Tuve la suerte de contar también con un pa’i, un párroco, Juan se llamaba, que nos guiaba a través de las clases de religión en la nueva lectura de los Evangelios.
Poco a poco, los ángeles de las anunciaciones ( a María y a los pastores), los reyes magos, y hasta el propio hecho de que naciera en Belén de Judá, parecían quedar fuera de sitio. La resurrección de Lázaro aparecía claramente como una gran catequesis, pero no parecía que ningún Lázaro hubiera dejado ninguna tumba, entre otras cosas porque algo así no lo hubieran olvidado los demás evangelistas. Si Jesús había o no caminado sobre las aguas, si había transformado el agua en vino, si había multiplicado los panes y los peces, quedaba sumido en una oscuridad cada vez mayor.
Los mismos datos históricos más generales aparecían dentro de la niebla: no sólo la fecha y el lugar del nacimiento, sino también el número de años que había estado predicando, los nombres verdaderos de los doce apóstoles, los personajes que habían intervenido en su muerte... etc.
Mi fe a los catorce años se hizo lo que podríamos denominar "fideista". Ante los ataques de Julio, mi profesor de historia, yo no tenía argumentos históricos que oponer. Tampoco mi párroco parecía especialmente preocupado por esos argumentos históricos. Para Él, lo importante era ser coherente con la vida cristiana, vivir de acuerdo al mensaje de Jesús y creer en él dentro de la Iglesia. Yo no podía creer las historias que contaban sobre Jesús, pero, sin embargo, creía en Jesucristo. Eso, entonces, pasó a significar que Él era el referente básico de mi vida, que a Él le rezaba, que intentaba vivir de acuerdo con sus enseñanzas (recibidas a través de la Iglesia, de la formación que me habían dado mis padres y mis catequistas), que me reunía con otros cristianos y cristianas para celebrar su nombre.
Entonces, Jesús dejó de existir o de ser importante. Jesucristo, el Señor, el Hijo de Dios, Dios mismo, pasó a ser el protagonista fundamental de mi historia de fe. O lo que es lo mismo, lejos de las narraciones de mi infancia (piadosas historias faltas de cualquier credibilidad) o incluso de las narraciones evangélicas (cuya verdad histórica me parecía demasiado discutible), yo me quedaba con el Cristo de la Iglesia, el Cristo recibido en la Fe, que era Dios.
Me parece que lo que a mí me sucedía por entonces con el asunto de Jesús, tiene que ver con lo que a la Iglesia le fue pasando igualmente.
Preguntas sobre la fe y la historia:
¿Qué hay de histórico en los relatos evangélicos?
¿Hasta qué punto mi fe se basa en los relatos históricos o en los hechos demostrados como históricos sobre Jesucristo?
¿Qué queremos decir cuando decimos que algo es histórico?
¿Es posible una fe al margen de la historia real de Jesús, el profeta nazareno?
Del lenguaje de la historia al lenguaje del ser
Probablemente, ni Pedro ni Juan, ni Marcos el evangelista o María la madre de Jesús, entenderían mucho a qué se refieren las siguientes palabras si por aquellos días les ponemos delante debidamente traducido, si es posible, a la lengua aramea esta sentencia:
Creo en Jesucristo, su Único Hijo, nuestro Señor, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, que por nosotros los hombres y por nuestros pecados, se encarnó de María Virgen...
Tampoco a nosotros nos resulta fácil entender estas expresiones. Si las leemos despacio, nos pueden parecer redundantes o repetitivas ("Dios de Dios" y "Dios verdadero de Dios verdadero"), o difíciles de entender ("De la misma Naturaleza que el Padre", ¿tiene Dios "naturaleza"?), o incluso francamente contradictorias (engendrado, no creado).
Si nos detenemos un poco, podemos comprender por qué para Pedro y Juan, para Marcos o para María, aquellas expresiones resultan bastante incomprensibles: la historia sobre Jesús, el judío marginal del primer tercio del siglo I, que ellos habían ido contando a unos y a otros, había acabado corriendo entre griegos y latinos, cada vez menos marginales, que habían dejado de contarla para empezar a reflexionarla. La historia de Jesús había pasado del pueblo que se vivía y se expresaba en las narraciones de la Biblia, a la patria de Aristóteles o Platón. Del lenguaje de las narraciones se había pasado al lenguaje del SER.
Mi fideismo adolescente, no era, por supuesto, capaz de explicar este texto que recitaba cada domingo en las celebraciones eucarísticas. Sin embargo, tampoco era un puro sentimiento, una pura emoción, sostenida por mi pura subjetividad. Por el contrario, el texto del Credo era "creíble" y sostenía a la vez mi fe.
Quiero decir: era un texto que no producía mi rechazo (como sucedía con aquellas historias infantiles o incluso con la pretensión de historicidad de las historias evangélicas). Y no producía mi rechazo porque, sencillamente, no hacía referencias históricas, no podía ser contrastado con los libros de historia, con la crítica de textos, con los descubrimientos arqueológicos. Por otro lado, era el texto que recitábamos todos de memoria, era el texto que sin explicarlo ni, estoy seguro, entenderlo bien, servía como testigo de la fe desde antiguo: lo rezaba yo, lo rezaban mis padres, lo rezaron mis abuelos, y, por lo que tenía entendido, lo rezaban los cristianos prácticamente desde siempre.
Fue muchos años más tarde cuando estudié en la Facultad de Teología cómo se había llegado a formular aquel texto. Las historias de los primeros creyentes de origen griego, discutiendo entre ellos tratando de entender quién era Jesucristo, me hizo reflexionar sobre mi propia historia creyente, sobre mi salto desde las narraciones y cuentos sobre el niño Jesús a mi fe en el Cristo confesado en el Credo por las Iglesias cristianas.
Preguntas sobre el lenguaje del ser y el lenguaje de la narración:
¿Qué tiene que ver la metafísica con nuestra realidad (en la historia que vivimos)?
¿Qué tiene que ver el lenguaje del ser con el lenguaje de la narración sobre Jesús?
¿Qué pasaría con mi fe sin el lenguaje de la narración?
¿Qué pasaría con mi fe sin el lenguaje del ser?
¿Qué legitimidad tiene el fideísmo?
De la teología liberal a la teología dialéctica
Antes de que más adelante intentemos explicar el recorrido que la fe de la Iglesia hace entre las narraciones sobre Jesús y el credo, parece importante mostrar las preguntas que como adolescente me planteaba ya sobre la relación entre mi fe y la historia misma de Jesús.
Como adolescente yo recibía mi fe desde tres aportaciones que, aunque hoy me parezca que separarlas es sólo tolerable dentro de un cierto modelo puramente metodológico, yo las vivía como contrapuestas entre sí.
Por un lado, estaban las historias de Jesús que venían en los evangelios. Esas historias me parecían contadas como podían estar contadas las historias sobre Julio César, Sócrates o Cleopatra. En esas historias debía beber mi fe.
Tenía, en segundo lugar, la fe de la Iglesia, formulada a través del Credo, proclamada en las celebraciones litúrgicas, representada por sus ministros oficiales. En esa historia yo estaba metido junto con todas las personas cristianas que conocía. Mis padres, mis hermanos, mis tíos y tías, mis abuelos y muchos de mis amigos. Era la fe de la Iglesia del Papa de Roma.
Por fin, tenía también mi sentimiento religioso, mi fe, mi diálogo personal con el Señor, con Jesús, con Jesucristo, con Dios mi Padre. Era lo que hacía carne mi fe, lo que la hacía tener que ver con mi vida cotidiana, con lo que experimentaba en mi interior.
Pero estas tres cosas tenían sus problemas:
Como quedó dicho más arriba, las narraciones evangélicas fueron perdiendo a mis ojos credibilidad histórica.
