Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia LUZ EN LAS TINIEBLAS


Conferencias cuaresmales de
Monseñor Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela


I

 

LUZ EN LAS TINIEBLAS
 

Creer en tiempos de laicismo

 

 

Introducción.

 

         La Cuaresma nos trae siempre una llamada a la renovación de nuestra vida cristiana. En algún momento muchos sintieron la tentación de considerar estas prácticas cristianas como algo anacrónico y de poca importancia. Era una manera poco acertada de pensar.

 

         La organización de las prácticas cristianas en esta disposición que llamamos el Año litúrgico responde a una visión muy sabia de la vida humana y cristiana. Somos esencialmente temporales, tenemos que ocuparnos de las cosas de manera sucesiva, no podemos hacer todo a la vez, ni pensar en todo a la vez.

 

         La persona y la obra de Cristo es tan amplia, tan llena de sugerencias y riqueza que no podemos abarcarla toda a la vez. Por eso la Iglesia, imitando el ordenamiento del tiempo que la humanidad ha hecho a lo largo de los tiempos apoyándose en la naturaleza y siguiendo el ritmo de las estaciones, ha compuesto esta disposición del tiempo alrededor del Sol de la Salvación, el Centro de la vida espiritual que es Cristo. Gran intuición pedagógica y catequética en la que está depositada una gran sabiduría y una secular experiencia de la Iglesia, de los Santos Padres, de los santos.

 

 

Muerte y resurrección centro de la fe y de la vida.

         En esta organización del tiempo y en esta presentación sucesiva del Misterio de Cristo, el acontecimiento central es la Pascua de la Resurrección. La Resurrección de Jesús por el poder de Dios, después de su muerte, es la consumación de la salvación de Dios, el centro de nuestra fe, y el hecho central de la creación y de la salvación del mundo.

 

         Desde la Creación Dios nos ama apasionadamente y quiere abrirnos los caminos de la vida sin límites. Desgraciadamente, desde sus orígenes, la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible (Cf Gn 3, 1-7). Replegándose sobre sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo y se convirtió en el primero de “los que por temor a la muerte estaban de por vida sometidos a la esclavitud” (Hb2,15).” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma, 2007).

 

         Los cristianos nos distinguimos de los demás por muchas cosas, pero la diferencia más radical y lo más original de nuestra fe es precisamente creer que Dios, con su poder, resucitó a Jesucristo, como primicia de lo que Dios quiere hacer con todos los que crean en El. Nosotros creemos con todo nuestro corazón que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, que vino a la tierra para redimirnos del pecado y del poder de la muerte dando testimonio de la bondad de Dios y anunciándonos las promesas de la vida eterna. La incredulidad y el rechazo de los judíos lo condenaron a muerte y en el patíbulo de la Cruz Jesús manifestó definitivamente el amor de Dios aceptando la muerte de su Hijo como precio de la salvación de los hombres. Por su fidelidad, por su obediencia, por el ofrecimiento de su vida, Jesús mereció ser liberado de la muerte y glorificado en su humanidad como Juez y Señor del mundo.

 

         Manteniéndose fiel al Padre celestial y a la misión recibida hasta la muerte, a pesar de los rechazos y las injusticias sufridas en su propia carne, Jesús quebró el poder del mal en el mundo, consumó la verdad de la vida humana en la fidelidad y la obediencia a Dios, abrió los caminos de la verdadera piedad para la humanidad entera. Por todo ello mereció ser glorificado por el Padre celestial en su carne moral, fue resucitado, transfigurado, glorificado y constituido Juez y Salvador de vivos y muertos.

 

        

         La Cuaresma es un símbolo de la vida. Los cuarenta días de desierto, son los días que vivimos en este mundo. Tenemos muchas cosas, pero en medio de tanta abundancia podemos estar viviendo en un lugar de desolación, en el que no hay el agua del espíritu, de la justicia interior, el agua viva que Jesús prometía. Y sin agua no hay la vegetación de las obras buenas, de la misericordia, de la justicia, la fraternidad. Podemos estar en un mundo rico de bienes materiales y pobre de bienes espirituales. Un desierto en el que somos tentados, como Cristo, precisamente por la abundancia, por la facilidad, por la lejanía de cualquier otro horizonte. “No se ve más que desierto”. En este desierto los cristianos decimos “detrás del desierto está Dios”, por debajo de la arena hay agua, con la ayuda de Dios podemos transformar este desierto en un vergel de obras buenas. Más allá de esta vida esta la vida del cielo, de la resurrección, vamos a vivir para siempre, en la gloria de Dios, Jesús camina con nosotros, El ya ha abierto el camino, tenemos que quitarnos de encima los fardos inútiles y aligerar el paso, podemos caminar con alegría, ayudándonos unos a otros porque el camino está abierto y la salida es segura.

