CIUDAD DEL VATICANO, viernes,
7 diciembre 2007 (ZENIT.org).-
El hecho de que Dios haya hablado a los hombres por medio de su Hijo es
una llamada de atención a la mayor responsabilidad de los cristianos ante
Dios, reconoció este viernes, ante el Papa, el predicador de la Casa
Pontificia.
Del adecuado discernimiento
de la persona de Jesús --«el Hijo de Dios venido a este mundo»-- a la
exhortación del propio Cristo a que seamos su luz entre los hombres: fue
el itinerario que siguió el padre Raniero Cantalamessa OFM Cap. en la
primera predicación de Adviento a los colaboradores del obispo de Roma en
la Curia romana, partiendo de la carta de san Pablo a los Hebreos: «Nos ha
hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-3).
«Síntesis grandiosa de toda
la historia de la salvación», el texto paulino evidencia la sucesión del
«tiempo en que Dios hablaba por medio de los profetas» a aquél «en que
Dios habla por medio de su Hijo»; de hablar «por persona intermedia» a
hacerlo «en persona», porque el Hijo es «de la misma sustancia del Padre»,
apuntó el padre Cantalamessa.
Dentro de la Iglesia o fuera
de ella --como es el caso de determinadas tendencias de investigación
histórica-- la cuestión es: ¿para mí Jesús es «uno de los profetas» o es
el «Hijo del Dios vivo»?, planteó.
De la mano de Joseph
Ratzinger - Benedicto XVI y su libro «Jesús de Nazaret», el padre Raniero
Cantalamessa recordó el apunte del rabino Jacob Neusner recogido en sus
páginas, que coincide con cuanto decía san Ireneo sobre qué ha traído
Jesús al mundo: «Ha traído toda novedad, trayéndose a sí mismo».
Y subrayó la imposibilidad
«de separar al Jesús de la historia del Cristo de la fe».
Jesús «no sólo reivindicó
para sí una autoridad divina, sino que también dio señales y garantías de
ello: los milagros, su propia enseñanza (que no se agota en el sermón de
la montaña), el cumplimiento de las profecías», «su muerte, su
resurrección y la comunidad nacida de Él que realiza la universalidad de
la salvación anunciada por los profetas», recalcó el predicador del Papa.
«La conclusión que la Carta a
los Hebreos saca de la superioridad de Cristo sobre los profetas y sobre
Moisés no es una conclusión triunfalista» --precisó--, «no insiste en la
superioridad del cristianismo, sino en la mayor responsabilidad de los
cristianos ante Dios», pues la «palabra promulgada» procede del Hijo de
Dios.
Por eso el padre Cantalamessa
señaló: «Deseamos exhortarnos mutuamente», «¡Velad!»; y es que «en esta
vida estamos crónicamente expuestos a recaer en el sueño», en una «inercia
espiritual», al efecto «narcotizante» de las cosas materiales.
Para «despertar» se cuenta
con toda la ayuda de Dios, como demuestra la conversión de san Agustín que
relató el predicador del Papa. «Tú me mandas que sea casto -oraba san
Agustín--; pues bien: dame lo que me pides y pídeme lo que quieras». Y
Agustín pudo vivir en castidad.
Una experiencia que el
predicador del Papa propuso dirigiéndose en particular a los jóvenes de la
sociedad actual, quienes son empujados a someter la razón al instinto. Sin
embargo lo que necesitan son «motivaciones válidas, no ciertamente a temer
su cuerpo y el amor, sino a tener miedo de destruir uno y otro», advirtió.
«La vida espiritual no se
reduce ciertamente sólo a la castidad y a la pureza», pero son un «arma de
la luz», «una condición para que la luz de Cristo se difunda alrededor de
nosotros y a través de nosotros», dijo ante el Papa y sus colaboradores.
«No sabe decir "sí" a los
hermanos quien no sabe decir "no" a uno mismo», resumió.