Como también quedó dicho más arriba, la fe de la Iglesia y sus formulaciones resultaban distantes, frías e incomprensibles en sí mismas, y sólo tenían validez en cuanto se confesaban por todos.
Igualmente, mi fe personal, mi experiencia de fe, mi relación personal con Dios, optaba por una vía en la que, como también quedó dicho más arriba, no podía dar razón de su esperanza, ni explicarse, ni formularse para otros.
En el año 1923, Adolf Harnack, planteaba esta pregunta: Si la persona de Jesucristo está en el centro del Evangelio, ¿cómo se puede encontrar la base de un conocimiento seguro y común de esta persona de otro modo que mediante el estudio histórico crítico, para no arriesgarnos a tomar un Cristo soñado por el Cristo real? ¿Quién puede emprender este estudio, a no ser la teología científica?
En realidad, esta pregunta de A. Harnack es una buena formulación de toda una larga aventura de intentar hacer regresar la fe de la Iglesia desde el lenguaje del ser al lenguaje de la historia.
Efectivamente, desde que con el concilio de Nicea se abriera paso la formulación de la fe en el lenguaje metafísico de la filosofía griega, el lenguaje narrativo, propio de la Biblia y de la tradición semítica había ido pasando a un lugar secundario, cuando no desaparecía simplemente. Los teólogos cristianos se dedicaron durante años a la formulación cada vez más precisa, cada vez más escolástica, de la fe católica, en proposiciones y planteamientos que confundían cada vez más a Aristóteles o a Platón con San Juan Evangelista.
De ese modo, la imagen histórica de Jesús, además de no ser demasiado relevante, se había convertido en una plasmación fija y muy coherente con las afirmaciones del credo.
Hacia 1774 Reimarus inicia unos estudios críticos que no llegó a publicar sobre el Jesucristo que él encontraba en los textos evangélicos. Esos estudios le llevaron a sostener que el Jesús histórico, el Jesús que vivió y caminó por Palestina en el siglo primero, era alguien bien diferente de aquel que nos deja ver la tradición cristiana. En realidad, para Reimarus, con Jesús sucede lo mismo que con el resto de los personajes históricos: la imagen popular de Julio César no es la del Julio César histórico. Igual que un historiador tiene la obligación de tratar de desvelar y dar a conocer al verdadero Julio César, lo mismo debería hacerse con la figura de Jesucristo: ¿quién fue realmente? Se trata de una pregunta tremendamente importante:
Si Jesús no hubiese existido (tal como a veces se ha afirmado en épocas pasadas) o hubiese sido algo totalmente distinto de lo que de él afirma la fe (por ejemplo, un sicario, un zelota o un miembro de la resistencia judía) la fe o el kerigma serían obviamente increíbles.
Sin embargo, esta opinión de Schillebeekx, no fue compartida por todos los teólogos. Casi todos los historiadores y teólogos del el siglo pasado, estuvieron convencidos de la necesidad y la posibilidad de una historiografía crítica sobre Jesucristo. Es la escuela de teología denominada "liberal". Una excepción sería claramente la figura de Soren Kierkegaard, que hablaba del cristianismo como de una "paradoja absoluta". Sin embargo, el paso de los años y de los estudios, va mostrando los límites de la ciencia histórica en el estudio de Jesucristo. Los resultados de los diferentes autores llegan a conclusiones divergentes, y hacen dudar de la mera posibilidad de ese estudio. Hombres como Albert Schweitzer acaban por cuestionar todos los resultados, señalando cómo la historiografía crítica en realidad acaba por desvelar una imagen de Jesús demasiado acorde y compatible con la burguesía occidental, es decir, Jesús acababa por parecerse demasiado a las personas que lo estudiaban.
Por eso, no nos puede resultar extraño que en un movimiento dialéctico nazca eso que se denominó la teología dialéctica, la teología que se sitúa en el otro extremo del arco frente a la teología liberal: no es posible el conocimiento histórico de Jesucristo, pero, además, no hace falta, no lo necesitamos. A la pregunta que más arriba dejaba planteada Harnack, contestó Karl Barth del siguiente modo:
El conocimiento seguro y comunitario de la persona de Jesucristo, centro del Evangelio, no pude ser otro más que el de la fe suscitada por Dios. El estudio histórico crítico significa el final necesario y merecido de las bases de este conocimiento, ya que estas bases no existen, puesto que no han sido colocadas por el mismo Dios. Quien no sepa aún (y nosotros seguimos sin saberlo) que no conocemos ya a Cristo según la carne, debe dejárselo recordar por la crítica bíblica científica: cuanto más profundamente, tanto mejor para él y para este asunto. Quizás sea este el servicio que el conocimiento histórico pueda proporcionar a la teología en su campo peculiar.
En la misma línea de pensamiento situamos al Rudolf Bultmann. Para él, la teología liberal, con su pretensión de descubrir al Jesús histórico, ha caído en dos problemas:
el primero, igual que señalaba Albert Schweitzer, ser demasiado mundana, demasiado acorde con los valores culturales de su tiempo, habiéndose escapado del escándalo que la fe tiene necesariamente que suponer,
el segundo, no caer en la cuenta de que el conocimiento histórico no puede dar un fundamento absoluto que, sin embargo, es necesario para la fe.
Preguntas sobre el modo de hacer cristología:
¿Qué consecuencias hay que sacar del hecho de que Jesús sea un personaje de la historia y del tiempo?
¿Qué consecuencias debemos obtener del hecho de que no podamos hacer una historia crítica positiva capaz de proponer una imagen única de Jesús?
¿Qué lugar tiene la ciencia empírica en la ciencia teológica?
¿Se puede hacer teología o ciencia teológica poniendo entre paréntesis la fe?
Conclusión provisional
A mis catorce años yo no sabía quién era Bultmann, o Karl Barth, normalmente hubiera pensado que se trataba de jugadores del Bayern de Munich. Sin embargo, mi forma de posicionarme ante la fe en Jesucristo se parecía a la de ellos.
Atacado por un profesor de historia anticlerical, que una y otra vez me remitía a la crítica histórica de los evangelios, desconfiado de las historias que me habían contado mis mayores y sin poder entender mucho las formulaciones que orábamos en la Iglesia, mi fe se basaba cada vez más en la pura afirmación de Jesús el Cristo.
Yo les invito a que juntos nos situemos ahora ante este dilema, y nos preguntemos qué respuesta podemos darle.
III - DEL RUMOR SOBRE JESÚS AL LENGUAJE DEL SER.
¿Quién dice la gente que soy yo?
San Marcos coloca la escena en mitad de su Evangelio. Jesús le pregunta a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Los discípulos comentan lo que se rumorea sobre él. De boca en boca corrían diferentes versiones: algunos no parecían dar crédito a la muerte del bautista y consideraban que Jesús era el mismo que antes convocaba a las masas junto al Jordán en el desierto; otros, de carácter más apocalíptico, empezaban a explicarse el asunto de Jesús identificándolo con la figura de Elías, el que tenía que venir; también estaban los que consideraban que Jesús no era otra cosa que un profeta, como los antiguos.
Joseph Moingt es un teólogo jesuita, ya mayor, con ochenta y siete años, autor de un más que recomendable libro de cristología. Lo llama El hombre que venía de Dios. El prólogo al primer volumen se denomina El rumor de Jesús, esta cita proviene del mismo:
Todo el asunto referente a Jesús –y la religión cristiana de este inicio del siglo XXI es su continuación- comenzó con un rumor que revoloteaba en torno a él, mezcla de interrogante, de sospecha y de confianza, y que adquirió consistencia y amplitud sobre todo cuando fue relanzado por el anuncio de los que creían en él. A través de ese rumor entró Jesús en la historia, la verdadera historia: la que se cuenta antes de escribirla y que no cesa de ser contada de viva voz mucho después de haber sido escrita.