 

 

Celebrar la Pascua de Dios.

         La Cuaresma es un tiempo para preparar la celebración de la Pascua. Pero ¿qué es celebrar la Pascua? Hay unos elementos externos que son hermosos, sugerentes, dignos de la máxima atención y respeto. Celebrar la Pascua cristianamente, además de participar personalmente en las celebraciones comunitarias, requiere vivir personalmente lo que los textos y los ritos significan.

 

Es preciso primeramente creer en la verdad histórica de la resurrección de Jesús. Estar convencido de que Cristo vive y está asumido en la vida gloriosa de Dios, en el centro del mundo, presente en todos los tiempos y en todos los espacios como fuerza que sostiene y configura y lleva adelante el mundo entero. Es preciso además saber y creer que somos miembros suyos, injertados en su humanidad, habitados por El, trasladados por El hasta la presencia del Padre celestial. Estamos arraigados en El, vivimos en el Cielo más que en la tierra, y todo lo que vivimos y hacemos en este mundo lo hacemos desde la verdad y con el espíritu de Jasucristo, como hijos de Dios y ciudadanos del cielo.

 

Esta es la fuente secreta de la vida de los cristianos, esta es la fuente de la que recibimos la fuerza espiritual para no dejarnos dominar por el mundo, para amar a Dios poniéndolo como Jesús en el centro de nuestro corazón, para amar a nuestros prójimos con el amor de Jesús con un amor de hermanos, verdaderamente afectivo y efectivo.  Un amor que nos hace ocuparnos de las necesidades de los demás, tratarlos como nosotros queremos ser tratados, compartir con ellos los bienes que Dios nos da, cambiar este mundo por la influencia y la implantación del amor de Dios y del orden de la caridad.  

 

Más en concreto, preparar la celebración de la Pascua es

Ø     Fortalecer la fe, en Cristo resucitado, en el Dios que lo resucitó

Ø     Vivir la esperanza, centrar el corazón en la vida eterna

Ø     Amar al Dios que nos salva y nos espera

Ø     Relativizar las cosas de este mundo, los bienes y los males

Ø     Situarnos en la adoración y en el ejercicio de la caridad como centro de la vida.

 

Mundo sin perspectivas de eternidad

         Esta reacción espiritual la tenemos que vivir en un mundo fuertemente tentado de renunciar a esta fe en la resurrección de Jesús y en nuestra propia resurrección. El mundo es especialmente espeso, nos acapara con el trabajo, con los muchos ofrecimientos, con las posibilidades de ocio y de entretenimiento. Creer en la inmortalidad cada vez aparece como algo más difícil, más cuestionable, menos interesante.

 

         Los Obispos hemos percibido esta situación de muchos de nuestros hermanos y hemos querido ofrecerles unos puntos de referencia. También hemos querido ayudar a otras muchas personas que no son o no viven como cristianos pero que aceptan y valoran nuestras sugerencias. La Instrucción pastoral promulgada por la CEE en noviembre del año pasado “ORIENTACIONES MORALES ANTE LA SITUACIÓN ACTUAL DE ESPAÑA” puede ser una buena guía para los católicos españoles en estos momentos de agitación y de incertidumbre.

 

         Este documento puede ponerse en relación con otros textos programáticos de la Conferencia Episcopal. “Iglesia y Comunidad política” de 1971; “Testigos del Dios vivo y Católicos en la vida pública” de 1984 y 1986 respectivamente. En ellos los Obispos marcaron las líneas de acción de la Iglesia en España en otros tantos momentos decisivos.

 

         En estos tres días quiero ofreceros las ideas fundamentales de este escrito de los Obispos aplicado a nuestra situación concreta en Navarra.

 

 

Una nueva época.

         Simplificando un poco las cosas podemos mirar lo que ocurre en nuestra sociedad desde dos puntos de vista. Lo podemos mirar desde el punto de vista histórico, superficial, teniendo en cuenta la sucesión de hechos que nos han llevado a la situación que hoy tenemos.