«Ven, sé mi luz en el mundo»,
dijo Jesús a Teresa de Calcuta; una palabra que Él «dirige a cada uno de
nosotros y que, con la ayuda de la Virgen Santísima y la intercesión de la
beata de Calcuta, queremos recibir con amor y procurar poner en práctica
este Adviento», concluyó.
Por Marta Lago
CIUDAD DEL VATICANO, viernes,
14 diciembre 2007 (ZENIT.org).-
Publicamos la segunda predicación de Adviento que, en presencia de
Benedicto XVI, ha pronunciado el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap.,
predicador de la Casa Pontificia.
Eje de estas meditaciones es
el tema «Nos ha hablado por medio del Hijo» (Hebreos
1, 2); asisten también a este camino de preparación de la Navidad, en la
capilla
Redemptoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano, colaboradores
del Santo Padre.
La primera predicación se
publicó en
Zenit el pasado 7 de diciembre.
* * *
P. Raniero
Cantalamessa
Adviento 2007 en la Casa Pontificia
Segunda
Predicación
Juan el Bautista, «más que un profeta»
La vez pasada, partiendo del texto de Hebreos, 1,1-3, intenté trazar la
imagen de Jesús según resulta de su comparación con los profetas. Pero
entre el tiempo de los profetas y el de Jesús existe una figura especial
que hace de gozne entre los primeros y el segundo: Juan el Bautista. Nada
mejor, en el Nuevo Testamento, para evidenciar la novedad de Cristo que la
comparación con el Bautista.
El tema del cumplimiento, del
cambio histórico, emerge nítido de los textos en los que Jesús mismo se
expresa sobre su relación con el Precursor. Actualmente los estudiosos
reconocen que los dichos que se leen al respecto en los evangelios no son
invenciones o adaptaciones apologéticas de la comunidad posteriores a la
Pascua, sino que se remontan en la sustancia al Jesús histórico. Algunos
de ellos se vuelven, de hecho, inexplicables si se atribuyen a la
comunidad cristiana posterior [1] .
Una reflexión sobre Jesús y
el Bautista es también la mejor forma de estar en sintonía con la liturgia
de Adviento. Las lecturas del Evangelio del segundo y del tercer domingo
de Adviento tienen, de hecho, en el centro la figura y el mensaje del
Precursor. Hay una progresión en Adviento: en la primera semana la voz
sobresaliente es la del profeta Isaías, que anuncia al Mesías de lejos; en
la segunda y tercera semana es la del Bautista, quien anuncia al Cristo
presente; en la última semana el profeta y el Precursor dejan el sitio a
la Madre, quien lo lleva en su seno.
En esta capilla tenemos ante
nuestros ojos al Precursor en dos momentos. En el muro lateral le vemos en
el acto de bautizar a Jesús, combado hacia él en señal de reconocimiento
de su superioridad; en el muro del fondo, en la actitud de la Déesis
típica de la iconografía bizantina.
1. El gran cambio
En texto más completo en el
que Jesús se expresa sobre su relación con Juan el Bautista es el pasaje
del Evangelio que la liturgia nos hará leer el próximo domingo en la Misa.
Juan, desde la prisión, envía a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres
tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11,2-6; Lc 7,19-23).
La predicación del Maestro de
Nazaret, a quien él mismo había bautizado y presentado a Israel, parece a
Juan que va en una dirección distinta de la flamante que él se esperaba.
Más que el juicio inminente de Dios, Él predica la misericordia presente,
ofrecida a todos, justos y pecadores.
Lo más significativo de todo
el texto es el elogio que Jesús hace del Bautista, tras haber respondido a
su pregunta: «¿Qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un
profeta [...]. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de
mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el
Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista
hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo
arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan
profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es ese Elías, el que iba a
venir. El que tenga oídos, que oiga» (Mt 11,11-15).
Una cosa se ve clara de estas
palabras: entre la misión de Juan el Bautista y la de Jesús ha ocurrido
algo decisivo, tal que constituye una divisoria entre dos épocas. El
centro de gravedad de la historia se ha desplazado: lo más importante ya
no está en un futuro más o menos inminente, sino que está «aquí y ahora»,
en el reino que está ya operante en la persona de Cristo. Entre las dos
predicaciones ha sucedido un salto de calidad: el más pequeño del nuevo
orden es superior al mayor del orden precedente.