Para el P. Moingt es claro que aquel personaje, cuyo proceso no quedó registrado siquiera por los archivos históricos del Imperio, se hubiera diluido pronto y desaparecido absolutamente de la historia de la humanidad, si no hubiera sido por aquel rumor sorprendente que pronto empezó a escucharse entre las personas y los pueblos: A aquel que condenaron y dieron muerte, Dios le ha devuelto a la vida (Hch 2, 23-24). El caso es que ese rumor increíble, antes de que se cumpliera el siglo del nacimiento de Jesús se había extendido por todo el mundo Mediterráneo. Cito de nuevo a J. Moingt:
El asunto de Jesús se volvía un asunto de Estado, cambiaba el curso de la historia, y ésta no ha cesado hasta el día de hoy de alimentarse del rumor de Jesús y de mantenerlo.
Preguntas sobre el rumor de Jesús:
¿Qué contenidos tiene el rumor sobre Jesús?
¿Es creíble un rumor?
¿Qué es lo que da credibilidad al rumor?
De las historias infantiles a la sociedad secular
No creo yo que cuando era niño pequeño el mundo y la sociedad en la que vivía fuera mucho más cristiano o mucho menos cristiano de lo que hoy es nuestro mundo. De hecho, las estadísticas muestran que el nivel de "fe" confesada por las personas de mi pueblo, viejos y mayores, cuando son interrogados por sociólogos o especialistas, no ha variado mucho al menos en el aspecto cuantitativo del asunto: entre ochenta y cinco y noventa y cinco por ciento de creyentes en Dios (católicos, en su inmensa mayoría), y entre el ocho y el doce por ciento practicantes. Todos esos números se parecen bastante a lo que las estadísticas de los años setenta reflejaban.
Sin embargo, por entonces, mi mundo pequeño, mi entorno familiar y de amigos, era un entorno donde el asunto de Jesús se hablaba, se expresaba y se convertía en actos rituales públicos. Utilizando el lenguaje de Moingt podemos decir que cuando yo era un pequeño, yo vivía en medio de la gente afectada claramente por el rumor de Jesús. No siempre fue así.
Ya les hablé de aquel profesor, Julio Badía, que nos enseñaba historia cuando yo tenía catorce años y que aparentemente al menos, se salía del discurso y del rumor sobre Jesús. Digo aparentemente porque también es cierto que a base de oponerse a ese discurso, probablemente era el profesor que más nos hablaba de Jesús, de Dios, de la Biblia, etc.
De hecho, por entonces, yo fui tomando cuenta de que no era lo normal hablar de religión, sino más bien de fútbol, del tiempo, de la tele o de la política; que la mayoría de la gente que conocía no solía ir a misa los domingos; cuando comía en casa de mis amigos me daba cuenta de que no tenían por costumbre rezar y que sus padres no les habían contado demasiadas historias sobre el niño Jesús. La mitad de mis compañeros no elegían la asignatura de religión en el instituto; y muchos de los que la elegían, lo hacían fundamentalmente porque era menos exigente que la clase de ética (no se rumoreaba que el profesor de religión aplazara a nadie en los exámenes; en cambio sí que se sabía con certeza que el profesor de ética dejaba con frecuencia a algunos alumnos para el siguiente exámen). Recuerdo otro profesor que con sonrisa en los labios nos solía decir: "Misa, ajo y pimiento, tienen poco alimento".
Lo de Jesús, como todos los otros rumores, afectaba sólo a algunos grupos de personas que le daban credibilidad, mientras que otras personas, otros grupos, no hablaban nunca de él, o lo reservaban para acontecimientos muy especiales y dándole únicamente la credibilidad que se suele dar a esos rumores poco convincentes aunque, por si acaso, y siguiendo el consejo de aquel otro refrán popular (cuando el río suena, agua lleva), no dejaban de tener algunos detalles religiosos (bodas, bautizos, primeras comuniones, entierros, etc.).
Pasa mí, como creo que mostré en la charla anterior, aquel cambio de contexto, aquel salir y entrar continuo en el campo del rumor, me hizo pasar lo que yo creo que con toda dignidad podemos considerar una primera crisis de fe. Había elementos provenientes sobre todo de algunos de mis profesores del instituto que insinuaban o explícitamente declaraban que el rumor era un rumor infundado: los textos evangélicos no resistían la más mínima crítica histórica (a lo más que podíamos llegar es a entender que Jesús había sido un interesante personaje más o menos marginal, más o menos revolucionario, en la periferia del imperio) y la crítica social, o el análisis de corte marxista que estaba tan de moda por entonces, mostraba a la Iglesia no más que como un grupo interesado en el control del poder político y económico, aunque lo enmascarase con divinas palabras. Frente a esos ataques más o menos directos contra el "rumor de Jesús", las historias infantiles se mostraban bastante poco capaces de sostener y dar razón de mi fe. Mi creencia en Jesucristo era equiparada a la creencia de los niños y niñas en Papa Noel o en Santa Claus.
Pero también había elementos que ayudaban a sostener mi fe y mi militancia en la vida eclesial de mi barrio. Para empezar, la fe de mis padres, que fueron también evolucionando con los años en sus formulaciones y me mostraban cada día el testimonio de una vida cristiana vivida como solidaridad con los más pobres, con honestidad para con ellos mismos, con esperanza en el Dios salvador a pesar de todas las dificultades, con fidelidad y valentía para mostrar públicamente el lugar que el asunto de Jesús debía ocupar en sus vidas. Estaba también la comunidad parroquial, no sólo el grupo de jóvenes entre los que me movía, con nuestras reuniones, más de terapia psicológica que de profesión de fe, sino también el conjunto de la comunidad parroquial, que se reunía con frecuencia en asamblea, organizaba las tareas parroquiales, asumía responsabilidad frente a los más pobres, celebraba con fidelidad el nombre de Jesús, etc. También el testimonio personal de Juan, el párroco, cuya figura no deja de crecer con el paso de los años, a pesar de las contradicciones y debilidades que esta perspectiva más distante me permite.
Con las nuevas dificultades y en medio de los apoyos que me brindaba mi entorno, tuve lógicamente que elaborar mi propia teología. Como señalaba en la charla anterior, la dirección que encontré fue dar el paso del lenguaje narrativo hacia el lenguaje eclesiástico y más metafísico de la fe. Ni servían las historias que de niño me habían contado ni tampoco sabía cómo lidiar con la crítica histórica de las historias sobre Dios en el Evangelio.
Si me situaba en medio de aquella escena con la que acabo de empezar, sustituía a los discípulos por mis parientes y amigos de la comunidad cristiana, y al escuchar cómo Jesús formulaba aquella pregunta: ¿quién dice la gente que soy yo? Me imaginaba a mi padre respondiendo: Algunos dicen que eres un revolucionario, el primer socialista de la historia. O a mi madre dirigiéndose a Jesús: Otros dicen que fuiste un loco de amor, un romántico, un apasionado. O a alguno de los amigos más jóvenes de la comunidad diciendo: Hay quien dice que eres un hombre con madera de líder, un "SuperStar" que brillará para siempre en el firmamento de las glorias de la humanidad. U otras respuestas semejantes que eran apropiadas a aquel final de los años setenta. Entonces, Jesús nos miraría y nos diría: ¿y ustedes, quién dicen que soy yo? Yo me imagino dando un paso al frente y dirigiéndome a Jesús para decirle: Tú eres Jesucristo, nuestro Señor, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, el Hijo de Dios, nuestro salvador.