 

1.Desde principios del siglo XIX se han ido desarrollando en España movimientos de incredulidad y de resistencia al predominio de la Iglesia católica. De alguna manera los nuevos tiempos comienzan en el año 31 con la IIª República. Con la caída de la Monarquía, los innovadores pretenden cambiar la orientación cultural de la sociedad española. Quieren modernizarla. Es un buen deseo. Pero lo hacen mal. Les domina la convicción de que la modernización de España requiere eliminar la influencia de la Iglesia católica y de ahí deducen que hay que eliminar la religión como elemento importante de la cultura y de la vida del pueblo.

 

2.Poco a poco el gobierno sucumbe a las presiones de los grupos de izquierda más radicales. La República desemboca en la guerra civil en la que se enfrentan dos formas de entender la vida y de valorar la historia de España y de los españoles. Los grupos enfrentados no supieron encontrar terrenos comunes sobre los que apoyar la convivencia. Al contrario, por las dos partes llegaron a la conclusión de que eran incompatibles. De una u otra manera los dos grupos intentaron dominar y perpetuarse eliminando físicamente al otro.

 

3.Durante los largos años del franquismo el enfrentamiento de la Guerra Civil permaneció en el subsuelo de la vida social, como algo oculto que se iba diluyendo poco a poco pero que no llegó a desaparecer del todo. Nunca se reconocieron los derechos de los vencidos, ni estos renunciaron a sus viejas aspiraciones

 

4.En la Transición Democrática se intenta cerrar la época de la guerra civil en todas sus consecuencias. Este deseo estuvo muy presente en la redacción de la Constitución. Desde el punto de vista religioso esta intención se plasma en la concepción de un Estado no confesional con un amplio reconocimiento de la libertad religiosa,

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5.Cuando parecía que habíamos superado los viejos enfrentamientos y que teníamos las bases para una convivencia tranquila y sin tensiones entre cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, vemos que no es así. En los últimos años se ha ido configurando una tendencia a recuperar los viejos estilos de la IIª República interpretando la Constitución como promotora de un Estado laico, no sólo aconfesional. Con lo cual quedaría legitimada la restricción grave de la libertad religiosa.

 

         Como consecuencia de estas tendencias se rompe el consenso  que hizo posible la Transición y la Constitución del 78, resurge el anticlericalismo del 31, y se favorece la desautorización de la Iglesia, con un resurgimiento del laicismo agresivo y militante, que causa crecientes dificultades para la vida de la Iglesia y de los católicos. “Cuando ahora se dice que la Iglesia católica es un “peligro para la democracia” se olvida que la Iglesia y los católicos españoles colaboraron al establecimiento de la democracia y han respetado lealmente sus normas e instituciones en todo momento” (ib. n.6).

 

Cambios rápidos y profundos. Una verdadera revolución cultural.

         Esta tendencia no aparece sólo en España. No somos una isla. Todo esto ocurre en un marco general de profundos cambios culturales y espirituales. No es exagerado decir que en pocos años estamos viviendo unos cambios de vida y de manera de pensar más grandes y más profundos que en muchos años.

 

         En este contexto de cambios culturales se desarrolla el fenómeno de la secularización. Comenzó como un proceso social de emancipación respecto de los poderes eclesiásticos, las ciencias, la filosofía, la política, la moral. Entendida como el reconocimiento de la legítima autonomía del orden creacional y de las instituciones seculares fue bien acogida en la Iglesia, como fruto de una maduración cultural legítima. Pero en la actualidad la secularización se presenta como una negación de cualquier referencia a Dios en la vida social y pública, como consecuencia de una visión pervertida y negativa de la religión como contraria a la libertad y a la felicidad del hombre.

 

         “Dentro de un cambio cultural muy amplio, España se ve invadida por un modo de vida en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual y en el pleno ejercicio de la libertad”. Un mundo en el Dios y la plenitud de nuestra se consideran incompatibles. Para ser libre, para ser moderno, para disfrutar de la vida hay que prescindir de Dios, liberarse de la religión y de todo lo que tiene relación ella. (ib. n.8).

 

Análisis y consecuencias.