Este tema del cumplimiento y
del cambio de época encuentra confirmación en muchos otros contextos del
Evangelio. Basta recordar algunas palabras de Jesús como: «¡Aquí hay algo
más que Jonás! [...]. ¡Aquí hay algo más que Salomón!» (Mt 12, 41-42).
«¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! En
verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver o que vosotros
veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron» (Mt
13,16-17). Todas las llamadas «parábolas del Reino» --como la del tesoro
escondido y la de la perla preciosa-- expresan, de manera cada vez
distinta y nueva, la misma idea de fondo: con Jesús ha sonado la hora
decisiva de la historia; ante Él se impone la decisión de la que depende
la salvación.
Fue ésta la constatación que
impulsó a los discípulos de Bultmann a separarse del maestro. Bultmann
situaba a Jesús en el judaísmo, haciendo de Él una premisa del
cristianismo, no un cristiano todavía; sin embargo el gran cambio lo
atribuía a la fe de la comunidad post-pascual. Bornkamm y Conzelmann se
dieron cuenta de la imposibilidad de esta tesis: «el cambio histórico»
ocurre ya en la predicación de Jesús. Juan pertenece a las «premisas» y a
la preparación, pero con Jesús estamos ya en el tiempo del cumplimiento.
En su libro «Jesús de Nazaret»,
el Santo Padre confirma esta conquista de la exégesis más seria y
actualizada. Escribe: «Para que se llegara a ese choque radical, para que
se recurriera a ese gesto extremo -la entrega a los romanos--, tenía que
haber ocurrido o haberse dicho algo dramático. El elemento importante y
estremecedor se sitúa precisamente al inicio; la Iglesia naciente tuvo que
reconocerlo lentamente en toda su grandeza, aferrarlo poco a poco,
acompañando y penetrando el recuerdo con la reflexión [...]. El elemento
grande, nuevo y excitante proviene precisamente de Jesús; en la fe y en la
vida de la comunidad es desplegado, pero no creado. Es más, la comunidad
ni siquiera se habría formado ni habría sobrevivido si no hubiera estado
precedida por una realidad extraordinaria» [2].
En la teología de Lucas es
evidente que Jesús ocupa «el centro del tiempo». Con su venida Él dividió
la historia en dos partes, creando un «antes» y un «después» absolutos.
Hoy se está convirtiendo en práctica común, especialmente en la prensa
laica, abandonar el modo tradicional de fechar los acontecimientos «antes
de Cristo» o «después de Cristo» (ante
Christum natum y
post Christum natum) a favor de la fórmula más neutral «antes de la
era común» y «de la era común». Es una opción motivada por el deseo de no
irritar la sensibilidad de pueblos de otras religiones que utilizan la
cronología cristiana. En tal sentido hay que respetarla, pero para los
cristianos permanece indiscutible el papel «discriminante» de la venida de
Cristo para la historia religiosa de la humanidad.
2. Él os bautizará en Espíritu Santo
Ahora, como siempre, partamos
de la certeza exegética y teológica evidenciada para llegar al hoy de
nuestra vida.
La comparación entre el
Bautista y Jesús se cristaliza en el Nuevo Testamento en la comparación
entre el bautismo de agua y el bautismo de Espíritu. «Yo os he bautizado
con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1,8; Mt 3,11; Lc
3,16). «Yo no le conocía -dice el Bautista en el Evangelio de Juan--, pero
el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que
baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautizará con Espíritu
Santo"» (Jn 1,33). Y Pedro, en la casa de Cornelio: «Me acordé de aquellas
palabras que dijo el Señor: "Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis
bautizados con el Espíritu Santo"» (Hch 11,16).