Por entonces, no hubiera hecho ninguna mención al hecho de que había nacido en Belén, de que sus padres se llamaban José y María, etc. Las historias contadas por el Evangelio, eran leídas por mí del siguiente modo: aquí Dios nos está dando una lección de lo que es ser Dios. Dios Todopoderoso cura a los enfermos, resucita a los muertos, detiene las tempestades, multiplica los panes, nos habla con una sabiduría infinita. Eso sí, ese mismo Dios Todopoderoso, aparece con forma humana, se ríe como nosotros y habla en una lengua humana para que le podamos entender. Dios Todopoderoso sabe todo lo que piensan los malos, los tiene controlados, podría muy bien hacer una estrategia diferente, pero no quiere, porque quiere darnos una lección: pasa por la historia, como por un trámite que hubiera que pasar, para luego subir de nuevo al cielo, y desde allí organizar el juicio definitivo, la salvación y la condenación definitiva para toda la humanidad.
Preguntas sobre el rumor de Jesús en la sociedad secular:
¿Cuáles son las imágenes populares de Jesucristo?
¿Cuáles son las imágenes sobre Jesús que sale del mundo de los creyentes?
¿Cuáles son las insistencias católicas en la imagen de Jesucristo?
¿De dónde le viene la credibilidad hoy al rumor sobre Jesús?
¿Puede el discurso sobre Jesús dejar de ser un rumor y convertirse en otra cosa?
La nueva patria del rumor sobre Jesús
Muy pronto el rumor sobre Jesús, lo que contaban de Él, pasó los límites de los campos y las ciudades de Palestina para llegar a algunas de las más importantes metrópolis del Imperio. Al principio, ese rumor se siguió difundiendo entre las personas de origen judío, y su contexto, en cierta manera, continuó siendo el mismo en el que el tal rumor había nacido. Pero curiosamente, aquellos que tenían todo el bagaje cultural y teológico del judaísmo, todos aquellos que podrían estar capacitados para en atención a la propia tradición captar y comprender de qué iba el asunto de Jesús, esos precisamente, rechazaron con frecuencia el testimonio de los mensajeros.
El conjunto de los judíos que rechazan el nuevo anuncio está bien fundado en la propia tradición judía. Es una blasfemia pensar que la salvación puede estar en un hombre normal como Jesús. Las narraciones lo muestran como un gran hombre, pero no más que un hombre. Además, es evidente que la historia de Jesús es la historia de un fracaso. Y como una maldición.
Estos mensajeros podían haber interpretado aquel rechazo como el fracaso definitivo de su misión, y, en cierta medida como la demostración de que todo lo que ellos habían entendido y comprendido del rumor de Jesús era falso. ¿Cómo podía ser que el pueblo elegido, el pueblo de la promesa, el pueblo del que el propio Jesús era un miembro, rechazara sin más el mensaje? Al parecer, la propia memoria de los conflictos que Jesús tuvo con sus contemporáneos, llevó a Pablo, a Bernabé, a Pedro y a toda esta primera generación cristiana a entender que "en todas partes se aceptan a los profetas menos en su tierra", a comprender que estaban ante un pueblo que "al igual que sus padres, ustedes están rechazando a los profetas". ¿Qué otra manera había de interpretar el asesinato del Hijo por parte de los administradores de la viña? Los nuevos cristianos fueron entendiendo poco a poco que ellos eran el "resto" que Dios se había seleccionado, el "nuevo Israel", y que Dios podría hacerse Hijos de Abraham hasta de las piedras. Sin temor al choque cultural que se les avecinaba, los mensajeros dieron un salto:
Entonces dijeron con valentía Pablo y Bernabé: "Teníamos la obligación de anunciarles primero a ustedes la Palabra de Dios; pero ya que ustedes mismos la rechazan y ustedes mismos no se juzgan dignos de la vida eterna, miren bien, nos volvemos a los gentiles" (Hch 13, 46).
Es decir, en vez de interpretar tal rechazo como el fracaso definitivo de su misión, lo vivieron como un mensaje de Dios que los empujaba en otra dirección: el mensaje de Jesús se desembaraza de la tradición en la que había nacido, del Templo y de la Ley, y se convierte en la proclamación de una Buena Noticia para todos los pueblos, y en concreto, para un pueblo y una cultura que tenían en su haber una tradición de pensamiento que adjudicaba lo narrativo al mito, y el discurso del ser, lo racional, a lo que es realmente el mundo, a la verdad sobre las cosas y sobre la vida.
Del mismo modo que al final de mi adolescencia yo ya tenía claro que todo el lenguaje narrativo infantil heredado de mis padres no me servía para vivir desde la fe cristiana en el mundo secularizado en el que había nacido, los primeros cristianos pronto se darán cuenta de que el lenguaje de la narración, de la narración histórica, no puede sin grandes reformas y adaptaciones competir en la nueva patria en la que entraba.
Hay algunos rasgos de esta nueva patria que conviene mostrar:
El mundo pagano no esperaba al Mesías. La esperanza de los judíos, basada en la promesa que Dios había hecho al pueblo, y que será el suelo sobre el que se monte la misión salvadora de Jesucristo, no puede servir de referente en las personas con las que ahora se encontrarán en las ciudades del Imperio.
El mundo pagano no reconocía tampoco las Escrituras ni una tradición en torno a un único Dios salvador del pueblo. El pensamiento y el discurso pagano no tiene la conciencia de unidad de aquel originario grupo de nómadas que comenzó a ser un pueblo gracias a la intervención de Dios en la historia liberándolos y guiándolo a través de un inmenso desierto a la tierra de la promesa. No hay una historia religiosa unitaria sobre la que elaborar el discurso cristiano.
El mundo pagano tenía, sin embargo, una mitología, rica y popular, que permitía, por un lado, establecer el contacto entre la Buena Nueva y las personas a las que se proclamaba, pero que, por otro lado, creaba dificultades al rellenar las expresiones cristianas con contenidos claramente paganos. El ejemplo más evidente es la expresión Hijo de Dios.
El desarrollo de la filosofía y sobre todo de la ética permitía un punto de contacto ideal para los nuevos mensajeros: las expresiones de Sócrates, Aristóteles o Platón, aparecían como predecesoras de las mejores formulaciones de los Evangelios. El ideal griego de vivir de acuerdo a la razón, fue dando paso a una imagen de Jesús como "razón" verdadera, como "Logos" verdadero.
En medio de estas características y de otras que resaltamos ahora menos, la predicación cristiana da un giro. Mientras que los apóstoles hablaban fundamentalmente de la misión de Jesús o Jesucristo, dar salvación, traer la salvación, juzgar a la humanidad, los nuevos mensajeros, al entrar en contacto y diálogo con los filósofos de la tradición grecolatina se ven obligados a cambiar la temática: pasarán a primer plano su carácter divino y la pregunta fundamental sobre quién es este hombre se entenderá como una pregunta ontológica que ya no podrá tener respuesta en lo que vimos y oímos, en lo que nuestras manos tocaron. La experiencia del resucitado remitirá casi automáticamente a su nacimiento milagroso, y de ahí a la preexistencia junto al Padre.
¿Quién es ese que está junto al Padre desde el Principio? ¿Quién eres tú, Jesucristo? La pregunta no puede ya responderse meramente diciendo que nació, nos enseñó, lo mataron en una cruz y Dios Padre lo resucitó. Tampoco basta la respuesta de es Nuestro Salvador, nuestro Libertador, nuestro modelo o nuestro guía.