         Para saber a qué atenernos en la vida práctica necesitamos ver con claridad en qué consiste esta ideología laicista que tratan de imponernos como marco de la vida social y denominador común de nuestra vida. Hay muchos matices y muchos acentos diferentes. Pero es innegable que la concepción laicista de la vida tiene una estructura bien definida que no siempre aparece claramente, ni siquiera la perciben con claridad muchas personas que la comparten y defienden sus síntomas y sus consecuencias.

        

El dato básico consiste en poner la existencia de Dios entre paréntesis, o se niega expresamente o se pone entre paréntesis como un dato al cual no puede llegar con certidumbre la razón humana. En resumidas cuentas se da por supuesto que la afirmación de Dios es incompatible con una verdadera afirmación del ser del hombre.

 

         En la mentalidad laica el valor supremo es el de la libertad, y con la libertad el progreso, y como resultado del progreso el bienestar material. Puesto que no hay otra perspectiva real y firme que la de la vida temporal. Poco a poco las categorías de bueno y malo desaparecen y son sustituidas por las de izquierdas y derechas, progresista y no progresista, democrático no democrático. La fuente de la moralidad y el criterio de actuación es lo que democráticamente deciden los representantes del pueblo, de la sociedad autosuficiente y dueña de sí misma, sin referencias a una moral objetiva, superior y vinculante.

 

         En este mundo cultural la religión es considerada como una supervivencia de estadios anteriores, menos ilustrados, menos científicos, menos libres y menos humanos. Los cristianos somos supervivientes de los tiempos precientíficos y predemocráticos. Es lógico que quienes viven en él traten de aislarnos y de liberar la vida social de nuestra influencia que consideran necesariamente vinculada a esquemas y usos poco racionales y autoritarios.

 

         Se quiere romper la tradición espiritual de nuestro pueblo y como alternativa se quiere construir “una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin reconocimiento de Dios ni esperanza de la vida eterna”(ib.n13). Curiosamente en esta manera de vivir, en la que se quiere engrandecer la vida y la libertad del hombre, se termina por considerarlo un fruto del azar, sin justificación racional de su propia existencia, sometido a sus instintos, y dirigido por una estructura política omnipotente que decide sobre el bien y el mal, que define y configura los perfiles de su existencia (Cf ib. nn. 12 y 13).

        

“Se va configurando una sociedad que se enfrenta con los valores más tradicionales de nuestra cultura, deja sin raíces instituciones tan fundamentales como el matrimonio y la familia, diluye los fundamentos de la moralidad y nos sitúa a los cristianos en un mundo extraño y hostil” (ib.n. 17). No queremos imponer a nadie por la fuerza nuestras convicciones y nuestros modos de vivir, pero tampoco podemos permitir que nos impongan los del laicismo ni podemos dejarnos llevar por ellos por mucha propaganda que hagan de ellos los medios de comunicación.

 

         Esta manera de pensar y de proyectar la vida social está perfectamente reflejada en el reciente Manifiesto Socialista titulado, “Democracia, Laicidad, Religión”. Todo reduce a dos afirmaciones:

-Las religiones monoteístas son fuente de fundamentalismos incompatibles con la convivencia en una sociedad libre y pluralista;

-Por tanto la convivencia no se puede fundar sobre ningún código moral objetivo y vinculante sino sobre unas bases éticas propuestas y garantizadas por las instituciones democráticas. El Parlamente es la fuente y el origen de las convicciones éticas sobre las que se debe asentar la convivencia. No hay otra referencia superior a la que tengamos que referirnos.

 

Buscar la verdadera respuesta.

         Hasta ahora da la impresión de que los católicos no hemos percibido la gravedad de la situación. Parece como que nos da vergüenza o tenemos temor de reconocer esta dimensión del conflicto espiritual que estamos viviendo. Seguimos enredados en batallitas superficiales, divididos entre nosotros, sin una reacción suficientemente seria y radical. No estamos respondiendo seriamente a la gravedad de la situación.     

 

En estas circunstancias hemos de redescubrir el significado profundo de la Cuaresma. Tenemos que tratar de vivir la Cuaresma con sentido de actualidad y oportunidad. No vale cualquier respuesta. No es suficiente una respuesta de cumplir el expediente. Hemos de plantearnos seriamente la autenticidad de nuestra vida.

