LA FOTO DEL DOMINGO

 

La Inmaculada Concepción

(8 de Diciembre)


 

 

Nacida sin pecado original

 

La Inmaculada Concepción de María es una obra de perfecto amor, una perfecta glorificación de Cristo.

 La preservó del pecado porque la amó más que a nosotros, a Ella, bendita entre las mujeres.

 Pero vamos más allá. El hecho de la preservación de la culpa es sólo uno de los aspectos de la gracia inicial de la Virgen. Ya en aquel momento era un abismo de belleza. Como decía Pío IX, la Virgen fue «toda pura, toda sin mancha y como el ideal de la pureza y la hermosura; más hermosa que la hermosura, más bella que la belleza, más santa que la santidad y sola santa, y purísima en cuerpo y alma, la cual superó toda integridad y virginidad y Ella sola fue toda hecha domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo y que, a excepción de sólo Dios, fue superior a todos, más bella, santa y hermosa por naturaleza que los mismos querubines y serafines y todo el ejército de los ángeles, para cuyas alabanzas no son en manera alguna suficientes las lenguas celestes y terrenas». La gracia es belleza: participación de la naturaleza divina, del ser de Dios, quien es la belleza por esencia, y la pureza, y la santidad, y la ternura, y el goce. En el instante de su concepción recibió María una gracia superior a la de todos los santos, querubines y serafines; participó de la belleza, de la pureza, de la santidad divina, como a ninguna otra criatura ha sido dado, excepción hecha de Cristo.

 Murió Jesucristo en la cruz no solamente para preservarla de la culpa, sino para darle toda la gracia y la hermosura de que era capaz, para hacer de Ella la perfecta mujer. La amó, se dio a Ella en el dolor para hacer de Ella perfecta Madre, la perfecta compañera en la obra redentora. La Concepción Inmaculada de María no es, en resumen, sino la flor de un dolorido amor, dolor de amor en flor.

 La doctrina inmaculista sobrepasa en belleza a toda consideración humana. El amor y la hermosura alcanzan cumbres no logradas por Platón ni por el Renacimiento, ni mucho menos por los vacíos estetas de nuestro inconsistente mundo actual. La mayor gloria de Cristo se cifra en la belleza espiritual de una mujer -madre y compañera-. Su sangre dio fruto perfecto al injertarse en las venas de la raza humana, en una mujer. Cristo, en una palabra, nos enseñó cómo se ama a la mujer.

 La mujer no es para el hombre, discípulo de Cristo, solamente una compañera en el oficio de procrear y de educar los hijos, o en la tarea de llevar serena y acompasadamente las cargas de la vida. Mucho menos es un objeto de placer egoísta. La mujer es un objeto de amor, pero de un amor tal y como lo entendió Cristo.

 Nos enseñó Cristo que amar es darse. Vino al mundo para darnos la gracia, pero nos la dio de su plenitud; a comunicarnos lo que Él era. Hijo de Dios, vino a darnos una participación de su filiación divina. Dios hecho carne, vino a divinizar la carne nuestra. Estábamos en pecado, carentes de gracia y de hermosura, llenos de horror y fealdad, y vino a regalarnos de la suprema belleza que es Él.

 Y a María en sumo grado. Fue divinamente bella en intensidad -más que toda criatura- y en extensión temporal, siempre, siempre limpia, sin que en momento alguno fuese manchada.

 Pero este darse se realiza en cruz. Se abren los brazos y se abre el corazón, mas los brazos quedan prendidos por los clavos y el corazón es rasgado por una lanza. Después de la culpa es ley que el amor florezca en dolor; que el darse cueste dolor; que el darse entrañe sacrificio. Antes del pecado era goce, reflejo del goce inefable inherente a ese darse continuo que constituye la vida interna de la Santísima Trinidad. Luego del pecado, la entrega del hombre a las criaturas para comunicarles algo de su perfección interna mediante el trabajo cuesta sudor de la frente. La mutua entrega del hombre y la mujer sólo fructifica a través del dolor.

 Cristo pudo comunicarse a nosotros, darse, en goce. Pudo redimirnos con un solo acto de su voluntad, pero quiso ser igual a nosotros, obedeciendo a la ley del amor, que es asimilativa; quiso experimentar hasta lo sumo lo que nos cuesta a nosotros amar de veras -sufrir, morir-; quiso beber hasta las heces el cáliz del verdadero amor. Y el fruto acabado de tal dolorido amor fue la mujer perfecta. Se entregó a Ella en dolor no solamente para salvarla de la culpa, sino para preservarla, para darle una pureza y una santidad totales.

 La mujer es para el hombre, ante todo, un contenido de valores espirituales a perfeccionar mediante la entrega. Esta entrega se hará muchas veces en cruz. El amor sólo florece en sacrificio: sacrificio de renuncia al placer siempre que éste amenace con arrastrar a la culpa, con ahogar al espíritu; sacrificio de la tolerancia hacia las debilidades del vaso más flaco; de la comprensión hacia sus exigencias íntimas; del respeto por la que es compañera y no sierva en las luchas de la vida y posee un alma bañada en la sangre de un Dios. Ir comunicando -amorosamente, sacrificadamente, cotidianamente- a la mujer la plenitud de valores que puede encerrarse en los sueños de un hombre. Sacrificarse por ella hasta conseguir que llegue a ser lo que se sueña que sea.

 Y el ideal de la mujer, María. Aspire la mujer a parecerse a Ella en la plenitud de la pureza y de la gracia. Si las mujeres se esfuerzan por reflejar en sí mismas el ideal de María, sus almas rebosarán de gracia y santidad. Y en sus cuerpos morará el pudor y sabrán de la gracia inédita de la virgen cristiana, que tanto encierra de flor, de trino, de nieve, de rayo de luna. Y otra vez la hermosura casta florecerá en la tierra y el amor humano volverá a comprender su misión primitiva de conducir a los hombres a Dios.

 La Inmaculada Concepción no es solamente una gloria de María. Se ha convertido para nosotros en ejemplo, en poema, en canto de belleza. Nos ha descubierto lo que tiene de perfecto, de grande, de sublime, el humano amor. Nos ha desvelado el secreto de amar.

     Hasta aquí lo que nos dice el P. Pedro de Alcántara. Terminamos con unas palabras, de las muchas que nos dejó escritas, San Maximiliano Kolbe,  mártir de los campos de concentración nazis, y profundamente enamorado de María Inmaculada: La perfección se halla en la santificación de nuestra alma y de cada alma. Y se efectúa no a lo largo de los años, sino en cada momento. Cada instante que tenemos ante nosotros no vuelve más. Si es bien vivido, puede contar para la eternidad, esa es la verdad… Cada momento está en nuestras manos, pero con frecuencia nos olvidamos de ello; entonces nos preocupamos por lo que puede suceder, por lo que uno u otro va a pensar, por la pena que vamos a tener… ¡Qué lastima! El pensamiento más enriquecedor es el de saber que solo el momento presente nos pertenece… Si hacemos la voluntad de Dios, vivimos plenamente el momento presente.

         …Para que todos esos momentos sean vividos plenamente, es necesario que la Inmaculada los viva en nuestro lugar. Nos damos a ella para que podamos aprovechar todos estos momentos y para que sea Ella la que piense y obre a través de nosotros… (21-1-1939: Conf.).

 

         Felicitemos a la Madre de Dios, y Madre nuestra, en su gran día.

 

                                                        Juan García Inza

                                                     juangainza@ono.com

 

  

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