A partir de entonces, el misterio que había tenido lugar entre los cristianos de primera hora, buscará un lenguaje nuevo para poder expresarse. Pero es, importante, mostrar que este salto en el lenguaje, no quiere ser un salto en la realidad. Las preguntas y las respuestas que el mundo grecocristiano va a formularse y responder, no quieren distanciarse de la predicación primera, sino que, al contrario, todos sus ires y sus venires, toda su argumentación, su complejidad, sus pasos adelante y atrás, los éxitos en las formulaciones o el rechazo de otras que serán consideradas heréticas, no tienen más explicación que la de querer salvaguardar el mensaje primero, el mensaje de salvación que se formulara al principio: lo que hemos visto y oído, lo que tocaron nuestras manos a cerca de la Palabra de la Vida, eso es lo que les transmitimos ahora a ustedes.
Preguntas sobre la entrada del cristianismo en su nueva patria:
¿Qué elementos posee el rumor sobre Jesús que le posibilita el enganche con una nueva cultura?
¿Qué elementos de la nueva cultura permiten hacer el enganche con el rumor de Jesús?
¿Es posible imaginar la entrada del rumor de Jesús en una nueva cultura sin acabar por pervertirla en sus valores?
¿Es posible imaginar una nueva cultura como vehículo de expresión del rumor de Jesús sin que este se pervierta?
Mi historia personal de fe, al llegar al final de la adolescencia había encontrado sus dificultades. Más arriba relaté las dificultades del tipo sociológico (un discurso ya no aceptado o pertinente para todo el mundo) y del tipo discursivo teórico crítico (la crítica histórica y la crítica política a la fe). Fueron apareciendo poco a poco otras dificultades de tipo litúrgico celebrativo (me aburría una celebración que muchas veces tenía todo menos "celebrativo" y que en muchos casos perdía su capacidad para transmitir el misterio de salvación). También aparecían dificultades de tipo moral, al no entender las posiciones que la Iglesia sostenía o defendía. Me daba la impresión de que mi lenguaje y mi mundo eran unos, y mi fe y su mundo tenían un lenguaje diferente que no alcanzaba siempre a comprender.
Mi solución provisional por aquellos días era de corte claramente fideista y, permítanme la palabra "doceta". Fideista porque no alcanzaba a dar razón de mi fe y mi esperanza más allá del mero hecho de que yo creía, sin poder oponer ningún tipo de explicación a quienes me argumentaban desde la ciencia histórico crítica. "Doceta" en mi forma de entender a Jesucristo, donde la afirmación de lo divino hacía poco pertinente o totalmente superflua su condición humana. Ese docetismo tenía además un corrimiento claramente hacia el campo de la eclesiología: puesto que la Iglesia me aparecía como demasiado humana y equivocada en muchas de sus apreciaciones, no quedaba más remedio que argumentar desde una asistencia del Espíritu Santo que, en realidad, cubría con un manto todo lo malo de la Iglesia, de la institución y de las personas que le dábamos cuerpo.
IV - EL LENGUAJE DEL SER
Y LA SALVACIÓN QUE SE NOS DA EN JESÚS.
Entre el "ateismo" de Vicente y el "adopcionismo" de Adolfo.
Cuando estábamos por acabar las enseñanzas medias, hacia los dieciséis o diecisiete años, mi amigo Adolfo Fierro, que era uno de los compañeros de la comunidad cristiana, me lo formuló con claridad: Jesús era un gran hombre, sin lugar a dudas, pero eso de que era Dios resultaba algo increíble no más. Ante mis preguntas perplejas por su afirmación, Adolfo decía que tal y como él entendía las cosas, eso de que Jesús era el Hijo de Dios, lo que quería decir es lo siguiente: que Jesús de Nazaret había vivido de tal manera, se había comportado con tanta virtud, que era un verdadero modelo de lo que tiene que ser un Hijo de Dios. "Además", sostenía Adolfo, "si Jesús fuera Dios, entonces, a nosotros no nos podría servir como ejemplo de vida, porque está claro que Dios es superior a nosotros en todo y no podemos pretender seguirle o compararnos con Él".
Vicente Fariña era otro amigo nuestro que había leído a Nietszche y se había dejado convencer por sus escritos. Vicente provenía de una familia de comunidades cristianas de base, vinculadas a la lucha pasada contra el franquismo, gente que pasó por su fe muy malos momentos. Ahora, Vicente, aun sintiendo cierta admiración por sus padres, proclamaba la muerte de Dios y con la muerte de Dios, la superficialidad del mensaje de Jesús. Jesús no era más que un hombre normal que defendió con mucha convicción un mensaje claramente equivocado. Lo de Jesús era un mensaje que no podía ser digno de un Dios todopoderoso, porque era un mensaje de un fracasado, un débil, un derrotado.
A los diecisiete años mi fe fideista (esa fe basada únicamente en la afirmación de la divinidad de Jesucristo, sin más capacidad para dar razón de ella) no me era ya muy satisfactoria. Mi vida como miembro de la comunidad cristiana se había ido llenando de acontecimientos y responsabilidades: me había hecho catequista, colaboraba con mi hermano mayor en la atención a los jóvenes del barrio marginal, me había unido a un pequeño grupo de compañeros que nos estábamos planteando la posibilidad de seguir a Jesús como sacerdotes, había asumido en mi colegio público el puesto de delegado de los alumnos, etc. Mi nivel de compromiso y el carácter público de mis posiciones cristianas, en una sociedad y en un momento totalmente convulsionado por la nueva situación democrática y las aperturas a una libertad participativa acompañada de un consumismo cada vez mayor, hacía que con frecuencia me encontrara teniendo que dar razón de mi esperanza.
Yo trataba de seguir argumentando desde mi puro sentimiento religioso. Siento que el Señor está vivo, que él me guía, etc. Pero esos sentimientos no daban cuenta, por sí mismos, de las elecciones que estaba haciendo y que me llevaban a un compromiso con Él y con su Iglesia en la lucha por un mundo más justo y más humano. Las discusiones con mi amigo Vicente Fariña, el lector de Nietzsche, que era mi compañero de banco en el aula, acababan provocando mi búsqueda en la dirección de una reflexión más filosófica, más pensada en torno a la existencia de Dios. Por entonces, me servían las explicaciones del tipo causal: Dios era el que todo lo había hecho, etc. Y mi amigo Vicente, aunque había leído a Nietzsche, no sabía mucho de metafísica de las causas y se quedaba suficientemente callado con este tema.
Sin embargo, las conversaciones con él tuvieron el efecto de derribar mi muro puramente fideista y empezar a sospechar que era posible dar razón intelectual de mi fe. Con Adolfo Fierro, el amigo que seguía siendo "cristiano" pero que no entendía la divinidad de Jesús como la entendía yo, sino más bien como un premio a su bondad y a su bien hacer durante la vida, mantuve también muchas conversaciones. Entre otras cosas porque él era también catequista conmigo, asistíamos a misa juntos, participábamos en los mismos grupos de reflexión y de actividades de la parroquia. Sus afirmaciones sobre la vida buena de Jesús, me devolvían quisiera o no quisiera a la figura de un hombre concreto en la historia. Un hombre que hacía cosas. "Las cosas que Jesús hacía", me decía Adolfo, "eran el ejemplo que él nos daba para que nosotros mismos nos salváramos. Por eso", argumentaba mi amigo, "Jesús siempre le decía a la gente «tu fe te ha salvado»".
A estos dos amigos debo yo dos cosas importantes en mi historia de fe:
En primer lugar, volver a creer que era posible razonar la fe. Efectivamente, mi experiencia de creyente que asumía posturas y responsabilidades públicas tanto en la vida de la Iglesia como en el Colegio en el que estudiaba, me ponía ante la necesidad de dar razón de mi fe. Las conversaciones con Vicente Fariña me hicieron caer en la cuenta de que se podía razonar, dialogar, tratar de encontrar en la reflexión un camino para explicar por qué me movía y actuaba desde la fe.