¿Qué quiere decir que Jesús
es el que bautiza en Espíritu Santo? La expresión no sólo sirve para
distinguir el bautismo de Jesús del de Juan; sirve para distinguir toda la
persona y obra de Cristo respecto a la del Precursor. En otras palabras,
en toda su obra Jesús es el que bautiza en Espíritu Santo. Bautizar aquí
tiene un significado metafórico; quiere decir inundar, envolver por todas
partes, como hace el agua con los cuerpos sumergidos en ella.
Jesús «bautiza en Espíritu
Santo» en el sentido de que recibe y da el Espíritu «sin medida» (Jn 3,
34), «efunde» su Espíritu (Hch 2, 33) sobre toda la humanidad redimida. La
expresión se refiere más al acontecimiento de Pentecostés que al
sacramento del bautismo. «Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis
bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hch 1,5), dice
Jesús a los apóstoles refiriéndose evidentemente a Pentecostés, que
tendría lugar en breve plazo.
La expresión «bautizar en el
Espíritu» define por lo tanto la obra esencial del Mesías, que ya en los
profetas del Antiguo Testamento aparece orientada a regenerar a la
humanidad mediante una gran y universal efusión del Espíritu de Dios (Jl
3,1 ss.). Aplicando todo ello a la vida y al tiempo de la Iglesia debemos
concluir que Jesús resucitado no bautiza en Espíritu Santo únicamente en
el sacramento del bautismo, sino, de manera distinta, también en otros
momentos: en la Eucaristía, en la escucha de la Palabra y, en general, en
todos los medios de gracia.
Santo Tomás de Aquino
escribe: «Existe una misión invisible del Espíritu cada vez que se realiza
un progreso en la virtud o un aumento de gracia...; cuando alguno pasa a
una nueva actividad o a un nuevo estado de gracia» [3]. La propia liturgia
de la Iglesia lo inculca. Todas sus oraciones y sus himnos al Espíritu
Santo comienzan con el grito: «¡Ven!»: «Ven, Espíritu Creador», «Ven,
Espíritu Santo». Con todo, quien así reza ya ha recibió una vez el
Espíritu. Quiere decir que el Espíritu es algo que hemos recibido y que
debemos recibir siempre de nuevo.
3. El bautismo en el Espíritu
En este contexto hay que
aludir al llamado «bautismo en el Espíritu» que desde hace un siglo se ha
convertido en experiencia viva para millones de creyentes de casi todas
las denominaciones cristianas. Se trata de un rito hecho de gestos de gran
sencillez, acompañados de disposiciones de arrepentimiento y de fe en la
promesa de Cristo: «El Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida».
Es una renovación y una
reactivación, no sólo del bautismo y de la confirmación, sino de todos los
eventos de gracia del propio estado: ordenación sacerdotal, profesión
religiosa, matrimonio. El interesado se prepara a ello --además de hacerlo
con una buena confesión-- a través de encuentros de catequesis en los que
se pone de nuevo en contacto vivo y gozoso con las principales verdades y
realidades de la fe: el amor de Dios, el pecado, la salvación, la vida
nueva, la transformación en Cristo, los carismas, los frutos del Espíritu
Santo. Todo en un clima caracterizado de profunda comunión fraterna.
A veces, en cambio, ocurre
espontáneamente, fuera de todo esquema; es como si se fuera «sorprendido»
por el Espíritu. Un hombre dio este testimonio: «Estaba en el avión
leyendo el último capítulo de un libro sobre el Espíritu Santo. En cierto
momento fue como si el Espíritu Santo saliera de las páginas del libro y
entrara en mi cuerpo. Como arroyos, empezaron a brotar lágrimas de mis
ojos. Comencé a orar. Estaba vencido por una fuerza muy por encima de mí»
[4].
El efecto más común de esta
gracia es que el Espíritu Santo, de ser un objeto de fe intelectual, más o
menos abstracto, se convierte en un hecho de experiencia. Karl Rahner
escribió: «No podemos contestar que el hombre tenga aquí [en la tierra.
