LA FOTO DEL DOMINGO

 

Domingo VI de Pascua
 
Ciclo C

 

 

 

Obediencia y Paz

 

         Este domingo nos dice Jesucristo: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él…Mi Paz o s dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo… El amor del que nos habla el Seños tantas veces no es un puro sentimentalismo, un arrebato emocional, una actitud ocasional para situaciones mas o menos gratas, o interesadas. El amor cristiano es una disposición de la mente y el corazón para acoger, y hacer vida, todo aquello que se nos propone para nuestro bien. Dios no nos dirige la Palabra para someternos a un yugo riguroso y caprichoso. Dios nos ama más que nadie, y busca nuestro bien. Y el mayor bien que nos puede regalar Dios es su presencia en nosotros. Y El no puede estar presente en el desorden y en el mal. Por eso dice el Señor que la Santísima Trinidad hará morada en aquel que guarda su Palabra. Es decir, en aquel que hace lo que Dios nos propone para nuestro bien.

         Por eso es tan importante conocer la Palabra. Ella es la Voluntad de Dios. Es la norma para ir por el camino acertado. Ella nos trae la paz. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. La paz es fruto de la obediencia. El que hace lo que debe por amor está en armonía con Dios, con los demás y consigo mismo; está en paz. La paz es el mismo Cristo que está presente en el alma que vive en gracia. La paz del Señor habita en el corazón, nace de dentro a fuera. Por eso es distinta a la paz que ofrece el mundo, que es más bien fruto de unos condicionamientos externos: el paisaje, la relajación, el bienestar, la distracción, el equilibrio de fuerzas… La paz cristiana en una PERSONA. Jesús toma posesión del corazón humano para ayudarle a amar. Y cuando se ama sinceramente Dios está presente. Y donde está presente Dios está Su Reino, que es un Reino de amor y de paz.

 

         Cuenta una bella historia que un niño pequeño quería conocer a Dios; sabía que era un largo viaje hasta donde Dios vive, así que preparó la mochila con pastelillos y refrescos, y comenzó su jornada. Tras caminar por aquella larga avenida, se encontró con una mujer anciana. Ella estaba sentada en el parque, sola, contemplando algunas palomas.

         El niño se sentó junto a ella y abrió su mochila. Estaba a punto de beber su refresco, cuando notó que la anciana parecía hambrienta, y entonces le dio su pastelillo.

         Ella agradecida aceptó el pastelillo y sonrió al niño. Su sonrisa era muy bella, tanto que el niño quería verla de nuevo, así que le ofreció uno de sus refrescos.

         De nuevo ella sonrió. ¡El niño estaba encantado!

         Allí estuvo toda la tarde, comiendo y sonriendo, pero ninguno de los dos dijo nunca una sola palabra. Cuando empezó a oscurecer, el niño se levantó para irse, pero antes de marcharse le dio una abrazo a la anciana.

         Ella, después de abrazarlo le regaló la mas grande sonrisa de su vida. Cuando el niño llegó a su casa y abrió la puerta, se encontró con su madre que le esperaba, y sorprendida por la felicidad del niño, le preguntó: -Hijo, ¿qué hiciste hoy que vienes tan feliz?

         El niño contestó: -¡Hoy comí con Dios…!

         Y al ver a su madre extrañada el le dijo: -¿Y sabes qué? ¡Tiene la sonrisa más hermosa que he visto!

         Mientras tanto, la anciana llegó a su casa también feliz y sonriente. Su hijo, al verla, le preguntó: -Mamá, ¿qué hiciste hoy que te veo tan feliz?- Y ella contestó:

         -¡Comí con Dios en el parque…! – Y ante la sorpresa de su hijo, ella le dijo:

         -Y, ¿sabes qué? ¡Es más joven de lo que yo pensaba, y te hace feliz!

         Así es el amor verdadero. Y Dios lo paga con una sonrisa que nos llena de paz y alegría. Y que nadie nos la podrá quitar.

 

                                                        Juan García Inza

                                                        juangainza@ono.com

                                                      

  

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