En segundo lugar, colocar el tema de la forma en que Dios actúa a favor nuestro en el centro de esa fe (si quieren, usando una terminología clásica, colocar la "salvación" como tema fundamental, o vivir la fe como, usando una terminología que por entonces ya estaba muy de moda, "liberación"). Igualmente, mi praxis se adelantaba a la teoría: yo actuaba y vivía mi fe desde el compromiso y la lucha por un mundo más digno, más humano, más salvado. Pero las conversaciones con mi amigo Adolfo me llevaron a plantearme explícitamente la pregunta por el modo en que Dios salva, libera, o toma partido a favor nuestro.
Volviendo a nuestra reflexión cristológica, preguntas como estas aparecían en mi cabeza.
Preguntas en torno a Jesucristo Salvador:
¿Me puede salvar Jesús si Jesús es sólo un hombre?
¿Me basta con un ejemplo?
¿Consiste la salvación en que Dios reconoce lo bueno que hacemos?
Jesucristo es el Logos
En el Prólogo del Evangelio de San Juan, aparecía la expresión "logos", la "palabra" o el "verbo" para referirse a Jesucristo. "La Palabra acampó entre nosotros". El término LOGOS va a ser el término más popular de la filosofía de los inicios de nuestra era. Las diferentes escuelas filosóficas, epicúreos y estoicos, las de origen platónico o las de marca más aristotélica van a situar este concepto en el campo semántico del orden, la razón, la vida correctamente vivida, etc. Cada cual le dará matices diferentes, por supuesto, y las tendencias más platonizantes e incluso las gnósticas, tenderán a darle un doble carácter: por un lado, idealista, convirtiéndolo en un modelo o en una digamos "causa ejemplar" para nuestra vida; por otro lado, dinámico, es decir, haciéndolo una tarea que nos permite hacernos verdaderamente aquello que tenemos que llegar a ser. O sea, no sólo el logos era un modelo que teníamos que alcanzar, sino también el camino, la fuerza, el espíritu que necesitábamos para llegar a alcanzarlo.
No es extraño entonces que la imagen de Logos sirviera a los primeros greco cristianos para dar razón ante los paganos de la fe que les empujaba. El ejemplo más lindo de esta reflexión inicial lo tenemos en San Justino, un hombre valiente que se lanza a dialogar en apertura clara con las escuelas filosóficas de su tiempo:
Cristo es el sentido del que todo el género humano participa. Y el género humano participa de Cristo porque en cada uno se halla parte del sentido germinal y divino. Cristo es el sentido total, hecho cuerpo y razón y alma (es decir: hombre) y aparecido por nosotros.
Justino, lejos de sumirse en el fideísmo, o de aislar al cristianismo de la sociedad y la cultura en la que estaba entrando, se mete de lleno a usar sus propias categorías culturales, su propio lenguaje, y las filosofías que circulaban para hacer su propuesta. Por supuesto, las propuestas de Justino van a tener algunos problemas. El fundamental es que, al asumir el esquema del neoplatonismo como su modelo básico de pensamiento, siempre va a dar la impresión de que el LOGOS, Jesucristo, es algo que al "provenir o proceder" de Dios, va a perder algo de categoría, se va a "degradar" un poco, aunque siempre sea superior a nosotros.
También un tal Ireneo de Lyon va a intentar expresar en categorías propias de su mundo cultural la fe con la que vivía. Ireneo va a insistir en, permítanme la palabra, la "soteriología": de qué manera Dios toma partido a favor de los hombres y mujeres, cómo Dios salva o Dios libera. Esta es su respuesta:
Cuando se encarnó y se hizo hombre recapituló en sí la larga serie de los hombres, para que la luz del Padre se haga presente en la carne del Señor y de su carne, resplandeciente, llegue hasta nosotros, y de esta forma llegue el hombre a la inmortalidad, rodeado de la luz del Padre.
Como todos los innovadores, el genio de Ireneo de Lyón no deja de tener problemas. Fundamentalmente dos: Primero, su forma de entender a la humanidad es tan abstracta e ideal, que por momentos podría parecernos que sobra la historia de la humanidad, o que la historia de la humanidad es no más que una especie de "apariencia" o "mundo de la caverna platónica", que transita hacia el verdadero mundo que es la gloria de Dios. Segundo, su lenguaje es permanentemente religioso y hace difícil a veces plasmar la experiencia de necesidad de salvación que tiene el hombre, porque ya está Dios situado ahí, previamente a ninguna formulación de esa necesidad.
Preguntas en torno a Jesucristo Logos
¿Debemos entender los cambios culturales en que vivimos como la ocasión para un nuevo salto en el lenguaje que nos permita dar razón de nuestra fe?
¿Tenemos en nuestra cultura actual algún concepto que nos ayude al modo en que el concepto de Logos ayudó a estos primeros cristianos?
Docetas y adopcionistas
Justino e Ireneo no deben quedarnos tan lejanos. A mí, muchos siglos después, me pasó, como más arriba les contaba, algo similar: gracias a mis dos amigos, Vicente y Adolfo, sentí necesidad de dar RAZÓN (Logos) de mi esperanza y de vincular esa razón a la forma en que Dios tomaba partido por nosotros (Soteriología).
Entre mis amigos había otros "menos críticos", que vivían más pacíficamente su fe, sin entrar demasiado en diálogo con el mundo en el que estaban y que se contentaban con formulaciones que a mí me parecen demasiado simples, pero que tenían la virtud de dar respuesta también a estas dos pretensiones: dar razón y dar razón desde la idea de salvación.
Mi amigo Manolo perdió a sus padres cuando yo tenía dieciséis años. Murieron en el margen estrecho de unos meses. Primero ella, luego él. Recuerdo salir a pasear con Manolo que no se explicaba el dolor y el sufrimiento. Su fe en Dios era tocada y sacudida por lo que tenía delante. Toda esa enfermedad era demasiado humana para ser lugar de salvación de Dios. El cáncer había ido destrozando paulatinamente a su madre y su padre había ido llenándose de un dolor que culminó al poco tiempo en una cuerda de la que colgó hasta fallecer. Manolo no perdió la fe, pero su fe comenzó a esperar en un Dios que nos salvaba más allá de todos nuestros dolores, de todos nuestros sufrimientos, de todas nuestras cruces.
Hablando un día, yo le comenté que no entendía eso, que me parecía que la muerte en cruz de Jesús tenía que ver con nuestra propia historia de sufrimiento. Que, de algún modo, la muerte de sus padres estaba también clavada en esa cruz. Manolo me contestó que Jesús ya lo sabía todo, sabía todo lo que iba a pasar y que él, seguramente, como lo sabía no sufriría tanto como sufrimos nosotros. Me dijo que la muerte de Jesucristo en realidad no era más que una especie de ejemplo que Dios nos ponía, pero que, claramente, no podría afectar a Jesucristo, que era Dios, del mismo modo que nos afectaba a nosotros.
También entre aquellos primeros cristianos, algunos hubo que, convencidos de la divinidad magnífica de Jesucristo, no entendían lo que había pasado con Él. Si Jesucristo es Dios, si Dios es Todopoderoso, entonces... ¿cómo entender a Dios crucificado? El Dios del cielo, el Dios creador de todas las cosas, el Dios que nos sostiene en el ser, que nos hace nacer de la nada, el Dios que está desde la eternidad y que continuará por la eternidad, ¿qué tiene que ver con un hombre que se cansa, que llora y ríe, que suda sangre y siente temor, que es crucificado y muerto en una cruz?
Un Cristo demasiado humano, pensaban estos cristianos, se parecía demasiado a Apolo, a Marte, a Ares, las divinidades griegas y romanas que tenían todas las pasiones y también los vicios de los hombres y mujeres de su tiempo. Un Cristo demasiado humano, pensaban los docetas, no puede ser verdaderamente el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios. Por eso, el docetismo acabó por dar esta respuesta a la pregunta por quién es Jesucristo:
Jesucristo es Dios.