Ndr] experiencias de gracia que le dan un sentido de liberación, le abren
horizontes completamente nuevos, se imprimen profundamente en él, le
transforman, plasmando, hasta por largo tiempo, su actitud cristiana más
íntima. Nada impide llamar a tales experiencias bautismo del Espíritu»
[5].
A través de lo que se
denomina, precisamente, «bautismo del Espíritu», se tiene experiencia de
la unción del Espíritu Santo en la oración, de su poder en el ministerio
pastoral, de su consolación en la prueba, de su guía en las elecciones.
Antes aún que en la manifestación de los carismas, es así como se le
percibe: como Espíritu que transforma interiormente, da el gusto de la
alabanza de Dios, abre la mente a la compresión de las Escrituras, enseña
a proclamar Jesús «Señor» y da el valor de asumir tareas nuevas y
difíciles, en el servicio de Dios y del prójimo.
Este año se celebra el
cuadragésimo aniversario del retiro a partir del cual empezó, en 1967, la
Renovación carismática en la Iglesia católica, que se estima que llegó en
pocos años a no menos de ochenta millones de católicos. He aquí como
describía los efectos del bautismo del Espíritu sobre sí misma y sobre el
grupo una de las personas que estaban presentes en aquel primer retiro:
«Nuestra fe se ha hecho más
viva; nuestro creer se ha convertido en una especie de conocimiento. De
repente, lo sobrenatural se ha hecho más real que lo natural. En una
palabra, Jesús es un ser vivo para nosotros... La oración y los
sacramentos han llegado a ser realmente nuestro pan de cada día, dejando
de ser unas genéricas "prácticas piadosas". Un amor por las Escrituras que
nunca me hubiera imaginado, una transformación de nuestras relaciones con
los demás, una necesidad y una fuerza de dar testimonio más allá de toda
expectativa: todo esto ha llegado a formar parte de nuestra vida. La
experiencia inicial del bautismo del Espíritu no nos ha proporcionado una
especial emoción externa, pero nuestra vida se ha llenado de serenidad,
confianza, alegría y paz... Hemos cantado el
Veni creator Spiritus antes de cada reunión, tomando en serio lo que
decíamos, y no nos hemos visto defraudados... También hemos sido inundados
de carismas, y todo esto nos sitúa en una perfecta atmósfera ecuménica»
[6].
Todos vemos con claridad que
éstas son precisamente las cosas que más necesita hoy la Iglesia para
anunciar el Evangelio a un mundo reacio a la fe y a lo sobrenatural. No es
que todos estén llamados a experimentar la gracia de un nuevo Pentecostés
de esta forma. Pero todos estamos llamados a no permanecer fuera de esta
«corriente de gracia» que atraviesa la Iglesia del post Concilio. Juan
XXIII habló, en su tiempo, de un «nuevo Pentecostés»; Pablo VI fue más
allá y habló de un «perenne Pentecostés», de un Pentecostés continuo. Vale
la pena volver a oír las palabras que pronunció en una audiencia general:
«Nos hemos preguntado más de
una vez... cuál es la necesidad, primera y última, que advertimos para
esta nuestra bendita y amada Iglesia. Tenemos que decirlo casi temblando y
suplicando, ya que, como sabéis, se trata de su misterio y de su vida: el
Espíritu, el Espíritu Santo, el animador y santificador de la Iglesia, su
respiración divina, el viento que sopla en sus velas, su principio
unificador, su fuente interior de luz y fuerza, su apoyo y su consolador,
su fuente de carismas y cantos, su paz y su gozo, su prenda y preludio de
vida bienaventurada y eterna. La Iglesia necesita su perenne Pentecostés:
necesita fuego en el corazón, palabra en los labios, profecía en la
mirada... La Iglesia necesita recuperar el anhelo, el gusto y la certeza
de su verdad» [7].
