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La alegría
de
la Virgen
La Virgen Maria
tuvo muchos motivos para estar contenta. A pesar de la responsabilidad de
su misión, de las incomprensiones que le iba a acarrear, ella fue feliz.
Los imagineros de todos los tiempos se han inclinado a resaltar en su
rostro el dolor y las lágrimas. Y por supuesto que sufrió. Pero nos
resulta un tanto extraño imaginarla amargada. Pienso que
la Virgen
María nunca estuvo amargada, y menos desesperada. Sufrió
con paz, y se alegró profundamente por los detalles de amor y confianza
que el Señor tuvo con ella. Como la mejor de las madres gozaba y sonreía
al tener a Jesús niño entre los brazos. Se alegró mucho al disfrutar del
Jesús adolescente, joven y adulto durante el tiempo que vivió con ella y
José. Se alegraba igualmente cuando le escuchaba y le veía hacer obras de
caridad para con los hombres, y en especial con los necesitados.
Las
fiestas de María son siempre alegres, aunque la veamos dolorosa durante
la Pasión.
Ahora, en pleno verano, cuando el sol más calienta,
celebramos la gran Fiesta de María, SU ASUNCIÓN EN CUERPO Y ALMA A LOS
CIELOS. Es como un soplo refrescante el contemplar a María sonriendo ir
al encuentro de su Hijo en el reino de los Cielos. Lo que ella más quiere,
junto al Padre y al Espíritu Santo. Yo me la imagino así al llegar al
Cielo. Como una Madre que hace tiempo que no abrazaba a su hijo y lo ve
venir corriendo hacia sus brazos, y lo acoge con alegría, y lo estrecha
junto a su corazón.
La Asunción
es el premio que Dios ofreció a María al terminar sus días en la tierra.
Es el regalo de
la Santísima
Trinidad a la mejor de las mujeres, que quiso colaborar
con un FIAT valiente en los planes de Dios. Es el alivio eterno a tantos
sufrimientos que supuso su fiel maternidad, la más difícil de la historia
humana. Y con su cuerpo glorificado
la Virgen
entra humildemente en el cielo, y ruborizada por el canto delicado y
bellísimo de millones de voces, ángeles y santos, se le escapa una
sonrisa. Ella es feliz con Jesús en sus brazos. Pequeño, como a ella
siempre le ha gustado porque así podía jugar y disfrutar más con El. María
se lo había entregado al Padre adulto y ensangrentado, y el Padre se lo
devuelve niño limpio, sonrosado y simpático. ¡Qué estampa más bella y
aleccionadora para las mujeres de hoy! Dios os ofrece
la Vida,
porque sois las únicas que podéis darla a luz. Vosotras, con el
agradecimiento de todos, tenéis que abrir los brazos y acogerla con una
sonrisa. ¡Qué espectáculo más bello el de una madre que abraza con amor a
su hijo y lo ofrece sonriendo al mundo! También las madres, biológicas o
espirituales, entrarán al Cielo por la puerta grande. ¡FELICIDADES MARIA.
FELICIDADES MADRES! ¡EL CIELO ES VUESTRO!
Juan García Inza
juangainza@ono.com
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