Tiene apariencia de persona humana, pero no es realmente un ser humano, porque no se puede ser a la vez divino y humano.
El origen del docetismo está en una corriente filosófica muy de aquella época (y, sin embargo, también bastante actual), los gnósticos. Los gnósticos eran personas que llevaron la filosofía de Platón a posiciones extremas: el cuerpo era una cárcel para el Espíritu que es lo único verdadero. Para los gnósticos, la verdadera sabiduría nada tiene que ver con este mundo, con la investigación humana. Sólo el culto para los iniciados, para gentes especiales, da la verdadera sabiduría. En realidad, nada humano es realmente bueno. Nuestra pretensión es irnos liberando de las cargas humanas para poder dar el paso a lo celeste, a otro mundo. ¿Suena muy antiguo?
Cuando nosotros hoy decimos que una afirmación sobre Dios es una herejía, lo que queremos decir es que falsea nuestra fe, que descuida algo que es muy importante para nuestro modo de entender a Dios y a su relación con las personas.
Los "docetas" eran "herejes". No se trataba de personas con cuernos y cola todos de color rojo con tridente en la mano. Eran personas normales, con muy buena intención, piadosas y creyentes. No podían, sin embargo, creer en un Dios "encarnado", en un Dios tan hecho carne como nosotros. Querían defender la trascendencia de Dios. Para ellos, el dato obvio, el dato de sentido común, es éste: Dios no es como nosotros. Por eso, tampoco "puede" (ni siquiera el Dios-Todo-Poderoso) hacerse uno entre nosotros.
Los docetas se acercan a Jesucristo y lo ven como Dios. Es el que hace los milagros, el que convierte las aguas en vino, el que detiene la tormenta, el que resucita a los muertos, el que camina sobre los mares. Su palabra, su enseñanza, es divina, no contiene errores ni equivocaciones, todo lo sabe, todo lo entiende, todo lo puede prever. Nada se escapa a su conciencia y a su saber. Nada se escapa a su poder.
El Cristo que sufre y muere en la cruz... en realidad no sufre ni muere. Sólo hace como que sufre, hace como que muere. Jesucristo es hombre, persona humana, sólo en apariencia. De ningún modo la divinidad podía rebajarse a la humanidad.
Mi amigo Adolfo seguía insistiendo en que lo que era evidente es que Jesús era un hombre extraordinario, pero un hombre. Recuerdo que el tema de los milagros de Jesús me lo explicaba él desde la lectura que hacíamos por aquel entonces de los libros de Richard Bach, sobre todo de dos libros, Juan Salvador Gaviota y un libro menos conocido que se llamaba Ilusiones. En el fondo, la tesis de ambos libros era la misma: en nosotros, en nuestra mente y en nuestra convicción, sin dejar de ser humanos, tenemos todas las capacidades necesarias para hacer "milagros" y cambiar la realidad en la dirección que consideremos oportuna... Eso es lo que hacía Jesús. Jesús era un gran hombre y Dios lo había premiado reconociéndolo como Hijo suyo. Y eso mismo es lo que Dios hacía con nosotros: el ejemplo de Jesús debía guiarnos.
Frente a los docetismos, casi paralelamente en la historia, desde el inicio hay otros hombres y mujeres que siguen a Jesucristo y que también piensan que no puede haber unidad entre Dios y la condición humana. Pero para ellos, el dato obvio, el dato evidente, es que Jesucristo estuvo en medio de nosotros y era uno como nosotros. Para ellos, lo importante es que Jesús nació de mujer, se cansaba cuando caminaba, dormía, comía, reía, lloraba... Jesús era hombre, sin duda alguna. Pero no era Dios.
¿Hijo de Dios? Sí, claro, dirían Arrio y sus seguidores: criatura de Dios, o, en todo caso, hijo adoptivo de Dios. Dios lo habría adoptado como hijo al ver cómo respondía tan magníficamente al proyecto de humanidad que el Padre quería. Lo adoptaría para decirnos que así es como hay que ser. En el fondo, Jesús, el llamado Cristo, no se equipara tampoco a Dios. En eso, arrianos y docetas están de acuerdo: Dios y la humanidad no pueden darse juntas.
Arrio tampoco tenía cuernos, aunque tuvo múltiples disputas con muchos cristianos de su época y no siempre fueron piadosas y respetuosas discusiones.
Arrio fue un sacerdote cristiano influido por las filosofías de su época. Nació en Alejandría, bella ciudad de Egipto que da al mar Mediterráneo, en el año 256. Vivió y se movió en una época en que las seguridades del imperio Romano se iban desmoronando poco a poco. Los filósofos y los sabios buscaban alternativas y tendían a entender todo lo nuevo como una filosofía más entre otras. Arrio llegó a la conclusión de que Dios, propiamente Dios, sólo era el Padre. El Hijo y el Espíritu pasaron a ser criaturas de Dios, por muy excelentes que fueran.
Las escuelas de esta tendencia querían evitar a esos creyentes que convirtieron a Jesucristo en una especie de espíritu extraterrenal, algo así como un fantasma, alguien diferente, por encima de nosotros, que en realidad ni sentía ni padecía. Para las escuelas cercanas al arrianismo, Jesucristo es un gran profeta, es el Cristo, sí, el Mesías, pero en él nada hay de divino diferente a lo que hay de divino en alguien que se comporta como un verdadero ser humano. No podía ser que lo divino se pusiera en contacto con lo humano.
¿Arrianos y docetas, siguen hoy por nuestras iglesias?
Casi todos nosotros llegamos a Jesús desde su divinidad. Cuando éramos pequeños, aquel Cristo crucificado era, normalmente, Dios Todopoderoso. Sí, el crucificado era ya el que todo lo sabía, el que todo lo podía prever, el que superaba todos los males, el que dominaba sobre la naturaleza. No es extraño que luego, cuando quisieron decirnos que era hombre, que era humano, a todos nosotros nos costara un buen esfuerzo. Hacerlo humano era, deshacerlo como Dios y, para algunos, una clara amenaza a la propia fe. ¿Cómo creer que es divino quien no es capaz de conocer y dirigir todo lo que va a suceder? Por eso, no es extraño que en nosotros, entre nosotros, haya personas que siguen pensando y sintiendo en plan doceta.
También se da el fenómeno contrario, la laicidad ha entrado tan fuertemente en nosotros que no imaginamos ni meramente posible una presencia de Dios y lo divino en lo humano. De esa manera, tendemos a interpretar y a entender a Jesús de una modo plano, sin dimensión vertical, y así, Cristo, lejos de ser la encarnación de Dios, acaba siendo uno más entre los personajes de la historia que han opinado sobre el mundo, la vida, y las demás cosas más o menos filosóficas. Incluso es posible que sigamos pensando que fue Dios, pero lo distanciamos tanto de nuestra realidad, que le negamos su presencia activa en nuestras vidas a través de su Espíritu. En síntesis, lo convertimos en una reliquia del pasado.
Es fácil encontrar gentes que acentúan tanto lo divino de Jesús que cuando alguien les insinúa que Cristo no podía prever el futuro, se escandalizan. Para esas personas, la Encarnación es como una especie de "ejemplo" que Dios quiso darnos. Pero no hay ninguna relación verdaderamente significativa entre el Dios-Encarnado y el Dios-Eterno. Son personas que gustan del Dios Todopoderoso que hace milagros. Aseguran que nuestra espiritualidad es la de estar unidos a la divinidad de modo que no nos afecten las cosas de este mundo. Defienden que nada humano es completamente divino.