El filósofo Heidegger
concluía su análisis de la sociedad con la voz de alarma: «Sólo un dios
nos puede salvar». Este Dios que nos puede salvar, y que nos salvará, los
cristianos lo conocemos: ¡es el Espíritu Santo! Actualmente se extiende la
moda de la llamada aromaterapia. Consiste en la utilización de aceites
esenciales que emanan perfume para mantener la salud o como terapia de
algunos trastornos. Internet está lleno de reclamos de aromaterapia. No se
contenta prometiendo con ellos bienestar físico como la cura del estrés;
existen también «perfumes del alma», por ejemplo el perfume para obtener
«la paz interior».
Los médicos invitan a
desconfiar de esta práctica, que no está científicamente comprobada y, más
aún, tiene en algunos casos contraindicaciones. Pero lo que quiero decir
es que existe una aromaterapia segura, infalible, que carece de
contraindicaciones: la que está hecha con el aroma especial, ¡con el
«sagrado crisma del alma» que es el Espíritu Santo! San Ignacio de
Antioquia escribió: «El Señor ha recibido sobre su cabeza una unción
perfumada (myron)
para exhalar sobre la Iglesia la incorruptibilidad» [8]. Sólo si recibimos
este «aroma» podremos ser, a nuestra vez, «el buen olor de Cristo» en el
mundo (2 Co 2, 15).
El Espíritu Santo es
especialista sobre todo en las enfermedades del matrimonio y de la
familia, que son los grandes enfermos de hoy. El matrimonio consiste en
darse el uno al otro, es el sacramento de hacerse don. El Espíritu Santo
es el don hecho persona; es la donación del Padre al Hijo y del Hijo al
Padre. Donde llega Él renace la capacidad de hacerse don y con ella la
alegría y la belleza de los esposos de vivir juntos. El amor de Dios que
Él «derrama en nuestros corazones» reaviva toda expresión de amor, y en
primer lugar el amor conyugal. El Espíritu Santo puede hacer
verdaderamente de la familia «la principal agencia de paz», como la define
el Santo Padre en el Mensaje para la próxima Jornada Mundial de la Paz.
Son numerosos los ejemplos de
matrimonios muertos que han resucitado a una vida nueva por la acción del
Espíritu. He recogido justo en estos días el conmovedor testimonio de una
pareja que tengo intención de dar a conocer en la cita de mi programa de
televisión sobre el Evangelio por la fiesta del Bautismo de Jesús...
El Espíritu reaviva,
naturalmente, también la vida de los consagrados, que consiste en hacer de
la propia vida un don y una oblación «de suave aroma» a Dios por los
hermanos (Ef 5,2).
4. La nueva profecía de Juan el Bautista
Volviendo a Juan el Bautista,
él nos puede iluminar sobre cómo llevar a cabo nuestra tarea profética en
el mundo de hoy. Jesús define a Juan el Bautista como «más que un
profeta», pero ¿dónde está la profecía en su caso? Los profetas anunciaban
una salvación futura; pero el Precursor no es alguien que anuncia una
salvación futura; él indica a uno que está presente. Entonces, ¿en qué
sentido se puede llamar profeta? Isaías, Jeremías, Ezequiel ayudaban al
pueblo a superar la barrera del tiempo; Juan el Bautista ayuda al pueblo a
superar la barrera, aún más gruesa, de las apariencias contrarias, del
escándalo, de la banalidad y la pobreza con que la hora fatídica se
manifiesta.
Es fácil creer en algo
grandioso, divino, cuando se plantea en un futuro indefinido: «en aquellos
días», «en los últimos días», en un marco cósmico, con los cielos
destilando dulzura y la tierra abriéndose para que germine el Salvador. Es
más difícil cuando se debe decir: «¡Helo aquí! ¡Está aquí! ¡Es Él!».
Con las palabras: «¡En medio
de vosotros hay uno a quien no conocéis!» (Jn 1,26), Juan el Bautista
inauguró la nueva profecía, la del tiempo de la Iglesia, que no consiste
en anunciar una salvación futura y lejana, sino en revelar la presencia
escondida de Cristo en el mundo. En arrancar el velo de los ojos de la
gente, sacudirle la indiferencia, repitiendo con Isaías: «Existe algo
nuevo: ya está en marcha; ¿no lo reconocéis?» (Is 43,19).