 

         La Cuaresma es el tiempo adecuado para clarificar la comprensión de la verdad profunda de la vida, para ajustar nuestra conducta a esta verdad creída y vivida, para recuperar el vigor de nuestra fe, para enriquecer nuestra vida actual con la influencia y la presencia de la vida futura que tenemos ya cogida con los brazos del amor y de la esperanza.

 

En esta actitud y en estas convicciones, los Obispos nos invitan a descartar las respuestas falsas. Podemos señalar dos posibles actitudes directamente opuestas. Una la de quienes piensan que es imposible convivir católicos y laicistas en una misma sociedad. Otra la de aquellos que piensan que sí es posible, aunque sea con dificultades. La primera, la de los pesimistas, tiene distintas versiones, unos quieren mantener a toda costa los tiempos pasados, son los integristas, los nostálgicos, los desalentados. Otros son los fundamentalistas  agresivos y belicosos. En esta postura están también los concesionistas, los que piensan que cambiar y condescender en el dogma y en la moral ante las exigencias de la cultura laicista para poder subsistir en la sociedad democrática. El progresismo en el fondo es derrotismo.

 

         La única respuesta verdadera es la adoptada por los Obispos en el documento, a pesar de las diferencia en el modo de entender la vida, a pesar de los laicismos y de las dificultades que encontramos,  podemos convivir, manteniendo las diferencias, respetándonos y buscando espacios comunes en el respeto a los derechos de la persona, tal como están hoy reconocidos y formulados en los pactos internacionales, suficientemente recogidos en la constitución del 78. Así lo ha declarado siempre nuestra Iglesia. “Declaramos nuestro deseo de vivir y convivir en esta sociedad respetando lealmente sus instituciones, aceptando las autoridades legítimas y obedeciendo las leyes justas. Y a la vez queremos contribuir a encontrar normas justas y realistas que nos ayuden a desarrollar esta convivencia en paz, sin agravio para nadie” (Cf  ib. n.21).

 

Requisitos

        

         Es preciso aceptar esta situación  con realismo y normalidad. Primero con realismo, porque no sirve de nada no querer ver la realidad. Sentirnos incomprendidos, menospreciados, discriminados, no supone un juicio de maldad sobre quienes nos consideran así. No podemos juzgar las conciencias, pero sí las actuaciones, los errores, los errores e injusticias. Entre nosotros hay gente que por miedo a parecer intransigente no se atreve a denunciar el menosprecio que padece la religión, la fe cristiana, la Iglesia en su conjunto como comunidad histórica y social. En la sociedad hay una clara distinción y separación entre creyentes y no creyentes, no es bueno disimularla porque entonces perdemos nosotros la conciencia de nuestra identidad y de nuestras diferencias. Estamos en el mundo pero no somos del mundo.

 

         Esta condición minoritaria e incómoda de los cristianos nos la anunció Jesús como situación normal y permanente. ¿No dijo Jesús “os envío como corderos entre lobos”? (Mt 10, 16). El ya contaba con que sus discípulos tendrían que vivir en condiciones adversas: tendréis que padecer muchas tribulaciones…os odiarán por mi causa… (Cf Mt 10, 17; 24, 9; Mc 13, 9; Lc 12, 2-9; 21, 18; Jn 15, 18, 25). San Pablo ve también en este rechazo la condición habitual del cristiano (IC 4, 7-12; Ef 10-17). 

 

         Aceptar esta situación requiere como complemente una gran confianza en Dios. El Señor cuando anuncia a sus discípulos las dificultades que van a tener que soportar les dice  “No temáis, yo estaré con vosotros, el Padre celestial cuida de todos, el Espíritu de Dios os dará acierto y fortaleza para saber lo que tenéis que decir y hacer en cada momento”

         En la oración, en la liturgia, empleando los textos bíblicos decimos muchas veces que nuestra confianza está en el Señor, que Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza. Este es un sentimiento permanentemente expresado en los salmos, por ejemplo, Y con más claridad en la palabra de Jesús, en el sermón de la montaña. Pues bien, ahora tenemos que vivir esta confianza con entera verdad. Nuestra fe personal, la continuidad y la prosperidad de la Iglesia, el bien de nuestra nación dependen de Dios, y está en nuestras manos si hacemos lo que Dios nos pide. No necesitamos muchos recursos de este mundo, no es eso lo que nos pide el Señor. Nuestra fuerza no está en el número, ni en el poder, ni en el dinero, sino en la fidelidad y la autenticidad de nuestra fe, la claridad de nuestra vida, el testimonio de nuestra vida santa. Recordemos las proezas de Dios con su Siervo Moisés para liberar al pueblo escogido símbolo de la humanidad entera. Cuanto más dura sea la realidad que nos rodea más firme y más directa tiene que ser nuestra fe, más santa tiene que ser nuestra vida. Nosotros podemos decir como Moisés: yo-soy, Yo-estoy, (el que nunca falla) me envía a vosotros.