También es fácil encontrar entre nosotros personas para las que Jesús es un personaje muy interesante. Pero, dicen, dejemos a Dios ser Dios y funcionemos de tejas para abajo, que aquí él no está o no participa. Para esas personas Dios es grande, extraordinario, poderoso, pero está ahí arriba, todo lo más inspirándonos. No nos ha sumado a su propia historia. Nada tiene Dios que ver con la enfermedad, la tormenta, el terremoto. Tampoco tiene que ver con la guerra, la mentira, el odio. En Jesucristo no tenemos la fuerza viva de Dios, sino sólo un ejemplo meritorio, simbólico.
Preguntas sobre Docetas y Arrianos:
¿Es posible que Dios tenga "historia" y que Dios sufra y padezca en la historia?
¿Qué quiere decir que "este hombre" es el Hijo de Dios?
¿Encuentro a mi alrededor docetas y arrianos?
¿Y yo, doceta o arriano?
Nicea y Calcedonia... el lenguaje del Ser alcanza su plenitud.
Los concilios de Nicea y Calcedonia pretendieron solucionar los problemas que hemos venido encontrando nosotros.
Nuestro Credo, el que recitamos en la misa, es heredero de toda esta reflexión y se formula con las palabras propias de aquella época. El Concilio de Nicea, que es el primer concilio de toda la Iglesia, que se hace con la protección del Emperador, reúne a todos los obispos para afrontar la crisis de los arrianos: ¿Jesús es o no verdadero Dios? Es importante caer en la cuenta de que para los cristianos de aquella época, lo que era totalmente evidente es la humanidad de Jesús, por eso no se discutía en este caso. Y por eso, la afirmación o la respuesta del Concilio de Nicea va en la línea de afirmar que Jesús es verdaderamente Dios. Para hacerlo utilizan una palabra que nosotros traducimos en la actualidad por "de la misma naturaleza que el Padre". Es muy importante que caigamos en la cuenta de que esta expresión está muy lejos de la manera en que los Evangelios nos contaban el asunto de Jesús. Entonces era una narración, ahora es una explicación filosófica.
Calcedonia es el concilio que responde a las escuelas más cercanas a los "docetismos". Tras la afirmación de que Jesús era Dios, para algunos, lo que empieza a hacerse difícil de entender es que Jesús sea hombre. Por eso, el concilio de Calcedonia nos va a insistir en que Jesús no sólo es Dios, sino que es Hombre, y que es Dios y hombre a la vez, y que es Dios y hombre sin que eso suponga que hay "dos" Jesús (un Jesús Dios y un Jesús hombre). Todas estas cosas, que a nosotros nos resultan extrañas muchas veces por su formulación, responden a una cultura, a una época que tenía un lenguaje y una forma de pensar que no es la nuestra. Lejos del lenguaje de los Evangelios y lejos también de nuestro lenguaje...
Sin embargo, conviene salvar lo más importante de todo esto:
Los cristianos griegos hicieron un esfuerzo difícil, complicado, pero importante y decisivo, para meter el cristianismo en la propia cultura. ¿Estamos nosotros en condiciones de hacer el mismo esfuerzo?
Los cristianos griegos marcaron las pautas de comprensión de nuestra fe en la afirmación de la humanidad y la divinidad de Jesús, ambas cosas, siempre desde una perspectiva: Jesús es nuestro salvador... entonces, ¿cómo tiene que ser para salvarnos?
V - EL RETORNO DEL RUMOR SOBRE JESÚS
El retorno del rumor sobre Jesús
Con dieciocho años me decidí a entrar en la Compañía de Jesús. Me fui a Sevilla a estudiar e inicié el prenoviciado. Pedro Cambreleng, jesuita, se encargaba de acompañarnos a los que estábamos iniciando aquella aventura. El me pasó un librito de un tal Alain Patin, La aventura de Jesús de Nazaret. Aquel librito sencillo me hizo plantearme de nuevo las cosas de otro modo. Asumía toda la crítica histórica presentando la figura de Jesús de un modo que me resultaba asequible, comprensible, y que daba razón de las elecciones que yo estaba haciendo en la vida: aquel modo de vivir era una llamada a vivir entregado a los demás en una búsqueda de liberación y salvación para todos.
Las entrevistas con Pedro Cambreleng volvieron a darle un giro a mi modo de entender la fe. Ya recordarán que mi amigo Adolfo Fierro, al plantear el carácter puramente humano de Jesús devolvía mi fe al campo de las narraciones. Yo no podía sin más decir que creía en Jesucristo e ignorar que detrás de esa fe que yo identificaba con la fe de la Iglesia estaba una vida concreta, la de una persona que caminó por los campos de Palestina. Al principio, aquella lectura y aquellas conversaciones me parecían un poco vamos a decir "escandalosas". Esto por un par de motivos:
Primero, porque parecían dar la razón en todo o en casi todo al método histórico crítico que había usado mi profesor Julio Badía hacía unos años para desconcertarme y meter en crisis mi fe.
Segundo, porque el Jesús que iba apareciendo de aquellas lecturas era un Jesús que a mí, más cercano de lo que creía a la postura de los docetas, me resultaba demasiado humano.
Efectivamente, Alain Patin, leía los evangelios y las otras fuentes pasadas a través del método histórico crítico. En síntesis, ponía delante de mí los dos pasos del estudio bíblico que se han dado en llamar "historia de las formas" e "historia de la redacción". Me permitirán que lo explique brevemente volviendo de nuevo a lo que Joseph Moingt sj llamaba el rumor de Jesús. Las narraciones evangélicas tendrían estas fases:
Al principio están las cosas que se contaban sobre Jesús. Esto empezó estando él en vida. Lo veíamos en una charla anterior. La gente rumoreaba sobre él y el rumor llegaba incluso a la cárcel, donde estaba Juan Bautista y mandaba a preguntar por él, o a los palacios, donde el mismo Herodes estaba inquieto por las historias que se contaban de aquel galileo. Podemos imaginar que el rumor se extendería a pesar de la insistencia de Jesús, según los evangelios, en pedir a las gentes que no contaran, que callaran, etc. El rumor y las cosas que se decían sobre Jesús, por supuesto, no eran todas acertadas o verdaderas. Siempre se dio ese fenómeno entre las gentes que al ir de boca en boca las cosas varían, se exageran, se mitifican.
El rumor sobre Jesús no paró con su muerte. Aunque no tenemos los datos muy precisos, podemos sospechar que al poco tiempo, impulsado por los testigos de primera hora, por los que habían comido y bebido con Él, por los que habían caminado junto a Él y escuchado sus enseñanzas, el rumor es relanzado en forma de una afirmación sorprendente y prácticamente increíble: "Aquel a quien ustedes mataron, Dios lo resucitó". Dedicaremos luego un rato más amplio a centrarnos sobre ese rumor concreto. Pero ahora quiero adelantar que era un rumor bastante sencillo, una narración que no se alargaba en detalles o en el recuento de acontecimientos (por otro lado, acontecimientos suficientemente conocidos por todos -¿eres tú acaso el único que no sabe lo que ha pasado en Jerusalén estos días?-); el contenido del rumor debía ser tan sencillo como: Jesucristo ha sido constituido Señor, Dios lo resucitó.
Bien pronto, ese rumor se hace más complejo. Y esta complejidad viene por dos lados:
Hay personas que no conocen todos los detalles. Los predicadores que divulgan el rumor comienzan a narrar algunos hechos que permitan entender de quién se está hablando cuando se dice de Él que es el Señor. Hablarían de un profeta que pasó haciendo el bien, explicarían cómo las autoridades lo juzgaron y lo condenaron a muerte. Para a continuación contar que Dios lo había resucitado y que de eso eran testigos muchos hombres y mujeres.
Pero, sobre todo, hay quienes niegan que ese hombre, el crucificado, pueda ser el Señor. Entonces, las narraciones incorporan explicaciones de la historia al modo