Es verdad que han pasado
veinte siglos y que sabemos, sobre Jesús, mucho más que Juan. Pero el
escándalo no ha desaparecido. En tiempos de Juan el escándalo derivaba del
cuerpo
físico de Jesús, de su carne tan similar a la nuestra, excepto en el
pecado. También hoy es su cuerpo, su carne, la que crea dificultades y
escandaliza: su cuerpo
místico, tan parecido al resto de la humanidad, sin excluir,
lamentablemente, ni siquiera el pecado.
«El testimonio de Jesús -se
lee en el Apocalipsis-- es el espíritu de profecía» (Ap 19,10), esto es,
para dar testimonio de Jesús se requiere espíritu de profecía. ¿Existe
este espíritu de profecía en la Iglesia? ¿Se cultiva? ¿Se alienta? ¿O se
cree, tácitamente, que se puede prescindir de él, apuntando más hacia
medios y recursos humanos?
Juan el Bautista nos enseña
que para ser profetas no se necesita una gran doctrina o elocuencia. Él no
es un gran teólogo; tiene una cristología bastante pobre y rudimentaria.
No conoce todavía los títulos más elevados de Jesús: Hijo de Dios, Verbo,
ni siquiera el de Hijo del hombre. Pero ¡cómo logra hacer oír la grandeza
y unicidad de Cristo! Usa imágenes sencillísimas, de campesino: «No soy
digno de desatar las correas de sus sandalias». El mundo y la humanidad
aparecen, por sus palabras, dentro de un tamiz que Él, el Mesías, sostiene
y agita con sus manos. Ante Él se decida quién permanece y quién cae,
quién es grano bueno y quién paja que se lleva el viento.
En 1992 se celebró un retiro
sacerdotal en Monterrey, México, con ocasión de los 500 años de la primera
evangelización de América Latina. Estaban presentes 1.700 sacerdotes y
unos sesenta obispos. Durante la homilía de la Misa conclusiva hablé de la
necesidad urgente que la Iglesia tiene de profecía. Después de la comunión
se oró por un nuevo Pentecostés en pequeños grupos distribuidos por la
gran basílica. Me había quedado en el presbiterio. En cierto momento un
joven sacerdote se acercó en silencio, se me arrodilló delante y con una
mirada que jamás olvidaré dijo: «Bendígame, padre; ¡quiero ser profeta de
Dios!». Me estremecí porque veía que evidentemente le movía la gracia.
Con humildad podríamos hacer
nuestro el deseo de aquel sacerdote: «Quiero ser un profeta para Dios».
Pequeño, desconocido de todos, no importa; pero uno que, como decía Pablo
VI, tenga «fuego en el corazón, palabra en los labios, profecía en la
mirada».
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[1] Cf. J. D.G. Dunn,
Christianity in the Making, I. Jesus remembered, Grand Rapids. Mich.
2003, parte III, cap. 12, trad. ital.
Gli albori del Cristianesimo, I, 2, Paideia, Brescia 2006, pp.
485-496.
[2] Benedetto XVI,
Gesù di Nazaret, Rizzoli 2007, p. 372.
[3] S. Tommaso d'Aquino,
Somma teologica, I,q.43, a. 6, ad 2.; cf. F. Sullivan, in Dict.Spir.
12, 1045.
[4] En "New Covenant"(Ann
Arbor, Michigan), junio 1984, p.12.
[5] K. Rahner,
Erfahrung des Geistes. Meditation auf Pfingsten, Herder, Friburgo i.
Br. 1977.
[6] Testimonio de P.
Gallagher Mansfield,
As by a New Pentecost, Steubenville 1992, pp. 25 s.
[7] Discurso en la audiencia
general del 29 de noviembre de 1972 (Insegnamenti
di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, X, pp. 1210s.).
[8] S. Ignazio d'Antiochia,
Agli Efesini 17.
Traducción del original italiano por Marta Lago