 

         Esto mismo es lo que nos dice repetidamente san Pablo. Varias veces pedí a Dios que me librar de mis debilidades. Por fin me hizo entender que en mi debilidad se manifiesta la fuerza de su gracia, cuanto más débil soy más fuerte me hace el Señor. Te basta mi gracia.

 

         En definitiva se trata de entender y aceptar el misterio de la Cruz. En la debilidad de la Cruz se manifiesta el poder de Dios, porque el poder de Dios consiste en la fuerza del amor llevado hasta el final. Dios no ejerce su poder imponiéndose sobre los desvaríos de los hombres. Respeta definitivamente nuestra libertad, por eso su fuerza es sólo el amor llevado hasta la aceptación de la muerte en suprema debilidad como consecuencia de nuestra ceguera. En este amor irrevocable esté nuestra fuerza, el cimiento de nuestra vida y el verdadero argumentos de nuestra acción evangelizadora.

 

         En estos momentos la imagen de la barca de Tiberíades, agitada por las olas y los vientos, es una buena representación de nuestra Iglesia. Es verdad que caminamos entre dificultades, a cada momento tenemos que reafirmar nuestra fe ante otras maneras de entender la vida, el matrimonio y la familia, la moral personal. Los jóvenes tienen que superar el atractivo y la propaganda de otros modos de entender la vida y disfrutar de lo bueno y de lo malo, pero en todas estas dificultades contamos con la presencia del Señor que nos acompaña, nos ilumina y nos sostiene. No nos hagamos merecedores de la corrección de Jesús a sus discípulos asustados, “Tenéis muy poca fe” Jesús camina con nosotros, El guía y asiste al Papa, El nos asiste a los Obispos en nuestro ministerio, El está con los sacerdotes ayudándoles en su ministerio de ayuda y de servicio, El está con vosotros en la vida familiar y profesional, en el cumplimiento de vuestras obligaciones personales, familiares y sociales de acuerdo con vuestra conciencia cristiana.

        

         Si leemos el evangelio con esta preocupación, veremos cómo las dificultades de la vida cristiana están previstas y anunciadas. Pero por encima de todo el Señor nos invita a confiar, a no tener miedo, a ser valientes y generosos. Sí, ahora podemos ser cristianos, podemos vivir con gozo y con alegría nuestra vida cristiana, como un don de Dios, un don que nos ilumina en las tinieblas y nos libera de nuestros errores, de nuestros pecados, de la idolatría de este mundo y nos abre la esperanza de la vida eterna, este amor y en esta esperanza tenemos la fuente de nuestra fortaleza y de nuestra alegría.

 

         La fortaleza tiene que ser otra característica de los cristianos en este tiempo de dificultades. Fortaleza en la seguridad de nuestras convicciones, sin titubeos, sin avergonzarnos, sin timideces, con firmeza, con seguridad, con agradecimiento y alegría. No tengamos miedo a ser diferentes y a manifestar nuestras diferencias cuando se hable de la Iglesia, o de la moral sexual, o del matrimonio y de la vida familiar, o de cualquier otro asunto relacionado con nuestra fe y nuestra conciencia. Nosotros tenemos la luz de Cristo, tenemos la sabiduría de Dios. En vez de callar avergonzados o de sentirnos inseguros ante las opiniones de los demás, seamos capaces de dar testimonio de Jesús, no nos avergoncemos de El como los discípulos cobardes y desagradecidos, demos testimonio de El con sencillez y con mansedumbre, ofrezcamos a nuestros interlocutores la posibilidad de conocer la verdad del evangelio y de la doctrina de la Iglesia sobre cualquier de los temas que salgan en la conversación.

