|
Necesidad de
un amor verdadero
Tomamos estas palabras de
la
Conferencia Episcopal Española en su Instrucción Pastoral:
LA
FAMILIA,
SANTUARIO DE
LA VIDA Y
ESPERANZA DE
LA SOCIEDAD
1. “El
hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser
incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el
amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace
propio, si no participa en él vivamente”. Esta afirmación de Juan Pablo II
al inicio de su pontificado expresa la condición humana, algo que toda
persona experimenta. Todo hombre necesita el amor para reconocer la
dignidad propia y de los otros y para encontrar un sentido valioso a su
vida. Es el amor que le pueden ofrecer, en primer lugar, sus padres, su
familia y, después, tantas otras personas. Y también la sociedad.
Efectivamente, la vida de las personas está decisivamente condicionada por
la cultura de la sociedad en que vive. Cuando el amor por la verdad y el
bien del hombre no impregna la cultura de las relaciones sociales y de la
administración pública, el puesto central de la persona es sustituido por
bienes menores, como los intereses económicos, de poder o de bienestar
meramente material.
El hombre
no puede vivir sin amor
2. Pero hay
una forma de amor que aparece mucho más ligada a la realización de la
persona, al logro de una vida plena, porque expresa relaciones que
constituyen a la persona como tal: es el amor de los padres a los hijos
(que está en el origen de cada persona, que viene a la existencia como
hijo), y el amor del hombre y la mujer (pues la dimensión esponsal es
también constitutiva de la persona).
La felicidad
de las personas guarda una relación intrínseca con ese amor familiar. Por
ello, muchos de los sufrimientos que marcan la vida de tantos hombres y
mujeres hoy tienen que ver con expectativas frustradas en el ámbito del
matrimonio y la familia. Y es que a la persona no le basta cualquier amor:
necesita un amor verdadero, es decir, un amor que corresponda a la verdad
del ser y de la vocación del hombre.
Amor en la
familia y en la sociedad
Los
cristianos sabemos que sólo en el misterio de Cristo se revela y se cumple
en plenitud el misterio de la vida humana en todas sus dimensiones; sólo
en el Hijo amado puede cada ser humano encontrar el amor del Padre eterno
que sacia los anhelos más profundos de todos los corazones. Ese amor
infinito llena de sentido la vida familiar y la convivencia social.
“Yo he
venido para que tengan vida” (Jn 10,10)
Misión de
la Iglesia:
la evangelización
3. La
predicación del Evangelio es la primera misión que Cristo encomienda a los
apóstoles y a sus sucesores, los obispos, quienes tenemos el deber de
llevarla a cabo en toda su integridad. Nuestra primera tarea es anunciar a
Jesucristo, el Salvador de todo hombre, el camino, la verdad y la vida (cfr.
Jn 14,6). En comunión pastoral con el sucesor de Pedro queremos seguir su
invitación para adentrarnos en la contemplación del rostro de Cristo -en
quien resplandece el hombre nuevo- y secundar dócilmente su envío
misionero: ¡echad de nuevo las redes!.
Esta
es la tarea que los Obispos encomiendan a la familia hoy: vivir el
auténtico amor cristiano, que es todo lo contrario al egoísmo y a la
prepotencia. En la familia este amor se traduce en servicio y esfuerzo por
hacer la vida feliz a los demás. Y nos recuerdan que la familia es la
primera comunidad evangelizadora. Ella ha de recibir el mensaje
evangélico, y ella lo ha de trasmitir a todos sus miembros, y las personas
de su entorno. La familia cristiana se ha de tomar en serio la defensa de
la vida humana, y la atención al espíritu. Una familia es una comunidad de
vida y amor, y si esto es una realidad su propio espíritu se contagia
necesariamente a los demás. La familia es el ecosistema humano en donde el
hombre nace, crece y se desarrolla como persona. Ella es patrimonio de la
humanidad, y como tal debemos cuidarla y defenderla.
Que
la Sagrada
Familia sea modelo y ayuda para nuestras familias
cristianas.
Juan García Inza
juangainza@ono.com
|