Ateos devotos
La Razón / Álex Rosal
Ocurrió en Sevilla. Ding, dong.
Diiing, doooong. Toc, toc, toc. «Señora,
señoooora. Oiga, ¿hay alguien ahí?». Por fin apareció la señora con su bata de
boatiné y sus rulos en la cabeza. «Sí, sí, dígame chiquillo, qué se le ofrece».
«Buena señora -le dijo el supuesto chiquillo ya crecidito-, usted que tiene una
cara angelical y gran corasón, corasón muy grande, necesita escuchar un mensaje
de salvasión». «No me seas zalamero y vete al grano, ¿qué me quieres vender
cabroncete?», le espetó la señora de Triana. «Mire, soy Testigo de Jehová y le
traigo unas revistas que le van a cambiar la vida. Necesita leerlas. El mundo se
acaba y pocos serán los que se salven». «Oiga, chiquillo, déjeme en paz, si no
creo en la Iglesia católica, que es la verdadera, cómo voy a creer en la suya».
Y, plooom... click, clack. La señora cerró la puerta con fuerza y se terminó la
conversación.
Algo parecido les ha ocurrido a un numeroso grupo de intelectuales italianos. No tienen fe, no creen en Dios, son ateos, pero su increencia no les impide admirar y apoyar a la Iglesia católica en la defensa de un determinado modelo de civilización. Para ello han creado un grupo llamado «Ateos devotos», y entre sus integrantes están personalidades como el político Marcello Pera, anterior Presidente del Senado italiano; la ya fallecida Oriana Fallaci, o el director del diario Il Foglio, Giuliano Ferrara. Están convencidos de que Europa es Europa gracias a sus raíces cristianas y no precisamente a la influencia del iluminismo o el racionalismo, como elementos determinantes. Y apoyan a Benedicto XVI en su lucha contra la dictadura del relativismo imperante sin ningún tipo de complejos. Y para ello no rechazan la razón. Todo lo contrario. Gracias a la razón, dicen, han descubierto la grandeza del cristianismo, y no como algo del pasado, sino como una fuerza viva que crea civilización hoy y que aporta una «convivencia» armónica en la sociedad.
En España, perdón, en este país, Gustavo Bueno, el filósofo asturiano, se ha lanzado al ruedo de lo políticamente incorrecto y ya se define «ateo católico». Se apunta a las mismas tesis de los italianos. Son ateos que alertan del peligro de implantar un progresismo vacío como moral pública.