 

         Cuando nos callamos, cuando nos avergonzamos de ser cristianos, cuando las opiniones de los demás nos hacen dudar de la verdad de nuestra fe, estamos siendo cobardes y desagradecidos con Dios nuestro Señor, estamos traicionando a nuestros hermanos en la fe, estamos negando a los demás la ayuda de nuestro testimonio humilde, fraterno y servicial. No hablamos para condenar sino para servir, para ayudar, para que otros puedan tener los mismos bienes y la misma esperanza y el mismo consuelo que nosotros.

 

         “Dios nos está pidiendo a los católicos un esfuerzo de autenticidad y fidelidad, de humildad y unidad, para poder ofrecer de manera convincente a nuestros conciudadanos los mismos dones que nosotros hemos recibido, sin disimulos ni deformaciones, sin disentimientos ni concesiones que oscurecen el esplendor de la Verdad de Dios y la fuerza de atracción de sus promesas” (ib.n.26).

 

         La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la Cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad” (Cf Jn 19, 25) Dirijamos la mirada a Cristo que muriendo en la Cruz nos ha revelado plenamente el amor de Dios. (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma, 2007).

 

Algunas aplicaciones

         Todo esto será posible   si de verdad nosotros fortalecemos nuestra fe, si valoramos los dones que hemos recibido y sentimos la grandeza y la alegría de nuestra salvación. Nosotros necesitamos esta fortaleza para vivir cristianamente en esta sociedad. Y la sociedad actual necesita también que los cristianos vivamos de manera consistente y visible de acuerdo con los planes de Dios. Esta es la única luz que puede iluminar los corazones de nuestros ciudadanos. Una Iglesia verdaderamente renovada es el único fermento que puede transformar positivamente la vida social y la vida de las personas.

 

         No basta con que nos decidamos a seguir viviendo como cristianos. Es preciso que tengamos el valor de declarar una campaña de regeneración social. No una regeneración política, que no es lo nuestro, sino una regeneración más profunda, una regeneración moral que provocará la regeneración de todos los demás órdenes de la vida, político, legislativo, social, económico, educativo. Esta es la gran responsabilidad de los católicos en estos momentos.

 

         Hacer presente a Dios, la palabra, los signos, los recuerdos. En las puertas, en casa, al salir de casa, antes de comer, no callar en las conversaciones. Lo más importante alimentar nuestra propia vida espiritual.

         En esta Cuaresma podemos proponernos esta fortalecimiento de nuestra fe mediante la oración y la lectura del Nuevo Testamento. Dediquemos cada d´`ia un rato, solos o en grupo, en la iglesia o en casa, dediquemos un rato a leer y meditar algún pasaje del evangelio, tratemos de pasar unos minutos en relación cercana con el Señor que está presente y vivo dentro de nuestro corazón. Si podemos pasemos diez o quince minutos ante el Sagrario, dejémonos impregnar de su presencia, hasta ver en el fondo de nuestra alma la claridad de su rostro y escuchar su voz cargada de amor: “Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5, 11-12).

 

         No podemos esperar que los laicistas piensen o actúen como nosotros. Ellos tienen otra manera de ver las cosas. No ven lo que vemos nosotros, no valoran las cosas de este mundo desde la perspectiva de Dios ni de la vida eterna. No ven más que los intereses de este mundo, y en definitiva las ventajas materiales inmediatas y la satisfacción de sus deseos carnales. Somos nosotros, con nuestra conducta y con nuestras palabras, con nuestra misericordia y nuestra libertad de espíritu, con nuestra fortaleza y nuestra mansedumbre los que los tenemos que demostrar que es posible vivir de otra manera, que hay otras muchas cosas que tener en cuenta, que cuando vivimos filialmente en la presencia de Dios, confiando en El y cumpliendo su voluntad como el mejor camino de nuestra propia libertad, somos más felices, tenemos razones para vivir y somos capaces de crear a nuestro alrededor un mundo de justicia y de paz, un mundo con amor y esperanza como El quiere darnos y todos deseamos en el fondo de nuestro corazón. No es eso lo que el señor nos pide cuando nos dice que tenemos que ser “luz en un mundo de tinieblas”? También ahora, en nuestra sociedad, en nuestra Navarra, en nuestros barrios y en nuestros pueblos, somos los cristianos quienes, con la ayuda de Dios y por gracia suya, tenemos que ser luz para nuestros amigos y vecinos, una luz que les ayude a encontrar la verdad de sus vidas en la fe y en el amor de Jesucristo.